Lunes, 26 de Septiembre de 2016
23:39 CEST.
Crítica

De la utopía al apocalipsis

La cultura cubana ha sido un lugar saturado de representaciones utópicas, que apenas en la era global se ve obligado a asimilar sus propios límites. Todavía en la década de los 90 y los primeros años del siglo XXI, buena parte del discurso cultural cubano daba crédito al tópico del "naufragio de la utopía", con lo cual los encargos providenciales que se hacían a la Isla parecían asomarse a una segunda oportunidad, siempre postergada. El malestar que provoca esa vuelta a la geografía, en medio de la globalización, puede interpretarse en algunos de los proyectos literarios mejor armados desde la Isla en los últimos años.

Leo en la última novela de Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979), La autopista. The Movie (Colección G, La Habana, 2014), una forma de lidiar estéticamente con ese malestar. Desde su anterior Carbono 14. Una novela de culto (Altazor, Lima, 2010), Lage se había interesado en el tema de la ucronía o la yuxtaposición de los tiempos nacionales, al ubicar la trama en un futuro impreciso de la Isla, aunque adherido al siglo XXI y a la "misma Habana del realismo". Evelyn, la extraterrestre que cae desnuda en la Isla, con la tabla periódica de Mendeléiev bajo el brazo, luego de una explosión en su planeta, llamado Cuba, es un personaje que plantea desde las primeras páginas esa caotización ucrónica del relato.

El isótopo radiactivo que da título a la novela refiere la aplicación del método del carbono 14 para medir la temporalidad de cualquier objeto  —la ropa interior, por ejemplo— en una ciudad que, a pesar de las múltiples escenas que la asocian con La Habana de hoy, es una cápsula atemporal, con rastros de todas las edades posibles de la Isla. El escenario reconocible de La Habana actual, en Carbono 14, es un elemento compensador del futurismo de la novela, toda vez que en el telón de fondo de ese presente perpetuo hacen contacto, como en las terminales de un cable electrónico, el pasado y el futuro de los personajes, sus memorias y sus tramas.

En La autopista, sin embargo, ese presente se ha visto dinamitado, no por una explosión en un planeta remoto, llamado Cuba, sino por la agresiva desestructuración de la historia y la geografía que ha producido el megaproyecto de una carretera que atraviesa el golfo de México y el Caribe y une a Nueva Orleans y Miami con las pequeñas islas antillanas, ahora convertidas en estaciones de paso, México, Centroamérica y Suramérica, Cancún, Curazao y Cartagena.

El futuro, en La autopista, es un dispositivo ingenieril y tecnológico que ha borrado las naciones y sus capitales, las temporalidades y sus legados. La ciudad, atravesada por la autopista, se sigue llamando "la ciudad", pero su presencia no carga con aquella habanofilia que, en forma de guiños topográficos, emergía en la novela anterior.

Los personajes de La autopista (el Autista, Vida Guerra, Hu Jintao, Poppy, el Profesor, Cabeza de Cubo...) carecen de ese afecto generacional que todavía se lee en Carbono 14 y que dotaba la ficción de una suerte de lenguaje cifrado o gremial. Aquí el futurismo está desaforado, por decirlo así, precipitado en un tobogán de relatos que se ramifican y que desplazan constantemente el eje de la ficción.

Todos los personajes son, de hecho, periféricos o secundarios, y cada capítulo —subtitulados todos en inglés, "Breaking News", "Hard Rock Live", "Transmetal", "White Trash"...— abre una subtrama que multiplica el relato. Sin parecerse a ninguno de los narradores que toma como modelo —Diderot, Nabokov, Borges...— las ficciones de Lage serían una buena ilustración del principio de la "novela múltiple", descrita por Adam Thirlwell: la "elongación de algo pequeño y diminuto para producir algo enorme por medio de un proceso gigantesco de animación".

