Literatura

'(Des)articulaciones': poesía cubana de cambio de siglo

Examen de una antología que reúne a 19 poetas representativos de las principales líneas poéticas de los últimos 20 años, y de la obra de algunos poetas no incluidos en ella.

Decir que el volumen (Des)articulaciones, prologado y compilado por Leonardo Sarría, es la mejor muestra de poesía cubana finisecular que existe hasta el presente es también algo que juega en contra de la crítica, que cuestiona el papel y la labor de los estudiosos, pues en realidad esta antología no es el resultado de un trabajo investigativo, sino la compilación de los Premios de Poesía de La Gaceta de Cuba desde 2000 hasta 2010.

A pesar de las limitaciones y las variaciones azarosas que caracterizan a un premio literario, me arriesgo a afirmar (junto al prologuista) que el volumen en cuestión es un buen catálogo representativo de las líneas poéticas principales de cambio de siglo en Cuba.

Muchas veces con la vana y socorrida justificación de que es demasiado reciente el panorama que se analiza, la mayoría de los críticos cubanos más reconocidos padecen de una pereza y un facilismo atroz, se desentienden de las poéticas y las publicaciones del momento y generalmente escriben sobre autores legitimados, esquivan la proliferación editorial de las últimas décadas. Falta ese grupo de estudiosos que vaya más allá de lo que repiten dos o tres autores y encuentren, dentro del cúmulo de publicaciones del momento, las líneas temáticas y formales que caracterizan a la lírica cubana escrita entre 1990 y el presente, y que no se conformen con los catálogos casi interminables que desde hace lustros las editoriales cubanas suelen presentar. Por ello mismo y por las características y limitaciones de la antología que analizo, cuando lo estime conveniente mencionaré y analizaré a autores que no se incluyen en la misma, pero que me parecen pertinentes y en algunos casos complementarios y aclaratorios.

Falta, desde finales de los ochenta hasta el presente, una antología semejante a Cincuenta años de poesía en Cuba o Diez poetas cubanos, ambas de Cintio Vitier. Lo más semejante a las mencionadas que se ha hecho en los últimos años son Las palabras son islas (Letras Cubanas, La Habana, 1999) de Jorge Luis Arcos y Otra Cuba secreta de Milena Rodríguez (Verbum, Madrid, 2011). Podría destacarse además el trabajo de Jesús J. Barquet y Norberto Codina en Poesía cubana del siglo XX  (Fondo de Cultura Económica, México DF, 2003) principalmente porque se dan a la tarea de justificar la selección y de describir las principales líneas de creación que ellos consideran y que detectan en la lírica cubana.

El ejercicio de criterio, el estudio consecuente, la justificación de la selección que han llevado a cabo estos autores, está ausente de los largos panoramas que comenzaron a aparecer desde los años 90 (Los parques, Cuerpo sobre cuerpo) y que siguen apareciendo actualmente, donde casi siempre se incluyen más de cien jóvenes autores cubanos (La Isla en versos), sin que haya muchas veces ni el más mínimo propósito de justificar o analizar el panorama literario que se presenta.

Las antologías que recogen a los poetas nacidos en la isla a partir de 1970 son más bien catálogos interminables donde no se persigue en absoluto la emisión de un criterio, de una línea temática o investigativa, sino más bien incluir indiscriminadamente a todo aquel que escriba versos en cualquier rincón de la isla. Ha faltado la selección, el análisis, la decantación y en general sigue siendo esta una carencia.

Absurdo, (a)historia, lenguaje, religiosidad y existencialismo

(Des)articulaciones presenta a 19 autores que han recibido entre 2000 y 2010 el Premio de Poesía de La Gaceta de Cuba y/o la Beca de Creación Prometeo. Tres de ellos se repiten en diferentes años con distintos galardones: Javier Marimón, Marcelo Morales y Leymen Pérez, lo cual podría verse como una limitación del conjunto propuesto. A pesar de ello, la muestra gana una representatividad y posee una variedad temática y formal a la vez que una concisión que no ha conseguido ninguna antología anterior donde se abarquen estos años.

