Martes, 27 de Septiembre de 2016
16:54 CEST.
Narrativa

La insaciabilidad

Monstruos hay sobre la tierra y en el mar, pero ninguno como la mujer, dijo un individuo que por los siglos de los siglos sería citado. Tiene la lengua como un anzuelo de siete picos. Si las arpías vivieran, palidece­rían de envidia ante semejante espantajo. Rubia, gordísi­ma, presume de gran bebedora, fuma puros del tamaño de los de Fidel Castro, fue mi vecina en la primera caverna xalapeña. Recibió a sus invitados como un vaquero dispuesto a la pelea. Escrutó el bar, mirando con desprecio las botellas, por fin dijo casi aullando: Yo solo tomo whisky, aunque sea esta porquería de Ballantine's. Estrella de los Campos es un personaje temido en Xalapa. Lo gorda, lo solterona y lo poliomielítica no le han impedido convertirse en el azote de cualquier autoridad. Sus artículos periodísticos y sus intervenciones en radio son acerbos y su cara de una fealdad pasmosa. Pero sería capaz de cortarse un pecho por sus amigos. Se precia de haber vivido a costa de la Universidad sin jamás haber trabajado. Es poeta y su poesía semeja un aullido de desolación, el grito de un lobo en la estepa, tema frecuente en ella es la ausencia absoluta de hombres bragados, con corazón y huevos. En la fiesta se portó lujuriosa e insultante. Llegó al extremo de seguir a un muchacho al baño e intentar violarlo. Cuando regresó, acaso más vapuleada que su víctima, contó su aventura y mostró las huellas sobre su piel magullada, testimonio de sus asertos.

—Me costó un ovario y parte del otro bajarle los calzones al imbécil, y ni qué decirles que ponerle la huella vaginal en la cara fue como masturbar a un burro de monte.

Otto Hans Diels, un alemán que acababa de dar una conferencia sobre Carpentier y el criollismo, insistía en ignorar a la dueña de casa. En su lógica no cabía semejante engendro.

Decidí tirarle una piedra al alemán. Dije que lo real maravilloso, el realismo mágico y todas esas majaderías eran formas de racismo y que fueron robadas por los anglosajones a los surrealistas para explotar el filón de oro latinoamericano.

Un argentino de larga y blanca cabellera recogida en cola de caballo,  voz estentórea, quien se pregonaba escritor de los textos más soporíferos del mundo, estuvo de acuerdo conmigo.

—Tú y yo somos los personajes más odiados de la ciudad— le dijo  el güero Villar, el calvito desabrido e inútil de todas las fiestas, a Bárbara, mientras le deslizaba una mano por la espalda, la  atraía hacia sí e intentaba besarla.

Alejandro Barón, el escritor  de amplio ecuador y de una sola novela siempre inédita, al darse cuenta del asunto,  corrió a rescatar a la añosa y no obstante bellísima dama.

—Ven a un cuartito de adentro. Quiero leerte un capítulo de mi work in progress.

La nobleza de Barón sin duda iba a tener otro filo. Nada más cerrar la puerta,  se abalanzaría sobre Bárbara y buscaría sus labios, puerta de acceso a otros ámbitos.

Y Bárbara, tan diplomática —no deja de ser la mujer respetable de sus  primeros años de matrimonio— no fue capaz de plantarle discreta  cachetada. Según la muy cándida, el tipo había hecho su avance movido por la ternura y la falta de reconocimiento.

Y mientras todo lo anterior sucedía, yo observaba con  indiferente paciencia. Toda Xalapa conocía la historia, la vieja y casi callosa  historia  de la musa alemana  y el escritor, historia que me  había atrevido a publicar, con ligerísimas variaciones, hay que reconocerlo,  en el Diario de un frenético. Todo el mundo la sabía pero nadie hasta entonces se había atrevido a mencionarla.