Solo que en La autopista el realismo y el drama están reducidos al mínimo o a una frialdad que tampoco se aviene plenamente con la tradición canónica de la ciencia ficción: Wells, Bradbury, Asimov, Lem... Como si David Foster Wallace, y no Cormac McCarthy, hubiera escrito la trama de The Road, el texto elude la realidad y el drama, aunque sin desembocar en una pastoral de la ciencia ficción. El futuro no es aquí el espacio limpio y minimal de los objetos electrónicos blancos y grises sino el inframundo de Elysium o las ciudades depauperadas, militarizadas o controladas por tribus y mafias urbanas que se ven en Blade Runner o Children of Men. Más bien se trata de una distopía ciberpunk, levantada sobre un Caribe de resorts, capos y ejércitos. A fin de cuentas esta es una novela que, como anuncia el subtítulo, debe más al cine que a cualquier otra novela.

En un artículo reciente, "Tendencias actuales de la ciencia ficción", Raúl Aguiar comentaba la familiaridad que Lage y otros escritores de su generación han desarrollado con la literatura ciberpunk de los años 80 y 90, en Estados Unidos: Bruce Sterling, Rudy Rucker, William Gibson, Pat Cadigan. Algo interesante de este viaje de una poética entre dos contextos tan disímiles, como Estados Unidos a fines del siglo XX y Cuba a principios del XXI, es que lo apocalíptico se presenta más como un efecto del déficit que de la sobreabundancia de tecnología. Pasa con el ciberpunk habanero del siglo XXI lo mismo que observaba Virgilio Piñera a propósito del existencialismo y el nihilismo de los años 50: se llega a la nada por defecto antes que a la nada por exceso.    

Leyendo La autopista confirmo algo que he comentado aquí y aquí y es que la más joven generación de escritores cubanos llega con un repertorio simbólico y un campo referencial fuertemente marcado por la cultura popular y, especialmente, por la cultura popular mediática y electrónica de Estados Unidos —publicidad, series de televisión, Hollywood, nuevas tecnologías—, lo cual establece diferencias clarísimas con la generación inmediatamente anterior, la de los 90, que era más letrada o tradicional, rusófila o afrancesada. No es extraño que esta nueva generación aparezca ya con un dominio pleno de la novela y el cuento, como géneros literarios, que no pase por el ritual iniciático de la poesía tertuliana y que no haga culto a la escritura fragmentaria, tan celebrada por el postestructuralismo y el postmodernismo en los 80.

Otra diferencia con la generación anterior, especialmente con los escritores vinculados al samizdat Diáspora(s), es que estos nuevos narradores parecen haber roto el maleficio de Orígenes. No les interesa afirmar o negar ese legado y escriben como desheredados, como si sus linajes literarios se hubieran diluido, finalmente, en la ficción global. Conocen la tradición literaria de la Isla, como se constata en sus críticas y reseñas, pero sus deudas con el canon nacional son menores. Algo de Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arenas, sobre todo en el trabajo con la parodia o el pastiche y con la multiplicación de arquetipos o caricaturas urbanos, hay en Carbono 14 y La autopista. Pero no mucho más.

La ucronía de Lage es, como decíamos, apocalíptica. En un momento escribe: "Lo que fue La Habana. Lo que nunca fue. Lo que sea que haya sido. La autopista lo ha borrado del mapa. En su lugar, el inabarcable asfalto que llena nuestras pesadillas. Pero tenemos una película en marcha. Tenemos un restaurante. Esperamos, de un momento a otro, un disparo de la suerte". El futuro es el capitalismo y la conexión transnacional, un mundo de conversaciones imaginarias entre Fidel Castro y Roberto Goizueta, de empresarios mexicanos con nombre de jerarcas comunistas chinos y pederastas americanos con nombre de mascotas, de robots, huracanes Katrina, de mafias de Miami y de La Habana, bandas de rockeros sonámbulos y de palentólogos que verifican la extinción del "homo cubensis". Un mundo desenraizado, donde nadie sabe "dónde está parado", donde lo que la autopista une por arriba, se vive como una sepultura o una escisión por debajo.

Comentarios [ 2 ]

Imagen de Anónimo

Para que no salgas nunca de tu sorpresa, lee www.librosdelcrepusculo.net, de donde fue tomada la reseña.

Imagen de Anónimo

No salgo de mi sorpresa, una buena reseña de RR. Guao.