Viernes, 30 de Septiembre de 2016
09:59 CEST.
Narrativa

La mujer del héroe

Por primera vez, la casa paterna le parecía a Wenceslao Herrera una casa de muñecas. La contemplaba de lejos, lejos también de imaginarse convertido en algo que nunca se habría atrevido a soñar, que quizás no deseaba: un héroe. Aclamado por todo un pueblo, amado por una de las mujeres más hermosas del país: Virginia Machado.

Justo ahora, Virginia se maquilla ante el espejo minuciosamente, tarda casi una hora en escoger un vestido de rosas rojas estampadas sobre fondo negro, y zapatos de tacón que combinan con la cartera negra, antes de emprender la marcha majestuosa, lenta y pesada hasta la panadería. Es un día de suerte: hay pan… del día anterior. No se sabe cuándo traerán el pan fresco y la gente mira con incertidumbre al punto lejano por donde esperan que aparezca el carretón, en algún momento del día. Ella compra su pan viejo que le cabe en un puño y regresa a casa.

Contemplar parte de aquella secuencia desde su ventana, e imaginar el resto, cuando Virginia salía de su campo visual, era uno de los momentos que conformaba la rutina diaria de Augusto Vargas. Verla colocar su pancito sobre la mesa y desaparecer hacia la cocina, era la señal para sentarse ante la máquina de escribir, a teclear la historia que le daría fama, dinero y coraje para acercarse a Virginia Machado e invitarla a comer en un restaurante sofisticado. Los camareros y los comensales reconocerían a ambos: él, un escritor famoso; ella, la modelo en las portadas de las revistas. Al cabo de una hora, leía con satisfacción la cuartilla que rompería a la mañana siguiente, intentando no pensar en todo el papel que había desperdiciado a lo largo de diez años, sin que la historia genial se revelara, ni que en algún momento se quedaría sin viejos exámenes de sus alumnos para reciclar. Lograría convencerse de haber dado, finalmente, con el comienzo perfecto, y empezaría a reescribirla, una vez más. Pero el día apenas comenzaba y por tanto la satisfacción debía acompañarlo de camino al instituto preuniversitario donde había impartido la historia del país a varias generaciones; la actual debía ser la última.

Podía hacer el recorrido con los ojos cerrados, sin confundir el punto donde estaba o había estado cada edificio, cada casa, cada banco; el color de las paredes que quedaban en pie. Ninguna había perdido el color con los años; se habían agrietado o descascarado quizás, pero en las partes intactas, no habían perdido el color. El libro que le había servido de guía durante casi cuarenta años tampoco había perdido ninguna de sus páginas; se habían vuelto frágiles, amenazaban con desintegrarse entre sus dedos si lo abría, pero todas estaban ahí. Años atrás, había solicitado uno nuevo en el almacén, y había recibido una mirada inquisidora del encargado: había olvidado acaso la escasez de materia prima para fabricar nuevos libros de texto y que los existentes debían cuidarse como oro. Además, será posible que a estas alturas no sepa usted esas páginas de memoria. La pregunta lo paralizó varios segundos, antes de descubrir, con orgullo, que en efecto, había llegado a aprendérselas.

Podía cerrar los ojos y leer todo el libro en su mente; sabía qué decir en cada clase, cada respuesta que debía dar. A partir de entonces no necesitó abrir el libro, aunque lo llevaba a clases cada día. Le tomaba más cariño con el tiempo; lo acariciaba, consciente de que envejecían juntos, y sin embargo la esencia: el contenido de aquellas páginas, el mundo a su alrededor, él mismo, no cambiaba.

Levantó la vista una vez más hacia el apartamento de Virginia en el edificio de enfrente: ella también envejecía. Y verla envejecer sola le hacía sentir que envejecían juntos. Suspiró, feliz de realizar todos sus pequeños rituales en tiempo y forma. Incluso aquel breve instante de reflexión sobre su vida frente a la máquina de escribir, antes de partir a la escuela, era un pequeño ritual. Y así habría sido el resto de sus días, si no hubiese tropezado con una pata del escritorio. Se dejó caer en la silla, pálido del dolor magnificado por la sorpresa y la conciencia de estar solo en aquel apartamento. Si tenía fractura en el tobillo, quién lo llevaría al hospital; sobre todo, quién avisaría a la escuela. 

Miró por la ventana hacia la de Virginia; la vio sentada en la cama con las manos quietas sobre las rodillas, la mirada mansa y ausente. La costumbre de contemplarla de lejos le impidió gritar. Cuando termine la historia, pensó, y el dolor empezó a ceder; cuando sea famoso, cuando tenga dinero. Entonces sus ojos volvieron a chocar con la cuartilla en la máquina de escribir, la misma que le había dado tanta satisfacción, apenas un par de minutos antes, y que rompería a la mañana siguiente, como uno de esos pequeños rituales matutinos que lo hacían tan feliz.  