El conjunto rebasa cualquier categoría generacional que a la larga, al pasar de los años cada vez se vuelve más obsoleta e inoperante. De este modo hay autores nacidos desde 1953 (Manuel García Verdecia) hasta 1979 (Oscar Cruz). Por lo tanto, están representadas tres décadas de autores en el volumen, lo cual no es poco, y me atrevería a decir que en gran medida los nacidos en los 80, aunque no aparecen en el volumen directamente, se relacionan con muchas de las poéticas recogidas en el libro. Esto permite tener una representación de autores (que ha dependido aleatoriamente de jurados sucesivos y de gustos y condiciones particulares) que, independientemente de su filiación estética y de su fecha de nacimiento escriben ahora mismo dentro o fuera de la Isla, división esta que cada vez, por suerte también, es más inoperante y absurda.

A pesar de su maremágnum discursivo y de su dispersión verbal, en medio de los profusos textos de Marimón encontramos elementos, objetos, términos, conceptos que devienen símbolos, semas potenciados; es el caso de "las luces", "el objeto" (así, sin definir), la oposición adentro/afuera (que también encontramos en Miranda y Leymen Pérez). La suya es una realidad transida, atravesada por cierto metaforismo cíclico y fragmentario. Presenta una realidad que conduce a otras, atravesadas por la extrañeza asociativa de la palabra.

De un modo más críptico, donde las interconexiones y enlaces gramaticales quedan más subterráneas, menos visibles, y la relación entre los elementos es menos evidente o directa, nos encontramos con los textos de Rito Ramón Aroche. Pero aún en Rito Ramón se alcanza el salto de sentido, de significado, de sugerencia y resonancia que pide y que caracteriza al hecho poético. El uso de la condicional y la pregunta que frecuentemente inician sus textos deja un resquicio de posibilidades que poco a poco, entre la peripecia discursiva, se abre camino a la luz. Su poesía tiene una rareza sintáctica (pindárica podría decirse por la ausencia expresa de nexos) que logra medir el pulso de la realidad más inmediata. El autor plantea  una especie de poética del reciclaje y la ruina ("chatarra cubierta por enredaderas"), del "cacharro doméstico" en que el escombro se entremezcla con lo natural. En ambos autores, en medio de lo cotidiano y coloquial, se mantiene y consuma la peripecia tropológica que es consustancial a la poesía.

Ese salto de significado, en que el referente "real" se vuelve sema, está ausente de los textos de Larry González. En sus poemas tenemos los elementos, las alusiones a un entorno muchas veces viciado, en marasmo, y en medio de la lectura el receptor se queda como esperando el tránsito, el giro metafórico que no llega. Aunque algunas de sus zonas discursivas son sugerentes y mantienen una mirada indagadora, lo cierto es que esta poesía no pasa de ser en muchos casos meramente descriptiva del entorno. El emisor no pretende (o no logra, o no quiere) explicarse, significar, dar un sentido al derredor que describe y observa. No pasa de percibir de modo naturalista, de anotar en primera persona sus sensaciones físicas, su percepción de lo(s) otro(s). Un mundo, el de Larry González, condenado a no significar, a la intrascendencia, transido por una cotidianidad anecdótica que lo aplasta, que, como ese "algo que parece una escama" y flota, transcurre, se pierde hasta que termina vencido "por el vaivén de gente".

Los dos elementos que podrían ir más allá de la mera panorámica en los textos de González son el "pez lucio", porque no es común al menos que haya un pez en una piscina, de ahí que pueda ser leído como un elemento tropológico desestabilizador, y en lo formal la estructura anular (ring composition) de su conjunto, algo que puede estar en consonancia con el ambiente viciado, cíclico, repetitivo que presenta.

Con una intrascendencia y una cotidianidad anecdótica e insustancial semejante a la de Larry, hallamos a autores como Legna Rodríguez que, aunque no se encuentra en la selección, es un buen ejemplo de lo anodino, lo circunstancial inmediato. A ello se le suma cierta agramaticalidad y desenfado en el discurso, una irreverencia desde las posturas más insustanciales y comunes ligadas a veces a cierto excentricismo y a la desacralización de referentes nacionalistas o artísticos: un organopónico, una manilla, un pellejo de pollo, Alberto Durero, una chiva, las palmas reales, la revolución, la patria, la mano de Orula.

