Miércoles, 23 de Agosto de 2017
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Crítica

Adán en el estanque

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¿Dé dónde y cómo surgimos? ¿Cómo nos hacemos lo que somos? ¿Dónde se queda, o a dónde va, aquello que pudimos ser? ¿Qué ven los otros cuando nos miran y cómo nos construyen desde su mirada? ¿Cómo nos reflejamos en los ojos del amado y cómo se refleja él en los nuestros?

Estas y otras preguntas surgen cuando se lee el libro Adán en el estanque, el primer poemario de Yoandy Cabrera (Pinar del Río, 1982), que reúne textos escritos a lo largo de diez años, entre 2003 y 2013.

Dividido en tres partes, "Doméstica", "Adán en el estanque" y "En los altos trirremes", este libro, como bien afirma la autora del prólogo, la profesora Elina Miranda, se organiza a la manera de las novelas de formación; estamos, así, ante un poemario que propone una especie de relato de iniciación o de aprendizaje, a la manera de un bildungroman.

Entramos en el libro a través del mundo doméstico, ese que remite a la infancia y a lo familiar: el mantel de la madre, la bicicleta del padre, el arroz, los frijoles, la familia humilde; inicio que alude también a los comienzos, a los orígenes de ese yo poético que aparece en el libro.

Seguimos andando hacia el estanque, donde "Adán", uno de los nombres de ese yo poético (el primer nombre, quizás el más emblemático), comienza a reconocerse, a palparse, a descubrirse por sí mismo, a acercarse a su desnudez, a imaginar su propia imagen, también a cuestionarla.

Y llegamos, al final, al encuentro amoroso, a la ofrenda de amor de ese Adán que parece ya preparado para reconocerse, y reflejarse, también, en otro; esta es, quizás, la parte más hermosa del libro, en la que será el amado quien se convierta en protagonista del poemario. Ese final, el del ascenso en el aprendizaje es, sin embargo, también caída ("el golpe", ya se nos dice en la primera parte, es también "hallazgo"). Se llega alto, pero en la altura están los trirremes, las naves de guerra; amor que puede ser, entonces, también batalla, de la que puede salirse derrotado, o solo, o siendo, otra vez, uno.    

Hay quizás un rasgo particular, esencial en este libro de formación, y es que todo este recorrido, este aprendizaje, se produce acudiendo continuamente a referentes de la cultura, de la mitología y la literatura griega, de la Biblia, del mundo antiguo. Así, nos encontramos en el libro con Adán, con Narciso, con Helena de Troya, con Gilgamesh, con la ciudad de Uruk, con los trirremes griegos, con las tablillas de Sumeria.

Pero lo que verdaderamente importa en el libro, creo, no es tanto la intertextualidad, o las referencias culturales por sí mismas. No se trata aquí, me parece, de hacer alarde del conocimiento, sin duda amplio, sedimentado, que tiene el autor del mundo clásico. Se trata, más bien, pienso, de conseguir que el mundo del autor y el mundo de ahora mismo, consigan reflejarse, también, como en un estanque, en el mundo antiguo.

Así, los poemas adquieren una dimensión de rareza o extrañeza (como la de Adán contemplando la imagen que no devuelve aquello que se cree ser), una dimensión de extrañeza que refuerza asimismo el valor poético de estos textos: "De perfil mi familia parece un relieve egipcio, un hogar de troyanos humildes, tribu recién maquillada" ("Convivium"), o "Mis labios esperan el ancla/ no al mortal moribundo que finge existir/ ni los carros extranjeros/ que me obligaron escapar/ con los míos/ en los altos trirremes" ("En los altos trirremes"). O como escribe Elina Miranda en su prólogo: "Las resonancias míticas prestan nueva dimensión al entorno familiar o a las inquietudes fundamentales del ser humano dentro de sus circunstancias presentes, y de forma simultánea los viejos mitos rejuvenecen bajo la mirada joven del poeta".

Podrían decirse muchas más cosas sobre este poemario: subrayar, por ejemplo, que hay en él poemas muy hermosos (pienso en "Mi madre teje un mantel", en "Sobre las altas murallas", en "Muerte en Venecia", "En los altos trirremes", en "El sueño de Gilgamesh",  o en "Los sueños de Anu"). Pero voy a destacar solo un par de elementos más. Decir, así, que este libro está lleno de reflejos que se multiplican, no importa el lugar desde donde se mire: agua, estanques, espejos y espejismos; está lleno de imágenes que se reflejan las unas en las otras, imágenes iguales a sí mismas, pero también distorsionadas: el estanque puede ser un mantel, puede ser una bicicleta, puede ser unos ojos; el cuerpo propio puede ser agua que se escurre. Un perro puede ser humano y un humano puede convertirse en un perro. El mundo antiguo puede parecerse demasiado al mundo de hoy. Puede decirse Uruk y aparecer enfrente algo más que el nombre de una ciudad del pasado. Puede mirarse un cuello y surgir un roble. Puede decirse amor y proyectarse el torso del amado, pero también la soledad, o incluso verse a sí mismo cuando se mira al enemigo.

Y, precisamente, lo segundo, y casi lo último, que quería añadir, es que creo que Adán en el estanque es, también, o sobre todo, un libro de poemas de amor, de hermosos poemas del amor entre dos hombres (dice la cita del comienzo, perteneciente a los Proverbios: "Como en el agua un rostro refleja otro rostro, así el corazón de un hombre refleja el de otro hombre"), de ese amor entre dos unos, o entre dos iguales, que al cabo, quizás, como sugieren las intensas tablillas que cierran el poemario, no lo son tanto, o lo son solo en la misma medida en que cualquier uno puede ser igual, o semejante, a cualquier otro.

Para mí, Yoandy Cabrera surgió también a través de una especie de mantel, un estambre tejido con las palabras, los recuerdos, la voz de un amigo común, Félix Ernesto Chávez López. Pero como en el hermoso poema sobre su madre, su rostro ha ido adquiriendo rasgos propios, rasgos que se han hecho aún más nítidos en este libro.

Dice Yoandy Cabrera, con generosidad, en los agradecimientos de su poemario, que mi rostro, junto al de otros amigos, puede encontrarse en este libro. Tal vez sea cierto. No por mi escasa, prácticamente nula contribución  a su poemario, sino porque un lector cualquiera, cualquier lector, incluso aquel que nunca hasta ahora haya conocido a Yoandy, o a Adán, o a Gilgamesh, o a Narciso, podrá encontrar aquí también su propio rostro. Y es que si nos acercamos y miramos, todos podremos vernos reflejados dentro de este libro. Todos podríamos ser Adán en este estanque.


Yoandy Cabrera, Adán en el estanque (Betania, Madrid, 2013).

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