Habría sido simple enviar a Iván a la oficina del director, y verlo regresar cabizbajo, sin ganas de formular otra pregunta inoportuna por el resto del curso, si no hubiese sido un síntoma de debilidad que ningún colega le echaría en cara, pero lo mirarían de reojo, hablarían a sus espaldas. Pobre Augusto, ya no logra imponer respeto en su propia clase, los alumnos lo interrumpen, no le permiten impartir la clase prevista y cumplir el programa; es su culpa que pregunten lo que no deben. No tenía respuestas, por supuesto, nadie las tenía; pero él, además, no tenía ya la mirada intimidante, la voz afilada: preocúpese por lo que voy a preguntarle en el examen y deje que de la escasez se ocupen quienes están capacitados para dirigirnos. No, la palabra escasez no debía mencionarse, aún cuando era culpa de quienes bloqueaban el país. En todo caso: añora usted el despilfarro de esas sociedades consumistas e irresponsables; es lo que le enseñan sus padres. Pero sonaba endeble. Peor, se sentía endeble, incapaz de intimidar a nadie. Cansado. Y aún le quedaba aquel curso completo para retirarse. Se percató de que debía enviar a Iván a la oficina del director, pero era tarde. Había contagiado al resto de los alumnos; todos querían saber. Su falta de respuesta los excitaba más. Porque no era respuestas lo que deseaban, sino aquel tartamudeo, su frente empapada en sudor y el temblor de la mano al buscar un pañuelo. Fue entonces que chocó con el comienzo de su historia, doblado en el bolsillo.

Nadie supo qué planes lo sacaron de la casa paterna; quizás, ni siquiera él. No tuvo tiempo de pensarlo porque no sabía qué iba a encontrar. Todo lo que había escuchado desde niño era que el país estaba sometido a un bloqueo naval. No era posible ver los barcos desde la costa, pero estaban allí, impidiendo la llegada de recursos. Sobrevivían gracias a la austeridad y el esfuerzo de todo el pueblo, pero sobre todo, a la sabia dirección de los líderes. Es difícil saber en qué momento tomó la decisión, y quizás nadie habría llegado a conocer su hazaña, si no hubiese surgido un rumor de que el enemigo había mantenido a uno de nuestros compatriotas preso durante treinta años, acusado de espionaje.

Se sentía entusiasmado y casi joven al abandonar la escuela. Había vuelto a acaparar la atención de los alumnos, después de tantos años. Las preguntas sobre la escasez habían sido sustituidas por cómo se llamaba aquel hombre, qué hacía antes, qué había intentado hacer. Respondió que todo aquello eran rumores, de ser ciertos no debían salir a la luz por cuestiones de seguridad nacional; los había compartido con ellos por su insistencia en preguntar sobre la situación del país. A pesar de no haber respondido sus preguntas, había captado su atención. que era lo importante, excepto la de Iván. Lucía perplejo al ver que sus compañeros lo abandonaban, incluso su novia, Eloísa, lo miraba titubeante, deseosa de unirse al resto. Solo él se negaba a ceder, por soberbia, y se quedó solo.

Augusto llenó los pulmones de oxígeno triunfal y decidió hacer algo que no había hecho en mucho tiempo: dar un paseo  y gastarse el salario del día en un dulce y un helado de fresa. Caminó hacia su edificio, intentando prolongar los sabores en la boca, hacer que valieran lo que había pagado, resuelto a no arrepentirse al menos durante el resto de aquel día. A medida que el edificio crecía ante sus ojos, sus pasos se hacían más lentos, hasta que se detuvo por completo agarrado a un poste de luz sin bombillo. Cuatro policías se alineaban en la entrada, dos de ellos controlaban con las correas a dos perros famélicos que mostraban los colmillos. Sin saber por qué, y a pesar de que en el edificio vivían dos exconvictos, tuvo la certeza de que venían por él.

El oficial le concedió permiso para sentarse e incluso le ofreció un vaso de jugo y un café. Cuando terminó de tomárselos, y de temblar, le acercó una cajetilla de cigarros Marlboro. Tomó uno con manos más incrédulas que inseguras; lo pegó a la nariz y olió sonoramente; pensaba que había dejado de existir aquella marca de cigarros. O más bien había dejado de pensar en ella, como si no hubiese existido nunca.  Puede llamarme Capitán Fiodor, dijo el oficial, mientras le encendía el cigarro, atento y cuidadoso, antes de señalar: ha armado un buen lío, toda la ciudad pregunta si es cierto lo del individuo que intentó averiguar si el bloqueo era cierto y no regresó, porque ha estado en manos del enemigo durante treinta años. Augusto empezó a temblar otra vez, pero el capitán sonrió: la gente se ha olvidado de quejarse de la escasez en las colas para preguntar sobre un individuo ficticio que ni tiene nombre.

Nunca había nombrado al personaje porque era como un álter ego de sí mismo, aunque no usara la primera persona. Quizás, porque se sabía incapaz de montarse en un barco e intentar averiguar si de veras había un bloqueo. Tampoco tenía el físico que se esperaba de alguien capaz de cualquier hazaña: lo que quedaba de un cuerpo largo y huesudo que empezaba a encorvarse, con una calva que se rascaba cada vez que se sentía nervioso, como ahora. Permítame ofrecerle un poco de inspiración. El Capitán Fiodor lo ayudó a levantarse, como un caballero a una dama, y lo guió hasta la ventana de cristal, ejerciendo apenas una suave presión en su espalda.

