Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Ensayo

Trampas y encuentros

En un día como hoy, plano y estancado, sin frío ni calor, en una primavera arrepentida y sin identidad, siempre existe el riesgo de recordar a Eliseo Alberto (La Habana, 1951-Ciudad de México, 2012). Claro que pasa también en las noches alegres, en las mañanas claras y las tardes sombrías, en todas estaciones del año porque él dejó, además de sus poemas y su prosa brillante, una silla vacía para siempre en las salas de todos su amigos.

Lichi era culto, inteligente y sensible, pero no lo sabía o se hacía el que no lo sabía para tener tiempo de escribir, amar, sufrir, resistir con valor y una cuidadosa indiferencia los ataques de la dictadura y todavía cantar, con voz grave y su dicción enrevesada, "Rosa mustia", aquella pieza antológica del filin cubano o contar, cada vez con diferentes adornos, la historia de la correspondencia de su abuela paterna con la madre de John Kennedy.

Cuando Eliseo todavía respiraba en México o en Madrid, era ya un productor natural de nostalgias que es un sentimiento peleado a muerte con el odio, la envidia y la violencia. Así es que ahora todo es peor porque no hay esperanza de que vuelva.

Con la ventaja de que no se celebra ninguna fecha redonda de su vida ni de su muerte puedo, desde la memoria, encontrarme donde yo quiera con el autor de La eternidad por fin comienza un lunes, Caracol Beach, La fábula de José y Esther en alguna parte. Si me conviene, por ejemplo, nos tomamos —escondidos de su padre— una botella de ron en el portal o en el patio de su casa de El Vedado; voy a verlo a la finca de Arroyo Naranjo, donde pasea en un velocípedo, o lo traigo de repente a mi casa, le digo que lo extrañamos mucho y que hasta las muchachas que lo dejaron solo en su juventud padecen el sobresalto de esperarlo o la angustia de añorarlo en vano.

Hablaremos de la cantante Juanita Bacallao y de "El Conde Eros", que en la vida real usaba el nombre irreal de Baltazar Enero. Y, al final, le pediré que me diga si sostiene estas palabras que escribió algún día: "Lo único imperdonable es el olvido. Tarde o temprano, los cubanos nos volveremos a encontrar bajo la sombra isleña de una nube. Hay que estar atentos: el toque de una clave se escucha desde lejos".


Este texto apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

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Comentarios [ 4 ]

Imagen de Anónimo

Linda crónica, lichi es de los buenos. Nunca lo conocía personalmente, pero desde la distancia fue tan amable que me hizo llegar todas sus novelas, unos días antes del día fatal me dejó un mensaje en facebook dándome apoyo. Un gran narrador, tan bueno como persona y escritor, tan de la fibra de los De Diego, que quizás Cuba no se lo merecía. Me encanta una frase de él que está en el fondo de esta crónica: "la nostalgia antes de la nostalgia", creo que la leía en Informe contra mí mismo, no recuerdo ahora, la idea es que los cubanos estamos nostalgiando desde antes de empezar a tener lo que vamos a perder, me encanta, me ayuda a entender muchas cosas, como esta crónica ahora: su visión de la vida como un agonista, sin rencor, con una gran nostalgia, la misma en que se le tiene en el corazón también dentro de su patria donde casi ni se le menciona. A Dios gracias, por Lichi, esa encarnación del novelista que siempre quiso ser Eliseo. Gracias. Francis Sánchez

Imagen de Ernesto Gutiérrez Tamargo

Maravillosa prosa la de Raúl Rivero. Te felicito, Poeta, tu reseña de Lichi  (Eliseo Alberto) te honra doblemente: por exaltar a uno de los mejores escritores cubanos; y por no olvidar a un gran amigo tuyo para que siempre siga vivo en la memoria de muchos (como lo está en la tuya). Me alegra leerte, Poeta. Sigue firme, es posible que algún día podamos estar bajo ése mismo cielo. Yo también oigo ésa clave a lo lejos.

Imagen de Anónimo

Muy hermoso texto, Raúl. Lichi en una pieza. Chapeaux. AGA.

Imagen de Anónimo

Al igual que Lichi, Raul es grande.  Dos almas reencontradas en Tierra de nadie.  Mi isla pario esplendidos hombres como ellos: quijotes a la deriva, sanchos entranables,cubanos de rios eternos.  Hondos y revueltos.  Cuanta belleza acumulada, cuanta tristeza limpia al garete.  Como siempte, me conmueves, poeta.  AT