Jueves, 14 de Diciembre de 2017
15:56 CET.
Narrativa

Ballet rojo

Como premio a nuestro gran sacrificio, una selección de las estrellas del ballet clásico sobre hielo, ese día, había cruzado medio mundo con el propósito de visitar su antigua zona de influencia y trabajar, desinteresadamente, para nosotros, los nativos de "la isla de la libertad" —así dijeron, con tal que les abriéramos nuestra credulidad nuevamente—, en función exclusiva.

Podríamos ver actuar en vivo y en directo a una representación de la guardia pretoriana del Kremlin y de las más armoniosas tradiciones de los países exsocialistas. Mujeres con carnes tan blancas y extremidades tan largas como jamás nadie vio nada igual, y con el paso suave y desenvuelto que solo éramos capaces de imaginar que alguien aprendiese caminando sobre las nubes. Y con mejillas, labios y cabellos increíblemente irrigados por los colores de la sangre y la lozanía.

Si el gobierno de nuestra isla los había autorizado a visitarnos y recorrer el interior, a pesar del desorden y el estado lamentable de nuestro hogar —esto se anunciaba oficialmente como un inofensivo intercambio cultural— sería para cumplir un protocolo muy bien orquestado desde arriba, lo dábamos por hecho. Tal vez se tanteaba un más profundo acercamiento a antiguos socios políticos con los cuales aún compartíamos algunas costumbres y tecnologías, en busca de piezas de repuesto. Ellos aún conservaban las fábricas donde nacieron nuestros viejos tractores, las locomotoras que usábamos para halar nuestras torvas de azúcar, las grúas, cámaras fotográficas y batidoras domésticas... Sin duda, a pesar del divorcio ideológico, aún estos gobiernos tenían algunos hijos en común que terminar de criar.

Se nos pidió, por segunda vez, que les prestáramos atención y los complaciéramos con emociones inteligentes.

Llegaron caminando entre las redes de pescar tendidas sobre la playa, cruzando por los portales, cuidándose del sol, pegando la espalda a las paredes de madera carcomida, y salieron a una calle irregular, estrecha y sombría.

Subieron al escenario y no teníamos siquiera el círculo de una plataforma, ni un pretil o un foso. Tampoco había que preocuparse por la altura del techo o el diámetro del espacio libre donde iban a probar sus saltos y evoluciones maravillosas.

Asomaron tímidamente a la luz del trópico para encontrarse a sus anchas en el aire del Caribe y moviéndose sobre una plaza sitiada de tierra dura, lisa, casi infinitamente plana, aunque sin los inconvenientes de la intemperie. Nuestra isla ofrecía la seguridad de una cueva donde no se veían paredes por ningún lado. Si alguien demandaba un rayo de luz en un lugar exacto y no en otro, caía sencillamente un relámpago proyectado desde una altura o distancia imposible de determinar y permanecía allí, en el punto del espacio deseado, brillando el tiempo estrictamente necesario según el plan del coreógrafo. Ahora el espacio ilimitado de la isla aparecía vacío y disponible bajo sus zapatillas blancas.

El descampado que necesitasen para desplegar sus formaciones, ya lo tenían garantizado: la oscuridad envolvente lo segregaba, sin importar que fuese para deslizarse en línea recta, retroceder de improviso, multiplicarse en grupos o formar mayores combinaciones imitando los racimos de planetas y galaxias. En derredor de su espacio, más allá siempre de las líneas de sus saltos, solo existía y solo veíamos otra oscuridad el doble de compacta, donde era lógico suponer que estuviese sentado un público hambriento y curioso.

Mi padre no había encontrado con quien dejarme en la casa y, lleno de ira y frustración, tuvo que traerme como un estorbo a su trabajo, al teatro. Yo, el hijo más pequeño de un mecánico que primero fue un simple ayudante, los espiaba parado en una esquina donde no debía hallarse nadie, al final de un pasillo, encogido, en la sombra. Los veía incluso por detrás y desde antes que creyeran que habían comenzado a actuar.

Ensayaban sus movimientos. Torcían el cuello al pasar por delante de un espejo, para mirarse las nalgas. Y se perfumaban con sprays.

Apareció una bailarina que reía de manera descompuesta y, estirándose frente al espejo, se bajó la trusa y dejó al descubierto una mata de pelo colorada. Le pareció bien, asintió. Y cuando separó al máximo sus piernas, tensando el blúmer elástico que colgaba de sus rodillas, hundió entonces una mano en la cabellera de su pubis, la alisó y le dio forma como si fuese la cabeza de una niña acabada de despertar. De sus labios inferiores colgaban aretes, píxeles, cuentas de abalorios tornasolados, y con pequeños meneos que imitaban ciertos espasmos amorosos, también probó la calidad de sus adornos íntimos, su peso y brillo, incluso el sonido y la orquesta sutil que producían al rozarse.

Parecía una visión demasiado tentadora. Pero consistía apenas en el preámbulo de un pecado más sutil. Repentinamente cada bailarina poseía un vello púbico digno de una sala del Hermitage. Se mostraban orgullosas de las densidades y el poder de sus triángulos misteriosos, colores, texturas, palpitaciones... y por eso jugaban, competían, intercambiando sensaciones de placer y asombro entre sus cuerpos apretados, como si la flor de su sexo pudieran arrancarla del tallo, momentáneamente, pasarla de mano en mano y ponérsela en la cabeza, en una oreja o en la boca, para entusiasmo general.