Abajo, se amontonaba una jauría de gente; gritaban cosas que no podía escuchar, pero las caras le recordaron a los perros famélicos y rabiosos en la entrada de su edificio. El capitán lo tranquilizó: no podían verlos. Parecen animales, todos cuentan una historia de un familiar desaparecido hace años, convencidos de que es el héroe. Alguno tendrá que serlo al final, sentenció con repugnancia y dejó caer un cartapacio gordísimo sobre un escritorio, ante Augusto. Esos son los expedientes; le hemos adelantado parte del trabajo, eliminamos a quienes tienen un cuento totalmente inverosímil y a quienes sería demasiado complicado emparentar con un héroe, por razones políticas; los demás tienen una historia más o menos plausible.

Aún observaba la hecatombe que había provocado. Con fascinación. El Capitán Fiodor le había advertido que mientras más tardara en encontrar un nombre y rellenar los huecos de la historia, más agresiva se pondría la multitud, y como no había peligro de que consiguieran penetrar el edificio, se masacrarían entre ellos mismos. Hay ancianos, habían sido sus últimas palabras. Pero aquella fascinación hacía sus dedos lentos y torpes al revisar los expedientes.

No era el destino de aquellas personas que esperaban abajo, al borde del salvajismo, lo que estaba en sus manos; era la historia del país. El futuro del país, era eso lo que escribía mientras esbozaba un relato con la esperanza de hacerse famoso, sin saber que su destino era más grande aún. Sus movimientos se volvieron, gradualmente, más seguros; pensaba más rápido también, un vistazo a la foto le bastaba para desechar al dueño del expediente en turno. Entró en una especie de trance. Lo sacó la sensación de que una garra le apretaba el hombro. Y bien, la voz del Capitán Fiodor sonaba amistosa, quién se sacó la lotería.

Se había decidido por una pareja de ancianos cuyo único hijo había desaparecido muchos años antes. Se llamaba Wenceslao Herrera; solía salir de pesca en un bote construido por él mismo. Además, continuó con timidez, las pensiones de ambos viejos apenas les alcanzan para vivir; no tienen refrigerador ni televisor, la casa se les viene encima y no tienen dinero para repararla. La garra se convirtió en una palma suave que lo recompensó con unos golpecitos en la espalda. Buen trabajo, amigo Augusto, gracias a usted, estas personas ya pueden contar con una casa nueva, amueblada, y por supuesto refrigerador y televisor incluidos. Ahora, solo debe sentarse a completar la historia, llenar los huecos: qué impulsó a Wenceslao Herrera a lanzarse a esa aventura; cómo ha sido su vida en la cárcel hasta ahora; qué recuerda de la Patria, qué añora. Pero era tarde; el capitán decidió que por aquel día había sido suficiente trabajo, y lo condujo, con un brazo paternal alrededor de sus hombros, aunque era más joven y bajo, hasta el automóvil negro que lo llevaría a casa. Mañana podrá terminar su trabajo, una vez se levante, cómodo y fresco, frente a su máquina de escribir, con suficiente papel, se lo aseguro, de eso ya nos hemos ocupado.

La sonrisa afable del capitán y el calor de su brazo lo envalentonaron: Aún no estoy seguro de qué descubrió Wenceslao. El brazo se volvió pesado y los dedos nuevamente garras en su hombro: que el bloqueo es real, qué más podía descubrir; solo por eso existe su historia, de lo contrario, por qué estaría preso Wenceslao; quién lo tendría encarcelado por tanto tiempo y para qué; si Wenceslao no estuviera preso, tendría que estarlo usted por haber iniciado un rumor falso, y no habría motivo en realidad para que sus padres recibieran privilegios, ya se les paga una pensión por sus años de trabajo. Y tras una pausa en la que su respiración retumbó en los oídos de Augusto: acaso había puesto usted en duda la existencia del bloqueo. 

Wenceslao nunca había dudado que el bloqueo fuese real; su objetivo era burlarlo y lo había logrado. Fue al regreso, mientras transportaba un suministro de medicinas, instrumental médico, víveres y semillas para ampliar los cultivos en el país, cuando lo atraparon. No tardó en convertirse en un ídolo; quienes habían estudiado con él, y nunca se habían interesado por su paradero ni por visitar a sus padres, lo recordaban de pronto como el más inteligente, el más intrépido, el mejor atleta, el mejor amigo. Las maestras decían de él que había sido el más brillante de los alumnos, el más respetuoso. Las mujeres, casadas, con hijos y algunas con nietos, lo recordaban como el gran amor de su juventud, el hombre con quien se habrían casado de no haberse truncado su destino, al que habrían esperado de no haberlo dado por muerto. Los maridos en vez de celos mostraban orgullo; uno más que otro afirmaba que la esposa llevaba en el vientre un hijo de Wenceslao cuando se casaron. Ya era un ídolo para los más jóvenes, muchos en edad de haber sido engendrados por él intentaban parecérsele, lucir como en la foto que congelaba sus veinticinco años vigorosos. Había sido elegida cuidadosamente entre otras donadas por sus padres.