Guste más o menos como literatura o como hecho poético, cuestionable como ejercicio lírico o no, lo cierto es que la voz de Legna Rodríguez es una de las más vigentes y necesarias dentro del panorama poético cubano: refleja la indiferencia generacional, las verdaderas preocupaciones actuales de muchos jóvenes cubanos, el ambiente viciado y baladí insular, la equivalencia y la poca importancia de todos los referentes, ya sea una lechuga o el futuro de un país.

Como el sujeto lírico de Rodríguez, mucha juventud cubana está demasiado preocupada en qué ponerse, qué comer, dónde conseguir lo necesario, para dedicarse a la escritura como algo serio o solemne. La de Legna es la poesía que se escribe cuando es más importante buscar la talla adecuada en una tienda que analizar a Derrida. Y no es que no se lea o no se aprenda o no se indague, al contrario, el sujeto lírico de Rodríguez tiene inquietudes, pero desde la serenidad, sin complicaciones. No se puede uno tomar la literatura en serio en un país donde no se toma nada en serio.

La de Legna es la poesía social de nuestro tiempo, el coloquialismo del siglo XXI como venganza y desquite del conversacionalismo militante de los años 70, la lírica que nos merecemos, la que nos nombra como país, como nada nacional, como pueblo desorientado y desentendido de todo. Escribir es como masticar chicle, como ladrar, como ponerse collares para ir al centro de la ciudad, porque, en definitiva, "quién dijo que con tales collares puestos/ lograría escribir algo que sirviera".

Pero hay algo en la poesía de Legna Rodríguez que la diferencia de la intrascendencia de Larry González, y es el explícito interés por abordar ciertos referentes políticos y nacionales (la palma real, la revolución, la patria...), desacralizándolos, banalizándolos muchas veces, pero al fin y al cabo tomándolos en cuenta. Esa desacralización y el cuestionamiento al archiheroísmo que se encuentra ya en Heberto Padilla (Fuera del juego, 1968), relaciona también a autores como Lina de Feria ("De María García Granados a José Martí"), Osvaldo Sánchez, Damaris Calderón, Rolando Sánchez Mejías y a poetas más jóvenes como Oscar Cruz. Desde una postura quizá más solemne o seria pero no por ello menos interrogante y trasgresora, otros autores como Reynaldo García Blanco, Norge Espinosa, Michael H. Miranda, Eduard Encina, Leymen Pérez, Yunier Riquenes, Karel Bofill y Sergio García Zamora también abordan temáticas políticas en la lírica que han publicado en los últimos años.

Estas conexiones que posibilitan una lectura política e histórica desde diferentes posturas y en varios poetas son las que me permiten cuestionar y matizar la aseveración de Sarría al considerar que actitudes como las de Norge Espinosa y Reinaldo García Blanco de "recomponer el sentido" o leer la tradición cultural del país buscando armar y completar ese "libro de Cuba", "son más bien escasas dentro de la poesía de estos años".

En realidad, otros autores de edades disímiles y poéticas a veces bien distintas se interesan por rescatar, releer desde el cuestionamiento y/o la veneración la propia tradición colonial que Norge y García Blanco leen a partir de Heredia, Milanés, Martí, entre otros. Las inquietudes históricas y la revisión del legado colonial de Eduard Encina (en el que la revelación de Juan se une a centellazos con la búsqueda de un sentido telúrico, de lo cubano y hasta de lo campesino-insular), de Leymen Pérez con sus "Corrientes coloniales" y poemas como "Otra vez La Colonia", de Alejandro Ponce en "Oración por Yevgueni Yevtushenko", y de Oscar Cruz en textos como "Salutación fraterna al taller mecánico" y otros no incluidos en la antología como "El Mal y la Montaña (Apuntes para una teoría de la invasión)", "Pájaros de Manduley" (donde es otra vez Heredia el referente), "20 de octubre"; evidencian ese interés por analizar desde varias coordenadas la tradición poética insular.

