Domingo, 19 de Noviembre de 2017
10:52 CET.
Ensayo

Libertella y los gusanos

"Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo..."

No pude sino recitar mentalmente la línea de El Aleph, de Borges, al tropezarme en un puesto de libros de uso con un pequeño volumen de la magnífica editorial argentina Beatriz Viterbo. Vivir en un país donde parece que los libros están así mismo, perdidos para siempre, te hace propenso a atesorar el instante de tales hallazgos con rituales y oraciones a menudo ridículas.

Poco tiempo atrás un amigo escritor me había enviado desde Buenos Aires Espectáculos de realidad. Ensayo sobre la narrativa latinoamericana de las últimas dos décadas (Beatriz Viterbo Editora, Rosario, 2007), de Reinaldo Laddaga, cuyas páginas deben estar entre las que más he subrayado recientemente. Y ahora, en una caseta del agro de Tulipán, me encontraba yo con Diario de la rabia, brevísima novela del gran Héctor Libertella (1945-2006), publicada por Beatriz Viterbo un año antes, el mismo año de la muerte de su autor.

Ya sabía que lo iba a comprar, pero de todas formas le di la vuelta para leer la nota de contracubierta. Empezaba así:

"Es curiosa la historia de este libro. Una primitiva versión, con el título Nínive, iba a ser publicada por una prestigiosa editorial de Londres. El proyecto no se concretó porque, según le dijeron al autor, los traductores se habían vuelto locos con el encargo. Cuando recibió ese mensaje, Libertella pensó: ¿Así que siempre escribí para no ser traducido? ¿Qué patología será esta?"

Yo, por mi parte, pensaba: ¿Cómo llegó esta rareza argentina a un quiosco de agromercado donde se pudre Bogomil Rainov y donde los más cotizados son Paolo Coelho y Daniel Chavarría? ¿Por qué manos pasó? ¿Quién la trajo a la Isla, quiénes la hojearon, de qué modo circuló? (Cuando menos, la historia del libro se volvía algo más curiosa.)

"La vida es el desierto", se lee en la primera página de Diario de la rabia. Y apenas unas líneas más adelante: "En mi país solo sobrevive la planta maltratada".

El relato de Libertella transcurre, no faltaba más, entre Nínive y Londres. Se superponen dos ciudades y dos tiempos en un hilo narrativo (apuntes, entradas de diario) entrecortado y delirante. El protagonista, Rassam, se une a un Club de Excavadores en la colina de Kuyundschik, donde hay serpientes de dos cabezas.

"...solo diré que yo servía a los ingleses con tanta precisión como un corte en la garganta. Por eso quizá todos me consideraban un vivo modelo de la peor estirpe asiria."

El vivo modelo descubre allí "la felicidad de hacer negocios". Los excavadores buscan jeroglíficos y le pagan por Unidad de Tablilla Encontrada. Él, que es asmático (Rassam = Sr. Asma) y, según nos cuenta, "había sido educado para no partir en dos las palabras", desentierra mitades y las cose para sus empleadores, pero dejando fallas, borraduras, "y emulando al pie de la letra el estilo de ciertos gusanos".

Sin mayor explicación, de pronto tenemos a Rassam en Londres, aunque en ningún momento parece haber abandonado su choza en las riberas del Tigris. Bebe té de cortisona y matricula a dos de sus cinco hijos en el King's College. Un 24 de agosto "de no recuerdo qué año", está fechado lo que él llama el ascenso en la pirámide económica.

"En el elegante barrio de Soho vi tiendas cargadas de objetos muy antiguos y arruinados. Viniendo yo de un lugar muy viejo y arruinado, se me ocurrió que todas las cosas de mi patria encajarían perfectas allí, a cambio de una suma de dinero."

Al final tenemos a Rassam de vuelta al desierto. Está solo. Los europeos han abandonado la excavación, dejándole sus planos y bocetos. Rassam se va al inodoro con esos papeles y, para darles un fin útil, los unta con su mierda. Luego los seca durante setenta y dos horas y cepilla con buen pulso las capas amarillentas; a continuación los somete a la humedad de unos sarcófagos.

"Al sexto día acomodé los rollos en unos nichos donde los gusanos pudieran dejar su huella, de modo que la dificultad de lectura le diera más naturalidad al conjunto."

Esta novelita de arqueología y excavadores me hizo volver por un momento a Espectáculos de realidad. En especial al capítulo titulado "La estrategia del paroxismo", dedicado a Osvaldo Lamborghini (esas Big L de la literatura argentina: Lamborghini, Libertella, Laiseca...). Allí Reinaldo Laddaga relaciona la última etapa del autor de El fiord con el Pier Paolo Pasolini de lo años 70 y su programa narrativo centrado en la publicación de archivos, notas, fichas...

"El libro debe ser escrito por estratos" —postulaba Pasolini en la introducción a La divina mimesis. Romanzi e racconti—, "cada nueva capa debe tener la forma de nota fechada, de modo que el libro se presente casi como un diario […], como una estratificación cronológica, un proceso formal viviente donde una nueva idea no cancela la precedente sino que la corrige o la deja inalterada, conservándola como documento de paso del pensamiento".

A partir de aquí, según Laddaga, lo que tenemos son "restos de un proceso de escritura, esbozos, planes, trozos terminados que se presentan, en conjunto, como piezas salvadas de no se sabe qué hundimiento. El libro está menos concluido que abandonado, de manera tal que este abandono se hace público. ¿Cómo debería leerse una pieza como esta?"

La respuesta a esa pregunta no me interesa tanto. Me interesan aquellos libros que te obligan a hacerte la pregunta.


Héctor Libertella, Diario de la rabia (Beatriz Viterbo Editora, Rosario, Argentina, 2006).

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