Domingo, 19 de Noviembre de 2017
10:52 CET.
Narrativa

Una hora de internet

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Esta es la historia de mi amigo X** cuando quiso acceder a internet en la isla de Cuba, pagando la tarifa oficial de cinco dólares la hora, aproximadamente,  en una "Sala de navegación" (únicos sitios donde aquí puede hallarse: entre las sillas y mesas organizadas como panóptico, a la vista de un empleado generalmente  aburrido, que es capaz de abarcar de un pestañazo, o  de un pequeño paseo por la sala, toda la actividad de lugar) tal y cómo me la contó:   

En su vida, X** había sentido varias veces el impulso de de acudir a la gran red —ese invento que, decían, revolucionó el mundo a fines del siglo XX conectándolo en sus confines, si bien había llegado apenas a su isla—. Había querido,  por ejemplo, encontrar un programa, saber de un amigo, indagar el precio de una herramienta de trabajo. Sin embargo, nada hasta el momento pesó lo suficiente como para que X** decidiera reunir la considerable suma de cinco dólares y convertirla en una hora de navegación.  

Sucedía que de un tiempo a esta parte las cosas habían cambiado. Más exactamente: habían cambiado desde el regreso de su colega Manuel, que era artesano de profesión como él, de un viaje inusual y casi milagroso al Ecuador que realizara por espacio de un mes. Manuel había regresado, es verdad, con nuevos cachivaches de artesanía y herramientas, y con nuevas historias. Pero sobre todo había vuelto con la noticia (breve en un comienzo) de haber encontrado por casualidad en una Feria a un ecuatoriano con diseños idénticos a los de X**. 

Los primeros días mi amigo, que era inventor en el mundo de la artesanía y así se veía a sí mismo con orgullo, no atendió aquella novedad, a la que sabiamente le opuso una duda sólida, indeleble, incluso olvidadiza. Pero a medida que pasaba el tiempo y su socio Manuel iba alejándose de aquel maravilloso viaje a Ecuador, el recuerdo del ecuatoriano fue compareciendo cada vez más en la conversación, en lugar de apagarse, como se esperaba. Una costumbre molesta también había dado inicio: y era que cada vez Manuel tropezaba por casualidad con un diseño original de X** tirado en algún rincón, una extraña mirada de ternura iluminaba su rostro al tiempo que exclamaba "¡Igualito, chico: idéntico!" y entonces se alejaba para quedar ensimismado por un rato, como perdido en la nostalgia, y esto se repetía hasta la fecha.  

De manera que, bien porque su socio no había traído fotos que probaran la existencia  del ecuatoriano similar, bien porque la duda de X** ya no era como antes, que se elevaba indolente, serena, y más bien se había rebajado hasta convertirse en un tímido "noo" "pero" "¿seguro?",  que era muy poca cosa, especialmente de la manera en que él lo pronunciaba, sucedió que una mañana aciaga mi amigo X** decidió salir al mundo a investigar él mismo la verdad de cuanto se decía, descubrir el paradero de su doble, ver con sus propios ojos esos diseños "igualitos", e invertir, en una palabra, la suma de cinco dólares por una hora de exploración en internet, en aquellos lugares del Estado donde solo podía hacerse. Disimuladamente preguntó el nombre del ecuatoriano a Manuel, lo anotó en una agenda y concibió la operación.

Este era la tercera sala de navegación que visitaba, aún sin poder cumplir su cometido. En la primera fue declarado "persona non grata" cuando protestó acaloradamente porque le pidieron el carnet de identidad para acceder a la red, y no lo tenía. Lo despidieron entonces. "La Sala se reservaría el derecho de admisión con él", le dijeron. Además, añadieron que "él sabía muy bien cómo era la cosa aquí" (argumento que da por concluida cualquier discusión mundanal en esta isla). En la segunda sala empezó preguntando por el estado de la conexión y al escuchar el temido "más o menos" se retiró. En la tercera, ya los golpes habían templado su soberbia: tímidamente y sin reclamos divisó una mesa alejada del empleado, hacia donde se escurrió, casi invisible, satisfecho de haber encontrado un sitio medianamente discreto.