Todas mostraban a un tipo triste, incluso cuando reía con sus dientes amarillentos y partidos; en las que aparecía de cuerpo entero, era evidente su baja estatura, que una pierna era mucho más corta y le faltaban tres dedos en una mano. Un accidente que nadie parecía recordar ni estaba registrado en el expediente, y le restaba algo de carisma; en todo caso, eran las fotos de un cojo triste y frustrado. La elegida era una foto solo del torso en la que se veía serio, melenudo, con barba de cuatro o cinco días, la camisa abierta, el pecho lampiño y sudoroso. Sus padres recibieron una ampliación retocada para colgar en la sala de su casa. Las otras, excepto algunas de su primera infancia, nunca regresaron a sus manos y ellos nunca preguntaron por ellas.

Quedaban huecos en la historia: por qué  solo ahora, después de treinta años, el enemigo sacaba a Wenceslao a la luz; cómo había podido transportar medicinas, instrumental médico, víveres y semillas en una embarcación rústica y pequeña. Pero en esencia era una buena historia y nadie parecía reparar en aquellos detalles. Augusto tenía todos los lectores que había soñado. Más. Cierto que no era su rostro el que aparecía en los periódicos y la televisión, impreso en carteles y camisetas, pero era el de su personaje; eran las frases de su personaje las que inspiraban al pueblo, y eran frases creadas por él. Se sentía orgulloso al mezclarse entre la gente, un rostro más en la multitud, y escucharlos comentar la última carta abierta del héroe al pueblo, las últimas exhortaciones; veía a los jóvenes llevar melena y barba de cuatro o cinco días, la camisa abierta, algunos habían llegado al punto de rasurarse el pecho, y sabía que era una moda impuesta por él. Así reflexionaba ahora sobre su vida, mientras tomaba su café matutino, un café de buena marca al que ahora podía agregar leche todos los días, y veía por la ventana a Virginia escoger su atuendo para ir a buscar su pancito diario a la panadería. 

Se decidió a escribirle la primera carta una mañana gris, al verla de regreso. Aunque vivía en el edificio de enfrente y apenas los separaba unos metros, debió esperar más de una semana para que el cartero apareciera en la puerta de ella y le entregara el sobre, sin remitente. No se había atrevido a identificarse, pero en la carta le hablaba del amor que había mantenido oculto durante treinta años y no había podido confesar antes porque ella estaba fuera de su alcance. Espió su reacción al leer la carta. La vio dedicarle casi dos horas y luego doblarla cuidadosamente, introducirla de nuevo en el sobre y guardar este en una gaveta de la cómoda. La vigiló durante el resto del día sin ver su rutina diaria alterarse en lo más mínimo.

El día siguiente también comenzó como casi todos los que recordaba. Ella se acicaló, quizás un poco más de lo acostumbrado, pensaría él más tarde: un vestido  malva, diadema y aretes plateados; cartera y zapatos negros de tacón; desayunó y fue en busca del pan que desayunaría la mañana siguiente. No regresó a la hora acostumbrada. Ni dos horas más tarde. Salió a buscarla con los ojos desorbitados y la cabeza llena de imágenes violentas: ella atropellada por un automóvil, asaltada por algún gamberro, pateada por gente demasiado apurada para detenerse, después de desmayarse por un bajón de azúcar. Pensó en el pan que ella planeaba comerse al otro día; alguien le habría echado mano ya, apenas ella se desplomó en el suelo.

Un bocinazo a sus espaldas lo empujó de regreso a la realidad. Desde dentro del auto negro, el subordinado ya conocido, del Capitán Fiodor lo mandó a subir con un gesto. Recordó el trabajo inconcluso sobre el escritorio. Diariamente, debía entregar las respuestas a las cartas que recibía Wenceslao de sus padres, antiguos maestros y compañeros de aula, amigos, los líderes que se preocupaban de él y le brindaban apoyo moral. Balbuceó unas disculpas, en menos de una hora estaría todo listo, mucho menos de una hora.  El subordinado lo hizo subir al automóvil, sin escucharlo.

Lo dejaron solo en el pequeño cubículo con una ventana de cristal que le permitía ver sin ser visto. Esta vez le asustaba, sin saber por qué, lo que vería si se asomaba, pero la curiosidad, el siglo que parecía haber transcurrido desde que lo dejaran solo allí dentro, lo empujaron. Ahí estaba, con sus manos quietas sobre las rodillas, la mirada mansa. La conoce. Tuvo la sensación de que el Capitán Fiodor llevaba rato observándolo, y de que conocía la respuesta a su pregunta. El capitán no le dio tiempo a responder, de todas formas. Es la mujer de Wenceslao; apareció portando una carta suya en la que habla de un amor que las circunstancias lo obligaron a ocultar durante años; quiso que comprobáramos su autenticidad, que comparáramos con otras cartas, y adivine: es auténtica. Y entonces, dejando caer una mano amistosa, y pesada, en su hombro: quizás lo ignora, pero esta mujer fue una modelo famosa hace más de treinta años, y durante todo este tiempo ha sido su vecina; ahora no es más que una vieja sola e infeliz; podría morirse sola en su apartamento y solo le importará a las moscas que se darían banquete con ella. Y con súbito entusiasmo: No le parece maravilloso que sea la mujer de nuestro héroe.

