Lunes, 26 de Junio de 2017
21:03 CEST.
Narrativa

Tempestades solares

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Las casas de Santa Fe, en cambio, están destruidas. Me parece mentira que desde la última vez que estuve aquí este lugar se haya convertido en ruinas. Ese mundo que era tan mágico ahora se me escapaba de entre las manos. Justo ayer estuvimos por allá todo el día, visitando a mi abuela y a mis tías. Samuel estaba un poco disgustado porque no se equivocó al advertirme que regresar al hotel se haría más difícil a medida que cayera la noche. Fue el marido de una de mis amigas de la infancia quien por fin en su moto, ya tardísimo, nos regresó de vuelta al hotel. Había bajado la temperatura y veníamos muertos de miedo y de frío. El pobre Samuel iba en el aire, pero el motociclista nos aseguró que en ocasiones había llevado hasta cinco personas colgando. Por mi parte iba tranquila suponiendo que con la rapidez que cogía las curvas carecíamos de cualquier posibilidad de sobrevivir un accidente; nos esperaba una muerte más que ideal: rápida e indolora.

Mi abuela y mis tías nos han invitado a almorzar otra vez esta tarde. Les he tenido que inventar planes para una excursión. Detesto mentirles, pero más pena me da comerme la poca comida que tienen, con lo difícil que es conseguirla aquí, y que a ellos no les importa para nada ofrecérnosla. Si fuera por mí ya estaría en la casa de mi abuela, encantada con sus cuentos de nuestra niñez y los chismes de la actualidad, pero sé que Samuel se aburre y entonces no se puede disfrutar igual.

Hace unos días, cuando estuvimos allí de visita caminamos hasta La Puntilla, la playa en la que tanto nadé de niña. La encontré muy cambiada. Los ciclones no han sido benévolos y han modificado bastante esa zona, por no decir que han desmantelado el panorama por completo. Me pareció estar en otro lugar. Fue como una especie de déjà vu en la que uno reconoce dónde está como algún recuerdo previamente vivido pero que solo existe en la memoria. Las casas que bordeaban la orilla del mar han desaparecido, y ciertas zonas en las que antes abundaba la arena ahora se han llenado de rocas. No se explica el fenómeno, cómo es que esas grandes piedras han crecido en apenas unos años, pero así parece y nadie contradice mi teoría ni recibo alguna explicación más sensata.

En esta época a veces hace un poco de frío, que era el caso esa tarde, y me pareció imposible meterme en el agua, que además estaba llena de aguamalas. Samuel en cambio se lanzó al hielo y nadó mar adentro con una facilidad que no me esperaba. Me sorprendió su valentía y hasta sentí envidia porque supe entonces que me iría y no volvería a ese mar en mucho tiempo, tal vez ya nunca más. Pasé gran parte de mi niñez sumergida bajo esas aguas, anhelando convertirme en una sirena, y toda mi adolescencia extrañando esos momentos, ese sueño, obsesionada con regresar a ese mismo punto, a la esencia de mi infancia y mis fantasías, y ahí estaba ese día, casi como si fuera otra persona, miraba y apenas reconocía. Después de tantas ansias estaba allí dándole frente y con dificultad fui capaz de meter los pies.

Más tarde, cuando llegué a casa de mi abuela, me encontré con algunos amigos de antaño que se enteraron que estaba allí y vinieron a verme. De entrada se me hizo difícil reconocerlos a todos. Más tarde la memoria fue tomando piedad de mí y me los desveló, con nombres y todo. No supe qué decirles, era una extranjera privilegiada, afortunada, alguien que se fue y dejó atrás la pesadilla. Tal vez solo ha sido mi percepción, a fin de cuentas ellos parecen contentos, porque no hay que olvidar que no conocen otra cosa. Me hacen tantas preguntas como pueden. Intento contestarlas todas con precaución, sin dejar caer la tristeza que de golpe siento no sé si por ellos o por lo que su presencia significa en cuanto a los recuerdos nostálgicos de mi niñez que llueven sobre mí sin cesar. Quisiera darles algo, dinero o lo que cargo encima, pero me da vergüenza, aunque sé muy bien que nadie se va a ofender, por el contrario, me lo van a agradecer.

Salimos a dar un paseo, llegamos hasta la casa en la que viví y nos recostamos al muro, como mismo hacíamos de pequeños. Ahora vive otra familia en esa casa, y han sido lo bastante generosos como para dejarme entrar a husmear por sus rincones. Me ofrecen un café, me ponen al día, me explican que el terreno del patio ya no les pertenece y que por alguna maraña el título ha pasado a manos del vecino de al lado. El patio está acabado y no es ni la sombra de lo que fue cuando mi padre estaba a cargo. Han cortado todos los árboles frutales, incluso el de ciruela que era algo fuera de este mundo. Lo han dejado pelado, como quien dice, y lo que era un pequeño bosquecillo tropical ahora se ha convertido en un matorral quemado, en un llano triste y deprimente que no da para más. Hay dolor en ese reparto. Tantos que se han ido del país y tantos que se han muerto… lo que queda es un ambiente mosqueado, abatido.

