Domingo, 25 de Septiembre de 2016
00:15 CEST.
Narrativa

El muro

Elina abrió los ojos justo cuando entré a su cuarto, detrás de la madre. Me miró desde la cama con cara de no reconocerme ni saber qué hacía en su casa a las nueve de la mañana. Volvió a cerrarlos. La madre salió. Me vi sola ante su boca entreabierta, escuchándola roncar. Elina, por favor, despierta. Dejé la mano en su hombro.

No fui a buscar el pan, le dije a mi madre que no me alcanzaba el tiempo, ella tendrá que caminar cinco cuadras hasta la panadería y luego subir los cinco pisos de regreso al apartamento. Elina me había dicho que fuera a recogerla temprano porque el mejor momento para recoger las conchas era cuando la marea acababa de bajar, y ahí estaba durmiendo a pierna suelta. Agarré el bolso para irme, pero pensé en lo que le diría a mi madre cuando me viera regresar tan pronto con las tostadas, la miel de abejas, los plátanos manzanos y el agua helada en la mochila.

Volví a desplomarme al pie de la cama. Entonces abrió los ojos y permaneció inmóvil. Por fin empezó a desperezarse. Me entusiasmé, pero se dirigió al baño sin mirarme y demoró como si nadie la estuviese esperando. Estaba cerca de llorar cuando reapareció, mojada. Casi sentí alivio de que siguiera sin notar mi presencia. Pero esta es la última vez, Elina, no vuelvo a hacer el papel de comemierda por tu causa, ni hasta luego voy a decir. Me puse en pie justo cuando agarró su bolso y sonrió: ¿Nos vamos?

Elina iba delante con pasos perezosos que no me atrevía a sobrepasar. Miré sus pies, casi inconscientemente, mientras me preparaba para pedirle que compartiéramos el peso de mi mochila, pero pasaba el tiempo y no decía nada. Se detuvo, suspiró, ¿a dónde vamos? No soporto tomar decisiones; además, para mí todas las playas son iguales y ella lo sabía, la que eligiera estaría bien. Entonces vamos a la playa del Chivo. Me paré en seco, ahí van los tipos a... ¿Tienes miedo?, y se echó a reír, ellos van a estar en lo suyo. Le dije que no era miedo, pero algo me apretaba el pecho. No me digas que tienes prejuicios, yo ando contigo sin preocuparme de lo que diga nadie, ni mi madre; además, lo mejor es que a ellos no les gustan las mujeres y no van a molestarnos.

Pero no sabía cómo llegar, nos tomó dos horas y luego tuvimos que caminar más de un kilómetro. El agua seguía estando lejos. No quedó más remedio que meterse en el herbazal y bajar por un camino de piedras. Fui delante, casi raspándome las nalgas, no quería mirar hacia atrás, segura de que ella se burlaba de mí. Entonces pidió que le diera la mano. Cuando estuvimos en la parte llana vi que no me había soltado, aún quedaban diez o doce metros hasta la orilla. Yo no quería llegar, arrastraba los pies sin levantar la vista. Me preguntó si últimamente había conocido alguna muchacha. Sabía la respuesta, la disfrutaba de antemano y yo tardaba siempre un rato en responder, antes de decir que no. Entonces ella miraba a lo lejos y aseguraba con tono filosófico que algún día iba a aparecer esa persona, no una sino esa, disertaba sobre el destino y terminaba hablando de su novio de turno. Ese día sentí la tentación de responderle sí, conocí a alguien, precisamente te quería contar. Solo pude negar con la cabeza. Tampoco ella dijo mucho, había terminado con su último novio. No me extrañó ni indagué los detalles, de todas formas vendría a llorar sobre mi hombro en algún momento antes de regresar y preferí que al menos estuviéramos sentadas.

