Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
12:11 CEST.
Crítica

Oblómov o la contra-ficción

Puede que todo delirio sea una forma extrema de ficción. Los hay magistralmente escritos (o mejor, reescritos) como el Lenz de Büchner, donde un diario sobre la locura de Jakob Lenz, escrito por su protector Oberlin, rinde al "olfato materialista" no solo secretos de vida sino también los recorridos, los giros mismos del más emblemático entre los caminantes esquizos. Otras escrituras se apropian y parodian delirios de magnitudes parafrénicas, como hizo Calasso con las memorias del presidente Schreber, en El loco impuro. Y a veces no es la escritura sino un habla demencial —un parloteo sin fin— lo inventado: ese monólogo del príncipe Saurau de Bernhard que cala fronteras, extensiones y genealogías.

De todo esto hay en El Imperio Oblómov, la reciente novela de Carlos A. Aguilera, hasta ahora el más extenso y ambicioso de sus libros. Ficción que establece un espléndido territorio lúdico-delirante, desplegando —yo diría de modo imparable, feroz— un discurso cínico y a la vez payasesco permeado de las alocuciones y el énfasis de la paranoia, ese constructo que Deleuze llamaría molar y que antes Canetti diseccionara con notable rigor. Pero no se apela aquí a expediente clínico alguno, aunque a ratos eso parezca, ni a nada que recuerde una ficción matriz. La Gran Eslavia que Aguilera invenciona con lujo de referencias históricas y literarias, y transgrediendo los tiempos y la "verdad" que soportarían algunos de sus personajes (Kropotkin, Binswanger, o Koch, por ejemplo), bien visto no corresponde siquiera al amplio mapa que traza (pienso que a modo de trampa) entre los Urales y Viena. Supone, más que nada, una síntesis: el diagrama de otros tantos mapas y configuraciones, lo que resulta válido, también, para esa genealogía "montada" en los Oblómov, familia que exhibe sin recato (y teatro de por medio) montones de escrúpulos, taras y enfermedades a veces inverosímiles.

Tal vez los Oblómov resulten parientes próximos o lejanos de los Schreber, como se sabe, con varias generaciones de instrumentos de corrección a sus espaldas; pero lo más importante es lo que les diferencia: una organización brutal. Un orden fuera de los ritos ad usum y atravesado, en cambio, por proyectos (o caprichos) eugénicos que han sufrido una suerte de captura, o inversión, al servicio de una pureza no ajena al cultivo de las taras, de prejuicios ancestrales, y de ese modo según el cual los bárbaros lo interpretan todo. Los métodos ilustrados de Occidente, no siempre incruentos, pero soportables dentro de ciertos límites, adquieren así una dimensión caballuna. Si en unos, los Schreber, lo pedagógico responde a un ciclo mítico-escatológico que en parte anticipa al nazismo, mientras la pureza perseguida se extiende en un tiempo redimible (aun cuando aquel régimen se facturó apelando también a los instintos más bajos —aquella "moral de carnicero" de la que habló Lem); en los Oblómov ese mismo afán recircula en son de atavismo banal y de atroz caricatura, de torturante repetición, quizás como resultado de un sadismo a-genésico a estas alturas ilocalizable

Y es que de algún modo Oblómov el Tuerto y sus descendientes ligan la violencia ciega del pasado —en todo caso alegórica a cualquier totalitarismo y variante post— a una actualización permanente; lo que supone decir: incluso a las menos visibles entre las violencias actuales como a otras por venir. ¿Pero no está esto fuera de la novela? Quizás…  Erigida en un tiempo acabado o, mejor, en un no-tiempo kitsch, el desquiciante Imperio que los Oblómov intentan construir en los moldes de un delirio-de-masas, lejos de expandirse chupando fronteras no hace sin embargo más que contraerse. Coagulación (como locus, como ojo, etc.) que acaso sea su contradicción o mentís. Si todo delirio se funda en una identidad absoluta entre los predicados, entonces este locus no sería más que una cápsula, la adaequatio capaz de adaptarlo todo, y, por tanto, un Este inestable, en constante des-locamiento.

En este sentido, la violencia ficcionada adquiere un carácter inflacionario, y, sobre todo, espejeante en tanto metáfora de un mundo donde los despotismos se trasvasan (nada de los "nervios-tierra" de Saurau) por canales ultra-rápidos y sutiles como espléndidas sorpresas. ¿Qué es esa Torre que construyen los "santones" sino la atopía de una especie por fin global y en permanente implosión? ¿Qué sino juguetitos virtuales inyectados de calibradas dosis de espanto dispuestos no al margen sino en un punto cualquiera de una no mucho más vasta y asfixiante ecología? ¿No es el ojo blanco, licuescente, de Oblómov, también el telepanóptico, el Ur-Plasma, el Cero Mágico?

Decía Canetti que en toda ficción subyace el deseo de trasmitir un cúmulo de lecturas, sobre todo de aquellas que dejaron como rastro una pregunta exigente, sin responder; no hay novela sin los secretos de ese lector que es siempre, por antepuesto destino, quien escribe; y, por tanto, sin las experiencias y traumas de aquel que narra, desplazados como sueños, trucos o hasta peroratas hacia alguna alteridad. El Imperio Oblómov recicla con habilidad (zorrunamente) cuanto le precede en este sentido: la noche oscura del desastre cubano. Y ocurre como quien se saca de encima una y otra estirpe estólida, una u otra vida maltratada, etc., para diseminarlas luego con desparpajo. Pues, por más aprehensibles que sean algunos referentes —la Kakania de Musil, los cazadores de Turguéniev, los santones dostoievskianos, o esos escolares para siempre ineducables y colgando de perchas en Kantor— al final todo resulta un mosaico colosal, un ejercicio bufonesco… Sí, pero por lo mismo, cuán oportuno, divertido y burbujeante en su incisiva y a la vez resuelta, escapada, escritura.  

