Lunes, 11 de Diciembre de 2017
10:46 CET.
Crítica

El expulsado Jorge Edwards

Desde que publicó, en 1973, su libro Persona non grata, el escritor Jorge Edwards ha vivido acosado y perseguido por el régimen cubano y su milicia de servidores internacionales como si, en vez de nacer en Santiago de Chile, en 1931, el Premio Cervantes de 1999 hubiera llegado al mundo en un barrio de la ciudad oriental de Gibara, cerca de la casa de Guillermo Cabrera Infante, o en la misma región de Banes donde nació el poeta Gastón Baquero.

Edwards contó en aquellas páginas su experiencia como diplomático chileno enviado a Cuba por el Gobierno de Salvador Allende para restablecer relaciones con el régimen. Al margen de su gestión profesional, el chileno comprendió enseguida que se había instalado en la geografía de una dictadura y comenzó a tomar notas, a vivir alerta y a conocer, en un plano cercano y abierto, la situación real de algunos de los más importantes escritores de ese país.

Persona non grata fue un rafagazo inesperado para el castrismo, todavía bajo el aura liberadora y mítica de la guerrilla de la Sierra Maestra que había sacado del poder a Fulgencio Batista. El libro comenzó a arruinar de repente los sueños de muchos seguidores de Fidel Castro en el extranjero y, leído en ejemplares desguazados después de colas de meses o semanas, alumbró también a muchos intelectuales cubanos, secuestrados por los panfletos estatales y la felicidad cosida por las máquinas soviéticas del realismo socialista.

El escritor, que contaba sus recuerdos como testigo presencial con una prosa fluida, poética con sabor de novela, pasó a ser un enemigo frontal de la dictadura y su comparsa. Recibió descalificaciones y acusaciones de todas partes y todavía recuerda que su amigo Octavio Paz le dijo sentencioso en Ciudad de México que su libro no estaba destinado a tener buenas críticas.

Como diplomático, el chileno conoció interioridades de la burocracia del poder que incluyeron encuentros y conversaciones con Fidel Castro. En su papel de intelectual, el hombre tuvo acceso a la existencia de sus colegas escritores, sus miedos, sus ideas reales, las limitaciones y la censura. Edwards recuerda que en su primera visita al poeta José Lezama Lima, en su casa de Centro Habana, el autor de Paradiso, enorme en su butaca, se le acercó al pequeño banco donde estaba y le lanzó esta pregunta: "Eguar [así pronuncia ese apellido en La Habana], ¿usted se ha dado cuenta de lo que está pasando aquí? ¿Se ha dado cuenta de que nos morimos de hambre?". "Sí, Lezama me he dado cuenta", le respondió.

Los ataques de más de 40 años del castrismo al autor chileno han tenido una sola respuesta del escritor: la reedición del libro. Y es la mejor manera de defenderse porque la realidad esencial no ha cambiado y aquel país, en general, sigue su vida bajo las fustas y las celdas que aparecen en las historias que narra Edwards.

Este otoño Persona non grata aparece con el sello de Cátedra (Letras Hispánicas) en la que, a mi modo de ver, es la versión más completa y rigurosa del libro. Editada por Ángel Esteban y Yannelys Aparicio, la obra, de 500 páginas, incluye una introducción lúcida, abarcadora, indispensable. Un estudio crítico brillante. Cátedra ofrece también apuntes que aclaran hechos históricos y amplían el perfil de los personajes que pasan por el libro. Edwards escribe un prólogo especial y publica cartas inéditas de Arthur Miller, Graham Greene, Carlos Prats y Guillermo Cabrera Infante.

Sabemos que Edwards no es de Gibara ni de Banes, es de Santiago de Chile, donde hace poco escribió este párrafo como final de su prólogo a la nueva edición de Persona non grata: "No faltaron oprobios, sin duda, pero miro las cosas, hoy, y llego a la conclusión de que no me arrepiento de haberlo escrito, y de haberlo publicado a su debido destiempo".


Jorge Edwards, Persona non grata (edición de Ángel Esteban y Yannelys Aparicio, Cátedra, Madrid, 2015).

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