Sábado, 1 de Octubre de 2016
19:11 CEST.
Narrativa

Historias de fantasmas

Dolía nada más el hecho de pensar que se me podían enganchar en las púas. Superar cercas de alambre no era como coser y cantar, qué va, y tampoco daba lo mismo saltar por arriba que cruzar a través, separando aquellas alambradas, mucho menos si uno andaba desnudo y con apuro, pues se me podían quedar fácilmente los huevos en las púas.

Pero el haberme dedicado en secreto cuando niño al robo de caballos, me permitía considerarme por fin un hombre con ciertas competencias, autosuficiente, ahora, en la circunstancia de tener que atravesar potreros y corrales buscando una carretera o un camino vecinal.

Crucé hiriéndome entre dos alambres. Era la última cerca. Aunque con mi piel casi hecha tiras, dejaba atrás los campos de reses y ovejas.

Al otro lado, en un paisaje de roca volcánica, por suerte, todo hacía indicar que estaba a punto de nevar. Sentía menos el cuerpo. Mucho frío, y la inminencia de una nieve espesa, cicatrizaba o anestesiaba los rasguños.

Desde dos o tres días antes ya había abandonado el espacio y el aire jurisdiccional de mi país. No obstante, en un nuevo y extraño ambiente, cruzaba fronteras definidas por un ligero cambio de brisa entre otoño e invierno. Entonces podía sentirme libre, a salvo en medio de cierta falta de oxígeno y una soledad diferente, monumental, que me daba señales de hallarme a una mayor altura sobre el nivel del océano, quizás en medio de los Andes.

Descubrí marcas de zapatos sobre la roca, se alargaban a través de un sendero indeterminado, y fue cuando me vino a la mente qué misión traía o en qué pasos andaba desde el principio. Seguiría las huellas en busca de un cruce de caminos, un punto de concentración acordado de manera secreta para dar un gran golpe.

Íbamos a la reconquista de las tierras sagradas donde mataron y enterraron al Che.

Silbaba el viento entre las rocas.

Al verlos, su fuerte impresión me devolvió y aumentó el ánimo. Desde la distancia, el gentío parecía un animal largo y pesado que se preparaba a atacar.

Distintos grupos de peregrinos, aunque unidos, mantenían con mucha precisión sus distancias, identificándose por clases y colores políticos.

Gritaban consignas y agitaban banderas en un calentamiento de preámbulo. Mientras, algunos comisarios repasaban las listas de las tarjetas laborales, marcando la asistencia por países y por centros de trabajo.

Pregunté dónde estaba el grupo al que debía integrarme. Pidieron un documento. No traía recomendación, tampoco venía guiado por nadie con un cargo importante, fue lo que me recriminaron, apartándome. "¿En qué lista apareces?"

La delegación oficial de mi país informó a los organizadores —nunca descenderían a establecer comunicación conmigo— que se negaban a darme cabida. "Él no vino con nosotros", dijo el del tabaco y el sombrero.

Inmediatamente, un par de compatriotas, supuestos trabajadores del campo y sindicalistas, dándoselas de agricultores enfundados en jeans y botas altas, propusieron al comité organizador que me deportaran y que me descontasen el salario y me impusiesen una sanción, además, por ausencia injustificada al puesto laboral.

El del tabaco y el sombrero, dijo que se ratificaba y aprobaba semejante purga revolucionaria en nombre de nuestro lejano y simbólico país, sin tanto burocratismo pequeñoburgués, por fuerza mayor, y con la misma blandió en redondo una bandera que pasó a la altura de mi cabeza y casi me la arranca si no me agacho.

También —aseguró el del tabaco y el sombrero— decidían a nombre de mi difunto padre. Porque este, con superior visión histórica a pesar de resabios propios de la vejez y el capitalismo, cuando el nuevo gobierno le intervino un cine rural que todavía pagaba a plazos, no se apartó ni se alió al enemigo, sino que se convirtió en un hombre callado, conforme y que nada más entraba al cine para arreglar los viejos proyectores, trabajo por el cual percibía un salario.

Supuestos agricultores y sindicalistas, enérgicos, se apartaron a hablar en voz baja, y luego regresaron trayendo la nueva apariencia de que me habían visto crecer desde niño, conocían a toda mi familia, y se sentirían profundamente apenados por la afrenta a la memoria paterna, aunque —según ellos— en ninguna parte del mundo creaban leyes especiales para los huérfanos, como tampoco debían existir sentimientos que los exoneraran de responsabilidad.

Aumentaba el entusiasmo. Todos extraían banderas, llamaban a la acción y levantaban los puños.

Apelotonados, inscritos en la que sería sin duda una de las mayores carreras de maratón de la historia, unían fuerzas, se codeaban y apretujaban sobre una raya dibujada en la roca. Incluso los que se hallaban entre las últimas filas querían ser los primeros desde la misma arrancada y forcejeaban para conseguirlo, luchando a brazo partido por situarse sobre la línea de salida.