Virginia era otra vez una figura pública. Aparecía de nuevo en las pantallas televisivas, invitada a actos políticos, como el amor de la vida de Wenceslao Herrera. Desde su ventana, Augusto la veía acicalarse y, sobre todo, escribir.  En eso consistía su vida ahora: asistir a actos políticos, a ceremonias y programas televisivos, y escribir. A veces dos cartas en un solo día. Le contaba la vida que habrían compartido si hubiesen tenido tiempo de conocerse, todas las cosas que habrían hecho juntos; las describía con tantos detalles que Augusto podía verlas como una película. Ella hablaba del vestido que habría usado para ir con él al cine, sabía dónde la hubiera esperado él y lo que llevaría puesto, incluso qué filme habrían visto. Leía la carta y sentía incluso los olores, veía a través de una cortina de lágrimas, la vida que había dejado escapar  durante todos aquellos años.

Compartían aquella nostalgia hasta que Virginia empezó a hacer pequeños cambios gramaticales: "habríamos hecho" por "hicimos"; "habríamos ido" por "fuimos". Augusto vio romperse la fina cuerda que los había unido durante meses. Ella no era más la mujer que Wenceslao había amado en silencio durante años, sino la novia fiel y abnegada que lo había esperado; él había sacrificado su vida por el país; ella, la suya por él. Por esperarlo había renunciado al matrimonio y a la maternidad; no por su carrera de modelo y su confianza en el éxito que la habría hecho escapar de la miseria del país, sino por esperarlo. Los culpables de su soledad eran quienes la habían separado de Wenceslao.

No era capaz de desmentirla, de corregirle aquellos pequeños errores de gramática que la habrían traído de regreso a la realidad. Podía dedicarse a ella por el resto de la vida de ambos, pero Wenceslao podía darle más; incluso más que los privilegios que disfrutaba en el presente y disfrutaría en el futuro. Podía darle sentido a toda su vida; no solo al presente y al futuro, sino al pasado. Su única, más bien mezquina ventaja sobre un hombre capaz de sacrificar su vida por la patria, era estar vivo y ser real. Se sentó ante el papel en blanco y agarró el bolígrafo, dispuesto no solo a compartir, sino a embellecer, aquel pasado con ella, pero sobre todo a ser el hombre generoso y altruista que ella y todos esperaban de Wenceslao.

A la mañana siguiente, supo que no todos esperaban lo mismo del héroe, cuando el Capitán Fiodor apareció en su casa. Acaso intenta convertir a nuestra Virginia en una adúltera, le espetó antes de que hubiese tenido tiempo de despabilarse y comprender qué sucedía. El capitán sacudió en su cara un sobre blanco, pero aún le tomó varios segundos reconocer la última carta de Wenceslao a Virginia. Quién le dio permiso para decirle a Virginia que intentara ser feliz con otro hombre. Solo pienso que no merece pasar el resto de su vida en la soledad de ese apartamento; nadie cruza la puerta con ella cuando terminan todas las ceremonias y los programas de televisión. Pero olvida que no es usted Wenceslao Herrera, respondió con sorna el capitán.

Augusto recogió el sobre del suelo despacio y habló sin mirarlo: creí que un hombre como él, capaz de sacrificar su libertad por el bien del país, sufriría al imaginar la soledad de la mujer que ama; ya ella lo esperó suficiente tiempo. Cuando el silencio empezó a pesar, miró al capitán y tropezó con su rostro perplejo, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para responderle. Sintió que había ganado aquella pequeña batalla hasta que el capitán le clavó el índice en el pecho: no piense demasiado, amigo Augusto, puede hacerle daño. Y recogiendo la carta del suelo, para hacerla trizas: no vuelva a cometer un error como este.

Se desplomó en la butaca y solo se levantó cuando sintió unos golpes en la puerta, que no reconoció al principio. Al abrir, se encontró frente a una montaña de cartas que le impedía ver la cara del portador, pero la voz se le había hecho familiar después de tantos meses: El capitán entiende que ha tenido suficiente tiempo para descansar y, sobre todo, reflexionar. El subordinado del capitán cruzó junto a él y soltó las cartas sobre el escritorio. El ruido que hicieron al caer también era conocido para Augusto, pero por primera vez lo hizo pensar en una guillotina. Cuando vio cerrarse la puerta tras el subordinado, caminó al baño con pasos resignados.

Solo al mirarse al espejo pudo calcular que había pasado al menos dos días tirado en la butaca. Tenía la cara llena de pelos blancos como púas y desprendía un tufo agrio. Salió del baño, rasurado, pulcro y listo para reincorporarse a su rutina, representar todos los pequeños rituales que componían su día. El primero: contemplar a Virginia desde la ventana. Ella escribía, sentada a la mesa, frente a la ventana abierta; en determinado momento, levantó la vista hacia un pájaro posado en el marco y habría vuelto a bajar los ojos al papel, si Augusto no hubiese empezado a agitar los brazos, con poca esperanza de llamar su atención.

