Lunes, 26 de Septiembre de 2016
14:00 CEST.
Crítica

Una lectura desde la sospecha

En el año 2005, el poeta, dramaturgo, ensayista y narrador cubano Antón Arrufat obtuvo el Premio de Cuento Julio Cortázar. Unos amigos, que como yo apenas se asomaban al mundo literario, ávidos de reconocimiento, y como yo estaban convencidos de ser la gran promesa de la literatura cubana, me contaron la noticia, llenos de impotencia ante lo que sospechaban un veredicto injusto.

El concurso no establecía límites de edad o grado de reconocimiento, pero creímos que certámenes como aquel debían estar destinados a narradores más jóvenes o al menos, menos conocidos. Las vacas sagradas, sobre todo si eran vacas viejas (Antón Arrufat nació en 1935) debían dejar el pasto para los terneritos desconocidos, hambrientos de premios, fama y … dinero. (El Cortázar paga 1.000 pesos convertibles.)

Además, cómo saber si el nombre, y sobre todo la distinción de Premio Nacional de Literatura recibida en el 2000, no pesaron en la decisión del jurado. No podíamos saber y por tanto, tomamos la decisión de sospechar.

En aquel entonces, a Arrufat le habían caído ya encima 70 otoños. No podía estar, según nosotros, en su momento más creativo. No habría empezado a chochear, pero estaría repitiéndose en el mejor de los casos, viviendo de pasadas glorias, reciclando textos, aprovechando la distinción de Premio Nacional de Literatura (además del Premio Nacional de la Crítica en siete ocasiones). Dicha distinción nos hacía sospechar aún más. Cuando una vaca ha sido extraída del matadero por carniceros arrepentidos, todo puede parecer poco para resarcirle por los 14 años de tortura (14 años de silencio forzoso, sin poder publicar). Y entonces, todas las distinciones y todos los premios se vuelven sospechosos. ¿Pudimos habernos preguntado si tantos jurados podrán estar equivocados? Sí, pero resultaba más fácil sospechar.

Ahora, durante el 2014 que acaba de quedar atrás, un jurado integrado por Virgilio López Lemus, José Luis Fariñas y Rolando López del Amo, le ha concedido el Premio Nicolás Guillén de Poesía, por el libro Vías de extinción. Una quiere pensar con buena fe, pero ¿se puede no sospechar, cuando en el certamen concursan poetas de toda la Isla, consagrados o no, unos más jóvenes que otros, con madurez y frescura en el lenguaje, y seguramente mayor disposición para experimentar? Si los 70 no es precisamente la edad de las genialidades, a los 80 existe el peligro de volverse penosamente reflexivo, de incurrir en el cantinfleo, el regodeo patético en la propia inutilidad.

Los 80 es, sin dudas, la edad de "arrastrarse despacio, clásicamente", de "orinar un chorro sin energía". Antón Arrufat asiste al desplome de su carne; la debacle del cuerpo. No contempla solo su propia extinción, sino la de las cosas vivas a su alrededor; las que él extingue, agota, devora. Las suyas son reflexiones lúcidas, ante un cocktail de langosta o un filete de res, que no le quitarán el apetito; sobre todo si ha pagado usted un ojo de la cara (o se ha arriesgado a ir preso) por el placer efímero de una cola de langosta o un pedazo jugoso de carne de res, no vieja ni sagrada, sino joven y, sobre todo, sacrificable. Pero al menos, detendrá usted el tenedor en el aire y sonreirá con ironía casi dulce, antes de clavar finalmente, inevitablemente, el tenedor en la carne.

A medida que avanzamos en la lectura, sin abandonar la sospecha, el cuerpo atrapado en los poemas se vuelve más frágil, más flojo. Somos testigos de la caída de cada diente, cada pelo, cada músculo;  lo acompañamos mientras juguetea con su pene muerto… a medias, se burla cariñosamente de él; se adentra en recuerdos, reales o no, con el denominador común de ser irrecuperables.  "Te siento respirar, aletear levemente, buscar en la sombra las pastillas del asma", "Andábamos entre piedras lisas, sucias, manchadas de huellas de patas bestiales y pies como los nuestros", "el sudor de cuerpos jóvenes despreocupados". Cuerpos jóvenes a los que el acceso se hace cada vez más difícil, cuerpos jóvenes cada vez más lejanos. "Cuidado mayor, las calles están malas". Por si quedaba alguna duda: se aleja la propia juventud y la ajena. Todo es pasto para la melancolía.  La palabra melancolía, incluso sin estar asociada a Arrufat, me hace recordar un suceso que quizás llegue a ser una leyenda urbana, cuando él sea finalmente un animal extinto. Ni siquiera yo estaré segura de haberlo presenciado.

