Lunes, 26 de Septiembre de 2016
19:11 CEST.
Poesía

¿Qué celebran, su pobreza o su idiotez?

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Los vecinos han vuelto a expresar su alegría
con música que le parte los oídos a cualquiera.
(Menos a ellos que tienen los oídos de corcho.)
Una música tan alta, que a cien metros
del foco que la emite no puede conversarse
y estremece la atmósfera con latidos
que parecen bombazos de Al Qaeda.

Bombazos de música imposible
que el enfermo, el anciano y el niño tienen que tragarse
como se traga el condenado a muerte las descargas eléctricas.
Un amasijo ramplón de idioteces que confunde
el reguetón con la salsa y la salsa
con la canción de amor de los latinos.

Y al que protesta o llama a la policía
(que suele no hacer nada)
lo tratan de chivato y lo amenazan.
Tampoco les importa lo que dijo el Presidente:
"No vamos a permitir música alta ni otras indisciplinas".
Pero eso es imposible: el cubano es alegre
y su alegría es el escándalo.

No por gusto la primera preocupación de los misioneros
es comprarse un DVD y un equipo de torturas musicales.

El ruido del infierno es el ruido
que recorre el país todas las jornadas.

 


José Ramón Sánchez Leyva nació en Guantánamo, en 1972. Ha publicado los libros Aislada noche (Letras Cubanas, La Habana, 2005), Marabú (Torre de Letras, La Habana, 2012), y El derrumbe (Letras Cubanas, La Habana, 2012). Es editor de la revista La Noria. Este poema pertenece a un libro inédito.

Otros poemas suyos: Accidentes, El pozo, Adriana Sage y Harry Chulo.

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Imagen de Anónimo

Hay una relación entre la poca inteligenica y la capacidad de aguantar la música alta. Mientras más inteligente más se necesita el silencio.