Al principio, Virginia lo miró con el seño fruncido, luego caminó hasta la ventana, sin quitarle los ojos de encima y eso lo entusiasmó. Cómo está, soy su admirador hace años; me mudé a este edificio con la esperanza de conocerla, pero nunca me había atrevido a hablarle. Fue todo lo que consiguió decir antes de ver la ventana cerrarse. En los días siguientes, Augusto se apostó frente a la ventana con obstinación conmovedora, y totalmente inútil. Nunca más la vio abrirse.

Las cartas a Wenceslao se interrumpieron. Al principio le escribió con preocupación; luego, con reproche por olvidarse tan pronto de él, que vivía pendiente de sus cartas, dentro de su celda de dos metros cuadrados. Cuando comenzaba la segunda semana sin carta de ella, soñó la escena descrita por el Capitán Fiodor: Virginia sola en su apartamento, putrefacta y devorada por moscas. Despertó empapado en sudor, y recordó que ella era ahora una figura pública; no dejarían pasar tantos días sin preocuparse por ella.

Aquella lógica y tranquilizadora explicación no lo tranquilizó en lo absoluto. Iría a su casa, aunque no tenía idea de lo que iba a decirle si ella le abría la puerta. Iba a estar aliviado, por supuesto, y ese alivio sería como una papa atorada en la garganta que le impediría hablar. Era una escena ridícula pero solo lo pensó más tarde, sentado en su butaca, casi agradecido de que el subordinado del capitán le hubiera impedido ir al edificio de Virginia. Acababa de abrir la puerta de su casa cuando lo vio llegar con las cartas que debía responder, entre ellas una de Virginia. Le pedía disculpas por los días sin escribir. He estado enferma, explicaba, pero puedes estar seguro de que no pensaré en otro hombre mientras tú vivas, a pesar de la distancia. Frases sublimes que garantizaban su disposición, y hasta su orgullo, de inmolarse. Wenceslao no merecía menos. 

La sonrisa de Augusto ahora, al reflexionar sobre su vida, era amarga; le pesaban las manos al agarrar el bolígrafo para responder la correspondencia dirigida a Wenceslao. Necesitaba aire y salió a caminar. Sus pasos lo llevaron frente a una dulcería donde, tiempo atrás, apenas habría podido costearse un caramelo; ahora podía probar todos los dulces y llevarse un cake a casa. Abrió la puerta con entusiasmo y quedó tieso en el umbral. Desde la pared, Wenceslao lo paró en seco con su cara seria y barbuda. Perdió entusiasmo y apetito de golpe. Deambuló sin atreverse a cruzar la puerta de ningún establecimiento; terminó en una cola larguísima para comprar arroz que no necesitaba. Tres horas como mínimo, suspiró. Con alivio. Tres horas es demasiado tiempo para pasarlo de pie bajo el sol, y además en silencio.

Como esperaba, el hombre que iba justo delante de él, un individuo bajo y ancho, de unos sesenta años, con cejas y orejas peludas, se volvió hacia él, y Augusto se preparó para una conversación densa y filosófica sobre un pasado cada vez más remoto y por tanto hermoso. Alentó al hombre con una sonrisa, quizás demasiado pronto. Cree usted que los padres de Wenceslao Herrera deben hacer estas colas interminables por un puñado de arroz; también tuve un hijo que se perdió hace tiempo, debía tener la edad de Wenceslao, también pude haber sido el padre de un héroe, pero mi hijo era un haragán, incapaz de sacrificarse por sus propios padres, menos aún por la patria; si vive será un borracho; de haber podido burlar el bloqueo habría sido para intentar mejorar su vida en otro país sin mirar hacia atrás. Tomó aire para pasar de la amargura a la nostalgia: pero tuve mi dosis de esperanza, sabe, cuando comenzaron los rumores sobre el héroe que había permanecido prisionero del enemigo durante treinta años, tuve mi pequeña dosis. Yo no, dejó caer la señora que iba detrás de Augusto, seca y cortante, no tuve hijos; no tenía esperanza que albergar, solo envidia; de haber sido la madre de Wenceslao…

Augusto anunció que se iba. No se desanime por la cola, intentó convencerlo el hombre, avanza más rápido de lo que cree, puede que en menos de dos horas estemos comprando. Si no se acaba el arroz antes, sentenció la mujer. Si quiere podemos hablar de deporte, gritó el hombre con ansiedad y lo hizo acelerar el paso: se suponía que Wenceslao había sido un gran deportista, así es que podían terminar hablando de él.

El resto de su día consistió en esperar la noche con ansiedad. Cuando llegó, vio por fin la oportunidad de echarse en la cama y cerrar los ojos. Solo consiguió soñar con Wenceslao Herrera. Peleaban por Virginia. Le llevaba ventaja; lo tenía arrinconado y lo golpeaba con un palo. De pronto se daba cuenta de que el palo era en realidad el bastón que había arrebatado a Wenceslao y que este era un viejo endeble y contrahecho que lo miraba con un dolor que lo hizo despertar, sin aire. Clavó la vista en el techo, consciente de que no volvería a dormirse.