Al fin nos vimos paradas en una arena gruesa, ante unas rocas claras y frías. Detrás, las olas daban latigazos contra la orilla. No voy a entrar, pensé, así es que no tendría que quedarme en trusa. Elina sí se quitó la ropa aunque tampoco se metería en el agua, no sabía nadar. Contemplé el movimiento de sus omóplatos, los dedos de sus manos sobre los hombros; siempre tenía frío, bastaba la humedad de las rocas, alguna gota que la salpicara cuando el agua chocaba contra las piedras. Sin embargo, prefería estar en trusa. No pude evitar la comparación de su cuerpo con el mío, miré sus pies, la veía acariciar uno con los dedos y la planta del otro. Reprimí la pregunta de si le gustaba que se los acariciaran. Cambiaron de posición bruscamente y al levantar la cabeza la vi frente a mí. ¿Alguna vez has pensado estar con un hombre?, dijo, tal vez esa sea la solución para tu soledad, lo otro quizá sea un capricho. Por unos segundos no se escuchó otra cosa que las olas y las gaviotas a nuestro alrededor. Nunca había visto ninguna tan cerca; sentí una sobre la roca, casi detrás de mí, pero no quise moverme para no asustarla, intenté mirarla con el rabillo del ojo y descubrí un hombre que se acercaba con una pita de pescar, esperé a que llegara, ¿sabe dónde podemos encontrar conchas?

Marcos era tres años menor que ella. Me sorprendió, usualmente le gustaban ocho o diez años más jóvenes, no podía evitarlo. Este era un hombre que sabía lo que quería, el tiempo de la inmadurez había quedado atrás. Estaban juntos desde hacía tres meses. Tres meses y yo no lo conocía, ¿por qué? Siempre está ocupado con su trabajo, su música y... su mujer. A Elina no le importaba eso, ni celos sentía, pero él llevaba casi una semana sin aparecer ni telefonear. Ella tenía el número de su casa y el del trabajo, podía llamarlo. No, respondió tajante, ya estoy cansada de ser siempre yo, de aferrarme a algo que ni sé si es real. Me quedé callada, sin saber por qué todo aquello me sonaba conocido. Sospeché que tenía un nudo en la garganta, pero se agachó a recoger una concha. Tenía unos colores lindísimos y se me ocurrió que podíamos quedarnos allí, a lo mejor había más. Pero el pescador había dicho que donde encontraríamos bastantes sería después del muro. No quería ir, veía dos cabezas por encima del muro de concreto: dos hombres. ¿Y qué?, preguntó Elina, están en lo suyo, a lo mejor hasta nos dicen dónde hay caracoles.

No fue sencillo cruzar el muro; era empinado y liso, pero no había otra forma de llegar al otro lado. Después de pasarlo dejé que se apoyara en mí; es más alta y casi me hace perder el equilibrio, pero traté de que no se diera cuenta. Apretó mi brazo, estás fuerte.

Tuvimos que pasar junto a los dos hombres, uno parecía muy joven, casi un adolescente. Me dio lástima verlo con aquel cincuentón gordo. Estaban en trusa e instintivamente, con la vista, busqué sus entrepiernas. No había señales de nada. Saludamos con un gesto y seguimos. Elina volvió a meter la mano bajo la manga de mi pulóver, creo que al viejo también le gustan las mujeres, ¿no viste cómo me miró? Volví la cabeza, el tipo nos seguía con la vista y el muchacho le dio un puñetazo en el hombro, el otro se rio.

El terreno se volvió negro y rocoso. Increíblemente, crecían unas flores rosadas. Creo que yo también vendría a hacer el amor aquí. No respondió enseguida, supuse que pensaba en Marcos.