Me marcho de la casa desalentada y con dolor de cabeza. Afuera están todavía mis amigos. Conversamos un rato más, no sé muy bien de qué, no surge un tema en particular. Ellos preguntan por mis hermanos. Respondo con cautela, sobre todo al hablar de Carlos. Me siento algo cohibida con la presencia de Samuel, me hubiese gustado que desapareciera de momento, que no me recordara todo el tiempo que yo vivo con los yankees, en  mejor estado que todos los que están allí presentes, pero él no se percata de mi intolerancia y continúa hablando y desenvolviéndose con total desenfado. Al rato nos vamos con uno de mis amigos de infancia que ya no vive allí sino en el Vedado y casualmente maneja el carro del trabajo y nos ofrece devolvernos al hotel. Cuando uno va a Santa Fe no siempre corre con esa suerte, así que aprovechamos la ocasión.

Regresar a ese barrio no me produjo la alegría esperada y me agradezco a mí misma el ingenio de poder regresar a un hotel donde todas las personas con las que me cruzo son desconocidas y puedo, por un instante, dejar la culpabilidad que me espía, dejar de pensar en que cada vez que voy a comer un bocado debo invitar a un pelotón de personas hambrientas. Porque es verdad que hay muchos lugares pobres en el mundo, pero cuando uno los visita normalmente no tiene que lidiar con esa pobreza constantemente y salir con amigos es alejarse de lo que me encadena en esta ciudad al visitarla.

Esta tarde, luego de que le mintiera a mi familia, Samuel y yo nos fuimos a comer a una paladar que estaba justo al lado de donde nos hospedábamos. Uno da con esos sitos por pura casualidad. Hay una puerta abierta y un olor invita a entrar a un jardín colorido. Samuel no está convencido, pero le recuerdo que donde estamos los restaurantes no califican para aparecer en la guía de Michelín. Le da gracia mi comentario y se deja llevar por mis súplicas, o por el hambre. Como dos zombis atravesamos la puerta descascarada donde había improvisado un pequeño comedor. Tres o cuatro mesas de plástico, al máximo. Una mujer que baldeaba la terraza nos tomó la orden. No había muchas opciones en cuanto a la variedad del menú: fricasé de pollo, arroz, frijoles negros, platanitos maduro frito y ensalada de aguacate. En seguida la mujer gritó la orden a un pasillo oscuro y con la misma terminó de pasar el haragán por el suelo casi golpeándonos y llevándonos los pies con el agua sucia.

Hemos quedado satisfechos. Samuel me confiesa que es el mejor pollo que se ha comido en su vida. Me sorprendo porque nada hasta el momento le ha venido bien, y menos la comida. En la paladar no había café, así que decidimos ir a otro lugar. Solo he visto a Samuel beber café en La Habana, como si el de allí fuera tan especial. Le trato de explicar inútilmente que ese café no es cien por ciento café, pero a él le parece exquisito. Justo en la cuadra de arriba nos topamos con La Bodeguita del Medio, o la B de la M, como le dicen en Miami. Me desagrada mucho estar ahí dentro, es todo turismo y falsedad, por no hablar del sentimiento de culpabilidad que me vence, pero si no me bebía un café se me iba a reventar la cabeza del dolor. Me siento a estudiar lo que sucede a mi alrededor y me entristezco: soy una extraña y una traidora. Samuel no me comprende, ya no quiero estar ahí un segundo más. Está lleno de gente de afuera, y los pocos cubanos que entran y salen es en busca de algo más que un café. A mí por ejemplo me han confundido con una jinetera que ha ligado a un americano.

Presa de un profundo desconsuelo emprendo una caminata acelerada. Samuel me sigue los pasos y me pide que no vaya tan aprisa, que tenemos toda la tarde para degustar aquel sitio que él considera un horrible desmadre. No le digo nada, total, cómo podría entenderme una persona que se ha criado en una ambiente tan opuesto al mío y nunca ha tenido que lidiar con situaciones similares, y que para colmo no tiene claro cuales son los países del resto de América y sin embargo se sabe todos los que cubre Asia, por ejemplo. Cuanto más camino más me deprimo, y más me enfado con Samuel. Como si su ignorancia fuera la culpable de mi problema, o el problema de este maldito pueblo. La ciudad se cae a mi alrededor, y la gente ya no es gente. Todo es un caos, pero qué va a saber Samuel, él cree que las cosas siempre han sido así.

