Jueves, 29 de Septiembre de 2016
01:28 CEST.
Crítica

(El arte de la espera) de Rafael Rojas

En enero de 1997, Rafael Rojas escribió en la introducción para su libro El arte de la espera: "No solo la escritura, sino cualquier lectura de un intelectual exiliado se puebla de paréntesis. Quien se destierra no puede resistir la tentación de dejar su huella en la página, como si deseara reescribir lo que lee". Cita como ejemplos de lo que él llama "lógica del paréntesis" la escritura de José Kozer y de Guillermo Cabrera Infante. Achaca el uso del paréntesis a la naturaleza aleatoria de la cultura en el exilio.

Esta especie de prólogo, ejemplos de otros autores aparte, explica lo que es El arte de la espera. Artículos que se escribieron como apostillas a ensayos publicados por el autor, devienen libro como resultado del ejercicio de la lógica del paréntesis. Sus textos son paréntesis; leerlos es penetrar en la mente de Rafael Rojas, explorar sus relecturas y reescrituras de sí mismo, que son, al final, relecturas y reescrituras de Cuba. Más que "notas al margen de la política cubana", como reza el subtítulo del libro, los paréntesis del autor son las notas al pie en la edición crítica de esa obra de ficción que es Cuba.

Hay un extraño placer en leer los artículos, sobre todo porque pocos autores logran que sus notas sean tan interesantes como el texto mismo y este es uno de esos raros casos.

Tres años transcurrieron desde la escritura del primer texto hasta la del último. Es interesante ver, desde 1994 hasta 1997, cómo las ideas del autor sobre un mismo tema se van afinando y moldeando. En 1994 Rojas es todavía un intelectual que interpela al poder de alguna manera, aún no ha completado su tránsito hacia el intelectual que "habla claro sobre el poder", encargado de "rescatar la tradición cívico-republicana del intelectual moderno". De ese modo, una noción que en 1994 podía parecer conciliadora, ya para 1996 ha tomado la contundencia de una certeza.

Varios temas recorren estos años de notas, desde la no existencia del ser nacional ("La cultura nacional no es un ser, una sustancia, una idea, una sensación o una identidad de carácter metahistórico. Lo cubano no soporta ontologizaciones de ningún tipo") hasta la supuesta valentía y heroísmo cubanos, que desmitifica en el artículo "Breve historia del miedo". También sufren el peso de su escrutinio conceptos que, de tanto oírlos, ya ni cuestionamos, como la supuesta continuidad del proceso revolucionario cubano desde 1968 hasta 1959; noción que coloca a la Revolución y sus líderes en una posición mesiánica que es deconstruida con argumentos históricos.

Llama la atención, sobre todo por su originalidad, "Sociología mínima del balsero", un texto escrito en agosto de 1994 y completamente narrativo, en contraste con el tono de los demás. O incluso otros que llegan a ser juguetones, sin dejar de cuestionar, como "La revolución y su fantasma" y "La toma de la palabra", un análisis sobre el valor semántico que se atribuye en Cuba a la palabra "Revolución".

Sin embargo, Rojas tiene, como todos los autores, sus temas recurrentes. Tal vez el más marcado sea la necesidad de la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, que para quien  lee hoy cobra nuevos significados, sobre todo porque el autor lo liga inexorablemente a la posibilidad real de alcanzar nuestra soberanía ("la verdadera soberanía pasa por una pacificación digna de la inevitable vecindad entre los Estados Unidos y Cuba"). La soberanía contrapuesta a la democracia por obra y gracia de la política revolucionaria; la necesidad de la memoria histórica, de recordar los momentos que el Gobierno elimina de la historia oficial; la intolerancia en las relaciones entre Cuba y su exilio; la necesidad de una reforma, de la transición inminente: estos son los temas en que pone énfasis el autor. Recorren toda la obra y unifican artículos que pudieran resultar  a primera vista dispersos.

Mención aparte merece el texto que da nombre al libro. "El arte de la espera", un texto brillante, donde nos leemos los cubanos y leemos nuestra vida, nuestro entorno político. Explora las aristas del inmovilismo que vivimos y que contribuimos a perpetuar. Según Rojas, en la cultura cubana "el arte de la espera se ha convertido en un oficio recurrente", todos los actores, el pueblo, el Gobierno, el exilio, los inversores extranjeros, el Gobierno norteamericano, todos, esperan permanentemente que los demás hagan algo. Así nadie hace nada, lo que conduce al estatismo que nos caracteriza como sociedad. "Pareciera —señala Rojas— que la comunidad está detenida en una ensoñación de quietud y perpetuidad." La sensación de ahogo que provoca la descripción sobre el papel de este fenómeno en el que vivimos solo la podemos aquilatar los que estamos inmersos en él.

A causa de textos como este es que la reedición de  El arte de la espera es oportuna. No solo por su calidad, sino porque poco o nada ha cambiado realmente en el panorama cubano de los últimos años. Pero, aunque Cuba fuera completamente diferente a la de 1994, los artículos seguirían siendo valiosos como documentos históricos y literarios. Desgraciadamente, parte de su valor radica todavía en su vigencia. En "Entre la revolución y la reforma", artículo de 1996-97, Rojas escribió que "Cuba parece vivir en una tierra de nadie, en un tiempo muerto, entre la Revolución que fue y la Reforma que todavía no es".

En 2015 el tiempo muerto aún no ha terminado.


Rafael Rojas, El arte de la espera (Hypermedia, Madrid, 2014).