De modo que ya estaba ahí, frente a la máquina que daría  acceso a sus propósitos, e íntimamente se repetía que él podía hacerlo, porque en ese momento una sensación de ansiedad le había ganado. Para relajarse entonces y ganar seguridad, evocó la manera en que había transcurrido la semana anterior, dedicada a la preparación de la empresa. Es así que recordó cómo, sentado frente al Internet Explorer vacío de la P.C. de su casa, había practicado lo suficiente con los menús y las herramientas, con el fin de ganar agilidad para cuando llegara la hora. También había permanecido al habla y recibiendo consejos del único socio con internet en el trabajo que tenía —lugar donde la había visto un par de veces, aunque de lejos, porque no dejaban acercarse a ella—.

Con su ayuda, X** había confeccionado una guía,  (o "chivo") que colocó encima de la mesa y sobre la que aplaudió para que se estuviera lisa. Ligeramente reconfortado así con sus recuerdos, tecleó con manos nerviosas el nombre de usuario y la contraseña de cinco dólares que pedía la máquina para comenzar, y al instante un pequeño rectángulo de bienvenida apareció en la pantalla: "59 minutes remaining", decía el cuadrante que corrió a colocarse a la derecha de su pantalla. Mi amigo lo entendió, aunque no sabía inglés: era el Timer. A partir de ahora todo sería cuestión de tiempo.

Además de la búsqueda del ecuatoriano, he de advertir, X** planeaba aprovechar la ocasión para averiguar un par de cosas más que hace rato quería explorar. Estas eran: cierto manual de instrucciones para el éxito que aparecía en un vídeo que él frecuentaba,  un periódico extranjero. Pero todo tendría su momento, pensó. Ahora había que concentrarse en el artesano. En el papel a su derecha leyó que para empezar debía copiar la URL www.google.com en un cuadrante y así lo hizo disciplinadamente. Indeciso pulsó la tecla Enter. El sencillo diseño de Google apareció entonces ante él.

Mi amigo lo reconoció al instante porque lo había visto de lejos en el trabajo de su socio con Internet y esa coincidencia lo animó, conminándolo a seguir con el próximo paso. A eso iba cuando una sensación extraña lo detuvo. Y es que en el momento en que se disponía a escribir el nombre del ecuatoriano en la barra de búsqueda de Google, mi amigo X** presintió —más que vio— la famosa cámara de vigilancia a sus espaldas, apuntándole en diagonal, justo detrás de su cabeza. Sin fuerzas para volverse y enfrentarla, X** procedió instintivamente a estirarse y sacar el pecho hacia delante, con el fin de ganar amplitud corporal y bloquear de esta manera el espionaje a su pantalla. Así se mantuvo por unos segundos, corrigiendo el ángulo del posible acecho con el cuerpo, hasta que al cabo entendió que en esa posición no iba a durar demasiado. Entonces volvió a encogerse. Un cálculo veloz le permitió continuar: iba a ser preferible —se dijo— y hasta aconsejable, que lo vieran ahora trabajar en su inocencia mientras buscaba el artesano y más tarde, cuando llegara el momento de abrir un periódico extranjero, se estiraría.

Resuelto de este modo su primer obstáculo, tecleó con prisa las palabras "Tito Ramírez", que correspondían al nombre del ecuatoriano, y procedió a aceptar. Una lista de resultados apareció entonces en la pantalla, destacando en azul las palabras pedidas. X** los recorrió entusiasmado. El primero decía: "Tito Ramírez… homenaje, alcaldía de Flores …" y luego el segundo: "el sueño infinitesimal de Tito Ramírez …", etc., y después el tercero: "En la oficina… platicamos con Tito Ramírez sobre los retos de la profesión…", etc.  X** pinchó sobre este último.  