Escuchamos, otra vez, los mambos de Pérez Prado. La Foca, una hembra de gitana vestida que fue mujer del polaco Kristoff y que en alguna oportunidad me quiso gozar, habló  sobre la vanidad de los premios literarios. Yo los defendí.

Estrella de los Campos, cruzada de piernas, enseñaba el muslo sano y el andamiaje de su pierna en desgracia. Desvió sus baterías hacia la Editorial, donde tengo el placer de trabajar corrigiendo galeras con las patas sobre mi escritorio.

—Allí casi todas son putas... La verdad es que toda mujer es puta hasta que no se demuestre lo contrario. La Malena es tan lujuriosa, que en caso de  necesidad se fornicaría contra un árbol. Una vez la vi en el Nazdrovie metiéndole mano a Robusto—Robusto es el auxiliar de oficina: de tez oscura, casi negra, dientes patinosos, el hedor que emite su cuerpo ocupa varios metros a su alrede­dor, su rostro es aplastado y sus ojos amarillentos, se siente el protector de las castidades de las mujeres que trabajan en la oficina—. Ni qué decir de Rina, que se lo da a media ciudad y hasta paga para que le hagan el trabajo. Las únicas que se salvan son Chío, que solo ha conocido a su marido, la pobre pendeja, y la Cachetona, que de puro exigente, de tanto soñar que compra un piano, dejó que se le pasara el tren y ahora está más vieja que el Árbol de la Noche Triste y ya se le perdió el hoyito de la vagina entre las arrugas.

Otto Hans Diehl hacía todo lo posible por no comprender lo que Estrella estaba diciendo,  al tiempo que se empeñaba en mantener viva la discusión sobre el realismo mágico.

—Y fíjense en Pablo Mangas, exanarquista, esquizofrénico, que solo va a cobrar, es un marica reconocido, que primero se dejaba coger por Ponciano Pérez y Pérez  —exsenador, la vanidad hecha carne, quien está escribiendo la Historia de Veracruz como pretexto de autoglorificarse.

Uno de los siete imbéciles de Xalapa, dice el amigo tímido en voz baja.

—Mangas es ahora es el esposo de la mismísima hija del viejo Pérez y Pérez, y dígame si no son unos depravados dignos de esta ciudad de glorias y fastos. Y, ¿saben qué? Pues don Ponciano se cogía a Pablo Mangas, en los tiempos en que era senador, entre los libros de su biblioteca, precisamente en los días en que Pablo visitaba a su noviecita, que se quedaba leyendo a Platón en el segundo piso, mientras en el sótano, Pablito le daba las nalgas a don Ponciano. Y, ¿saben para qué? Para que el viejo le diera dos cosas: la mano de su hija y un trabajo de base en la Universidad.

Estrella de los Campos tomó la botella de Ballantine's y dejó que el líquido bajara a raudales no solo rumbo al interior de su cuerpo, sino siguiendo las arrugas y los puentes colgantes de su garganta, hasta formar un arroyo que se perdía entre sus pechos. Eructó:

—Y no hablemos de Pedro Manlio, el más grande erudito de la Universidad. A la entrada de su biblioteca tiene un lavamanos y antes de tomar un libro se asea como si fuera a hacer una operación a corazón abierto. Es el más grande vanidoso que haya producido la humanidad. Digamos, diez veces Ventura. En cada frase que pronuncia introduce cinco veces la palabra "yo". Está suscrito a cincuenta revistas que dice leer de principio a fin: rusas, chinas, japonesas, hebreas. Se precia tanto de sí mismo, que llegó a fracturarle la mandíbula a un tipo que se atrevió a llamarlo farsante. Es tan insoportable, que volvió loca a su mujer y a sus tres hijos. De niños puso a estudiar a sus hijos simultáneamente japonés y náhuatl. Uno de ellos se suicidó. El otro entonteció y hoy recita a Plotino interrumpiendo el flujo de autos en La Rotonda. No pierde su facha de patricio romano, ni viste andrajos, pero a los treinta es un anciano que no quiere saber nada de la cordura.