Dos varones aparecieron de la nada, corriendo, y cargaron a la más atrevida —la primera que soltó su cabellera púbica— tomándola por los brazos al tiempo que giraban para mostrar a los cuatro puntos cardinales dónde quedaba la estrella roja invencible, cuál era la fruta que había hecho inclinar todas las cabezas del mundo bajo su pulpa. La primera figura así destacada sonrió, complaciente, y por último estiró su cabeza en lo alto, en señal de triunfo.

El par de varones porteadores, entonces, pasaron de la acción al exhibicionismo, mientras eran a su vez cargados por otros cuatro mancebos que también se movían a la velocidad de la luz. Y estos no terminaban de acomodarse, cuando del fondo brotaron infinidad de cuerpos como una explosión de polen, hembras y varones. Armaban una pirámide gigante, a partir de tantísimas pirámides que, a primera vista, observadas demasiado de cerca —desde donde yo estaba escondido, entre bambalinas—, solo parecían grupos de orgías fuera de control, sin orden ni sentido. Sus estrellas húmedas, potentes, iluminaban la noche.

Crecía el conjunto de manera acelerada en la medida que adoptaban distintas formas geométricas, mientras seguían uniéndose, por delante y por detrás, poliedros de cuerpos que se atraían en un desfile apoteósico, pero de pulsión regular y armoniosa, igual que si con sus convulsiones devolvieran los pétalos a una flor deshojada. Todas las pirámides cumplían con la regla de terminar coronadas siempre por una prima bailarina absoluta, con su sexo abierto, maduro y vistoso.

Damas emprendedoras que florecían ofreciéndose unas a otras, dentro de la única conciencia de suspenso y subordinación que convertía a la danza en una ecuación superficial y, al mismo tiempo, enigmática. Unían sus labios en un racimo donde no pude distinguir ya, desde donde me encontraba, qué parte parecía más excitante: si unos labios delicados que se contraían para chupar, tan finos y absorbentes, o los otros labios más femeninos, pero el doble de gruesos y casi líquidos, abriéndose y dilatándose para ser chupados.

Se encontraban y ligaban a través de sus bocas, todas entre sí sorbiendo su néctar, royendo entre sus piernas, y, al mismo tiempo, soplándose como los últimos rescoldos de una hoguera bajo la nieve.

Me movía inquieto entre bambalinas, buscaba un mejor sitio desde donde espiar, pero caminaba con dificultad porque, tratando de disfrazarme y disimular,  me había puesto unos zapatos muy incómodos, similares a los de las tragedias griegas, con tacones altos, tan altos que para algunos eran solo un par de zancos inaceptables. Y, avanzando, con miedo a caerme, debía hacer aspas con los brazos hacia adelante y hacia atrás para mantenerme en equilibrio. Pero con el apuro también me había vestido mal, ahora me daba cuenta: un brazo, el derecho, se había quedado embutido dentro del pulóver, quería sacarlo y no podía.

Lograba a duras penas dar algún paso o un giro y me iba de lado. Luchaba por llegar al espacio abierto, al escenario. Pero, sobre la boca del pasillo que desembocaba en el centro, aparecieron los demás familiares de los trabajadores. Sus caras, demasiado familiares: ancianos escuálidos, enfermos con muletas y hasta alguna que otra mujer cargando un niño. Me impedían cruzar. Brillaban de deseo, afilándose los dientes, decididos a no ceder sus posiciones.

Empezaron a bajar los obreros, poco a poco, descolgándose de los andamios, visiblemente excitados, y se agrupaban también sobre el borde de la sombra. Olvidaban su responsabilidad de mantener funcionando el teatro como lo que eran, simples piezas mecánicas, ruedas y poleas humanas.

Sudaban y se pasaban las manos engrasadas por los ojos y la boca. Habían detenido y pospuesto por algunos minutos sus vidas para disfrutar el espectáculo con toda la atención de auténticos espectadores. Mi padre, entre ellos, menos tenso, quería sonreír.

Primero, después de un efecto de pirotecnia, quedó una luz colgando en una esquina del aire. Luego fue una montaña de cartón que se desplomó dejando al descubierto una pared de ladrillos. Al rato, una de las bailarinas resbaló en un salidero de agua, y se esfumó la supuesta arena blanca de una playa a lo lejos. La escenografía empezaba a fallar. Con la misma, perdíamos timidez.

Sin renunciar al reglamento laboral que nos ataba de pies y manos, pero sin poder mantenernos indiferentes por más tiempo, ni hacernos los ciegos, virábamos las rocas vacías o cualquier árbol de yeso para sentarnos y ponernos cómodos. Disfrutábamos nuestro apetito contenido, y la acción encubierta de los jugos gástricos, con la misma desconfianza que aún nos impedía interrumpir lo que estaba por suceder dentro de nuestros cuerpos, disonar con cualquier gesto, un aplauso o un grito.

 


Francis Sánchez nació en Ceballos, Ciego de Ávila, en 1970. Sus últimos libros de poemas publicados son Extraño niño que dormía sobre un lobo (Letras Cubanas, La Habana, 2006) y Epitafios de nadie (Oriente, Santiago de Cuba, 2008). Este cuento pertenece al libro inédito Secretos equivocados.

Más narrativa suya: Historias de fantasmas y Puro trámite.

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Comentarios [ 4 ]

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Acabo de leer esta narración que ha llenado todas mis expectativas.Es difícil encontrar un erotismo de tal magnitud que sólo se compara con el descubrimiento de la conciencia cósmica. Un poema grupal. Un gesto visual y profundo dentro del mundo de las pasiones.A tu pies, Francis. Fabulosa literatura.

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Excelente.

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Francis, qué bueno está, aunque confieso que hay partes que no entiendo, pero así es el arte.

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Muy bien Francis, me encanta el cuento.