Domingo, 17 de Diciembre de 2017
15:08 CET.
Narrativa

Se rentan habitaciones

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Al Viejo Guerrillero lo habían consumido dos fantasías. La segunda —épica a morirse—, por orden de jerarquías, era la revolución. Una revolución que incendiara, sino al mundo, por lo menos a parte del continente. Del Bravo a la Patagonia, se conformaba. La primera, más personal y febril, consistía en acostarse con dos mujeres.  Por eso estaba aquí, ahora, por sus dos fantasías. Un hombre sin fantasías no existe, pensaba el Viejo Guerrillero en otro tiempo. Si un hombre pierde el sentido de incluirse en lo imposible está liquidado. Los problemas comienzan cuando el mismo hombre trata de convertir lo sobredimensionado en realidad.

La segunda de sus fantasías —épica a morirse— lo había convertido en manco de ambas manos, y dejado varado en la Isla de eterno paniaguado y si bien esta quimera era el sueño de otros, nunca nadie la había rozado siquiera y la hora del incendio se posponía y se posponía... Al punto en que convertido en baldado guerrillero de la vida, le había perdido el entusiasmo.

En la primera, la febril, estaba embarcado.

Acelera el Wolkwagen. Ve a la Amiga estremecerse por el retrovisor. La Amiga era una india proveniente de alguna aldea remota del interior. La Amiga, su cuerpo estremecido por la aceleración, los labios entreabiertos…

—¿Cómo se les dice a las sandalias en tu pueblo? —pregunta la Esposa y la Amiga se ríe, los dientes fuertes, equinos de la india…, pone la manos muy cerca del hombro del Viejo Guerrillero y este siente la temperatura distinta a la suya y luego el filo de las uñas esmeradamente pintadas.

—Cutaras…—dice y la Esposa repite "cutaras", "cutaras"…

El Viejo Guerrillero sabe que las dos mujeres se afanan en hacerlo reír y que el diálogo no es otra cosa que una representación en honor a su condición de macho extranjero. La Amiga pasa de simpática y la Esposa de inteligente.

Vuelve a acelerar.

Esta vez las manos de la Amiga desenredan el cabello de la Esposa que se mueve con el aire que entra por la ventanilla. Los dedos oscuros entre los rizos rubios apenas acarician, componen el peinado…

El Viejo Guerrillero suspira bajito.

La Amiga retira sus dedos, mira hacia delante, los muñones del Viejo Guerrillero están sujetos al timón con una especie de presillas y se hace la única pregunta que la ronda desde que se enroló en esta aventura: "¿Me dan asco sus muñones?" La respuesta también es la misma: no…, un poco escalofriante tal vez… Así y todo, su atracción por la situación que viven los tres se sitúa más allá de los bordes conocidos por ella. Y la Esposa, ¿le gusta la Esposa? Tampoco puede decirlo, era parte de la misma atracción, siempre habían sido amigas y ahora la mujer era su jefa y todo estaba bien.

— ¿Y el pru oriental? —pregunta la Esposa y pone su mano en la entrepierna del Viejo Guerrillero— He visto que en La Habana lo venden…

La mano en la entrepierna acaricia suave, se acerca, se acerca… El Viejo Guerrillero suspira de nuevo. La mano presiona tan cerca…

—Te tomas un pru y te comes una cuerúa y tienes para todo el día —responde la Amiga y advierte la caricia discreta de la Esposa y se pregunta si a ella le gustaría tener su mano metida en la entrepierna del Viejo Guerrillero.

La respuesta es abismal…

Los tres ríen con la salida de la Amiga.

—¿Un pru y una cuerúa? —repite el Viejo Guerrillero—, eso suena a comida de repuesto.

—Nada de eso, señor —dice la Amiga—, Tipical Food.

Vaya Dios a saber qué cosa es, se dice el Viejo Guerrillero y se hace la promesa de que jamás en su vida probará una cuerúa… La Amiga realmente es una mujer simpática. Ríen y la carcajada los relaja todavía más a dos pasos como se encuentran del límite.

