Sábado, 1 de Octubre de 2016
20:32 CEST.
Narrativa

Cállate ya, muchacho

¿Qué silencio aprendido nos preserva la vida?

¿Qué silencio oportuno nos convierte en prudentes?

¿Qué silencio asesino nos llena la barriga?

¿Cuántas veces al día merecemos la muerte?

Silvio Rodríguez

 

No corre el viento aquí, no pasa el tiempo. La ventana es un boquete estrecho y alto que solo deja ver un fragmento de pasillo techado; la puerta, un boquete tosco protegido con gruesos barrotes pintados de negro. Del lado de allá, otro pasillo estrecho conduce a cubiles semejantes: son pasillos burdos y húmedos, cubiles burdos y húmedos, una ciudadela laberíntica y asfixiante diseñada con el propósito de incomodar a quienes alberga. Como nacido de un profundo odio hacia cuanto de admirable hay ―o puede haber― en lo humano, cada sitio donde se detiene la vista arroja un golpe, cada detalle es una ofensa, un vulgar escupitajo, y cada rostro ―incluso el propio― se endurece y apaga hasta parecernos despreciable. Es un espacio vil, hijo de una arquitectura que en su perversión ha proscrito todo arte, toda belleza o habitabilidad. No corre el viento aquí, no pasa el tiempo, no llegan la luz del sol ni los sonidos del exterior. No hay exterior: ni claridad, ni armonía, ni horizonte; nada que venga desde afuera a expandir o gratificar el espíritu, nada que nos permita pensar que tales cosas ―el exterior, el espíritu― existen. O, si acaso existen, nada que haga suponer que los merecemos. Como un pequeño adelanto del infierno en apenas tres por cuatro metros de penumbra y podredumbre, cada nicho ofrece lugar suficiente para seis bípedos acorralados.

Por suerte, esta noche solo somos cuatro. Quedan dos literas vacías, dos huecos en el aire que casi nos hacen sentir afortunados, como si por algún favor gozáramos de más oxígeno del que nos corresponde. Pero es una falsa sensación de amplitud, una ilusión que se desvanece con solo mirar en torno. Cada cual en su litera de cemento, mirando al techo o las paredes, intenta ignorar el mal olor de la letrina, la voracidad de los mosquitos o el corretear de las cucarachas por el piso. Cada cual se hunde en sí mismo, se reduce a su rincón e imagina el tiempo que transcurre afuera: un tiempo inmenso, un caudal de tiempo libre, casi paralelo a este, casi de otro universo, un tiempo que apenas ayer tuvimos y que en un segundo hemos perdido. Esa es la metafísica del encierro: tiempo y espacio se nos adhieren al cuerpo, nos comprimen y, aplastados por la solidez de nuestras circunstancias, saltamos a otra dimensión donde los muros caen, donde los barrotes se disuelven en paisajes de delirio. Es una metafísica precaria ―lo sé―, un escape demasiado efímero, un desliz que de inmediato se corrige, porque la empecinada realidad, como un buitre sobre los despojos, se complace en regresar a cada instante: la pestilencia, el hacinamiento, la humedad rasgando la garganta, el peligro de ser víctimas o testigos de algún exabrupto repentino. Eso y los barrotes, eso y el pasillo estrecho que se nos vuelve a cada momento más largo, más inaccesible, menos cierto; esa es la realidad, la única realidad para quienes hemos sido reducidos a la simple condición de bípedos.

"El tiempo es una trampa ―pienso―, un puñado de nada entre latido y latido, un castigo, una cárcel hecha de conciencia y malestar". Intento en vano serenarme, acomodo las nalgas a la superficie dura de la litera y miro al techo mientras recuerdo la maldición de Eliseo: "les dejo el tiempo, todo el tiempo". ¿Y qué otra cosa se puede hacer con el tiempo sino sufrirlo, palpar su paso a través nuestro sin alivio, condenados a una lucidez brutal? Eliseo con certeza lo sabía: el tiempo despojado de acontecer es la peor tortura, incrementa la atención y la enfebrece. No puedo medirlo, no logro calcularlo, no hay eventos que me ayuden a saber cuántas horas han transcurrido desde que estoy aquí. ¿Serán horas ya, o todavía minutos? Mi exigua carne se macera contra el cemento frío y desespero. Cambio de posición con demasiada frecuencia, no alcanzo a ocultar mi inquietud, no consigo hacer que el tiempo vuele.