Sí, debe ser lindo al atardecer. Volvió a callar y yo sin saber qué decir, la arena aún estaba lejos. Fue la primera en hablar, ¿alguna vez has visto a dos tipos templando? A veces me das miedo, dije. Se rio y salí caminando delante, había chapapote en el suelo, pero no le avisé. Cuando llegamos a la arena puso la jaba entre las dos y empezamos a recoger caracoles. Entonces recordé que eran para ella y tiré los que tenía en la mano. Sabía que me había visto, ojalá hablara, que me mirara con mal genio para decirle que la artesanía era problema suyo, yo me las arreglaba con mi sueldo para sobrevivir. Para acompañarla me había despertado temprano en mi único día libre y la había encontrado durmiendo, como si el mar, las conchas y el mundo tuviesen que esperar por ella, la princesa que no podía pasar ocho horas en una oficina, ni trabajar en algo que no le gustase por mucho dinero que ganara. Que se fuera al carajo, me levanté y empecé a sacudirme la arena. Casi choco con un hombre; pidió disculpas y siguió. Pero no llegó a ningún lado, volvió a pasar junto a nosotras y se quedó a dos o tres metros. Apareció otro, los vi cruzar miradas y pensé que entrarían a los matorrales. No se movieron, fingían no estar pendientes de nosotras, pero descubrí a uno vigilándonos. Agarré a Elina por un brazo, vamos. Se soltó sin mirarme. Hay dos tipos ahí mirándonos. Irán a templar, no tiene nada que ver con nosotras. La miré en silencio, seguía recogiendo caracoles como si yo no existiera. Si no vienes, me voy sola. Te ibas de todas formas, ya te habías puesto de pie, vete. Pensé levantarla por la fuerza, obligarla a venir, pero era más alta; haría el ridículo. Merecía que la dejara sola con aquellos tipos que podían ser un par de violadores, nos habíamos metido allí sin saber qué clase de gente íbamos a encontrar, una genialidad que solo se le podía ocurrir a ella.

Crees que lo sabes todo, ¿verdad?, me tratas como si estuvieras por encima de mí, me utilizas; coqueteas conmigo para ver hasta dónde puedes llegar, a lo mejor en el fondo quieres que me revuelque contigo, pero no te atreves. Estaba sin habla. Por primera vez me sentía realmente bien y quería decir más, que era una calienta bollos, así, con esas palabras, y que en el fondo debía ser frígida. Empezó a meter los caracoles en la jaba, vamos, si a ti no te importa dar un espectáculo, a mí sí. En ese momento recordé a los dos hombres. Cuando levanté la vista entraban en el matorral. Ni se te ocurra dirigirme la palabra después de hoy, y en cuanto a que quiera acostarme con una mujer, es posible, pero no va a ser contigo porque tú ni mujer pareces, no eres hembra, ni varón, ni nada.

El regreso pareció más largo, ella iba dos metros delante y a mí me pesaban los pies. Nos acercábamos otra vez al muro, el hombre y el muchacho seguían allí. El mayor nos hizo una seña, no supe si la había interpretado bien. Elina me miró de reojo y supe que también lo había visto: nos estaba invitando a templar. El chiquito nos puso cara de acércate y te escupo. Debíamos volver a cruzar. Me rezagué a propósito, que se las arreglara sola. Buscó apoyo para un pie, luego colocó el otro, solo le faltaba impulsarse con los brazos. Entonces, cayó. Corrí hasta ella, pero no dejó que la tocara. Intentó levantarse y volvió a caer.

Se había torcido el tobillo derecho y golpeado la rodilla con una piedra. No iba a poder cruzar el muro, y si había otra forma de llegar a la carretera, no podía caminar de todas formas. Calculé que, si podía llevarla cargada, desde donde estábamos era más cerca y luego podíamos parar un carro. Miré mis brazos, tenía los músculos muy definidos; usaba pulóveres ajustados para que las muchachas me preguntaran si hacía ejercicios. Siempre decía que sí, sin darle mucha importancia, pero ahora no iban a servirme para cargar a Elina.

Me dejé caer junto a ella, en silencio. Qué íbamos a hacer, no había a quién pedirle ayuda. Miró hacia donde estaban el hombre y el muchacho. Iba a decirme que fuera allá, sabiendo que el tipo nos había hecho señas para que templáramos con ellos. Qué coño se había creído aquel imbécil. Qué clase de gente venía a este lugar. ¿Qué clase de persona es ese amigo tuyo que dijo que vinieras aquí? Es periodista. Y seguro escribe reportajes muy interesantes aquí. Cerró los ojos, qué coño me iba a decir. Estábamos en problemas por su culpa, pudimos habernos quedado recogiendo conchas donde yo había sugerido, pero no, ella quería cruzar el cabrón muro y ahora no se le ocurría una forma de regresar. El tiempo pasaba, lo menos que podía hacer era abrir los ojos y tratar de pensar en algo en vez de quedarse allí con su cara de reina ofendida. La miré, tenía la rodilla y el tobillo hinchados, pero era yo la que estaba a punto de llorar.