Aquello que Canetti entendía por "caracteres" es puesto a prueba como ninguna otra noción. Aguilera persigue, y lo hace de manera explícita, un más allá guiñolesco. No esos contra-golpes de Woyzeck que aseguraban, con la sátira, según el propio Canetti, un ethos e incluso cierta religiosidad. No en modo alguno eso, sino la caricatura, o tanto más, lo caricaturesco de unas identidades. Me explico: el único imperativo de estos personajes es el juego, lo libresco de unos estereotipos cuyo propósito no es otro que el de "contra-ilustrar". Todo al servicio de la idiotez y el salvajismo. Y a la par, todo en función de esos delirios a los que se ha extirpado su maraña de afectos, ahora meras carcasas técnicas, es decir, lenguaje ya procesado por otras cabecitas, otros Estados y otras naciones. Ese lenguaje-Estado reverbera ahora, y para suerte de ellos, entre los Oblómov, en un mundo post-civil y por siempre desencantado.

En consecuencia, lo que sostiene al Imperio son esa serie de métodos extremos que aseguran su organización: "cruza" de trusts y Comités Centrales, de Comisarías y Academias de Mongólicos, y de bailoteos Este-Oeste. Y si son efectivos, si convencen, es porque resultan mezclas incontrolables (solo aparentemente demodé), pero no improbables, entre medicina y veterinaria, secretos de alta política y chismes de costureras, o entre costumbres rurales casi asiáticas y sofisticados mecanismos de control también al alcance de los santones. Efecto todo, a la vez, de ese defecto mayor que encarna en la figura Déspota Loco. Toda una bolsa de valores arbitrarios sirve, pues, a Aguilera, para conjugar el defecto con el exceso, lo "bajo" con lo "seudo", lo sórdido con lo que ya no duele, haciendo que la violencia resplandezca como algo todavía inquietante, y solo así estético. Pero al mismo tiempo, recordándonos, por contraste, la vecindad de un mundo pese a todo real, lustroso pero no ilustre, con sus expertos y vendedores de humo y sus tantísimos deditos apuntando al cielo. Porque si hay una forma de expresión en esta novela son esos deditos y órganos arrancados y vueltos a pegar de Mamushka, Bertholdo y el Tuerto; esas interminables cirugías cosméticas. 

Novela de novelas, trompe l’oeil, pura reversibilidad, no digo que Aguilera quiera alertarnos de nada. Pero algo de eso se desprende de la lectura de este Imperio… Me ha hecho pensar, por algún motivo, en aquellos personajes de Piñera, Tabo y Tota, que recortaban figuras de revistas y luego las quemaban con desprecio. Jugaban, muertos de miedos, a poner el mundo a sus pies. Reciclaban sus odios como niños monstruos que eran, ante el telón de una organización brutal entonces emergente y plena en ingeniería humana y agrícola…. Lo mismo ocurre aquí. Una mujer y un hombre, menos solos pero más demenciales, reos de su progenie y su desmesura, se proponen un alocado experimento. Crean una corte de mancos, enanos y albinos a los que se les educa comme il faut: a cara descubierta. Eso... Todos atravesados por un mismo tic y un mismo sometimiento: ante Oblómov, ante el Gran Paranoico.


Carlos A. Aguilera, El Imperio Oblómov (Renacimiento, Sevilla, 2015).

Comentarios [ 6 ]

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Excelente reseña, buscaré la novela. Quizás la única sugerencia al psiquiatra es que evite para la próxima que el exceso de referencias entorpezca la lectura. No hacen falta.

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Me encanta esa bufanda. No sé por qué todos esos artistas que mandan de Cuba ahora usan bufandas en pleno trópico.

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Acabo de leer el libro. Muy bueno!

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Excelente reseña, felicitaciones a su autor y al autor reseñado. Gracias.

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No estamos un poquito ya cansados de delirancias y no-tiempos kitsch? No es toda esta ultramodernidad otro mamotreto retórico, engendro poético del socialismo y por tanto bastante casposa? No fue Sebald quien denunció hace 30 años esta misma artificialidad trasmundista?

Imagen de Anónimo

Este párrafo no se entiende muy bien:

 es que de algún modo Oblómov el Tuerto y sus descendientes ligan la violencia ciega del pasado —en todo caso alegórica a cualquier totalitarismo y variante post— a una actualización permanente; lo que supone decir: incluso a las menos visibles entre las violencias actuales como a otras por venir. ¿Pero no está esto fuera de la novela? Quizás…  Erigida en un tiempo acabado o, mejor, en un no-tiempo kitsch, el desquiciante Imperio que los Oblómov intentan construir en los moldes de un delirio-de-masas, lejos de expandirse chupando fronteras no hace sin embargo más que contraerse. Coagulación (como locus, como ojo, etc.) que acaso sea su contradicción o mentís. Si todo delirio se funda en una identidad absoluta entre los predicados, entonces este locus no sería más que una cápsula, la adaequatiocapaz de adaptarlo todo, y, por tanto, un Este inestable, en constante des-locamiento.