Toda mi esperanza se reduce a esto: pasar de un minuto al siguiente sin problemas, resistir sin perder el control, sin caer en el abatimiento, sin rendirme a la ira o el dolor. Cualquier esperanza, sin embargo, puede ser una ilusión, un error fatal para quienes ahora, acorralados, aguardamos el próximo minuto. Es tan fácil caer en ese error: imaginar que amanece, que las rejas se abren y el mundo nos recibe; pero quién quita que amanezca y todo siga igual: la penumbra, los barrotes, la gente allá afuera ignorándote, viviendo sin ti, sin pensar jamás en ti, sin necesitarte. Y entonces, ¿qué hacer con la esperanza, cómo seguir aferrado a ella cuando el amanecer se haya ido y, lentamente, el día avance indiferente hacia otra noche de encierro? Es muy fácil caer en ese error para luego quebrarse los nervios al descubrir la realidad. Y la realidad es simple: estamos aquí, seguiremos aquí, rumiando angustias mudas, sorbiendo lágrimas invisibles y mirando al techo, quién sabe hasta cuándo. "Ustedes que entran ―dijo Dante―, abandonad toda esperanza"; pero aún así, me aferro a mi esperanza hasta convertirla en certeza: "Voy a salir ―me digo―, voy a salir de aquí". Y aguardo, miro al techo sin ver y aguardo el próximo minuto; pero el próximo minuto no llega o, si llega, se funde con el anterior en una sustancia amorfa, elástica, sin más acontecer que el flujo febril de las ideas, la rabia fulgurando en los ojos y una tensión que crece a cada instante. Es el sobresalto interminable de existir en un lapso al margen del mundo, retenido en un nicho hostil que alguien, lejos, guarecido en su confort, diseñó para despojarnos de toda cualidad humana.

Cerca de mí, muy cerca, los demás me observan curiosos. He sido el último en llegar, soy el nuevo que ha venido a romper su monotonía y, por otra parte, soy demasiado raro, demasiado distinto a ellos.

―Oiga, artista, ¿se siente bien?

Quieto en mi litera, miro en derredor sin comprender qué hago aquí. Y lo que veo no hace sino aumentar esta impresión de absurdo: los graffiti en la pared mal encalada, pictogramas básicos, fechas, nombres comunes, trazos subrepticios dando fe del desespero, de las carencias de siempre.

―Vamos, hombre ―insiste esa voz sin rostro―, el tiempo no va a pasar más rápido en silencio.

―Cuéntenos al menos por qué lo arrestaron ―propone otra voz; su tono es casi una súplica, como si mi relato pudiera ayudarlos a sortear el vacío de las horas, pero enseguida el tono cambia, se hace irónico―, y no nos vaya a decir que es inocente, porque aquí todos somos inocentes.

La súplica inicial termina en carcajada, una carcajada tan sórdida como el espacio que habitamos. Sonrío. Trato de encontrarle un rostro a esa voz y no lo logro. "Mientras sea una forma abstracta ―pienso―, continuará siendo una sombra despreciable en su grisura, un ladrillo más del muro que lo encierra. Un simple nombre, un rostro, un dolor, lo acercarán a mí mismo". Tengo la vista fija en el bombillo incandescente: es un foco de luz amarillenta empotrado con torpeza en un hueco de la pared, cubierto de hollín y telarañas, protegido tras las cabillas de una pequeña jaula a la altura del techo. Es cruel esa luz, casi su propia antítesis. Ese es el rostro de aquella voz ―me digo―, ese es el rostro de aquella carcajada triste que, al burlarse, ha dejado al desnudo su miseria, su desvergüenza, su desprecio por sí mismo.