Ante él saltó una página en blanco que fue llenándose de colores y letras, donde se dibujó en la parte superior la frase Terapia.es, en caracteres grandes y amarillos.  A la derecha, lentamente, una foto fue revelando a un hombre vestido de blanco (al parecer un doctor)  que, sentado detrás de su escritorio, conversaba apaciblemente con unos civiles (al parecer pacientes o periodistas). En el centro de la página cobró forma algo así como una entrevista, que mi amigo emprendió con avidez —si bien con un brote de suspicacia—: "A mitad de mañana —empezaban diciendo— nos reunimos en el segundo piso de la clínica con el director del centro Dr. Ricardo Ramírez (Tito, para  sus amigos) …".  

Consumida esta primera línea, X** se detuvo. Apartó la vista de la pantalla e hizo una mueca como quien acaba de descubrir una verdad amarga, que enseguida conquistó su enunciado: Manuel le había mentido, entendió; el artesano de Ecuador no existía y todo había sido una máquina de él, se dijo. ¡Lo sabía! Sabía que era un cuentazo (se engañó). En ese momento su imaginación despertó,  reaccionando al estímulo, y a su memoria vinieron una serie de gestos, frases sueltas, indicios del trato de Manuel nunca antes considerados, que sin embargo, una vez reunidos, delataban el escarnio (y también lo vio sonriendo a sus espaldas).

"Cinco dólares me ha costado la gracia", se lamentaba de esta suerte mi amigo lanzando de vez en vez afligidas miradas al monitor, cuando de repente, en uno de esos desconsolados repasos a la pantalla, sus ojos vinieron a posarse en la siguiente línea "en la clínica de Madrid que dirige el doctor Ramírez desde hace veinte años…" y entonces entendió: se me olvidó poner "Ecuador" y también "artesano" en la barra de Google, se dijo. Maldiciendo su suerte, se dispuso a corregir el error. Con olvido, con renovada ansiedad, cerró la página del confundido médico de Madrid y añadió en el buscador los datos que faltaban.  

Esta vez Google le devolvió una lista cuyo primer encabezado destacaba en azul las palabras "Tito Ramírez, artesanos, Ecuador" y además "Feria internacional" y mi amigo saltó imaginariamente en el asiento: el tipo sí existía, después de todo, se dijo, Manuel no había mentido. La base de datos de gestos e indicios delatores que sobre él acumulara hacía un minuto se esfumó, como mágicamente, para dar paso a lo que realmente importaba: frente a él parpadeaba por fin una pista de su doble. Mi rejuvenecido amigo pinchó el link que lo conduciría a su presa.

El sitio que emergió delante de él lo asustó un poco porque ahora sí detectaba los trazos del tema artesanía, y era la primera vez en la vida que X** veía algo así.  Con avidez comprobó que la nueva página hablaba además de una Feria internacional que tuvo lugar en Quito donde había participado, entre otros,  un grupo de experimentadores conformado por Rebeca Sánchez, Tito Ramírez y Carlos Murgota, etc., etc. El resto del artículo, que X** siguió leyendo entusiasmado, se dedicaba a describir los pormenores del evento en un tono más bien aburrido.

Salvo aquella mención a Tito Ramírez no había otra semejante en toda la página, ni tampoco fotos precisas, más allá de las impersonales mujeres con sombrero ofreciendo collares, hombres viejos ofreciendo ponchos... Sin embargo, nada de eso importaba ahora a mi amigo, cuya imaginación se había descarriado  y viajaba súbita, atolondrada, nueva, alejándose del punto inicial y de su meta en pos de otra liebre: había una Feria internacional en Quito —se decía asombrado—, seguramente la misma, o parecida, a la que asistió Manuel, y la información estaba ahí —señalaba mentalmente el monitor—delante de sus narices. Era la primera vez, también, que X** veía la promoción completa de una Feria y no cabía dentro de sí. Una noción paternalista, además, le hacía suponer que una vez recibida la solicitud de su parte, los organizadores de la Feria lo invitarían, corriendo ellos mismos con todos los gastos, o algo parecido… o más bien: no pensaba. 