Se había preparado para la risita irónica y los ojitos negros, entrecerrados y malignos del Capitán Fiodor, y su voz melosa sugiriendo que quizás empezaba a necesitar un médico. En mi opinión es solo cansancio, le diría, pero no soy un profesional en la materia; si el médico decide que usted necesita internamiento indefinido no podré discutir sus órdenes. Se apuró en disparar todos sus argumentos antes de que el capitán pudiese hablar, antes de empezar a sentir miedo. La gente se ha vuelto irónica en sus comentarios, piensan que Wenceslao en su celda está mejor que ellos aquí; empiezan a encontrar incongruencias en la historia. Se quedó sin argumentos antes de que el capitán lo interrumpiera o diera señales de haberlo visto y oído. También se había preparado para aquella mirada que lo atravesaba como al cristal para perderse en el vacío con aburrimiento, para la agonía que lo haría sentir aquel silencio. Solo no se había preparado para el suspiro del Capitán Fiodor: está bien; confío en que prepare usted una muerte verosímil para nuestro héroe, más verosímil que su vida.

Así, con una simpleza que no habría imaginado, que no se había atrevido a soñar, Augusto se veía libre de Wenceslao. Y el hecho de que hubiese sido tan simple, lo entristeció.

Wenceslao Herrera tuvo una muerte anunciada y llorada con meses de antelación. Había enfermado de tuberculosis en la cárcel. Los líderes del país intentaron obtener un indulto para él. Por razones de salud, argumentaron, para que pueda recibir la mejor atención médica, para que sus padres puedan estar junto a él. La respuesta del enemigo fue que ya el prisionero recibía la atención necesaria en el hospital de la cárcel. Tocó a los líderes preparar al pueblo para lo peor y luego dar la noticia cuando llegó el desenlace. Lo más doloroso sería vivir con la certeza de que habrían podido salvarlo y el enemigo lo había impedido; de que el enemigo lo había dejado morir en su celda húmeda mal ventilada, mal alimentado. Quizás, habían introducido el bacilo de Koch en su celda. El enemigo lo había asesinado. Pero no lograron asesinar su legado, sentenciaron los líderes, la mejor forma de honrar su memoria será, ahora más que nunca, trabajar más, sacrificarnos más, para sacar el país adelante.

Augusto contemplaba el último adiós del pueblo a Wenceslao, a unos doscientos metros de la marea de paraguas negros que inundaba la plaza. Ni la persistente llovizna que caía desde la madrugada había impedido al pueblo despedir a su héroe. Ni siquiera un aguacero torrencial lo habría impedido; qué podía representar la posibilidad de enfermarse cuando se trataba de cumplir un compromiso con el héroe. Augusto sonrió mientras imaginaba las respuestas de los entrevistados al azar por los periodistas; estarían emocionados por la posibilidad de verse en la pantalla televisiva, y se sentarían mirar cada una de las retransmisiones del acto durante el día y los siguientes. Entonces, se percató de su propia emoción.

Habría podido contemplar el espectáculo desde dentro del carro con chofer que le habían asignado. En pocas horas estaría lejos de todo aquello. El resto de sus días consistiría en descansar, comer bien, disfrutar de una linda vista. Aún no sabía dónde. El Capitán Fiodor se había limitado a darle unas palmadas amistosas en el hombro: se lo ha ganado, amigo Augusto, ha hecho un gran trabajo. La aprobación del capitán lo hizo experimentar un ligero orgullo. Y un vacío abismal. Casi inconscientemente alzó la vista hasta la ventana cerrada de Virginia Machado. Ella estará bien, dijo el capitán, aunque la muerte de Wenceslao era una noticia esperada hacía meses, a ella la afectó más de lo que habíamos calculado; sufrió una crisis nerviosa, pero los médicos piensan que no tardará en recuperarse. Y como si acabara de ocurrírsele una idea genial: quizás, pueda usted visitarla; no tiene más familia, el amor de su vida, por el que había sacrificado su juventud, acaba de morir; su compañía podría significar mucho para ella.

Fue entonces, y no mientras creaba una historia plausible para la muerte de Wenceslao, ni siquiera cuando la muerte fue anunciada al pueblo, que Augusto pudo sentir que la vida de Wenceslao había terminado y la suya comenzaba. Pero para que pudiera comenzar, debía decirle aquel último adiós a Wenceslao. Para eso había salido del carro, y estaba de pie bajo el paraguas, en actitud deliberadamente solemne, soportando las gotas que rebotaban en el suelo y salpicaban los bajos de su pantalón. Nadie debía más a Wenceslao Herrera que él, y nadie lo conocía como él, ni los padres que lo habían engendrado. Únicamente él sabía qué buscaba Wenceslao al partir del hogar paterno treinta años atrás, y había encontrado sólo ahora: paz.

