Domingo, 20 de Agosto de 2017
02:06 CEST.
Narrativa

Ahogados y otros dos cuentos

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Ahogados

 

Cada vez que miro el mar recuerdo a los hermanos Pedro y Alberto. Pedro se fue en un bote y desapareció. Alberto se ahogó comiendo pescado.



Cena de los martes

 

Estábamos hablando acerca del placer y Cali hizo una de esas historias suyas que a veces nos parecían pura improvisación.

Dijo que, cuando era joven y vivía en un pequeño pueblo de Matanzas que se llamaba Gerpi, en su familia tenían una invariable costumbre: hacia el mediodía, el padre cogía un cerdo de mediano tamaño, le quitaba una ancha franja de pellejo del lomo, le hacía entre quince y veinte tajos en la carne desnuda, con un cuchillo bien afilado, siempre en sentido transversal a la columna vertebral.

Entonces la madre comenzaba a echar vinagre salado en la carne desnuda y en cada una de las heridas. Una y otra vez, más o menos cada quince minutos, repetía la operación. Y así durante horas. Al anochecer, se sentaba la familia alrededor de la mesa en cuyo centro yacía el animal. Comenzaban a comer escogiendo la parte de la carne que ya estaba cocinada por el vinagre salado.

Su padre se reía a veces de los alaridos del cerdo, aunque ya, cuando estaban terminando de comer, a pesar de que todavía seguía vivo, no dejaba escapar más sonido que el de su respiración desesperada. Decía Cali que cada vez que el animal soltaba el aire parecía que no volvería a aspirar, pero, aun cuando cada vez demoraba más en hacerlo, hubo ocasiones en que todavía a las diez de la noche continuaba vivo.

 

 

El abrazo de Amalia D.

 

Cuando Amalia D. llegó al edificio del tribunal el juicio había terminado ya y estaba cayendo una lluvia espesa que los relámpagos atravesaban desde todos los puntos cardinales. Ónix P. fue condenado a veinte años de prisión y, antes de que los guardias se lo llevaran, Amalia pudo llegar hasta él. Ante la sorpresa de todos y la consternación de sus otros dos hijos, la mujer le dio un fuerte abrazo al asesino de su hijo menor.

Luego no sabría explicar por qué había hecho aquello. Una semana después, aunque sus otros dos hijos ni la perdonaban todavía ni comprendían el motivo de su acto, Amalia, que no había dejado de llorar al menos una vez al día, dijo que no había abrazado al asesino de su hijo, sino a la madre del asesino de su hijo.

Por el resto de su vida, cada vez que pensaba en aquella mañana, no podía recordar el rostro del joven homicida, sino sólo la lluvia electrizada por los relámpagos. Y nunca más tuvo el coraje de volver a abrazar a nadie.

 


Ernesto Santana nació en Puerto Padre, en 1958. Ha publicado varios libros de cuentos y las novelas Ave y nada (Premio Alejo Carpentier, Letras Cubanas, La Habana, 2002) y  El carnaval y los muertos (Premio Franz Kafka, Agite/Fra, Praga, 2010).

Más narrativa suya: La cacería permanente.

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Comentarios [ 1 ]

Imagen de Anónimo

Excelente, Ernesto. Como siempre: certero, como una pedrada.Un abrazoGerardito