Un puntero indeciso de mouse ascendió vehemente por la barra del menú de la izquierda hasta dar con el link de la asociación que organizaba la Feria y una mano virtual se aferró a él. En pocos instantes X** se vio ante los datos completos de la asociación encargada del evento, los cuales copió en su memoria flash, lamentando no haber ahorrado el tiempo de instalarla antes —y sin reparar en que iba a necesitar un correo electrónico para comunicarse—. Más bien, en ese momento, su imaginación había resuelto que iban cartearse a la manera tradicional, y que ellos responderían vivamente, poniendo fin al asunto. De manera que, aturdido aún por el hallazgo, y alegre por la manera en que se habían presentado las cosas,  presagiando lo bien que todo sucedería en el futuro, X** abordó el próximo enlace, que lo condujo a una página donde leyó someramente casi las mismas palabras del link anterior. Después de unos instantes de repasar una información casi idéntica a la que ya había conocido sobre la Feria, se dio cuenta de que estaba en la misma web —solo que en la sección de Notas de prensa—. Murmurando entonces contra su propia distracción, volvió a Google.    

Dos enlaces más tarde —uno a cierta asociación de migrantes a la que pertenecía Tito Ramírez, quien como él no era de la capital, detalle que le pareció de lo más significativo a X**; otro a una  lista de direcciones en Quito, donde aparecía el nombre de su presa— mi amigo dio entonces con un sugerente llamado que reunía a un tiempo el nombre de su ecuatoriano y el de un invento remoto del que alguna vez había oído hablar también. Lo encontró casi al final de los resultados de Google dicho de la siguiente manera: "Únete a Facebook para conectar con Tito Ramírez Jiménez y otras personas que tal vez ... etc., etc.".

Una vez leído, a su memoria vino el recuerdo del día en que había visto ese invento en el trabajo de su amigo y el entusiasmo que este desplegara hacia la red social, recomendándola clandestinamente a cualquiera con sus diversos y prohibidos modos de acceder a ella. Entonces X** se animó: si en algún lugar iba a encontrar fotos las piezas de Tito Ramírez, así como noticias de su vida y obra (totalmente) ese lugar era Facebook. Además, se dijo otra vez reconfortado por un hallazgo, también allí vería siquiera virtualmente a su gran cantidad de amigos emigrados hacia cualquier confín del mundo y establecería, sino ahora en algún momento señalado, contacto con ellos (o por lo menos viceversa). 

De esta manera alborozado, se acomodó en el asiento haciendo una lista inconsciente de los socios con quienes iba a hablar e imaginando al unísono las obras de Tito Ramírez que por fin vería, con seguridad muy diferentes a las de él mismo, la cuales copiaría en su memoria flash y mostraría luego a Manuel como evidencia de su mal juicio, cuando una página inesperada se presentó ante él pidiendo un nombre de usuario (o correo electrónico) y una contraseña para acceder al invento.

En vano X** regresó dos veces al link primigenio para activarlo, suponiendo que se trataba de un error: dos veces volvió el porfiado requisito. Conciente de que no debía perder un minuto más, X** evaluó entonces sus posibilidades. En ese momento de perplejidad y de duda, había comprendido que esa página extraña en efecto pertenecía a Facebook y que este debía funcionar como una especie de correo electrónico, que presuponía una cuenta previa para activarse. Cuidadosamente miró entonces cada ángulo de la página intrusa y leyó cada detalle de la información escueta que se ofrecía. También podía aceptar la invitación de crearse una cuenta allí, escrita en la parte de abajo, sopesó. Dos o tres minutos, calculó optimista desperezándose, iba a durar la operación de registrarse en Facebook. Después  tendría camino libre para ver lo que quisiera y componer, eventualmente, incluso, su propia identidad con sus propias indiscreciones.

Es así que, siendo esta la primera vez que iba a crearse una cuenta en sitio alguno y pendiente del Timer, con sumo cuidado abordó el formulario de inscripción, y en la casilla donde le pidieron una dirección de correo electrónico no se detuvo, sino que ingeniosamente proporcionó uno imaginario. Tres veces ingresó una dirección de correo fabricada por él mismo, tres veces Facebook le hizo saber que así iba mal. Hasta que por fin, después de varias golpizas al teclado —que fueron para él unos intentos más—,  X** comprendió la futilidad de la empresa. 

