Domingo, 17 de Diciembre de 2017
10:21 CET.
Crítica

Chupar la piedra

En el 2007, en un evento llamado La Cruzada Literaria, escuché leer en la voz de una tal Legna Rodríguez Iglesias, que ya venía haciendo ecos desde Camagüey, su ciudad natal y además, anfitriona del evento, un excelente poema: "Chupar la piedra". Para cuando terminó, ya nos había vencido —entre los que recuerdo— a Oscar Cruz y a Eduar Encina el criterio de la resistencia. Admitimos por unanimidad que era una poeta.

Aquel escalofrío que presagiaba lo auténtico cuando la escuchamos no deja de ser hasta este minuto una nota sostenida que, en el 2012 ya aparecía autorizada por el propio Eduar como Premio Calendario de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). El cuaderno homónimo se planteaba ahora el reto de sostener al menos las vibraciones que provocaban aquel poema. Definitivamente el libro tendría sus picos, entre los cuales para mí, sigue siendo el más alto el de ese poema.

El libro, seccionado en cuatro partes: "Ígneas", "Calizas", "Comunes" y "Metamórficas", nos sugiere en principio dos modos de leerlo: el convencional (de principio a fin) y una suerte de lectura a "saltos"; no a suertes —explico— más bien una suerte condicionada por la propia estructura que, en cada una de sus partes, repite en el mismo orden todos los títulos de los poemas. Es decir, las cuatro partes tienen los mismos doce títulos o, yo diría: temas, obviamente, expresados de distintas maneras. Por ejemplo: "Ígneas", que es la primera parte del libro, lleva los títulos: "Chupar la piedra", "La dulce vida", "Monólogo de Misako", "El mundo de los sentidos", "Nudo", "Cuatro por cuatro", "Curiosidades", "Los caminos", "Teatro Kabuki", "Será hermoso", "No sé cómo ponerle a este poema" y "La ley de la dinámica", que es el único texto que cambiará su nombre (solo en cuanto al tipo de ley) según la parte que corresponda. Así, será en sus respectivas partes, "La ley de la atracción", "La ley del conocimiento" y "La ley de la belleza".

Los títulos de las secciones remiten a las rocas, que pueden clasificarse (según el criterio más utilizado) atendiendo a su origen. Solo con esta información resulta fácil sospechar que hay "tipos", caracteres femeninos, modos de chupar bajo cada uno de estos simbolismos: ígneas, calizas, comunes, metamórficas. Identificarlos constituiría una posible lectura.

Veríamos entonces que la piedra ígnea, propia del enfriamiento y solidificación del magma, estaría relacionada directamente con una suerte de mujer volcánica, fogosa. No en balde rezan los primeros versos del poema: "Para chupar la piedra se necesita desactivar la piedra".    

La caliza, en cambio, es una roca sedimentaria, compuesta por carbono de calcio. fácilmente reconocible por su carácter prácticamente monomineral. Se forman en los mares cálidos y poco profundos de las regiones tropicales. El proceso de sedimentación requiere principalmente de tiempo. Alusivo al sedimento es la sabiduría, los procesos, las cosas inconmovibles. Así es también el campo semántico que se crea. Desde el principio dice: "al citrino lo chupo con cuatro lenguas/ la lengua de la palabra/ la lengua de la salud/ la lengua del frenesí/ la lengua del conocimiento", y para reafirmar el conocimiento como distintivo de la sedimentación, en las calizas, termina: "me falta eso que las muchachas llaman habilidades/ no soy habilidosa pero soy amorosa/ y el amor es señal de sabiduría".    

Las comunes, más que un criterio científico, nos parece una casilla para el desahogo. Podría allí caber todo lo que no encaja en los otros criterios. En lo común podríamos sospechar otras variedades, otras lecturas, pero lo que realmente destaca la autora,  más que un nombre o clasificación, es lo inédito de chupar, los orígenes febriles del ejercicio con la piedra que llevan solo la relevancia del acto.

Ya en lo metamórfico parece concebirse un espacio para transgresión. Las rocas metamórficas son las que se forman a partir de otras rocas mediante un proceso llamado metamorfismo. Es decir se parte indistintamente de otras, ya sean ígneas o sedimentarias o propiamente metamórficas para completar una evolución. La metamórficas sugieren cambios, alteraciones: "Estando abierta todos ven que me cabe un escritorio/ un ventilador de pie/ y otros objetos desconocidos".

Así, valdría una exégesis con cada uno de los temas que comparten las cuatro sesiones del libro, valdría manifestar la complicidad de estos con los títulos de las sesiones. Descubriríamos en este volumen a una autora reflexiva, que se observa  y se expresa con gran sensibilidad y en proporciones parecidas observa y expresa a otros desde sus ideologías, su cosmovisión. Tiene ella una manera de filosofar construida sobre la base de asociaciones, a veces insólitas, pero generalmente dentro del marco de lo posible, de ahí su fuerza expresiva, su identidad poética.

A veces, rayano en lo lúdico, se tiene la impresión de que va asociando ideas como quien busca un engranaje mayor, el cual consigue a fuerza de testarudez, y logra con ello un discurso que se apoya mayormente en la sorpresa, lo inesperado, y conmociona los esquemas de pensamiento.  

Si bien es cierto que ocasiones se quedan en la subjetividad de la autora muchas de estas relaciones, incluso con referentes culturales, también vale destacar que logra apropiarse de ellas sin que se noten recortes agresivos en sus textos. 

Hoy, a seis años de aquella lectura, hablamos ya de Legna Rodriguez (Camagüey, 1984) como una de las principales voces de la llamada Generación 0 y autora de varios títulos premiados, repartido entre los géneros de poesía y narrativa, entre los que se destacan, por citar algunos: Ne me quitte pas, también Premio Calendario, pero en el género de cuento; Tregua Fecunda, poesía, publicado por Unión, y su Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar: "Hasta Feldafing no paro".


Legna Rodríguez Iglesias, Chupar la piedra (Ediciones Abril, La Habana, 2012).

Varios poemas de Legna Rodríguez Iglesias: Que pospusiéramos..., Los collares que me pongo cuando voy al centro de la ciudad..., Freí un pellejo de pollo... y  Cálmate.

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