También Oscar Cruz en su poemario Balada del buen muñeco y José Ramón Sánchez  en Marabú pretenden leer el futuro cultural y poético del país, juzgar a sus principales actuantes, cuestionar a veces de modo incendiario, irreverente y provocativo a figuras y promociones que los anteceden. A los autores mencionados pueden sumarse la poesía de Alberto Lauro, con un marcado interés por abordar lo patrio, lo disidente, lo diaspórico, la obra de Sergio García Zamora (a mi modo de ver una de las poéticas más interesantes de los últimos años en la Isla), así como la poesía de Jesús J. Barquet, donde Heredia, Martí, Bolívar, Mella, el Che y gran parte de la tradición cubana y universal son parodiados, cuestionados y sacralizados constantemente, donde lo patriótico y el homoerotismo se funden con desenfado y organicidad. Desde el esbozo, el fragmento, la deriva, la desacralización y el homenaje estos autores persiguen ampliar, matizar, corregir, reescribir, maldecir, continuar ese "libro de Cuba".   

En el caso de José Félix León, la tradición clásica y el culturalismo tienen uno de los referentes más logrados de las últimas décadas en Cuba. En sus versos lo cosmológico se une al deseo, al placer de los sentidos; el paisaje se funde con lo somático. Como en Safo, el muslo y el movimiento humano son semejantes a la flexibilidad del junco, son continuidad del curso terrible y hermoso de lo natural.

A una sensibilidad contemplativa y una delicadeza exquisitas se unen cierto tono helenístico y una plasticidad sensorial traducida a veces en paisajes de acuarela y transparencias que acerca al autor en ocasiones a ciertos textos de Carlos Pintado. Al mismo tiempo, junto a Norge Espinosa, Noël Castillo, Arlen Regueiro Mas, Nelson Simón, René Coyra, José Félix continúa la tradición homoerótica en la lírica cubana que tiene también algunos antecedentes en Julián del Casal, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Delfín Prats y Lina de Feria.

Las inquietudes lingüísticas es uno de los subtemas más frecuentes en la antología. En José Félix León leemos cierta "fatiga textual" por el intento de conjugar sentimiento y metalingüística, padecimiento y definición lexical. En el caso de Ismael González Castañer, es evidente también la búsqueda de lo visceral en lo cotidiano, el forcejeo con el lenguaje y el tropo para reflejar cierto extrañamiento en medio de lo ordinario.

José Luis Fariñas es el primer ejemplo de profundo sentimiento religioso en la antología, continuador de otra línea sustanciosa de la lírica cubana desde Zequeira, Pérez de Zambrana, Gómez de Avellaneda y Martí a la mayoría de los origenistas y autores más recientes como Berta Kaluff y el propio compilador y prologuista Leonardo Sarría. Su poesía refleja un paisaje interior en pugna, los elementos cotidianos, tangibles (polvo, cuchillo, harina, el agua) sirven para definir el estado de ánimo, las contradicciones personales. Al mismo tiempo que su verso es apocalíptico, es también fundador, propone la renovación en medio del caos, la búsqueda del principio, del logos.

Leer a Fariñas nos ubica en medio de una maleza verbal que poco a poco gana consistencia y configuración. Pérdida de la infancia, muerte, apocalipsis, final y a la vez comienzo, resurrección: una fe indagadora, plural, culturalista. En este orden, el volumen propone una lectura que podría ir de la multiplicidad sémica de Fariñas, de su metaforismo boscoso y ávido de encontrar respuestas, a la intrascendencia cotidiana y viciada que leíamos en Larry González y Legna Rodríguez.

Desde una retórica tomada del Apocalipsis de Juan, Eduard Encina construye un discurso que "indefine las orillas" y al mismo tiempo relaciona, mezcla, fusiona los referentes y el lenguaje bíblicos con la ruralidad cubana. Reaparece el "plátano sonante" herediano que leemos en Reinaldo García Blanco y la figura de Martí invocada por Norge Espinosa en "Kubas Poeter Drommer Inte Mer".