Un clic de mouse que no expresó ni con mucho su frustración puso fin a la página Seguidamente, X** cayó en las redes del desconsuelo y entonces distribuyó una serie de reproches a lo largo de la sala, que fueron ampliándose en círculos concéntricos hacia afuera a medida en que pensaba. Luego echó un vistazo preocupado al Timer y más tarde a la pantalla. Frente a él había quedado titilante la página de los resultados de Google en su primera aparición. Casi al final de la misma, colgaba una invitación a Youtube con las palabras clave "Ecuador", "artesanía", "Quito". Cediendo a la curiosidad, X**  hizo un ademán para pincharla. Pero entonces recordó el veto de su socio con internet sobre los vídeos en la red y este era: "no abrir video alguno porque pueden no oírse, e incluso si llegaran a verse, suelen ser lentos", y entonces se cansó.

Aquí podremos declarar que su reacción de este momento fue harto comprensible, máxime si sabemos (y yo lo sé porque he viajado) que en una clase búsqueda como esas raramente se consiguen resultados a la primera y que de tanto y tanto intentarlo, un respiro se hace necesario, como en el caso de mi amigo X** —a quien, además empezaron a surgir ciertas ganas de ir al baño y se dijo "qué malo es estarse orinando cuando se revisa internet"—. Lamentablemente, y dada su situación actual, esto era imposible —cualquiera de las dos cosas que prefiriera primero—. Un cambio de actividad, entonces, vendría a suplir, en su caso, las necesidades de un buen descanso o de una buena postergación, si queremos.

Recordaremos aquí que mi amigo X** traía, además de su búsqueda principal, otras intenciones con internet ese día, y estas eran: abrir un periódico extranjero, investigar sobre un método especial para lograr que se hicieran realidad sus deseos, que últimamente había estado frecuentando. Cediendo entonces al natural impulso de saber —o de reposar cuando se ha sido lastimosamente quebrado—, X** se dispuso a olvidar momentáneamente su persecución del ecuatoriano y abrir una  nueva página de Google, en la que tecleó, cuando esta hubo aparecido, "El secreto de la vida", y pulsó Enter.

Aludía este nuevo de tema a una enseñanza de moda que circulaba en DVD por el underground habanero, donde se prometía al espectador que, mediante una serie de prácticas de visualización, este haría realidad cualquier deseo que "sostuviera" lo suficiente durante un tiempo determinado. Casi todos los amigos de X** habían visto las grabaciones y practicado las técnicas. Él mismo, como parte de su  entrenamiento previo para acceder a internet, había pasado la semana anterior imaginándose a sí mismo ingresando en la red alegremente y rodeado de grandes comodidades y ventajas —en condiciones un poco distintas a las actuales que padecía— y también, en sus ratos de ocio por la casa,  solía "verse" muy rico y lleno de muchas ganancias de la vida… aunque eso no había pasado todavía.  De manera que X** ya iba teniendo la impresión de que no le habían contado todo, cabalmente hablando, los instructores de ese tipo de enseñanza.

En uno de los vídeos que él poseía, había notado no ha mucho tiempo, que los consejeros mencionaban un manual en pdf sobre El secreto… existente en la red, donde quizás existiera, dedujo mi amigo X**, la información faltante. Por esta razón había pensado aprovechar la oportunidad que él mismo se ofrecía con internet para capturarlo —y de paso comprobar si en realidad El secreto de la vida era tan famoso en la red como se decía—.