"¿Quién había comenzado aquella locura?", se pregunta la Esposa, por momentos temerosa. El temor a lo que no se conoce y atrae sin remedio… Acostarse con dos mujeres siempre había sido una fantasía de su esposo. Lo bueno era que se había atrevido a decírselo. Claro que esas cosas se dicen solo en el momento en que una buena cogida —"buena cogida" eran palabras del marido, preferidas ante el tradicional palo de acá—, permitía explorar ciertas zonas y ella vivía enamorada de su esposo y no le importaban sus muñones ni sus desvaríos y sus ojos eran los suyos. Nunca pasó por su cabeza acostarse con otra mujer, pero el Viejo Guerrillero le fue contando y contando, imaginariamente. Siempre en medio de la "buena cogida", en ese momento en que la ternura alcanzaba su definición exacta. La fantasía se prendó de ella y la hizo suya, sin detenerse a preguntar si la desearía o no fuera de las invocaciones a mitad, o al final, de la entrega más tierna o furiosa. Al principio el Viejo Guerrillero elegía las mujeres con las cuales fantasear. Con el tiempo ella supo estar a la altura de los apetitos del hombre. Ella contaba y decidía con qué mujer acostarse en el juego.

Era delicioso por la intensidad y la perfección.

Un día apareció la Amiga, no se veían desde los años de estudiante. La Amiga, una india espléndida, recalaba en la capital, sin trabajo, viviendo al día en casa de una hermana.

—Fulana tiene una clase de pelera —dice la Amiga de pronto y la Esposa se tapa la risa con la mano y el Viejo Guerrillero se extraña—, una clase de pelera en los muslos.

Tener pelera en los muslos era la manera en que en las aldeas del Este se referían a las mujeres y los hombres velludos. La Amiga y la Esposa se burlaban de las mujeres que tenían bigotes y exceso de pelos en las piernas y del gusto de los hombres por algo tan masculino. Hoy las dos mujeres se afeitaban y depilaban. El Viejo Guerrillero sabía que la Amiga tenía el sexo rasurado.

—Pelera, una mujer con pelera —repite el Viejo Guerrillero y sonríe e imagina cómo debe ser el sexo de la Amiga.

"Jugoso", esa es la palabra.

—Papi, cierra la pluma que se bota el agua… —dice la Amiga.

— ¿La pluma es la pila del agua? —pregunta el Viejo Guerrillero a merced de su condición de extranjero—, pero si en Oriente dicen que no hay agua, da lo mismo una pluma que una pila o una llave.

—Y las vacas dan leche en polvo —remata la Amiga y la Esposa estalla en una risotada que contagia al Viejo Guerrillero.

El silencio retorna al Volkswagen. Un silencio expectante, no tenso. La Amiga mira por la ventanilla, pasa los ojos por los hombros de la esposa, el cabello rubio sobre la espalda y por fin se detiene en los muñones del Viejo Guerrillero: "Este tipo perdió las manos por algo en lo que creía". ¿Qué cosa había en su vida lo suficientemente perdurable como para dejar los pedazos tratando de conseguirla? Nada, admite. Pero la Amiga está aquí también porque tiene un gran corazón. ¿Qué fuera del Viejo Guerrillero si no existieran mujeres como ella y la Esposa? 

Sus ojos regresan a la espalda de la Esposa. Una bonita espalda, algunas pecas a la altura de los hombros. La Esposa era una mujer esbelta y elegante, alguien de quien aprender y ella llevaba años aprendiendo, hablaban de todo, el mismo diálogo, en el que se enfrascaron desde el día en que se conocieron en la Universidad.

— ¿Alguna vez te has acostado con un hombre y otra mujer? —le preguntó la Esposa en una ocasión en que tomaban el café del almuerzo.

La Amiga lo pensó un instante, una pausa que más que negativa denotaba duda o quizás curiosidad.

—Soy tremenda puta —le dijo sonriendo—, pero nunca he hecho eso…

Y la Esposa le contó de las fantasías del Viejo Guerrillero. La mente de la Amiga se inflamó, tanto que su rodilla se agitó debajo de la mesa hasta comprimirse con la de la Esposa en un gesto cómplice. Las rodillas permanecieron juntas...

—Tu marido es un hombre muy inteligente… —no dijo otra cosa.

Pasada una semana llamó a la Esposa por teléfono. Por la voz se dio cuenta de que  hacían el amor. La Esposa le dijo que en esos momentos tenía a un hombre muy inteligente en su cama. La Amiga río, después suspiró y le preguntó si tenía el pie grande, contraseña con que se referían al tamaño de los genitales masculinos. Una relación proporcional, a tanto pie, tanto te cuelga. El hombre inteligente calzaba un pie respetable. En eso se cayó la comunicación. La Amiga no tardó en saber que el Viejo Guerrillero había quedado en ascuas con su llamada. El hombre quería saber y la Esposa le contó…

Y ya no hubo fantasías con otras mujeres.

