Sábado, 17 de Noviembre de 2018
Última actualización: 01:16 CET
Narrativa

La última prisa de Eloy

Eduardo Arroyo, 'El minero Silvino Zapico es arrestado por la policía', 1963. (FOTOLOG.COM)

Posiblemente Eloy sabía que con prisa jamás había logrado nada, y posiblemente, también, lo olvidó aquella vez. O acaso no, quién sabe. En fin, lo cierto es que encontró una foto de su madre con un niño en brazos y solo tuvo tiempo de reconocerla a ella, pero no llegó a saber si el pequeño era él mismo o era Eliseo, su único hermano.

Aquella escalera, construida dos días antes por albañiles ineptos y embaucadores, demoró un segundo en derrumbarse encima de su cabeza inclinada sobre la vieja fotografía. Cuando por fin pudieron sacar su cuerpo de entre los escombros, aquel pequeño rectángulo de papel se hallaba intacto porque Eloy lo había cubierto con su rostro, con su cabeza.

Hacía solo unos minutos que había recibido, allá en su casa, una llamada de la mujer de Eliseo que lo dejó muy confundido. Aunque por costumbre se desganaba en cuanto se le presentaba la oportunidad de concebir algún hecho desde un punto de vista trágico, Eloy solo fue capaz de suponer entonces lo peor: su hermano estaba, sin duda alguna, tratando de matar a Carmen.

Y de ningún modo se trataba de una idea descabellada, pues Eliseo, en una época digamos que borrascosa, le había confesado que, de no ser porque sería condenado a prisión, ya le habría roto el cuello a esta mujer sin el menor remordimiento.

—Matarla con mis propias manos sería repulsivo, pero sobre todo sería demasiado interminable —le había dicho pocas semanas atrás—, porque luego tendría que demorarme por lo menos cinco años en picarla en millones y millones de pedacitos.

Y Eloy no le había creído, o más bien no había querido creerle, lo que resultaba más propio de su profunda creencia en que solamente una serie de hechos bien precisos podía llevar por propia lógica a una calamidad determinada. Pero hoy esa idea le pareció probable, en parte porque, gracias a una de esas coincidencias tan curiosas, Eloy y Carmen cumplían años en aquel preciso día. De hecho, cuando ella lo llamó por teléfono, lo primero que hizo fue felicitarlo.

—Yo te deseo lo mismo —le dijo él con toda sinceridad, y entonces ella replicó, seguramente ya con lágrimas en los ojos:

—Gracias, Eloy, pero no creo que alguna vez pueda pasar un día de cumpleaños peor que este —y, sin darle tiempo a razonar lo que había escuchado, rompió a llorar.

—¿Por qué? —le preguntó él y ella colgó el teléfono.

Y Eloy buscaba aún aquel porqué, como si pudiera alcanzar a respondérselo él mismo, mientras atravesaba el cuarto, el comedor, la sala y llegaba a la acera sin haber terminado —tan inusitada era su premura— de abotonarse la camisa, e incluso hasta que no hubo recorrido varias cuadras no se dio cuenta de que llevaba sin atar los cordones de sus zapatos y que de milagro no se había caído. Al descubrir que había algún dinero en un bolsillo de su pantalón, detuvo el primer taxi que pasaba por la Avenida 51, cosa que no había hecho jamás en los últimos diez o doce años.

Cuando se bajó, una cuadra antes de la Papelera, ni siquiera esperó a que el chofer le diera el vuelto: cruzó corriendo la avenida y entró como un bólido por la estrecha calle en que vivía su hermano; abrió de un puntapié la reja de entrada —él, que jamás hacía ruido cuando entraba o salía de algún lugar— y, sin detenerse, saltó a un costado, se metió por el pasillo que conducía a la cocina —cuya puerta, como esperaba, y para su desgracia, se encontraba abierta— y entró así a la casa.

—¡Eliseo, soy yo! —gritó varias veces en dirección al corredor que llevaba a los cuartos— ¡Carmen! —llamó con más fuerza, sin detener el paso. Pero no encontró a nadie en el comedor, ni en los dormitorios, y ni siquiera en la sala. Entonces fue cuando vio aquella foto que alguien había dejado en el sofá y, mirándola con una ansiedad que le hacía temblar las manos, inclinado todavía, se volvió hacia la ventana buscando la claridad del día.

Carmen y Eliseo estaban en la casa de al lado, desde donde ella había llamado por teléfono. Habían tenido una discusión ridícula mirando viejas fotografías y, como siempre, Antonia, la buena vecina, trataba de reconciliarlos. "Muchachos, no se malquisten en un día de cumpleaños", les decía ella usando como siempre las palabras a su manera. Carmen se abrazó a Eliseo, que aún seguía con el ceño fruncido y que miraba ahora por la ventana, hacia su casa, por casualidad, y veía a su hermano Eloy inclinado sobre la foto y girando un poco el cuerpo hacia acá para buscar la claridad, un segundo antes de que lo cubriera el estruendo de la escalera derrumbándose sobre él.

 


Ernesto Santana nació en Puerto Padre, en 1958. Ha publicado varios libros de cuentos y las novelas Ave y nada (Premio Alejo Carpentier, Letras Cubanas, La Habana, 2002) y El carnaval y los muertos (Premio Franz Kafka, Agite/Fra, Praga, 2010).

Más narrativa suya: Zig zig zigzag, La noche del pez rosado, Mind guerrilla y El viejo nadador de la pipa.

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