Cuando Google devolvió sus resultados sobre El secreto…, mi amigo no reaccionó a la primera y en cambio quedó absorto dedicado a cierto juego consigo mismo y la posición que ocupaba  en el asiento. Esta distracción se debía a que  en el preciso momento en que iba a concentrarse en su nueva búsqueda, había recordado  la cámara de vigilancia a sus espaldas. Consecuentemente, sin atreverse otra vez a girar la cabeza, había vuelto a ensanchar bastante los hombros para cubrir la pantalla y otra vez a correr la rutina que hablaba de su inocente actividad frente al teclado y de lo incómoda de la posición. En breve tornó a relajarse,  pero con cautela. Echó un vistazo al empleado ubicado a su derecha, que no se había movido del asiento para efectuar el temido recorrido por la sala  (ni parecía con intenciones de  hacerlo) y al comprobar esa, su impavidez, procedió a concentrarse de nuevo en el asunto. Antes se hizo la siguiente advertencia: si se demoraba mucho la búsqueda del manual, emplearía los minutos destinados a abrir un periódico extranjero —idea esta que, después de todo, no había cobrado una forma clara en su cabeza—.

Es así que, devolviendo su  atención hacia los resultados de Google, empezó a leerlos velozmente. Entre los primeros, resaltaba uno que decía: "el secreto de la vida … todo lo que los famosos supieron y guardaron para sí… la verdad… todo puede ser… posible"  y por ese estilo. Mi amigo lo abordó con la esperanza de que un tema general como ese, a diferencia del anterior, tuviera mejores perspectivas de aparecer. Con su mano virtual temblorosa se apoderó del enlace, firmemente, y entonces todo se puso negro de repente.

Desaparecieron las páginas, desapareció el puntero del mouse, las teclas no respondían al martillar creciente de sus dedos y solo un bombillo verde a su derecha daba fe de que la máquina seguía encendida, ciertamente:

— ¡Qué es esto! —pudo articular X** con voz entrecortada, llamando la atención asustadiza de algunos clientes que lo miraron a él y luego a sus propios monitores, temiendo una falta común en el sistema o que se hubiera ido la luz, y también, por primera vez siquiera, la atención del encargado del local, que torció levemente el cuello en dirección suya sin arriesgar otro superficial movimiento.

"¡Qué es esto!", tartamudeó de nuevo X**,  esta vez en franca dirección al encargado del local, que en esta ocasión sí le sostuvo la mirada, desafiante, como quien ha sido interrumpido en medio de algo y así se mantuvo unos segundos. Hasta que finalmente, debido al aspaviento progresivo y resuelto de mi amigo que insistía en llamar su atención —aunque esto lo hacía entregándose cada vez  más al lenguaje mudo: volviendo la cabeza hacia él, luego encogiéndose de hombros, luego señalando la pantalla—, el encargado del local arrastró pesadamente la silla hacia atrás, se quitó con parsimonia los audífonos de la cabeza y en marcha nupcial avanzó hacia X**. 

Cuando llegó a su lado, mi amigo se había rendido por completo a la mímica —íntimamente agradecía, además, el no haber abierto el Herald o cualquier periódico internacional que lo delatara—. Con la mirada señaló la pantalla al empleado y este asintió, dando muestras de haber comprendido. En una pantomima calculada para manifestar seguridad técnica, tomó posesión de los periféricos inclinándose hacia adelante —mi amigo se echó a un lado— y procedió a mover el mouse, tal y como X** lo estaba haciendo antes, pero mucho más rápido.  Al cabo de un rato, comprobó que eso no daba resultado.

—¿Hay muchas páginas abiertas…? —habló entonces por primera vez a mi amigo, con severidad y, a la vez,  con templanza.

X** negó fuertemente con la cabeza (incapaz de recordar ahora si las había). Pero ya el joven, sin prestar atención a su respuesta, había procedido a apretar las teclas necesarias para abrir el Administrador de tareas del equipo y  recibía de vuelta alguna iluminación en la pantalla correspondiente al cuadro con la lista de programas abiertos —que eran todas las páginas, si hay que decirlo—.

—¡No los cierres! —X** recobró la voz al ver el inventario  de sus pistas, y extendió las manos hacia el aire, como el Dr. Caligari.

El muchacho lo  censuró con la mirada. En el pequeño rectángulo correspondiente al Administrador de tareas se divisaba ahora  una página del Internet Explorer que no respondía.