A lo divino y patrio se une lo escatológico en Encina: "siempre orino por la costumbre que deja el miedo: bandera y sarro". Giros como "penco de la muerte" y "esta mudez de mediodía que baja turbia por los platanales", "never more coño never", "la piña se hunde" (como guiño quizá a Manuel de Zequeira), "el miedo crece sobre las yagrumas" unen a la indagación del yo, a la pérdida, el desamparo, cierto bucolismo áspero, piñeriano, apocalíptico. En el discurso que por momentos sostiene un alto lirismo irrumpen coloquialismos y vulgarismos. A lo religioso se liga una cubanidad visceral y genuina. Negación, desde el caos, del telos lezamiano, de la "fiesta innombrable"; páramo y revelaciones en que la zequeriana y paradisíaca "piña se hunde".    

En la poesía religiosa y existencial creo necesario reconocer la obra de Gelsys M. García Lorenzo (quien es, por cierto, la editora de (Des)articulaciones), a quien considero uno de los autores jóvenes cubanos más atendibles. Aunque no se incluye entre los poetas de este libro, la lírica de García Lorenzo tiene una consistencia vivencial y discursiva que la singulariza entre todos estos autores y que auguro crecerá con los años.

Semejantes en el tono sosegado y en la concisión a Milena Rodríguez (Del otro lado), pero con una mayor fuerza desoladora y desestabilizante, en los textos de Gelsys María los objetos devienen actuantes, centros de atención; el lenguaje coloquial se relaciona con el científico, el tropológico; a la simplicidad de las formas y las deducciones se le suma una corriente subterránea de sentido que es, desde el silencio mismo, devastadora y hasta cínica, a la vez que amarga y dolorosa.

Esta joven poeta demuestra cómo derribar altares, cuestionar tradiciones y tendencias sin aparentemente moverse del lugar, sin levantar el tono de voz. La trasgresión de lo sagrado y divino (moviéndose entre la veneración y la blasfemia), la negación como poética, la capacidad de semantización de los objetos más comunes (unas tijeras, una patata, un paquete de sopa instantánea, una cuchilla de afeitar...), su evidente vocación culturalista e intertextual, hacen de Gelsys uno de los más altos ejemplos de la lírica cubana más reciente. Los cuerpos, como las palabras, están hechos para interminables operaciones quirúrgicas, segmentaciones sangrientas y etimológicas que, paradójicamente, conducen a ilaciones infinitas en sus textos.    

El existencialismo culturalista, tropológico y filtrado a través de referentes bíblicos de Fariñas entronca con algunas inquietudes filosóficas de Ricardo Alberto Pérez, a lo que ha de sumarse en este último la mezcla de un lenguaje común con una sintaxis que produce extrañamiento y que hilvana imágenes abruptas, insospechadas.

En el caso de Marcelo Morales la pretendida profundidad filosófica lleva a veces a la bastedad. Su arte parece nacer más de la obligación, de lugares comunes del pensamiento filosófico, del imperativo de recordar "la condición profunda del espíritu", que de una experiencia genuina. El suyo es un yo que pretende cosmogonía y se queda en el ademán. Este filosofismo se torna plástico, impostado, no llega a cristalizar y, en mi opinión, no alcanza la profundidad existencial que persigue. Esa inoperancia es evidente en versos que más bien parecen poses fingidas, de vidriera, perogrulladas: "la condición profunda del espíritu", "creo que todo existe solo en mí", "tengo que transformar este dolor en arte", "yo miro lo real", "la vida es en realidad la muerte", "la vida es una idea que tenemos de la muerte", "juego con mi aliento en el cristal"...

Lo que sí es innegable en Marcelo Morales es la insistencia en la primera persona, la entronización del yo que también constatamos en el discurso de Michael H. Miranda y de la mayoría de los escritores de la muestra. Este último autor persigue definir la patria a través del salto tropológico: isla, cárcel, mundo. La patria como negación, o la negación atemporal como único lugar discursivo posible, semejante a lo que leíamos en Gelsys. Paralelos a los no-dioses piñerianos, están su "no-isla", su "no-edad".

La fragilidad que cuestionaron los órdenes políticos cubanos a autores como Padilla y Antón Arrufat, a los puenteros, es otra de las características más comunes y legitimadas por los autores de los años 90 y que leemos también en Miranda. La espera interminable, el cuestionamiento, la pérdida de toda esperanza, la imposibilidad del viaje, de la emigración hacen que el sujeto lírico se despersonalice, se cosifique, se asuma como prisionero con "un número en el pecho como cerdo de alcancía". A ello se le suman las referencias culturales, las inquietudes filosóficas, existenciales, metalingüísticas y políticas en medio de un discurso egótico que persigue autorreconocimiento y que alcanza una anagnórisis en el encierro y la frustración.