Sonó un disparo.

La multitud se ponía en marcha.

Durante los primeros doscientos o cuatrocientos metros, corriendo a pleno pulmón, en medio del frenesí. Luego, con la falta de oxígeno, vino una etapa de reacomodo de energías, y el colectivo volvía a dilatarse y se fragmentaba.

Tras la carrera rápida, llegó el trote y el caminar lento, y quedaron otra vez definidos distintos grupos con su particular estilo de moverse.

Legiones de manifestantes.

Se me revelaría entonces un punto flaco de mi situación personal, un desperfecto o un simple detalle de conducta que, si bien quitaba culpa a los otros por el rechazo mostrado y por los ataques, asimismo me daba alivio, porque contribuía a verme en perspectiva fuera de la lotería de la política, haciéndome idea de que mi marginalidad se debía a un problema universal, sencillo: en ese momento noté que, aparte de mí, nadie más andaba desnudo.

Naturalmente, les provocaba vergüenza. Como es lógico, al pasar por mi lado se tapaban la nariz y miraban hacia cualquier otra parte. La desnudez de un adulto, y lleno de rasguños, les parecía patética y ridícula.

El bloque avanzaba montaña arriba.

Intenté rodearlos sin que me vieran, yendo por detrás, para sumergirme y cubrirme entre sus cuerpos. Pero ni un brazo, ni un dedo pude colar entre sus hombros y cinturas. Y, de rebote en rebote, expulsado de la multitud compacta, por último, corrí y pasé al frente y busqué una salida y un sitio en la vanguardia.

Huía de sus ojos. Aunque, con tal de aparentar que pertenecía a ellos y sentirme menos expuesto, tarareaba las mismas canciones y gritaba sus mismas frases, haciendo bocina con las manos.

Al otro lado de la montaña, nos esperaba un caserío construido sobre la ladera, cuyos habitantes trabajaban para transformar el sitio en una digna sede. Ponían tendederas de bombillos pintados entre las casas, y armaban puchas de flores silvestres y las clavaban sobre columnas y puertas.

El desfile confluyó en una explanada delante del edificio mayor y más antiguo. Se trataba de una especie de castillo en miniatura, tallado en madera, que había sido en otros tiempos una escuela rural, nos explicaron, por eso aún en el patio interior se sentía el sabor a harina de los recreos escolares, y un viejo árbol que proyectaba sombra y humedad, sugería el espacio protegido de la infancia. Aislando al castillo, un seto de tablas con puntas.

Salté dentro del patio.

Apenas me repuse de la caída, me hallé ante una hilera de armaduras.

Viejas caparazones, dispuestas como adornos, en formación defensiva. Podían despertar en cualquier persona el ancestral y profundo miedo a los fantasmas.

Causaban simplemente una impresión sobrecogedora, igual que las que emergían en mi memoria desde ciertos animados vistos en la niñez, donde un aprendiz de detective entraba por la noche a un museo y, tratando de no creer ni pensar en fantasmas, cuando pasaba junto a una vieja armadura, la sentía moverse, articular pequeños gestos, y por último creía verla levantar una espada.

Precisamente estaban allí para mantener alejados a los intrusos, en especial los niños, además de los saqueadores de tumbas. Si te acercabas, corrías riesgo de irritar al espíritu bárbaro de un antiguo guerrero que aún no hubiera abandonado sus vestidos militares.

Miré por una claraboya lateral. Dentro, en el salón de ceremonias, cortaban un pastel. Los invitados, emperifollados en coloretes, se dividían en dos bandos: unos, jugaban a asir por el cabo un enorme cuchillo de cartón y hundirlo dentro del merengue; otros, alzaban una piñata con una soga que pasaba por una roldana colgando del techo.

Creí, por breve tiempo, que el salón se iluminaba con una luz intermitente o defectuosa, antes de darme cuenta que eran los flashazos de las cámaras de los visitantes. Intentaban capturar en fotos las siluetas de los fantasmas que presumiblemente habitaban el castillo.

Tras un gran flashazo que demoraría unas centésimas de segundos más que de costumbre y congelaría los rostros infantiles en una sonrisa fingida, siguió una ovación cerrada.

Manifestantes rodeaban el castillo. Trepaban sobre tribunas y plataformas improvisadas, colmando los espacios exteriores que de ese modo acababan convertidos en unas secciones de gradas rústicas y estrechas.

Excitados, aplaudían. Exigían comenzase el espectáculo. Lanzaban objetos.

Abajo, en el foso, yo no hallaba dónde ocultarme y corría en círculos.

A donde quiera que iba, me alcanzaban con los objetos que lanzaban, y peor, me sorprendían en la situación vergonzosa de espiar —¡y desnudo!— el interior de una casa donde se celebraba un cumpleaños al que no había sido invitado.

