Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.
Crítica

'La pendiente'

Al margen de la ciudad, del bullicio, las velocidades, al margen de los populosos municipios de La Habana, de la garganta de la Habana que traga y vomita, al este, o lo que algunos llamarían, con algo de prejuicios, Alamar. En la periferia de Alamar, Vía Blanca o carretera que hilvana los brillos de La Habana, con los brillos de Varadero y así, como por castigo o equilibrio, un trecho oscuro entrambas luces, y así, más que por castigo pienso, el equilibrio en una porción del trecho: La pendiente, desfiladero del cual solo buscan escapar, no importa cómo, ni con quién, los transeúntes que emigran a La Habana o Varadero. Desde allí, y con absoluta resignación, como el sueño de los lagartos que despiertan comidos por hormigas, o igual, con el horror de un animal que sobrevive, que se impone a la naturaleza, se estuvo forjando desde 1979 el espíritu del poeta Osmel Almaguer Delgado.       

Este, su primer libro, es testimonio, historia clínica, realidad ignorada por viajeros y citadinos. Osmel Almaguer se refugia en la infancia. Su infancia finisecular y su juventud de los albores del XXI, que representan un fuerte contraste con las realidades, para entonces establecidas, del mundo virtual y el lenguaje que impone el desarrollo.

El autor se detiene en el límite entre la naturaleza y la persistencia de su civilización. La naturaleza, que reclama su espacio entre las grietas de su casa, que le aísla, le impone otras sensibilidades: contemplación, silencio, discursos ignorados por la urbe, civilización colateral que también se muestra incomprensiva, como una selva oscura para todos los inadaptados, los que no tendrán espacio. Todo esto, pero también la descripción de una vida rural, con sus tiempos de abundancia, y la crisis que generan las gallinas cuando se niegan a poner. 

La pendiente, el accidente natural, no solo condiciona quién recibirá primero el sol, sino que define, dentro de la misma diagonal, los discursos de los que son favorecidos y de los que sufren. Define a los amigos, a los enemigos, fenómeno que, a escala, también es simulacro del mundo. No por gusto, "La barba de mi vecino", al centro del poemario, viene a borrar todo vestigio de conmiseración por la raza humana, por Osmel Almaguer, que también en su tesis defiende que lo esencial está en la esencia del hombre, que no es la geografía la única culpable.

Su poesía surge de la imposibilidad; aunque pareciera que él desarrolla junto a los nativos cierta competencia, sucede que donde no se resigna, hay enfermiza insatisfacción, bovarismo. Si bien no se establecen explícitos contrastes con el brillo de la ciudad, sabemos que la cercanía, el contacto con ella, propone una inevitable comparación, de modo que el tono del libro defiende a un sujeto que encuentra en su entorno lo negativo. "Signado por la araña", es también un pretexto para reflejar esa inconformidad. La araña, símbolo de lo detestable de su realidad inmediata, se refleja en su perenne contrición del rostro, el cual, por fuerza mayor, está obligado a conllevar.

"Los juguetes que mi madre compraba", "La barba de mi vecino" y "Signado por la araña" se resumen en la pendiente natural y en La pendiente como metáfora del país, simulacro del mundo donde, de alguna manera, las cosas que allí pasan: fobias, enemistades, jerarquías, se repiten con diferente expresión y similar discurso en todas las civilizaciones.

Escrito con un lenguaje sencillo, sin alardes estilísticos, La pendiente logra un mensaje preciso; su homogeneidad temática e intencionalidad bien definida, producen una atmósfera que se vuelve signo. De pronto estamos allí, compartiendo una realidad que, ajena o no, siempre nos parecerá auténtica. Sentimos en las pulsaciones de quien nos comunica la frescura de un sujeto que no se oculta, no se trasviste, no utiliza poses para contar, quizás, amén de los bien reiterados momentos de esplendor, este sea la mayor fortaleza del libro.

Dos años después de ser merecedor del Premio Primavera, en Ciego de Ávila, La pendiente, alejada de todo vanguardismo, comienza a reclamar, en este 2015, su espacio en la nueva generación de poetas, que ya se ha granjeado un rostro, una identidad. 


Osmel Almaguer Delgado, La pendiente (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, 2014).

 

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