Dentro de la tendencia existencialista, se puede incluir, además, la muestra de Caridad Atencio, que también desde la agonía de la primera persona, persigue el límite, la definición y hace un tratamiento de lo femenino y lo maternal desde el dolor y la crueldad. Al mismo tiempo hay una necesidad del diálogo y una búsqueda refractaria, especular, alteregótica de la segunda persona. Como en Miranda, Atencio padece la pérdida de identidad, es víctima de la paradoja ("esclava de mi libertad"), de los límites y el encierro.

Antonio Armenteros da fe de la búsqueda de un espacio propio, íntimo, personal. A pesar de constatar lo fugitivo del presente, persiste, busca la trascendencia. Al mismo tiempo, su poesía relaciona ficción, lenguaje, poesía y existencia (en "Sustancias que nos faltan"), y posee un marcado lirismo existencialista sin renunciar a cierto tono conversacional.

La cibertextualidad y la fragmentación que encontramos en Manuel García Verdecia dialoga con cierta poesía de Aymara Aymerich (El cabaret de la existencia) y Legna Rodríguez que mezclan la lírica con el ciberlenguaje. Sin embargo, a diferencia de algunas tendencias actuales que persiguen fusionar lirismo y mass media, literatura y nuevas tecnologías, Verdecia posee gran ductilidad discursiva, una fluida continuidad sintáctica, y plasticidad en el lenguaje. A ello se vincula cierta epicidad (distinta del carácter narrativo que leemos en Oscar Cruz) y un gran interés en indagar sobre la esencia del alma humana desde lo cosmogónico (alma/universo), lo humano y físico (alma/cuerpo), la dualidad de su naturaleza (soplo/materia).

A semejanza de De rerum natura de Tito Lucrecio Caro, Verdecia propone una especie de tratado personal y lírico sobre la naturaleza del alma, moviéndose entre lo individual, lo subjetivo, la crisis existencial y lo universal. Indagación del todo a través del uno y viceversa, la angustia propia termina siendo caos cosmológico. Atisbo del cosmos desde el alma, aprehensión de la naturaleza desde el logos. La comunión que logra José Félix León entre sensorialidad, cuerpo y universo, Verdecia la establece entre espíritu, entorno y firmamento.

Al existencialismo y la religiosidad se unen Alejandro Ponce y Luis Yuseff, este último desde el dolor íntimo, mezclando padecimiento, dialogismo, referencialidad y tropología. Por otra parte, las "lejanas tierras" y la itinerancia de Ponce se oponen al encierro que leemos en Miranda y Atencio. Las jutías y cierta fauna insular que aparecen tempranamente en las fábulas del Papel Periódico de La Havana así como los cocuyos del anacreontismo de Luaces son retomados por Ponce en un viaje hacia el Turquino, en el que la definición científica (también presente en Gelsys M. Lorenzo) se une a la procacidad ("heces y mierda no eran la misma cosa") y se avanza en busca de una especie de esencia negada de antemano.     

El bosque como motivo ya lo veíamos en el metaforismo de Fariñas y también está presente en la poesía de José Félix León, Michael H. Miranda ("los bosques humeantes"), por lo que prácticamente puede considerarse una especie de ecosistema común entre estos poetas. Está ya en Luisa Pérez ("La vuelta al bosque"), en el anacreontismo tropical y cubanizado de Joaquín Lorenzo Luaces, en El ojo milenario y País sin abedules de Lina de Feria, en el bucolismo más tropical de Delfín Prats y en poetas de los años noventa como Félix Hangelini cuya obra poética precisamente se titula El bosque escrito, en diálogo estrecho con Rilke, Dickinson y Whitman.

A "desarticulación" debe unirse la palabra "búsqueda"; pertenecen estos poetas antologados a un grupo de autores que pretenden indagar, buscar caminos, transitar viejas y nuevas vías, expresarse de distintos modos. No dan nada por encontrado, por absoluto, por verdadero. La propia historia como constructo, su canto mítico, las supuestas "verdades" que antes parecían incuestionables han caído solas, una a una. Y entre los escombros se mueven, nos movemos, revisamos, cada uno de forma individual muchas veces, dentro y fuera del país.