Se le hacía un homenaje al poeta argentino Juan Gelman (en ausencia), en la Torre de Letras, espacio conducido por la poeta cubana Reina María Rodríguez, Premio Nacional de Literatura 2014. Varios de los poetas presentes leyeron textos de Gelman y contaron anécdotas relacionadas con él. Antón Arrufat también tuvo algo que contar:  Gelman estaba de visita en Cuba y cayó en sus manos un libro de poesía publicado por Arrufat; describió el volumen como "demasiado melancólico para esta Revolución". La anécdota provocó cierta discrepancia entre los intelectuales reunidos en la Torre aquella mañana del 2010; en algún punto la discusión subió de tono y terminó con Arrufat declarando: "Soy melancólico, porque me sale de los cojones ser melancólico".

Es la imagen que acude a mi mente sin importar dónde, en qué circunstancias tropiezo con Arrufat, incluso si lo veo a distancia, deslizándose por la calle Obispo "despacio, clásicamente", una sonrisa que me resulta melancólica, desafiantemente melancólica. El hombre a quien no callan tardíos desagravios; que durante las primeras presentaciones de su obra Los siete contra Tebas en el capitalino Teatro Mella (año 2007 o 2008), contaba que la obra permaneció engavetada por muchos años, luego de merecer el Premio UNEAC, para que no lo olvidaron quienes lo sabían, y lo supieran quienes lo ignoraban. Pero es otra leyenda. Cuando fui a ver la pieza, Antón no subía al escenario, de hecho no supe cómo lucía físicamente hasta dos años más tarde; solo se escuchaba la grabación de su voz recordando lo sucedido con Los siete… Ahora, sin embargo, casi tengo la certeza de haberlo visto sobre el escenario del Mella, acomodándose los espejuelos para leer de un papel, bajo un foco de luz.

Incluso asediado por el insomnio, por "la muerte que ya envía sus mensajeros", Arrufat no se entrega, ni se acomoda en su trono de Premio Nacional de Literatura, a comer su pasto de vaca sagrada. Mientras espera su hora y se pregunta cómo será, cuando se encuentra al borde de la extinción, insiste en medir fuerzas. En aquel lejano 2005, un amigo se preguntaba si no sería en realidad muy atrevido por parte de Arrufat concursar junto a escritores más jóvenes, de menos nombre, y tomar el riesgo de no ganar. Porque aún ganando, siempre despertará sospechas. Acaso no sería él, la vaca vieja y sagrada, quien más arriesgaba al concursar. Y de todas formas lo hace "porque le sale de los cojones".

Nunca sabremos si pesó el nombre o solo la belleza (abrumadora) de los poemas, en el jurado que otorgó el Premio Nicolás Guillén a Antón Arrufat. Los lectores que hoy tenemos la oportunidad de leer su libro, no contamos con los textos de los otros concursantes para comparar. Aún si pudiéramos hacerlo, quién tendría la verdad en la mano, solo podríamos ejercer un juicio desde la subjetividad (como el jurado). Siempre quedará alguna sospecha. Pero cuando llegamos al final, justo al poema "Vías de extinción" con que concluye el libro, la sensación que nos deja ese último texto, despierta la sospecha de que antes de la extinción inevitable, Arrufat podría entregarnos otro libro descomunal, capaz de arrasarnos con esa fuerza, "insospechada en los poemas del fin del mundo", pero latente en la poesía de Antón Arrufat.

La nota interior del libro describe Vías de extinción como uno de los mejores libros de este autor. Semejante juicio requiere haber leído toda o la mayor parte de su obra. No he podido hacer tanto. Así es que solo puedo calificar Vías de extinción como uno de los mejores libros de poesía que he leído, y quizás ente los que leeré, a lo largo de mi vida.


Antón Arrufat, Vías de extinción (Letras Cubanas, La Habana, 2014).

Comentarios [ 5 ]

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14 años de tortura??? Vistan a Arrufat de azul y su vocación de policía por fin estará completa...

Triste comentario: el Sr. Arrufat no reconocería el talento ni aunque le tocara las narices... Acaso quedará, por su pugilateo y sus tejemanejes, como una nota al pie en la obra de Piñera, y como el ejemplo más apabullante de la torpeza y el envilecimiento de las instituciones culturales en Cuba. ¿Qué se premia cuando se premia a AA? El hedor? la malidicencia? la impotencia creativa?... pero nunca la excelencia estética (ya estoy delirando: hablar de excelencia y de AA -ni me atrevo a nombrarlo- en la misma oración es poco menos que una herejía)...

Imagen de Anónimo

Me gustaría verlo a Antón travestido por fin, "rata de alcantarilla"... belle epoque victoriana, apócrifo franciscano, escanciando veneno, a Pablos y Retamares, gracias Arrufat.

Imagen de Anónimo

están de tranca los poemastros de anton: no ha virado de la guerra

Imagen de Anónimo

Celebro que Antón Arrufat –y desde España le envío un afectuoso abrazo– mantenga, a pesar de los años, esa creatividad propia de los grandes escritores. Mis felicitaciones por el premio.

Imagen de Anónimo

¿Y no será Yusimí una heterónima de Antón?