Otto estaba definitivamente extasiado. Había pasado sin transición del asco al éxtasis. Superado su asombro decidió, sin duda, adscribir a Estrella al realismo maravilloso.

—Xalapa sigue siendo un gran pueblo, que vive entre brumas y verdor; hace apenas cinco años las ánimas en pena paseaban impunemente por las calles, confundiéndose con la gente. Don Maciel, dueño del Diario de Xalapa, vestido de blanco y con corbatín, se apostaba a las puertas de la Escuela para Señoritas y desde allí les ofrecía flores a las niñas impúberes. Recuerdo a don Maciel, su traje blanco de tres piezas, su camisa de seda, su corbatín de magnolia y sus billetes perfumados, a mediados de la década de los treinta. Fue con el viejo fauno con el que perdí la virginidad a los diez años: me dio a cambio un botecito de polvos de harina. Eso fue en los lavaderos de Xallitic, que hoy siguen intactos como monumentos a los días en que el agua de este pueblo era plata líquida entre los verdores.

Mientras Estrella de los Campos extremaba una cortesía a todas luces burlona, continuó hablando. Ofreció cognac, whisky, licores de Coatepec, arroz con pollo y un extrañísimo postre que hizo sospechar a los presentes que allí estaba el secreto de toda su euforia y elocuencia.

Del baño regresó la víctima de la gorda poeta. Maltrecho pero sonriente, quiso dar a entender que su virtud seguía intac­ta.

—¿Te gustó, güerito? Si quieres le seguimos. Al cabo nadie va a sacar la mano por ti.

Estrella de los Campos hizo valer su calidad de es­pantajo lírico, declamó a grito pelado sus poemas. Xalapa nunca la olvidará. Fue ella quien se atrevió a subir un caballo al escenario del Ágora y sobre él iba montada y desnuda como una Lady Godiva mostrando su lado derecho, el sano. Fue ella quien se hizo llevar en un ataúd cubierto de azucenas, del que salió a declamar pálida de polvos de arroz, lo más granado de su lira. Fue ella quien le escupió el ojo a Hernández Viveros cuando este se atrevió a ganarle los Juegos Florales del 72.

El poeta Pablo Mangas estaba como de costumbre en otro  mundo. Nada le interesaba más que mirar de reojo a Bárbara Blaskowitz. Su esposa, cegatona, que cargaba sobre el puente de la nariz unos anteojos desastrosos y remendados con alambre cobre hervía de rabia. Sabía que era a su padre a quien llamaban el rey de los vanidosos. A través de los vidrios espesos se le veían un par de almejas contaminadas y bizcas.  Se reía como una coneja a escondidas de las locuras de Estrella y con un dedo fingía taladrarse la sien. A Mangas se le humedecía el cuello de la camisa mirando bailar a la señora Blaskowitz. Su esposa, al notarlo, se enojó. Se tiraron de los pelos, se arrojaron jarrones llenos de flores a las cabezas, se gritaron todo lo que habían guardado por años y luego se sentaron sonrien­tes a mirar cómo los demás se emborrachaban y hacían el corres­pondiente ridículo.

Bárbara no estaba contenta. De nuevo la pesadumbre la había  acorralado. Al primer canto del gallo, entre los humos de la resaca,  negó que existiera, hubiera existido o existiría relación alguna conmigo. Enfática, orgullosa, vikinga, amazona, irrefutable como  Aristóteles en la Academia de Atenas, ¿cómo contradecirla? Las mentiras dichas por mujeres enamoradas se vuelven verdades irrefutables. Todos le creyeron. Incluso yo.

Hubo brindis para celebrar la próxima deportación de mi digna humanidad ­y la justa justicia de la Carta Magna, que incluía un decreto sin par: el 33.

