Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
00:34 CET.
Poesía

'El señor Edwards y la Araña' de Robert Lowell

 

Yo vi a las arañas marchar a través del aire,
nadando de árbol en árbol en árbol ese día mohoso
a finales de agosto cuando el heno
llegó crujiendo al granero. Pero donde
el viento sopla del oeste,
donde el nudoso noviembre hace volar a las arañas
hacia las apariciones del cielo,
ellas no tienen otro propósito que su comodidad y morir
rápidamente dirigiéndose al este hacia el alba y el mar.

¿Qué somos en las manos del gran Dios?
Fue en vano que colocaras madera y espinas
en formación de batalla contra el fuego
y la traición que crepitan en tu sangre;
porque las salvajes espinas se volvieron mansas
y no harán nada para oponerse a la llama;
tus laceraciones narran la partida inútil
que juegas contra una enfermedad que ya no puedes curar.
¿Cómo serán fuertes las manos? ¿Cómo resistirá el corazón?

Una cosa muy pequeña, un pequeño gusano,
o una  araña con el grabado de un reloj de arena, según se dice,
puede matar un tigre. ¿De Él alzarán los muertos el espejo
y proclamarán a los cuatro vientos el olor
y el brillo de Su autoridad? Está bien
si Dios, que te sostiene ante los abismos del infierno
como mismo uno sostiene una araña, quiere destruir,
desconcertar y disipar tu alma. Cuando era un niño

en Windsor March, yo vi a morir a la araña
cuando fue arrojada en las entrañas de un fuego salvaje:
no hay una larga lucha, ningún deseo
de levantarse y volar
—solo estira sus patas y muere. Este es el último repliegue del pecador;
sí, y ninguna fuerza ejercida sobre el calor
vigorizará  la abolida voluntad, cuando harta
de quemarse chille sobre un ladrillo.

¿Pero quién puede sondear el hundimiento de esa alma?
Josiah Hawley, imagínate arrojado
a un horno de ladrillos donde el estallido de las llamas
lanza tus tripas sobre el carbón ardiente
—si el tiempo se midiera a través de un cristal,
cuán lentamente parecerían quemarse. Que pasen
un minuto, diez, diez trillones; pero la llama
es infinita, eterna: esto es la muerte,
morir y saberlo. Esta es la Viuda Negra, la muerte.

 

Mr. Edwards and the Spider

I saw the spiders marching through the air,
Swimming from tree to tree that mildewed day
In latter August when the hay
Came creaking to the barn. But where
The wind is westerly,
Where gnarled November makes the spiders fly
Into the apparitions of the sky,
They purpose nothing but their ease and die
Urgently beating east to sunrise and the sea;

What are we in the hands of the great God?
It was in vain you set up thorn and briar
In battle array against the fire
And treason crackling in your blood;
For the wild thorns grow tame
And will do nothing to oppose the flame;
Your lacerations tell the losing game
You play against a sickness past your cure.
How will the hands be strong? How will the heart endure?

A very little thing, a little worm,
Or hourglass-blazoned spider, it is said,
Can kill a tiger. Will the dead
Hold up his mirror and affirm
To the four winds the smell
And flash of his authority? It’s well
If God who holds you to the pit of hell,
Much as one holds a spider, will destroy,
Baffle and dissipate your soul. As a small boy

On Windsor Marsh, I saw the spider die
When thrown into the bowels of fierce fire:
There’s no long struggle, no desire
To get up on its feet and fly
It stretches out its feet
And dies. This is the sinner’s last retreat;
Yes, and no strength exerted on the heat
Then sinews the abolished will, when sick
And full of burning, it will whistle on a brick.

But who can plumb the sinking of that soul?
Josiah Hawley, picture yourself cast
Into a brick-kiln where the blast
Fans your quick vitals to a coal—
If measured by a glass,
How long would it seem burning! Let there pass
A minute, ten, ten trillion; but the blaze
Is infinite, eternal: this is death,
To die and know it. This is the Black Widow, death.

 


Último descendiente de un largo linaje de bostonianos ilustres, Robert Lowell nació para el esplendor de las Letras, pero no para la felicidad: su catastrófica biografía incluye tres matrimonios fallidos, una ininterrumpida relación con el alcohol, depresiones casi suicidas, largas temporadas en diversos manicomios de Nueva Inglaterra, una escandalosa conversión al catolicismo e incluso una (frustrada) tentativa de parricidio. Por fortuna también escribió incesantemente: lo mejor de su obra (que abarca diez poemarios, un volumen de prosa autobiográfica y numerosas traducciones) se encuentra probablemente en  Lord Weary's Castle (1946), donde Lowell, que solía definirse como "un católico caído", despliega una intensidad visionaria en textos mucho más cercanos al Antiguo Testamento (a su despiadada e incomprensible Divinidad) que a cualquier irrisoria esperanza de salvación. Al menos en esto Lowell se acercaba a los antepasados puritanos que tanto repudió: para él, como para el áspero puritano Jonathan Edwards de "Sinners in the hands of an angry God", la doctrina calvinista (y jansenista) de la predestinación y la condena eterna poseía una "terrible dulzura" ("an awful sweetness"), idea monstruosa pero extrañamente sublime que es el secreto centro de algunos de sus mejores poemas.

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Comentarios [ 2 ]

Imagen de Anónimo

Excelente!

Imagen de Anónimo

Magnífica traducción, gracias a Ubaldo León Barreto.