Los paraguas empezaron a dispersarse, era la señal para regresar al carro, con la seguridad de haber cumplido su deber y de que podía dejar toda aquella historia atrás. Como harán todos, eventualmente, pensó con la mano en el picaporte, cuando una voz a sus espaldas le llamó algo que nadie le había llamado en mucho tiempo: Profesor. Se volvió despacio y reconoció a Eloísa, la novia de Iván, su alumno más problemático. Su cara linda, triste y ajada, que conservaba la expresión infantil, duplicaba el tiempo transcurrido desde la última vez que la viera, y hasta le despertó una súbita nostalgia por su antiguo trabajo: impartir la versión de la historia del país que otros habían escrito.

Eloísa lo abrazó con una felicidad que no le había visto nunca mientras era su alumna. Pensábamos que le había sucedido algo; cuando no regresó a la escuela, nos explicaron que había adelantado su retiro por problemas de salud, pero no lo creímos; o más bien no lo creyó Iván y acabó por contagiarnos. Y con una sonrisa que intentaba ser alegre y juvenil, y solo consiguió sacar a relucir las arrugas prematuras: se preocupaba por usted, aunque no lo crea, lo respetaba mucho, le tenía afecto.

Augusto recordó su último curso, especialmente su última clase, y pensó que habría sido bueno saber aquello entonces, pero era un entonces lejano; a él lo esperaba una vida que comenzaría apenas se montara en el auto. Debo irme, de verdad, me alegró verte. Temía que aún intentase retenerlo, decirle algo más que prefería no saber; ella se apartó para que él pudiese subir al auto y se despidió. Sólo quisiera que Iván estuviese aquí para poder decirle que usted se encuentra bien, le escuchó murmurar en el último segundo, cuando ya había abierto la puerta del auto. Miró el asiento trasero que debía ocupar y vio una vida cómoda, tranquila, merecida, a Virginia en su vestido negro con flores estampadas, feliz. Suspiró resignado antes de volverse: dónde está Iván.

Nunca creyó la historia de Wenceslao Herrera; en realidad, muchos no la creyeron al principio, y luego, con el tiempo, casi nadie. Augusto pensó en la expresión vacía del Capitán Fiodor cuando intentó convencerlo de que Wenceslao debía morir, sobre todo en lo fácil que resultó convencerlo; en que no había sido necesario convencerlo en lo absoluto; aquellos argumentos para matar a Wenceslao Herrera no habían sido para el capitán, sino para sí mismo. El problema de Iván, continuó Eloísa, era que no le bastaba con no creer y hacer bromas a costa del héroe, como los otros, colocar algún cartel, ridiculizar los posters de Wenceslao o arrancarlos; él necesitaba comprobar que toda la historia, desde la misma existencia de los barcos que bloquean el país, es mentira, y además demostrarlo a los demás; él tenía que hacer algo. Construyó un bote a escondidas, como Wenceslao; le tomó meses, y durante ese tiempo yo rezaba porque lo descubrieran: le habrían dado algunos meses de cárcel o un año, quizás más si lo atrapaban en medio del mar; después de eso no habría podido regresar a la universidad y le habría costado conseguir trabajo, pero estaría vivo. Hace cuatro días se echó al mar, no tenido noticias de él.

No pudo evitar cierto regocijo ante la posibilidad de ver todo salir a la luz; pero era una posibilidad remota, que no valía la vida de Iván. Quizás, el propio Iván se daría cuenta de ello, pero qué tal si para entonces era demasiado tarde. Aquella muerte empañaría la vida a la que lo conducía el auto; en gran medida era su culpa que Iván se hubiese lanzado al mar. Necesito hablar con el Capitán Fiodor, dijo al chofer, es urgente. Y seguramente inútil, pensó. Cuatro días era mucho tiempo, Iván podría haberse ahogado ya. Pero necesitaba hacer algo; o al menos sentir que lo había intentado.

Fiodor escuchó la historia de un joven rebelde e inmaduro que se había lanzado al mar y corría peligro, con una sonrisa paternal en su rostro que había envejecido al menos diez años. Igual que nuestro Wenceslao, dijo al final; nuestros guardacostas habrían reportado si lo hubiesen encontrado, vivo o muerto; pero logró burlarlos, y con eso, convertirse en un héroe. Claro que burlar los barcos del enemigo es más difícil, agregó, pero el pueblo siempre agradecerá su gesto. Los barcos, repitió Augusto, incrédulo. Pero por supuesto, amigo Augusto, los barcos siempre han estado allí, rodeándonos, siempre estarán; acaso lo ha dudado usted.

Dos minutos después no había logrado salir de su aturdimiento; fue necesario que el capitán le abriera la puerta del auto y le ayudara a entrar. Cuando el auto se puso en marcha, notó que el Capitán Fiodor se había sentado a su lado. No se atrevió a preguntar para qué, a pesar del frío que sintió en el estómago. Cerró los ojos e intentó imaginar la vida feliz que debía esperarlo junto a Virginia. 

 


Yusimí Rodríguez López nació en La Habana, en 1976. Su libro de cuentos The Cuban dream obtuvo el Premio Oriente 2014 y aparecerá en la próxima Feria Internacional del Libro de La Habana.