Permanezco inmóvil, los ojos pegados al foco, ignorando la mugre que lo empaña y tratando de ignorar también la suciedad en torno a mí: la estrechez del calabozo, la estrechez de las almas que lo sufren. No quiero permitir que una carcajada semejante brote alguna vez de mi garganta, no voy a ceder al juego del odio y la impiedad, no voy a rendirme. "Solo mira a la luz ―pienso―, solo mira a la luz". Y siento que las lágrimas comienzan a subir involuntarias a mis ojos. "No lo hagas, no te dejes vencer".

―Yo me llamo Luis Emilio ―dice la voz a mi izquierda―. Mañana es mi santo. Voy a cumplir veintiocho años y llevo ya diez días aquí, sin bañarme, sin cambiarme de ropa. ¡Diez días tirado aquí como un perro! No sé nada de mi familia, ni de mis hijos. Mi mujer me estaba esperando para comer y mira tú, debe estar volviéndose loca allá en la casa.

Escucho sin moverme. El tono es ahora resignado, casi apacible, y me cuesta admitir que esa voz que me habla sea la misma que un momento antes se burlaba. No sé si ha sido mi silencio o el eco de su propia carcajada innoble que, al rebotar contra su pecho, lo ha tocado. Tal vez su burla fuera solo una coraza, un parapeto final ante el asedio de estos muros, tal vez.

―¿Por qué estás aquí? ―inquiero.

―Dicen que por sacrificio de ganado, pero yo solo compré la carne. Hay que comer ―dice―, imagínense. La cosa está muy dura y son muchas bocas que alimentar.

―Yo soy Leandro ―murmura otra voz―, soy del Rancho Las Mercedes, de allá de la Sierra, y estoy aquí porque maté a mi mujer. ¡La maté! ―repite con fuerza y el eco resuena en el pasillo sin visos de arrepentimiento o pena―. La muy puta se lo merecía ―añade, y la voz se raja en llanto, un sollozo que se va extinguiendo poco a poco―. Voy a podrirme aquí por culpa de esa puta.

Silencio. Pienso en mi casa distante, en mis amigos ajenos a este trozo de realidad tan inusual para ellos, para mí: somos mansos mis amigos y yo, gente buena que solo en televisión ha visto cárceles, y aunque a ratos nos sentimos enjaulados, nuestra jaula es siempre metafórica, muy distinta de este antro donde la humanidad perece como una llama sin aire.

―Mi nombre es Daniel ―digo casi sin pensarlo―, soy escritor. Yo iba para El Valle. El ómnibus se detuvo en la terminal y bajé a estirar las piernas y comer algo. Me arrestaron justo en el estribo, sin poner un pie en tierra. Dicen que me iba del país.

―¿Y a qué va un escritor al Valle, si se puede saber? ―pregunta una cuarta voz que hasta ahora no había escuchado. Viene de la litera del fondo, la más oscura, la más pegada a la letrina.

Decir "escritor" impone cierto respeto, lo que escribes puede llegar lejos y eso es un arma. Si cuentas que trataron de intimidarte para que firmaras un acta de acusación absurda y que cuando te negaste te trajeron aquí, sin delito, sin derecho siquiera a una llamada telefónica; tal vez tu arma sea usada contra ti. Es fácil reducirte a un insignificante animal amordazado, muy fácil quizás. Por eso tal vez algún día, cuando salga, tantee temeroso el bolígrafo y desista de contarlo. Pero desistir es casi lo mismo que perder la esperanza: uno se adapta a sus circunstancias, acepta lo incontestable, traga y se acostumbra a ser tratado sin respeto; uno se va sometiendo, se va sofocando entre vejación y vejación, como una llama sin aire; uno va cediendo espacio y libertad mientras la barbarie engorda y los rufianes se adueñan de su mundo, hasta que un buen día descubre que la cárcel se hizo ubicua. Al final, uno termina arrinconado, vencido, demasiado débil ya para luchar, convertido en mero juguete a merced de los salvajes.

El teniente estaba parado junto a la puerta del ómnibus.

―Acompáñeme ―dijo al verme bajar y me retuvo por el brazo.

Iba vestido de civil, así que me zafé bruscamente.

―¿Quién es usted? ―pregunté.

―Yo soy el teniente Carlos de la Seguridad del Estado y usted tiene que acompañarme ―insistió sin volver a tocarme.

―Identifíquese ―exigí y lo miré a los ojos.