En cuanto vi la cara del hombre supe que lo estaban haciendo, pero no lograba distinguir al muchacho, lo imaginé abajo. Sentí escalofríos, pero avancé. El otro me veía acercarme y se reía sin dejar de moverse, me enseñó la lengua. ¿Por qué no cogí una piedra? Debí quedarme. Tal vez si voy hasta la carretera encuentro a alguien que nos ayude. Tendría que dejarla sola. Elina sola sin poderse mover con estos tipos cerca.

Mi amiga se viró un pie y no puedo cargarla sola, dije. En ese momento vi al muchacho contra el muro, tenía la espalda mojada del sudor de la panza del otro. El tipo no dejó de penetrarlo y tuve que esperar que terminara. Se puso el short con toda tranquilidad mientras el muchacho lo miraba aturdido. Todavía la tenía dura, yo no he acabado, quedamos en que después tú me hacías una paja. ¿No estás viendo que las muchachas tienen un problema? Tú lo que quieres es entrar en relajo con esas dos. A ti nadie te pidió ayuda, así es que puedes quedarte aquí.

Elina se tensó cuando el tipo se agachó junto a ella. El muchacho también se acercó a examinarle el tobillo, con recelo. El otro lo apartó, ¿eres médico? El chiquito se ruborizó. Las manos del hombre subieron hasta la rodilla de Elina y se deslizaron por el muslo. Lo empujé, qué pinga te pasa. ¿Qué te pasa, estás celosa? Se quedó mirándome fijo hasta que tuve que apartar la vista, ¿quieres tocarla tú? ¿Qué te pasa?, yo no hago cuadros de tortilla, además ella no es lesbiana. No me atrevía a mirar a Elina. Ah, ¿no? Le acarició el pelo, el cuello, ella permanecía inmóvil, y yo no sabía si golpear al tipo. ¿No quieres que tu amiguita te toque?, nadie se va a enterar. Entonces ella le apartó la mano, ¿nos vas a ayudar o no? ¿Y tú qué tienes para ofrecer a cambio?

Palpé la arena con la mano en busca de una piedra, cualquier cosa, sin perderlo de vista. Me vio, en realidad estás loca por meterle mano, ¿verdad? Maricón, lo que más rabia me daba era que no hacía otra cosa que mirarme fijo. Se puso de pie con tranquilidad, sacudió el short, si se deciden me avisan, ustedes gozan, nosotros miramos, pasamos un buen rato. A mí me dejas fuera, el muchacho se levantó con cara de asco, te dije que no entro en relajo ni me gustan las mujeres. De cerca me pareció menos flaco, entre los dos podíamos cargar a Elina y llevarla hasta la carretera, ahí las dos cogeríamos un taxi, yo tenía dinero. Lo observé hasta que se perdió de vista. El otro se encogió de hombros, voy a estar allí para que lo piensen.

No sé cuánto tiempo estuve arrodillada, los ojos fijos en la arena. Me levanté en silencio y pasé un brazo bajo las piernas de Elina, el otro bajo su espalda. Cerré los ojos, respiré profundo y caí de nalgas. Ella no hablaba, tenía la vista perdida en el mar, pero yo sabía que el dolor la estaba matando. ¿Por qué no hablé con el chiquito? Lo busqué una vez más, solo se veía al tipo recostado al muro junto a la orilla. Levantó la vista como si hubiese sentido mis ojos. Recogí las rodillas, apoyé la cabeza y empecé a llorar. Elina era la que se había torcido el tobillo y yo, la que lloraba. ¿Por qué está pasando todo esto? ¿Cómo nos metimos en este problema? Dejé de llorar, quedé como aletargada y entonces ella suspiró, llámalo. La miré esperando que lo repitiera. Se limitó a clavarme unos ojos inexpresivos. No me dejé impresionar, primero rompo este muro de mierda a golpes. Pues empieza. Había dicho una estupidez, pero no quería darme por vencida, tiene que haber otra forma. Claro, dime cuál. Me quedé callada, volví a acordarme del chiquito. Elina suspiró cansada, vas tú o me arrastro hasta allí.