Corría, buscaba una grieta, un hueco, cualquier separación entre las tablas del cercado para escapar.

El público hacía olas. Insoportable el griterío y la curiosidad morbosa.

Había caído sin querer dentro de un patio ajeno y —necesitaba dar esta idea, transmitir esta imagen—, de pronto, escuchaba ladrar a un perro.

Aquello que pareció un refugio de perros guardianes construido en el fondo del patio, cuando llegué allí, resultó un típico cobertizo abandonado.

Entré y cerré la puerta.

Afuera, quedaron los ladridos. Afuera, quedaban el público, el miedo y las consignas. No existían ventanas.

La falta de luz se sentía húmeda, suave y protectora.

En alguna parte del fondo de la casucha, goteaban dos, tres o más grifos.

Quedé quieto. Lo pensaría mucho antes de dar otro paso y pisar donde se viera oscuro.

Hasta que, una vez que me adapté, descubrí algo para lo que no estaba preparado.

Esta escena empezó a componerse poco a poco en mis propias narices, a medida que mis pupilas se dilataban: soldados responsables de mover las armaduras para asustar y alejar a intrusos, tomaban un breve descanso, escondidos, entre sus sesiones de trabajo intensas.

Revivían con éxito el miedo infantil a los aparecidos, incesantemente, pero las pesadas armaduras les hacían sudar y agotarse, y por eso se turnaban, cada diez o quince minutos, para descomprimir y darle alivio a su carne.

Sudaban, desnudos, y conversaban en voz baja.

Algunos se estiraban sobre el piso. Ahogando su fatiga, otros hundían las cabezas en cajas con agua.

Los que llegaban, apenas entrando, se arrancaban sus láminas de hierro y las tiraban hacia una esquina, donde se había formado un montón de corazas. Y luego de ese mismo bulto, cuando iban saliendo, tomaban las piezas que necesitaban, sin escoger mucho, sin fijarse si eran las mismas que se quitaron al entrar.

En cada breve receso, encontraban dentro del cobertizo un espacio para la resurrección emocional, donde podían desnudarse, rascarse, fumar, sudar y respirar a sus anchas.

Según los veía mejor, también empecé a oírlos bien.

Cuando dejaban de sufrir la presión de las armaduras, se volvían más abiertos, conversadores, y jugaban a contarse sus vidas por capítulos.

Reconocí la escena repetida, llena de dulce intrascendencia, y primero la voz de mi padre y luego sus manos grandes que se movían ayudándolo a hablar.

Él iba saliendo de espaldas, no podía verme y no paraba de contar cosas. Su historia causaba risa. Después que salió, los otros continuaron la conversación sin dejar de reír.

Y llevaba ya un buen rato entreteniéndome con las anécdotas de unos falsos fantasmas, y trabajadores explotados, cuando reparé en que uno de ellos nunca se ponía ni quitaba armadura. Ni salía ni entraba.

"Oye, él dice que tú también deberías doblar el lomo", le indicó uno de los que iban saliendo mientras se vestía, aludiendo sin duda a mi padre. Y aquella aparente opinión de mi padre, dicha por otro, causó el mismo efecto que si la dijera él, rieron igual.

Pero ni se inmutó. Desnudo, y tendido a lo largo de un lavadero colectivo en el fondo, permanecía bocarriba, con los ojos abiertos.

Reconocer su cara, fue recibir un golpe.

Nadie se había dado cuenta de quién era. Tan absorbidos estaban por su trabajo.

Era el Che. Con la única diferencia de una  barba fina.

El centro del pecho hundido. Por encima de su cuerpo —desde su frente y hasta los dedos de sus pies— goteaban los grifos del lavadero, mal cerrados.

Algunas goteras lo tocaban, y ablandaban y hundían su carne en determinados puntos: en el cuello, en el estómago, en los muslos... sin que él pudiera hacer nada para evitarlo, produciéndole una especie de pliegues que desde donde yo estaba podían confundirse con heridas de bala.

Anunciaba en sus ojos la lejana estrella de una sonrisa. Pero me asomé, y encontré su mirada apagada, oscura.

Quería moverse. Su espíritu buscaba aprovechar la oscuridad para escaparse por allí, por los dos huecos de sus ojos.

Intentaba, acostado, verse las puntas de los pies.

Estiraba sus brazos, en pose de grave o fingida solemnidad, para una última foto, y sacaba el pecho.

 


Francis Sánchez nació en Ceballos, Ciego de Ávila, en 1970. Sus últimos libros de poemas publicados son Extraño niño que dormía sobre un lobo (Letras Cubanas, La Habana, 2006) y Epitafios de nadie (Oriente, Santiago de Cuba, 2008). Este cuento pertenece al libro inédito: Inspiración y trabajo esclavo. Cuentos soñados.

Otro cuento de ese libro: Puro trámite.