Una noche la invitaron a cenar. La Esposa deseaba que ellos se conocieran más. La comida fue servida después que acostaron al niño y la madre de la Esposa veía una película en su cuarto. El Viejo Guerrillero estaba soberbio, su mente volaba ante la presencia de la Amiga, un chiste sucedía a otro, una observación inteligente seguía a otra. Todos contentos y chispeantes y la Amiga no paraba de decirse que un hombre al que le faltaban las manos no era lo peor. Cuando los tres se sirvieron, la Amiga no reparó, por muy alerta que estaba, en el momento en que el hombre se ató los cubiertos con unas ligas. En medio de la cena volvió a preguntarse si sentía asco por un tipo así y no pudo evitar imaginar que el hombre la penetraba con su muñón, después se acordó del capitán Garfio, un manco interesante, y a este le siguió una lista de todos los mancos que conocía: de Cervantes para acá no había muchos.

Esa noche el Viejo Guerrillero y la Amiga entendieron: la Esposa, en ofrenda a su héroe, empujaba a todos a la cama. Al final de la velada las dos mujeres bailaron. Los rostros muy cerca. Sentado en una butaca el Viejo Guerrillero bebía su trago sostenido por los muñones con la destreza de un perro amaestrado. ¿Quién dominaba la situación él o la Esposa? Y no lo pensó más, se puso de pie y se interpuso entre las dos dándole la espalda a la Esposa y sosteniendo a la india por las caderas. La Amiga cerró los ojos y los tres se apretaron aunque la música, puro y rancio Pablo Milanés, en su oficio de cantor de gestas, nada tenía que ver y la Amiga supo entre sus piernas del tamaño del pie del Viejo Guerrillero…

No hubo nada más que decir, la Esposa, que estaba enamorada del Viejo Guerrillero, se encargaría de los detalles. ¿Qué no es capaz de hacer una mujer que ame a un hombre con fuerza superior a todas las canciones, a todos los poemas y todas las telenovelas? Mientras, el Viejo Guerrillero esperaba agazapado.

Aquella vez no fue durante el café del almuerzo en la oficina. La Esposa invitó a la Amiga a una cerveza a la salida del trabajo. Las dos Cristal, los vasos casi vacíos, las manos muy cercas.

—¿Te gustaría acostarte con nosotros? —preguntó la Esposa a mitad de la segunda cerveza y la Amiga miró por encima de la cabeza de la otra y vio los gorriones encima de los flamboyanes encendidos y escuchó el ruido de las vainas mecidas por el viento y cambió la vista y vio las parejas en las mesas vecinas y la lista de mancos acudió a su mente y de nuevo sintió las firmes tenazas del Viejo Guerrillero en su cintura y el pene cobrando vida contra ella y sus ojos se encontraron con los de la Esposa y no pudo más que sonreír descolocada: sus dientes blanquísimos, equinos, y sus manos fueron al encuentro de las de su amiga y las piernas se agitaron debajo de la mesa y el muslo de la Esposa avanzó entre su rodillas, solo un poco y se quedó allí suavemente atrapado entre las tibias piernas de la india.

— ¿Te gustaría, sí o no?

—No me siento lesbiana… —dijo y la Esposa también sonrió.

—Nunca, nunca, en mi vida —dijo muy lento la Esposa— he estado tan enamorada de un hombre…

— ¿No tienes miedo de que esto te joda la relación?

—Nada me va a joder la relación —sentenció la Esposa llenando los vasos—, es muy sencillo, no me siento excluida, los tres o nada…

La Amiga se dio un trago, pasó la lengua por la espuma encima de los labios, volvió a mirar a los flamboyanes y encaró a la Esposa.

—Creo que me gustaría —dijo apretando fuerte sus rodillas—, pero tengo miedo…

La Esposa se tomó su tiempo, que estuviera segura de que su relación no se jodiera, no quería decir que no tuviera temores.

—Ahora mismo tengo una cosquilla, aquí… —rompió el silencio y se puso una mano debajo de los senos.

Se soltaron las manos y debajo de la mesa su muslo se deslizó todavía más entre los de la Amiga. El calor era ternura…

—Bienvenida —anunció la Esposa.

Ambas sonrieron, movieron el cabello y cada una, sin confesárselo a la otra, se sintió deseada por más de la mitad de los hombres que bebían y charlaban en el lugar.

El Viejo Guerrillero dobla a la izquierda y se aparta de la Quinta Avenida, rumbo al mar.      