No tuve que hablar. En cuanto estuve frente a él, se levantó. Me alegró que no dijera nada, solo que tuviera cuidado con una piedra que había en el suelo, y en seguida volvió a callarse. Elina estaba muy tranquila, me hizo sentar a su lado y el tipo se mantuvo a un par de metros. Por un momento permanecimos así: él, mirándonos con mucha paciencia; yo, sin alzar la vista; Elina, esperando, supongo. Le acaricié la rodilla, ¿te duele mucho?, ella observaba los movimientos de mis dedos, sin hablar. Recordé las ganas que había tenido de acariciarle los pies. Al fin decidí mirarla a los ojos, ¿qué pensaba ella de todo aquello? Le tomé una mano, no quería esto, Elina, de verdad, no quería. Me besó en la boca, creo que estaba cansada de escucharme. Tardé en reaccionar, tenía los ojos muy abiertos, veía las nubes mientras sentía sus labios calientes, entreabiertos, la lengua rozando la mía. Cuando notó mi falta de respuesta intentó separarse, pero le agarré por la nuca y la besé con ganas. En algún momento nos movimos y ella gimió de dolor; recordé su tobillo, ponte cómoda. La hice tenderse en el suelo y coloqué el bolso bajo su cabeza, yo me encargo de todo.

Esa era la piel de Elina, su temperatura, la palpaba con los ojos cerrados hasta que llegué a su vientre. Metí la cabeza entre sus muslos y contemplé de cerca las partes por donde había pasado la cuchilla de afeitar esa misma mañana, la acaricié por fuera de la trusa con la nariz, el aliento. Solo tenía que asomar un poco la lengua para saborearla, no sabía qué esperaba exactamente. De pronto me apretó la cabeza y no pude aguantar más.

Elina no abría los ojos y yo me moría porque dijera algo, cualquier cosa. Le sequé el sudor de la frente y esperé. Aún estaba mareada por su olor.

¿Gozaste? La voz del tipo fue como un cubo de agua fría, ella se sentó de golpe y me agarró la mano. Nos habíamos olvidado de él, de lo que estábamos haciendo allí. Había que cruzar el muro. Le pregunté si pensaba ayudarnos o no. Ya te ayudé, ¿no estabas loca por comerte a tu amiguita? Lo único que queremos es acabar de cruzar el cabrón muro, después nos las arreglamos para llegar a la carretera y coger un taxi. Él la miró como si no me hubiera escuchado, a ti también te gustó, ¿verdad? El silencio se me hacía insoportable y busqué la mirada de Elina, pero cambió la vista. Con el rabo del ojo lo vi caminar hacia ella, ¿por qué no confiesas que te gustó? Entonces le metió una mano entre los muslos, ella abrió los ojos pero se quedó tiesa. Estás empapada, tienes ganas de chuparla ahora tú a ella, ¿verdad? Los ojos de Elina parecían gritar, se veía paralizada por el miedo. No tuve tiempo de razonar, descubrí la piedra. Él me daba la espalda.

Elina empezó a gritar estás loca, mira lo que hiciste. El tipo no se movía. Resbalé contra el muro en silencio, ella seguía gritando lo mataste, ahora cómo vamos a salir de aquí, nos van a llevar presas. Es mentira, está fingiendo, no puedo haberlo matado. Pero no me atrevía a tocarlo. Ella tampoco. Al fin reaccioné, hay que salir de aquí. No podemos dejarlo. El tipo era un pervertido, Elina. No me iba a hacer nada. Pero estabas asustada, casi me suplicaste que hiciera algo. No dije nada. Tienes la culpa de todo esto, quisiste venir a esta playa de mierda, te torciste el tobillo. No contestó, no parecía notar nada a su alrededor. Intenté le- vantarla, de pronto era una masa amorfa que se dejaba llevar y no hacía más que repetir nos meterán presas.

