Martes, 12 de Diciembre de 2017
18:57 CET.
Poesía

Advertencia

 

No toques otro piano que no sea el tuyo,
ni lo traiciones ni lastimes
—no lo reconstruyas tampoco—,
pedía Glenn Gould:
un piano no puede recomponerse
de su caída (tú, tampoco)
ni salvar sus martinetes
que dejaron firmeza y obsesión
en la pasión de unas manos
flojas por la vejez.

Las notas sueltas se despedazan
sin poder agarrarlas
de su final inevitable.
Llorar, reír y correr
no te salvarán tampoco
del viento que pega contra la cara
y contradice
tu decisión:
la angustia de la música que no alcanza
para vivir el tramo de carretera que dejaron
los arpegios
sueltos, mudos, equidistante de otra octava
imposible
cuando sentada al volante
—dejando de ser yo para ser ella—,
involucrada a más no poder
miro los kilómetros de teclado blanco
sobre los que pasé tantas veces las manos,
acariciándolos
(sin variaciones),
con desesperación.

Como si correr del blanco al verde
—esa imposibilidad de empezar
desde arriba otra vez—
en la canal, en la colina, entre las notas
donde me ensimismaba
y pedía gritar tocando
lo que ahora no puedo
por ser decente, vieja, magullada
y sin música,
me hubiera defendido
de la vanidad.

 


Reina María Rodríguez nació en La Habana, en 1952. Autora de numerosos libros de poesía, algunos de los más recientes son: El libro de las clientas (Letras Cubanas, La Habana, 2005) y Variedades de Galiano (Letras Cubanas, La Habana, 2007) y O piano /El piano (Lumme Editor, São Paulo, 2014). Este poema pertenece a un libro inédito.

Otros poemas suyos: Mazorcas, El baño, El techo y Cuerpo a cuerpo.

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