Nunca había vuelto a pasar por aquel barrio. Pero una cosa conducía a la próxima. La Esposa se encargó de atraer a la Amiga y él de buscar el lugar idóneo, lo más lejos posible de la zona en que residían. Los tres iban tejiendo una cadena de insospechados eslabones. La semana pasada había reencontrado el lugar, daba vueltas sin rumbo fijo lo más despacio que podía… Increíble, el mismo jardín, la misma cerca pintada de verde y el cartel. "Rent rooms". En la casa en que un día trató de tomar por los cuernos su segunda fantasía, la utópica, ahora se rentaban habitaciones. "Este es el lugar, ninguno será como aquí…", dijo en voz alta y un aviso tan remoto como insondable se agitó en su estómago.

Tocó el timbre de la calle, compulsivamente leía el cartel una y otra vez. Para colmo la actividad era legal. Debajo estaba el número de licencia del dueño. El hombre vino hacia él.

—¿Es cierto que se alquilan habitaciones? —preguntó el Viejo Guerrillero como esperando que el hombre le dijera que estaba equivocado que tenía alucinaciones o algo por el estilo.

El hombre no respondió y se limitó a señalar el cartel.

— ¿Usted es el dueño? —indagó el Viejo Guerrillero y el hombre debió captar algo de su turbación o incredulidad.

—No, el dueño está de viaje para España —dijo y viendo que el otro no se movía, ni decía nada, pero que a todas luces era extranjero, es decir la posibilidad más cercana que remota de hacerse de determinada cantidad de dinero, añadió sonriente:

—Si usted desea puede alquilar la casa el día entero.

— ¿Y cómo se llama el dueño? —preguntó sin poder evitar la curiosidad.

El hombre dijo el nombre del dueño. Dos veces lo repitió. Un nombre que jamás había escuchado.

—¿Y esto siempre ha sido una casa particular? ¿Esto antes no era alguna dependencia, algo de los militares, no sé…?

El hombre lo miró extrañado. Fue una misma cosa mirarle los muñones y preguntarse qué coño le pasaba a aquel manco imbécil.

—Esto es una casa —dijo encogiéndose de hombros, sonriente todavía ante la expectativa de un posible cliente—, aquí nunca hubo otra cosa.

— ¿Seguro?

— ¿Desea toda la casa o una habitación?

Antes de llegar al mar dobla a la izquierda, saca el pie del acelerador poco a poco hasta que el Volkswagen, que es un carro dócil, queda parado frente a la casa. La brisa de la mañana mueve las cabelleras de las dos mujeres. Sabe que cuando bajen del auto el viento les ceñirá los vestidos al cuerpo. El detalle lo hace silbar alguna melodía que tampoco tiene que ver. El hombre aguarda junto a la verja. Baja del auto y camina hacia él rozando una contra otra la punta de sus muñones. Hablan, el hombre cobra la parte del dinero, le entrega las llaves y desaparece en una bicicleta de carrera. El Viejo Guerrillero espera que doble por la esquina. Tras los cristales oscuros la Esposa y la Amiga permanecen en silencio, no un silencio incómodo, más bien es la ausencia de palabras que sobran e interfieren la conexión de imágenes cómplices, fulgurantes... Abre la puerta delantera y luego la de atrás en una rápida maniobra.

—Señoras, por favor… —dice todo lo galante que puede.

En su voz hay algo de inquietud.

Las dos mujeres se bajan y efectivamente el aire que viene del mar pega los vestidos a sus cuerpos: senos, caderas, piernas, la ropa interior que oculta los sexos rasurados… Asegura las puertas del carro y con un gesto les indica a la Esposa y a la Amiga que lo sigan.

El Viejo Guerrillero se para ante la puerta de entrada. Las llaves en los muñones y una tormenta a punto de estallarle en el pecho, la frente perlada de sudor, las piernas fundidas con el piso y a punto de doblarse. La Amiga tose y él parado sin atinar a dar un paso delante de la misma puerta de la misma casa… Se da la vuelta y le dice a la Esposa que entren ellas primero, él se quedará solo en el portal unos minutos.

Se sienta en un sillón entre macetas de helechos y malangas y las escucha hablar y reírse dentro. Los deseos de irse a la cama con las dos lo asedian, pero el pasado retorna con tanta fuerza que apenas puede hacer otra cosa que sentarse, esperar.