Él se levantó la camisa y dejó ver la empuñadura de una pistola. Yo iba a objetar que esa no era una identificación válida, pero dos policías de uniforme se apostaron a mi lado.

―¿Ustedes vienen con él? ―pregunté y ellos asintieron.

La unidad quedaba a pocos metros de la terminal. Supuse que todo era un malentendido y que en minutos continuaría mi camino. Sin embargo, después de que los policías registraron mi equipaje, el teniente irrumpió en la habitación visiblemente acalorado.

―¿Y a qué ibas tú al Valle? ―gritó.

―Supongo que a ver ―respondí.

―¿Ah, sí... y a ver qué?

―A ver lo que hay, a conocer.

―¿Y a quién tú le pediste permiso para eso?

―¿Y desde cuándo tengo que pedirle permiso a alguien para andar por mi país? ―protesté, molesto ya por su aspereza.

―Desde que me da la gana a mí ―volvió a gritar, sacudiendo las manos muy cerca de mi rostro―. Para ir al Valle o a cualquier lugar en este municipio hay que pedirme permiso a mí. ¡A mí!

Lo miré en silencio. Era un hombre triste ese teniente, tan seguro en su cárcel, tan insolente con su pistola a la cintura y su vacío en el alma, prisionero de unas circunstancias que nunca alcanzaría a comprender. Si yo hubiese sido su hijo también me habría gritado: "Tienes que pedirme permiso a mí". Pero yo no era su hijo, ni su amigo, ni su subordinado. De modo que crucé los brazos, me encogí de hombros y lo miré fríamente, sin hablar. Ya era obvio que no saldría de allí tan rápido como había imaginado.

―Yo soy Julio ―dice ahora la cuarta voz―, y lo que te voy a contar es para que lo escribas, si eres tan bravo como dices.

―Habla ―le pido.

Julio tiene veintidós años y nació en El Valle, en uno de los edificios que construyeron para los antiguos pobladores de la península. Al casarse, se fue a vivir con su mujer al único apartamento vacío que quedaba en el edificio. Todos en el pueblo estuvieron de acuerdo con que ocuparan el apartamento, y allí les nació su hijo. Pero la policía vino y los desalojó.

―Esperaron a que yo no estuviera en la casa para venir a sacarme a la familia ―murmura Julio―, amenazaron a Nena, le dijeron que no me iba a ver más la cara si no salía, y lo tiraron todo para afuera. Ahora dicen que fui yo el que amenazó al teniente.

―¿Y el apartamento? ―pregunto.

―Lo cogieron ellos ―responde―, dicen que para hacerle un calabozo a la gente del Valle.

―Cállate ya, muchacho ―aconseja el celador allende los barrotes.

Abre la reja y me llama. Lo sigo de vuelta hasta el cuarto por donde me hicieron entrar. Me devuelve el cinturón, la cartera y los cordones de las botas, luego coloca mi mochila sobre la mesa y me pide que revise si está todo en orden. Yo termino de vestirme, agarro la mochila y salgo sin entender qué los hizo cambiar de actitud.

En la puerta el teniente me ofrece una disculpa:

―Todos los hombres se equivocan ―murmura.

―Unos más que otros ―le diría, pero no tiene caso: es un hombre triste, un prisionero de circunstancias que jamás alcanzará a comprender.

Afuera es ya la madrugada. El pueblo duerme resguardado de la frialdad de enero. La calle es dura bajo mis pies. La brisa vuelve a acariciar mi rostro y el olor de las flores nocturnas me embriaga mientras camino sin prisa hacia la terminal de ómnibus. Voy pensando en el reto de Julio, en la tenebrosa historia que recién me ha contado. Instintivamente apuro el paso: quiero llegar al Valle, quiero ver lo que hay, contarlo.

 


Daniel Díaz Mantilla nació en La Habana en 1970. Sus últimos libros de narrativa publicados son en·trance (Abril, La Habana, 1998) y  Regreso a Utopía (Letras Cubanas, La Habana, 2007). Este relato pertenece al libro El salvaje placer de explorar, que obtuvo el Premio Alejo Carpentier de Cuento en su más reciente edición.