Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Crítica

La Habana, una vez más, desde otros horizontes

Hace pocos días tuve el placer de hablar públicamente de Conga triste de La Habana, el libro de retazos-poemas del actor y escritor Julián Martínez Gómez (La Habana, 1985), donde también puede apreciarse la bellísima obra gráfica de David Redondo Bomati (Flick) (Madrid, 1971). Fue durante la última jornada de la 50 Feria del Llibre de Valencia, en una mañana donde La Habana dejó de ser aquella ciudad estática bañada por las aguas para convertirse en retazos de muros rotos por la dejadez y el salitre, para llenar con el bullicio de sus calles y la nostalgia de sus columnas desfasadas la pequeña sala donde tuvo lugar la presentación.

Ya me había llenado previamente de todo ese salitre que el libro concentra, cuando días antes tuve la oportunidad de leer los retazos, los cortes, las fisuras-poemas que conforman el volumen, y de ver las magníficas ilustraciones que Flick trató plásticamente a partir de fotografías previas, después de revelarlas y romperlas y volver a armarlas, cual puzzle que, en sus propias palabras, "destruyen y vuelven a crear a través de esa destrucción los cimientos de esa misma sociedad". El libro en sí es un cúmulo de roturas, de visiones interrumpidas y balcones derruidos, donde los pequeños detalles que servirán quizás un día para recomponer la ciudad amada y ausente, en palabras de Norge Espinosa en el prólogo, se unen y se dispersan en cada nuevo poema-idea para conformar una ciudad que se despedaza ante nuestros ojos, sin que, al parecer, nada podamos hacer.

Sé que el libro surgió a partir de un verano en el que ambos artistas compartieron el viaje por la ansiada capital, cada uno con sus propias rutas. Julián supo mirar una vez más la ciudad donde nació, creció y amó, y supo involucrar su mirada con los pareceres de una vida que ha transcurrido hace tiempo en el extranjero, que ya condiciona demasiado la percepción antigua que pueda tener del primigenio lugar. Y supo captar la tristeza de la inactividad, la desolación de las calles mezcladas con el salitre del mar, los bailes alegres de la gente sin ton ni son, las texturas de las aceras donde no hay coffee shops donde calmar la sed o inspirarse en otros amaneceres, porque la realidad es allí tan decimonónica y repetitiva que no hay posibilidad de cambio tangible, al menos en la desesperanza que se dibuja en cada página-retazo, cuando el arrepentimiento por la (auto)destrucción se mezcla con la alegría vecinal.

A nadie parece importar que el mar intente llegar a sus antiguos predios y arrasar con todo, porque todo el mundo está demasiado ocupado en bailar y ser parte de esa conga triste y de paso lento que parece siempre ir por delante de todas las cosas, como si hubiera que cantar en los funerales y arrollar en los entierros, como si ya no fuera posible hacer nada por apuntalar una realidad que, a ritmo de conga, de boleros y sobre todo poblada de cables que casi no dejan ver el cielo, ya no quiera recomponerse, permanezca dormida mientras se sube y se baja por 23 oyendo a Elena Burke, con los tambores de Celeste Mendoza o con la voz ancestral de Barbarito Diez, mientras todos siguen en su lucha.

En los poemas de Julián los recuerdos se revelan como un mapa confuso de lo que en un momento significó vivir en La Habana y compararla ahora con las experiencias que concurren cuando se vive, y sobre todo cuando se ha pasado tanto tiempo fuera. La mirada va de la alegría de un tambor de santos en Marianao a la pasividad de las aguas en el Malecón, cuyo muro no se cae de milagro, cuyas paredes parecen hundirse una vez más al paso de la conga, que amenaza con llevárselo todo, lo bueno y lo malo sin que nadie parezca protestar.

Se respira un deseo inmenso de estar pero sobre todo de huir, de comparar lo que ha sido con lo que se hubiera podido imaginar, con el deseo de recordar el ámbito de una ciudad en la que ya no se vive, en la que ya no se puede estar. Las familias están rotas en este libro, y los amigos se quedaron lejos, aunque algunas veces regresen a por los rones de una pasada juventud o a por los cambios que nunca parecen llegar, cuando se ponen de nuevo los pies en La Habana.

La ciudad es un techo de cables, sillones antiguos donde la gente se sienta a ver la vida pasar, de ritmos callejeros donde todos se unen en una conga que es más bien para no pensar, para mezclarse con la voz de los santos y para fotografiar la ciudad tal como es, sin decorados inútiles donde tienen más importancia las roturas, los huecos, los desconchados de los techos, los balcones que se están cayendo y la gente que no deja de pasar por la calle aledaña, arrollando a su paso, una vez más, como debe hacer una conga que se precie. Que arrase con todo y que no quede nada más, solo los retazos donde se fije la memoria de abuelos que jamás salieron de Cuba, y sobre todo la memoria personal y colectiva de una ciudad-isla-poema-retazo que en este libro no quiere nada más que estar, empequeñecida por las aguas, en el recuerdo de cada uno de nosotros.

El complemento llega con la extrema sobriedad y sencillez de las imágenes que Flick supo tratar, como ya dije, a base de fotografiar la gente de La Habana, sus calles y sus casas, los techos de los patios sembrados de cables que no dejan ver el cielo, para luego romperlas, mezclarlas y volverlas a unir, porque a sus ojos la realidad habanera y cubana por extensión se nutre de ese mismo proceso de permanente destrucción/(re)creación.

Las imágenes de Flick son el toma y daca de la ciudad que se resiste a esperar su propio derrumbe en las colas de las calles, como si nada más tuviera valor, como si no fuera importante mirar hacia arriba y ver la inmensidad del cielo, como si el ruido y el baile fuera la única solución, como si la única manera de aprehender aquella realidad fuera romperla, seducirla y volverla a crear con su mirada naturalista, sobria pero muy reveladora, como si hubiera apretado el flash de su cámara solo por el hecho de estar, como si ese hubiera sido su cometido mucho antes de que las aguas llegaran del todo.

Ahora solo queda leerse una vez más estos retazos, reflejarnos en las aguas de un malecón desvanecido e intentar caminar una vez más por entre tanto hueco ancestral, antes de que las aguas arramplen con todo y ya no tengamos ciudad, ni siquiera para pensar en ella desde la lejanía y recordar que una vez existió, de verdad, en esos otros horizontes.


Julián Martínez Gómez, Conga triste de La Habana (obra gráfica de Flick y prólogos de Norge Espinosa y María Castrejón, Araña Editorial, Madrid, 2015).

Julián Martínez Gómez y Flick firmarán ejemplares del libro mañana sábado a las 18:00, en la Feria del Libro de Madrid, Caseta 241, El Retiro.

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