La misma casa tomada por otro tipo de asalto…

Ya las mujeres habrán elegido la habitación. Pasan cinco minutos y en un arranque de valentía se pone de pie y entra en la mansión. Esta vez ha regresado en calidad de vencedor… Es un hombre a punto de incluirse en lo imposible.

Por supuesto que todo ha cambiado, pero la casa de sus días de héroe, respira bajo el nuevo disfraz. El pasado le trota dentro… Escucha las risas arriba. Se para al borde de la escalera. ¿En qué habitación estarían? Sube despacio y es como si la sangre todavía estuviera sobre los escalones. No están en la primera, tampoco en la última al final del pasillo por el que había sido llevado en brazos de sus compañeros… Ellas callan y avanza hasta las puertas que quedan una enfrente de la otra… Cierra los ojos: la Esposa y la Amiga están en la habitación, lo ha dejado en manos del destino y este se ha encargado de tejer el ¿último? eslabón. Se para en la puerta y ve a la Esposa que se ha descalzado y está sentada en medio de la cama con los pies cruzados.

Respira con fuerza, las mujeres han elegido la habitación en que su segunda fantasía, la heroica, se había ido a la mierda…

—¿Quién está dispuesto a hacerlo con explosivo de verdad? —preguntó el asesor y un silencio recorrió al grupo.

Todos podían escuchar la respiración de cada uno. Jugar con bombas era peligroso, pero, ¿qué era una revolución sin explosiones?

—Arriba —dijo el profesor de explosivos—, recuerden que estas bombas no se van a colocar en lugares públicos en horas en que la gente esté en la calle. Nuestra táctica es golpear de madrugada al capital donde más le duele: en los bancos, las oficinas de policía y del ejército… nada de lugares civiles.

Los guerrilleros evitaban mirarse unos a otros. Hasta que él se levantó.

—Yo armaré la bomba y la dejaré lista, jefe —dijo el Viejo Guerrillero y todos se echaron a reír por la presión o los nervios.

Hay errores microscópicos que se pagan muy caros. Al voluntario, que era zurdo: la izquierda acuñada en su genética, las manos, las manos, le temblaban y su respiración era la única que se escuchaba. Los demás se habían retirado a distancia prudencial, con las cargas de instrucción, en caso de accidentes, los daños no pasaban de perjudicar al dinamitero. Un pequeño error podía ser la elección equivocada de un cable o la manipulación incorrecta de alguna pieza clave unida a demasiada plastilina explosiva en la bomba…

Eso lo entendieron tarde el asesor, sus discípulos y el propio voluntario

—¡¡¡Tírala por la ventana!!! —gritaba el asesor y los otros daban saltos y gritos lo más lejos posible.

Fue el instante en que el mundo se detuvo. Los gritos y las órdenes llegaban a él amortiguados y ajenos, era el eterno segundo en que el hombre se hunde en la soledad absoluta y de pronto siente que lo que va a suceder no es tan malo porque siempre hemos estado esperando el segundo en que la luz se volverá todo lo cegadora posible.

El aprendiz de redentor nunca llegó a la ventana…

Su segunda fantasía, épica a morirse, se cubrió tras el humo y la metralla y ya no hubo para él posibilidad alguna de incluirse en lo inalcanzable en materia de justicia social y sus derivados, sin manos y anclado de por vida en la Isla todo era una mierda… Si un manco es incapaz de montar un ómnibus como el resto de los mortales, ¿qué queda para su participación en la lucha armada?

Good bye, Lenin. 

 La Amiga abre la ventana, la misma, y se suelta el cabello. El Viejo Guerrillero se recuesta en la cama junto a la Esposa y ven a la Amiga desnudarse. La india se pasea en blumer delante de la cama. Su cuerpo, sin ser exuberante, ha sido tocado con la exquisitez de los detalles: los senos y la cintura son de una cadencia que el tiempo no ha vencido… Se sienta delante de la pareja en una butaca. "Ahí mismo debió haber sucedido", piensa el Viejo Guerrillero sin quitarle los ojos de encima a la Amiga. Ahí mismo: ¡¡¡Boom!!! La Esposa se levanta y le pide a la Amiga que le zafe el vestido. Al Viejo Guerrillero se le aceleran los latidos y no sabe si a causa del pasado o del presente.

La Amiga le retira el vestido y los ajustadores, pasa sus manos por los hombros. Las manos de la india acariciando el lomo sonrosado de la Esposa, su sexo frotando el gran culo de algodón, sus labios apenas posados en los hombros… y desde atrás, aprieta los senos blanquísimos apuntando hacia el hombre.