—¿Usted por casualidad está abriendo un vídeo? – preguntó en un tono más bien acusador.

—¡No! —clamó X**, involuntariamente culpable.

El muchacho otra vez lo ignoró, inflexible, y un tanto escéptico también (por lo que pudo deducir mi amigo de la media sonrisa que dibujó en dirección suya). A continuación se las arregló para minimizar la página con problemas y, una vez conseguido esto, comprobar que el puntero del mouse recobraba el movimiento. Lentamente al principio, luego a la gran velocidad que le imprimía su mano derecha que lo distribuyó por casi toda la pantalla, como endrogado, y en eso se entretuvo por un breve lapso.

X**, por su parte, al percatarse de que este accionar convulso estaba ocurriendo, favorablemente, sin necesidad de cerrar una página del Internet Explorer, echó un vistazo al muchacho con ojos agradecidos —preguntándose al unísono qué había pasado y cómo podría evitarse siempre el error—. Pero antes de que pudiera formular la pregunta en voz alta, vio cómo el joven convocaba otra vez la página problemática y, cuando eso pasó, entonces profería un "Ja" comprobatorio, señalando gustoso la pantalla.    

Mi amigo dirigió entonces la mirada hacia el monitor, sin entender. Este había vuelto a ponerse negro, con lo cual X** repitió su expresión isquémica al empleado, quien, sin prestarle atención, en cambio, lucía satisfecho:

—Parece que sí —dijo señalándolo otra vez la pantalla.

Obediente, X** se volvió al objetivo y ambos interrogaron fijamente lo que parecía ser un monitor apagado, para cualquiera que pasara sin aviso por allí. Sin embargo, al cabo de unos segundos de espera, percibieron que algo empezaba a moverse en el interior de la oscuridad. Lentamente, desde la parte inferior del rectángulo negro surgió una textura de color blanco que poco a poco se transformó en un velo. El cual, imitando el movimiento de una ola o del paño de un mago cuando revela el contenido de su mesa vacía, se elevó hasta la parte superior de la pantalla, y luego se esfumó, suavemente, devolviendo a la vista la oscuridad.

Unos puntos luminosos aparecieron entonces dispersos en el centro, y luego, en lento andar, se convirtieron en llamas, que después  pasaron a ser velas, que más tarde cobraron la forma del candelabro que las sostenía, el cual también se elevó hacia una esquina, dejando otra vez la oscuridad con ellos. A continuación otros cachivaches de orfebrería surgieron con idéntica calma, y también salieron flotando hacia todas las direcciones de la pantalla antes de esfumarse, y otra vez todo quedó negro. Al cabo de varios segundos, un brazo de fuego empezó a consumir por el centro la pantalla, avanzó renqueante, y después se detuvo:  

—Es que está buffeando… —aclaró el joven empleado, que seguía con intensidad todo lo acontecido, al lado de X**.

Esperaron casi un minuto, más o menos, sin que nada ocurriera. Transcurrido el cual, vieron cómo el fuego se desperezó, recobrando su andar tambaleante, consumió un poco más la oscuridad a la derecha, y después fue disminuyendo hasta transformarse él mismo en unas letras góticas incendiadas que decían:  El secreto de la vida. Hubo un incremento de iluminación con ellas. Después todo desapareció otra vez, tal y cómo había surgido, y un solitario hipervínculo en arial quedó pendiente en la pantalla con el anuncio: "click here to continue". 

—Eso hay que pagarlo —señaló con dedo acusador el empleado, golpeando la pantalla.

—¿A ti? —X** se replegó en el asiento.

— … a la gente esa del Secreto… con tarjeta de crédito —afirmó el joven— Dále al link pa que tú veas…

Así lo hizo mi amigo para encontrar que el enlace, efectivamente, lo condujo a una serie de instrucciones en inglés para pagar el vídeo.

—¡No jodas! —exclamó entonces mi amigo hablando a las tarjetas de crédito, al empleado y al secreto de la vida.