Arturo Arango lo avizora en Los ríos de la mañana: no existe generación poética en Cuba desde los años ochenta, Gastón Baquero cuestiona que existiese algo como la "generación Orígenes", por tanto, ni siquiera hacen falta estas limitadas y falsas clasificaciones que (dados los tiempos, el exilio, la dispersión geográfica y el entorno sociocultural de cada uno) han quedado obsoletas y desfasadas. Toca encontrar otro modo de sistematización, otro tipo de análisis que se encamine más a través de la convivencia de autores de distintas edades, que aborden y representen la cultura cubana en sus textos. Esa clasificación que hoy nos falta podría convertirse en un camino más ilustrativo del panorama poético contemporáneo, como mismo lo propone la antología de los Premios de Poesía de La Gaceta de Cuba, sin hacer escisiones por la fecha de nacimiento, sino por la convivencia sincrónica de los autores.                

Del 'plátano sonante' herediano al organopónico municipal

Permítase que dude de la pertinencia al menos cronológica de nomenclaturas como "conversacionalismo" y "postconversacionalismo" (que Sarría menciona a partir de Jorge Luis Arcos) para entender y analizar a estos autores y también a los que he mencionado de los años 70. No creo, como afirma Sarría, que este volumen evidencie "que el movimiento ha ido oscilando más en la segunda dirección". La irrupción del tono cotidiano y más inmediato en la poesía de Legna y Oscar Cruz, la mezcla de tropología y coloquialismos (y hasta vulgarismos en algunos casos) en Marimón, Miranda, Encina, Armenteros, Ponce entre muchos otros, evidencia lo inoperante que es esta clasificación, como también lo es a la hora de leer la obra de Prats y De Feria, transidos ambos por una tropología críptica, subjetiva y al mismo tiempo por un lenguaje conversacional que permite acceder en sus textos a un diálogo continuo sin que falte por ello "literariedad".

Podríamos caer en los mismos errores de años y etapas supuestamente superadas, de las que en realidad provienen ese tipo de divisiones esquemáticas que respondían más a opiniones ideológicas, partidistas, discriminatorias y limitadas que a una escisión constatable en las poéticas de muchos de estos escritores. Algunos autores de los años 60 y de los origenistas, silenciados por décadas, no por ello dejaron de escribir y acumular textos engavetados, aunque sus libros demorasen más de 20 años a veces para ser publicados, por lo que junto a la corriente coloquial oficialista y muchas veces impuesta como política cultural, hay que contar la obra de estos autores marginados que vieron sus obras lanzadas a la sombra y al olvido por un largo tiempo y que seguían conjugando lirismo y cotidianidad desde el silencio y la reclusión, fusión esta que continúan muchos de los autores jóvenes que se recogen en la antología.

El propio Arturo Arango, al que también cita Sarría, ha reconocido en la introducción a Los ríos de la mañana, la continuidad de estas distintas promociones (desde los 60 hasta el presente) en varios aspectos formales y temáticos. Decir que Virgilio Piñera es un autor conversacional es establecer un juicio limitado y abyecto sobre su escritura. Ubicar a Lezama como tropológico e introspectivo sería a estas alturas un disparate al no reconocer la fuerte impronta coloquialista que hay en toda su obra. Con respecto a Lezama, hay un argumento de Reinaldo Arenas que me parece oportuno y magistral: en un artículo publicado en La Gaceta de Cuba en 1970 titulado "El reino de la imagen", Arenas asegura que el único poeta conversacional que hay en Cuba por entonces es José Lezama Lima, porque es el único que realmente escribe como habla.

Como las divisiones generacionales, esta me parece también cada vez más inoperante y esquemática. La tendencia generalizada de estos años al intimismo, a la entronización del yo, la desviación y el cuestionamiento del canto social viciado y muchas veces forzoso de los setenta, no debe hacernos vincular intimismo con lenguaje críptico, pues no ha sido ni es necesariamente así. 