La poeta sacó de un bolsillo interior de una de sus botas un recorte de periódico y leyó. Atención:

Paladín moral: Pelearíamos hasta las últimas consecuencias por defender y sacar adelante esa conquista inapreciable que se llama libertad de expresión y también libertad de prensa. Es obvio y hasta machacante recordar el artículo sexto de la constitución mexicana vigente, que dice textualmente: La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, SINO EN EL CASO EN QUE ATAQUE A LA MORAL, los derechos de terceros, provoque algún delito y perturbe el orden público.

La poeta Estrella hizo una pausa:

—Luego viene una cháchara que me salto— dice Estrella relamiéndose el bigote—: En nuestro pasado PALADIN MORAL nos dirigimos al señor Rector y al Alcalde de esta ciudad, a fin de que intervenga para frenar a un desequilibrado extranjero que ha dado por escribir cosas ofensivas en contra de la mujer xalapeña y veracruzana (tenemos pruebas en la mano); y sobre todo hace gala de barbajanismo elevado al cubo, al escribir pornografías indignantes que caen en las manos inexpertas y candorosamente ingenuas de la niñez y de infinidad de jovencitas.

—Ta, ta, ta, vamos a la sustancia— agrega la Poeta Arpía:— ...galopante carencia de principios de individuos que tratan de sobresalir a base de bajezas, desnudeces morbosas y actitudes enfermizas, ya que están carentes de destacar por los medios lícitos y comunes en que lo han hecho los maestros del lenguaje y la literatura, los periodistas que se respeten y saben escribir y los hombres probos...

Nueva pausa:

—Aclaro que cuando habla de hombres probos se refiere don Maciel a sí mismo. Sigamos, ta, ta, ta: Señor Rector, señor Alcalde: por decoro, por principio de defensa a la Editorial donde trabaja, a la Universidad, a la ciudad, al país, a nuestras castas y probas juventudes y a la constitución de México, es preciso frenar a ese enfermo mental, a ese francotirador de la podredumbre moral que hace más daño que muchos delincuentes juntos. Este extranjero es de aquellos tarados y enfermos mentales a quienes les dio por desnudarse en plena vía pública. Cuidado, porque esa grotesca y deprimente acción más que deshonesta y pornográfica, muestra las fronteras ilimitadas de una patología rayana en la demencia precoz.

Aplausos. Hasta yo aplaudí. Todos saben que los textos motivo del escándalo están basados en las noches de ventura que pasamos hace años la señora Blaskowitz y este escribano. Todos saben que esas noches de buenabestia están registrados en el Diario de un frenético, basura pseudoliteraria que publico en un pasquín a cambio de un plato de lentejas.

Estrella empina su elíxir y desaparece. Cuando retorna, una hora más tarde, lo hace, bañadita y envuelta en perfume de rosas de Francia, dispuesta a seguir dando guerra hasta la muerte o la consunción del licor. Baila como un espantajo, como la muerte misma, con todos los hombres de la fiesta al punto de dejarlos exhaustos, suda como nunca, bebe, fuma sus puros de orate, lanza pestes contra la raza entera de los machos y presume de su amistad con los poderosos, y para culmi­nar, antes de su viaje definitivo al baño, se tiende sobre la alfombra, coloca sus manos en la cintura y levanta las piernas haciendo la clásica bicicle­ta, con lo que muestra no solo su insuperable ánimo y fortaleza, sino sus impeca­bles calzones color ala de mariposa y sus asimétricas piernas, una de ellas armada con un aparato que parece diseñado por Leonardo da Vinci. Luego se pone de pie, dobla la cintura, vuelve a mostrar el culo y grita para que la escuche toda Xalapa:

—¡De estas apetitosas nalgas no hay hombre que pueda hablar!

Falsísimo, susurró Bárbara a mi oído, todo el mundo sabe que la poeta bruja fue encontrada con las patitas abiertas, y teniendo en medio de ellas nada menos que al ventripotente escritor Nicolás Veneno, hijo natural de Chiapas y el más grande contador de cuentos de este país. 