El joven encargado se encogió de hombros, dio media vuelta  negando con la cabeza, y se alejó de mi amigo rumbo a su puesto de trabajo para perderse otra vez en sus audífonos. Entonces X** quedó en soledad, como extraviado. Volvió la cabeza hacia el monitor para reparar en el Timer a su derecha: "5 minutes remaining" decía el rectángulo a sus ilusiones, al descubrir lo cual, X** se lamentó: tenía que encontrar un vídeo invisible en ese momento, él,  y antes otro link absurdo, y antes otro, y otro, que lo alejaron de su pista, se dijo.

Aquí el lector de esta fiel historia, pensará, tal vez, que la retirada  era la mejor recomendación para su trayecto y trance de este momento. Posible. Pero esto sería ignorar el natural obstinado de mi amigo, que no fue algo así lo que dictó, sino que lo conminó a volar hacia la página primera de Google, y de ahí a la segunda, la cual ojeó rápidamente (sin reparar siquiera en que ya "ojeaba"), y no hallando el nombre de Tito Ramírez en azul, pasar a la tercera, donde encontró a mitad de estampida el blog de un turista entusiasta de la artesanía de Quito, que mencionaba además a un tal "Agapito Ramírez", señor muy discreto que encontró vendiendo objetos en la esquina de una calle cualquiera, y le pareció muy agradable también, con artículos muy típicos. Luego procedía a la descripción de materiales, tradiciones y los precios artesanales de todo Quito, sin más recuerdo de citado señor, ni  fotos de autor reconocible.

En este punto ya habían transcurrido dos minutos de los cinco restantes. Otro fue consumido en buscar la calle que mencionaba el turista, junto con el nombre de Tito Ramírez, sin éxito inmediato, y otro en regresar al  triunvirato de Rebeca Sánchez, Tito Ramírez y Carlos Murgota del principio, junto con la fecha y el nombre de la calle, con lo que mi amigo creyó aumentaría sus probabilidades de éxito.

Y digo yo que esta fue la peor ocurrencia de todas las que tuvo aquel día, porque los dos minutos restantes los pasó saltando de una página a otra, inconexamente de un nombre a otro, vagamente de una novedad a otra, indignadamente de una insinuación a otra, y que ya para el momento en que quedaban apenas 30 segundos, X** era la sombra de lo que había sido hacía apenas una hora. Arribado a determinado punto fatal todas las páginas se congelaron al unísono. La máquina anunció que los cinco dólares habían caducado y que ya nada se podía hacer, a menos que el usuario tuviera a bien abonar otros cinco.

Cuentan quienes lo vieron marchar mi que amigo X**  abandonó renqueante el lugar, balbuceando algo inaudible sobre el secreto de la vida y Quito, los incas, las ruinas del mundo conocido, o internet. Semanas pasaron antes de que tuviera fuerzas para enfrentar su historia  y proceder a referirla ante nosotros. Durante la velada —el día en que nos reunimos varios amigos para escuchar cómo consumió una hora de internet en una sala de navegación de La Habana— alguien observó que bien pudo haber buscado a través de Google Image las fotos correspondientes a un tal Tito Ramírez, con lo cual saldría más aventajado. Pero mi amigo acalló al parlante con un gesto espléndido de su mano, arguyendo, filosófico, que ya no quería saber nada más del asunto ni volver a mencionarlo en lo adelante  porque había encontrado él sus propias conclusiones. Con voz serena nos informó entonces, desde la distancia, que no podían existir dos individuos idénticos, y que el secreto de la vida radicaba en no preocuparse por eso.  

En lo sucesivo, cuando alguien le preguntaba por Tito Ramírez, aquel artesano parecido a él,  del Ecuador, y por el invento de internet, mi amigo X** respondía ensimismado que no los conocía, a ambos, ni tampoco creía que existieran.

 


Yania Suárez nació en La Habana, en 1975. Ha publicado el volumen de cuentos Usted tiene derecho a hacer silencio (Abril, La Habana, 2002).  Este cuento pertenece al libro inédito Señor de las palabras.

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Comentarios [ 1 ]

Imagen de Anónimo

Que cuento mas aburrido, cono!