No podía tenerse en pie, metí la cabeza entre sus muslos y logré alzarla sobre mis hombros, me temblaron las rodillas. Ahora trata al menos de sentarte en el muro. Estuvo cerca de resbalarse dos veces y caerme encima; la empujé por las nalgas hasta que logró sentarse. Entonces subí y crucé, ella se apoyó en mí tratando de no poner el pie derecho en el suelo. Metí los brazos bajo sus axilas y empecé a arrastrarla hasta la carretera, tuve que detenerme a tomar aire. Al levantar la vista vi el muro; ella también y trató de levantarse. La agarré antes de que fuera a caerse, pero quiso ir saltando sobre un pie y apoyada en mi hombro. Nos volvíamos a cada momento. El muro parecía cerca aún, como si nos persiguiera.

Logramos coger un taxi que nos dejó en el hospital. El chofer incluso me ayudó a llevarla hasta el cuerpo de guardia. Tuvimos que esperar porque había otros casos urgentes. Quería llamar a su familia pero me pidió que esperara. No vayas a contarles. Hubo un momento de silencio, las dos pensábamos lo mismo, ¿crees que lo maté? Me apretó la mano, quizás no está muerto.

Se quedó callada y me abrazó. Estábamos tan juntas que su boca casi me rozaba el cuello, por un segundo se pegó a mi piel. Tal vez, tenía razón. La abracé y sonreí. Todo va a salir bien.

Le pusieron una venda elástica y le mandaron calmantes, reposo, fomentos.

Tenía que regresar a mi casa, el viaje era largo, su familia ya estaba allí. Al despedirnos quedamos en que la llamaría al día siguiente.

Fue lo primero que hice al llegar al trabajo. Respondió ella misma. Creí que era Marcos, dijo. La había llamado en la noche, en cuanto le contó del accidente corrió a su casa para verla. Escuché toda la historia de reconciliación, en silencio, hasta la parte del sexo a escondidas de la madre, ya habían hecho el calentamiento previo por teléfono. Lo esperó sin blumer y él solo había tenido que bajarse el zipper del pantalón. Pude haberle dicho que sabía cómo iba a terminar todo aquello; podría haberle descrito la escena que tendría lugar dos meses después: nosotras dos en la playa, o tal vez en un parque, ella llorando sobre mi hombro, diciendo que los hombres eran una mierda. Nosotras dos, Elina, siempre nosotras dos. No dije nada, le pregunté si le había contado lo de la playa. Su tono de voz cambió. En la playa no ocurrió nada de particular, recogimos caracoles y me torcí el tobillo, eso fue todo.

No volví a llamarla en el resto de la semana, ni ella a mí.
 Nos encontramos en la calle, ella intentaba parar un taxi, pero todos pasaban llenos. Me llamó falsa, mala amiga, hace un siglo que no sé de ti. Le pregunté por Marcos. Está bien, tocando en una orquesta de jazz. El nuevo novio se llama Alejandro y es pintor. Este sí sirve, me dijo, ha tenido una vida difícil y sabe valorar las cosas, quiere estabilidad, comprensión. ¿Y tú qué, has conocido alguna muchacha? Algunas, pero no le dije que continuaba sola; seguí con la vista a una señora con un perro; Elina me miraba en espera de un relato detallado.

El chirrido de unas gomas nos hizo volvernos, tuvo que montarse rápido porque ya venía un par de mujeres corriendo hacia el taxi. No dejes de visitarme, tengo un montón de cosas que contarte. Solo asentí.

El carro continuó la marcha. Respiré profundo, entonces volvió a invadirme su olor, sus manos en mi cabeza. No pude evitar preguntarme si seguiríamos recogiendo caracoles en la playa.

 


Yusimí Rodríguez López nació en La Habana, en 1976. Este cuento pertenece a su libro The Cuban Dream (Oriente, Santiago de Cuba, 2014),  recién presentado en la Feria Internacional del Libro de La Habana.

Otro cuento suyo: La mujer del héroe.