Tras el espectáculo Estrella hizo, pálida y tambaleante, pero con sonrisa de triunfo, una nueva y definitiva excursión rumbo al baño. Media hora más tarde mi jefe, el escritor melancólico, intrigado por su tardan­za, fue a buscarla. La encontró con la cara hundida en la taza, respirando su propia pestilencia. Toda su parafernalia había terminado en un vómito tan empecinado, que obstruyó la taza del baño. Nadie, absolutamente nadie, podría concebir que un vientre humano fuera capaz de contener tanta inmundicia. Un minuto más y Xalapa pierde su musa mayor. Qué gran quebranto a tan enorme ganancia.        

Al salir de la fiesta acompañado por el escritor de cintura ecuatorial, eran las seis de la mañana. En el paisaje alpino de Los Lagos vi tres patos revolcándose en el barro. Las casas estaban envueltas en la bruma.  El sol era una manchón informe que emitía una luz grisácea ahogada como un huevo ranchero entre las nubes bajas.

—Todos parecemos perros en celo tras el conejo de Bárbara,  reconócelo, Barón— dije a mi acompañante.

—No. Yo tengo a mi Yaya.

A su Yaya de bolsillo. Otra de las víctimas del desaparecido doctor Amóribus.

—Ni siquiera en el límite de la borrachera eres capaz de  hablar.

—Perros en  celo, eso somos.  Y Bárbara debe estar orgullo­sa de  que tantos perros intelectuales anden tras su ilustre cola. Yo ya pagué mi cuota.

Barón se despidió. Me dirigí a casa. Tenía que vestir mi traje de luces para emprender una carrera. La idea de correr los cinco mil metros sin haber dormido un segundo me parecía maravillosa. No hice mal tiempo, aunque me sentí ausente la mayor parte del trayecto. 24 minutos en los 5000. No estaba mal. A los 19 años los corrí en 18 minutos. Caminando del estadio Heriberto Jara rumbo al centro, me encontré con Bárbara. Tampoco ella había dormido. Todo su cuerpo parecía estar jalado como un Gulliver con mil cuerdas hacia la tierra. Sus pupilas estaban fijas. Estaba hundida en sí misma, pálida cual azucena lánguida y lirio. Me miró con algo como nostalgia (recuerda cuerpo que Troya fue un infiernillo comparado con nuestros encuentros en la habitación sepia), luego se alejó, tras rechazar mi brazo de gentilhombre. Me acosté a las doce del día y me desperté a las seis de la tarde. El retorno a  la realidad vigil me hizo sentir bien. El sueño borró el cansancio y  el mal sabor de boca, los reconcomios y la idea de que arrastraba a mis espaldas más cadáveres femeninos de los que puede sobrellevar quien se finge inocente. Insisto: se debe vivir hacia el frente mientras no se encuentre el amor, que es la tumba y la derrota pero también el triunfo. Lo de Irgla fue algo parecido al amor. O tal vez haya sido el auténtico pero no supe reconocerlo. De todos modos ese misterio lo estoy trabajando en la novela  Mujeres amadas, obra que terminaré este año o por lo menos antes de borrarme de la faz de la tierra o del mapa de Xalapa. Hay que recorrer el mundo con el puñal desenvainado. Y cuando uno sienta la puñalada, hay que sonreír. Ya no tendrá más cadáveres a la espalda. El amor es el perdón definitivo porque la mujer es Dios. El erotismo es la herida que solo se cierra con el amor. Me gusta coleccionar frases como estas.


Marco Tulio Aguilera nació en Bogotá, en 1949. Ensayista y narrador. Este fragmento pertenece a La insaciabilidad (Universidad Veracruzana, México, 2015), segunda de un proyecto de siete novelas: El Libro de la Vida. Es autor del blog Descabezadero.