Se nos hace imposible conseguir un carro que nos traslade de un lado a otro sin que nos cobren una fortuna, especialmente en compañía de Samuel, que se le ve a la legua lo de gringo turista, por más oscura que sea su piel y más pasa que tenga en la cabeza. Como ya nos estamos quedando sin dinero, decidimos seguir a pie. Samuel anda prevenido y desconfiado, se siente vulnerable, como si lo fueran a asaltar de un momento a otro. Le pido que se tranquilice, que las cosas no van a ocurrir como él las imagina, cuando de pronto se nos acerca una pareja de mulatos que de inmediato se ensartan a nuestros cuerpos casi provocándonos un infarto. La chica le murmura algo en el oído a Samuel, y éste se prepara para morir de un navajazo. Si no me equivoco, lo que le he escuchado decir al mulato es que tiene una caja de Cohibas y son de los auténticos. Le doy las gracias y declino no solo sus halagos sino los tabacos también. La mulata me exige que ayude a una hermana necesitada, entonces le doy unos dólares sin tratar de explicarle que en realidad ya yo no soy de ahí ni una jinetera, y cojo a Samuel del brazo y apresuro el paso. Entre apenado y aterrorizado, Samuel permanece en silencio el resto de la tarde. Aún no ha caído la noche y ya todas las cosas que ha vivido en apenas un puñado de horas. No se puede quejar, por lo menos hay acción aquí en La Habana. Pero que no vaya tan aprisa, en este viaje yo también he descubierto un lado unilateral de él que me ha decepcionado, aunque supongo que tampoco era tan difícil de imaginar su reacción a este lugar endemoniado.

Caminamos y caminamos por cuanto recoveco se nos presenta. Han arreglado un poco La Habana Vieja. Han descarnado el asfalto y han recuperado los adoquines que no veían el sol desde hace décadas. Me fijo también en que han pintado y remodelado algunos de los edificios que componen la fachada de El Malecón, pero no hay más que dar dos pasos para ver que todavía falta mucho por pintar y remodelar. No importa, yo sigo encontrando un encanto, como a ese hijo feo y problemático que una madre mira con otros ojos. Samuel dice llana y directamente que la ciudad no es tan linda como él esperaba, y aunque enseguida se siente abochornado, no se arrepiente. Entonces no sé que es lo que me pasa a mí, que me siento en un lugar bello y feo a la vez, pero principalmente bello. Samuel comienza a exponer su molestia estética contra todo aquello. La gente, me dice, está empercudida. Tiene razón, supongo, pero esa palabra, empercudida, ha salido de su boca y eso sí que me ha quitado el habla. Si hay algo o una palabra en América del Norte que no existe es esa precisamente, pero él la saca a relucir como si fuera común en su español limitado y en su mundo pulcro. Seguro me ha escuchado vociferándola los sábados cuando subo muebles y mientras limpio me quejo de la suciedad en la que siento que vivimos porque hay algo que es muy diferente entre el cubano y el americano, y es el concepto de la limpieza. Porque no se puede discutir que hemos perdido todo lo que se puede perder, pero por lo menos seguimos siendo limpios. Repara en el panorama de El Malecón y dice sin piedad que no es nada del otro mundo. ¿Estaremos mirando hacia el mismo lugar?, me pregunto y le pregunto. Además, los malecones son todos muy parecidos, muro y mar, agrega. Se queja de que hay mucho ruido en la ciudad y de que la gente grita para hablar. Como si él no hubiese vivido gran parte de su vida en Brooklyn y hubiese experimentado peores ruidos, aunque tal vez es la crudeza lo que más le sorprende o le desagrada. No comprende por qué la gente continúa ahí, pasmada, como si todo estuviera bajo control, sobreviviendo de un modo organizado y demasiado contentos para la situación, que se ve a simple vista no es fácil.


Grettel J. Singer nació en La Habana, en 1973. Es autora del blog Mujerongas. Este fragmento pertenece a su novela Tempestades solares (Sudaquia, Nueva York, 2014).

'Tempestades solares', de Grettel J. Singer

Publicado por Sudaquia en Nueva York.

Comentarios [ 3 ]

Imagen de Anónimo

Pues yo me lo lei completico y me encanto.

Imagen de Anónimo

ni yo (concuerdo con el anonimo). intragable. a lo mejor es el fragmento elegido, un "stream of consciousness" medio mal escrito. aparte el racismo. ¿los delincuentes vendedores son mulatos, y samuel de que color es?

Imagen de Anónimo

no he podido pasar del primer párrafo. mejor dicho: de la tercera línea, cuando el incauto lector se encuentra con el adjetivo "mágico" referido al sustantivo "mundo". me voy a leer a musil para quitarme el mal sabor de mente.