Herederas de las conquistas estéticas de autores como De Feria, Prats, Arenas, Padilla, entre otros a inicios de los años 60, dialogan también con poetas como Pound, Kavafis, Martí, Heredia, Milanés, la Generación Beat norteamericana, Bukowski, Paul Celan, Sylvia Plath, Matsuo Basho, Virgilio Piñera, Damaris Calderón entre otros; estas poéticas más recientes se inscriben en el panorama cultural cubano desde la variedad y la divergencia, hacen a veces del fragmento bandera, credo; van del culturalismo a lo insustancial, del sentimiento religioso y existencialista a la mayor banalidad posible, del metaforismo críptico al coloquialismo y la obscenidad, del versículo a veces oceánico a la fragmentación y el silencio, de lo visceral a la apatía, de lo teleológico a lo insustancial y absurdo, de lo político a lo evasivo; se reconocen o niegan una tradición que no pueden borrar, sino más bien reescribir desde el presente, sus individualidades y desde el rencor, el homenaje, la trasgresión y/o la solemnidad.

(Des)articulaciones propone la lectura de 19 autores que pueden considerarse representativos de las principales líneas poéticas de los últimos 20 años en la poesía cubana. Religiosidad, existencialismo, inquietudes metalingüísticas, culturalismo, irreverencia, ahistoricismo y revisión de las tradiciones patrias son algunas de las líneas temáticas principales.

Junto a muchos autores más, estos conforman una red de contradicciones, interferencias y oposiciones que nos nombran como comunidad poética, desde "las palmas del martirio" de Luisa Pérez hasta la "palma negra" piñeriana y la verdolaga indolente de Legna; del "plátano sonante" herediano que citan García Blanco y Encina, y el yugo estelar de Martí que recrea Norge, a la chiva (huyendo) de Oscar Cruz. Entre esa trascendencia y la nada, la patria y su cuestionamiento o negación, entre la solemnidad y lo anodino, la libertad y el encierro, los caminos que se abren son infinitos, dispersos, polícromos, inabarcables, en constante expansión. Pero no son excluyentes, sino complementarios, incluso desde las antípodas. Grupos tan disímiles como Orígenes, El Puente y Diáspora(s) mantienen cierto eco y pervivencia hasta en los que conscientemente los niegan. La antología funciona como prisma polifónico de dicha variedad. Falta ahora seguir (des)articulando ese proteo sintáctico, inabarcable y complejo que es la lírica insular.

 


Leonardo Sarría (compilador y prologuista), (Des)articulaciones. Premio de Poesía La Gaceta de Cuba (2000-2010),Unión, La Habana, 2012.

Este artículo es una versión abreviada de un estudio más amplio aún inédito sobre la poesía cubana.

Comentarios [ 5 ]

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Y cómo es posible, que dejaras fuera de tu enjundioso comentario, a una voz como la de Francis Sánchez, cuyos poemas se han publicado en este mismo Diario, estremecedores, a pesar del asco y el vacío que yace en el fondo de cada una de sus imágenes. Te sugiero Yoandy, que leas a Francis, en él si no hallarás poses...

Y una opinión, una antología que se haga sobre el criterio de poemas premiados en La gaceta, no puede ser tomada en serio.

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 Excelente artículo.

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perocomo es posible que nose hable de Juan Carlos Valls, esa vozhermosa de la poesia cubana?

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Me parece excelente que un joven de 32 años, que además es y será un helenista, realice esta labor de crítica literaria, sobre todo de sus coetáneos. Introduce un necesario aire fresco a la crítica de poesía cubana, tan necesitada de lectores de poesía, como tanto pidió Gastón Baquero, cuyo 100 celebramos hoy. Claro que su punto de vista es polémico, de eso se trata, de dialogar... Para mí es una alegría, y ojalá alguna vez lo pueda conocer personalmente, conversar sobre este ensayo u otros, poner en crisis ángulos apreciativos, clichés, haraganerías exegéticas.   Reitero mi aprecio. JPS

Imagen de Orlando Luis Pardo Lazo

Saludos, Yoandy:

¿Cómo puedo hacerte llegar un ejemplar de nuestra antología de nuevarrativa cubana CUBA IN SPLINTERS?

Gracias!

orlandoluispardolazo@gmail.com