Esas eran sus tetas, ven y tómalas…

Los brazos de la Esposa se extienden hacia las nalgas de la Amiga y permanecen así, de pie, cuerpo contra cuerpo y las manos de la Amiga bajan hasta el sexo de la Esposa y le retiran el blumer y comienzan a acariciar los labios rosados y la Esposa estira el cuello y profiere un tenue quejido y da un giro y las dos mujeres se abrazan, se besan con todos los deseos que implica hacerlo para el hombre que espera en la cama con el alma partida por dos bombas y la lejanía de una ventana…

El Viejo Guerrillero abre los ojos y las ve venir hacia la cama y allí, en la misma habitación es la enseñanza otra. Una fantasía lleva a la otra… "Cojones, Dios mío, ¿cómo uno no va a desear a dos mujeres así?" Primero el Viejo Guerrillero y la Amiga se besan… La Amiga se vuelve a la Esposa y los ojos de esta le dicen "Muy puta y poco lesbiana"… y siente sobre sus pechos los sabios muñones, sus manos pudieron equivocarse un día: las mujeres estallan para adentro… "No siento asco ni nada", se dice la Amiga. A las caricias del Viejo Guerrillero se suman las de la Esposa.

—¿Te gusta el regalo? —murmura la Esposa y no se sabe a quién va dirigida la pregunta, solo el placer de decir lo que necesita el próximo instante.

La pareja cesa de acariciar a la Amiga y entre las dos mujeres desnudan al Viejo Guerrillero.

—Ahora se la vas a mamar como a él le gusta —dice la Esposa y la Amiga se sitúa entre las piernas del hombre y se entrega extraviada a ejecutar las deliciosas órdenes de la Esposa.

La Esposa conoce los secretos que encantan a su hombre, y la buena alumna de la Amiga hace que de nuevo, al cabo del tiempo, el mundo en torno al Viejo Guerrillero se detenga al borde de la explosión… Pero algo ocurre que la hace desistir: como en tantísimas fantasías contadas al oído del Viejo Guerrillero, la Esposa abandona las órdenes a su discípula y hunde su cabeza entre las nalgas de la india en busca de su sexo, mamey abierto, y la Amiga abandona el pene del marido y el hombre ve las manos de su mujer aferradas a las nalgas morenas y el cuello blanco subir y bajar y la Amiga se tiende en la cama y abre las piernas y la Esposa acepta con un quejido la nueva posición…

—Ahora sínguenme bien rico…, los dos… —pide, exige o suplica la Amiga, todo a la vez…

En la mente del Viejo Guerrillero un rayo de luz, o de sombra, lo hace vacilar. Está embarcado en la primera de sus fantasías, esta ha tomado cuerpo, es un hombre incluido en lo imposible. ¿Qué hubiera sucedido en caso de concretarse la otra de sus fantasías, la grande? Los pensamientos son veloces e intensos… La Amiga gime ansiosa de ser penetrada, la Esposa le hace lugar y él no sabe si elegir entre su pene o el muñón  y lo piensa detenido a mitad de una mala escena de una mala película erótica… hasta que el rayo en su mente se aguza.

Entonces tiene la sospecha de que sus dos fantasías, y todas las que existen, son una mierda cuando te las echas encima.


Francisco García González nació en La Habana, en 1963. Entre otros libros, ha publicado Color local (Extramuros, La Habana, 2000), ¿Qué quieren las mujeres? (Unicornio, San Antonio de los Baños, 2003), Historia sexual de la nación (Unicornio, San Antonio de los Baños, 2005) y, junto a Enrique del Risco, Leve historia de Cuba (Pureplay Press, Los Ángeles, 2007).

Más narrativa suya: El año del cerdo.

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Comentarios [ 5 ]

Imagen de Anónimo

Claro Seguro     El viejo Guerrillero después de vacilar entre el muñon y el pene, se decide por el muñon, pero por el ano de la amiga, que al ser penetrada por sorpresa lanza un grito de dolor y placer, al mismo tiempo que la esposa algo turbada tiene un flash de lucidéz en medio de tamaña excitación, y se coloca a cuatro patas paralela a la amiga que gozaba con la muñeca del viejo y le pide que se la meta a ella tambien por detrás. El viejo Guerrillero con pene y muñon húmedos dentro de dos jugosas hembras, que se besaban mientras se acercaban milimétricamente al orgásmo, reflexionó... "Esto es mejor que la revolución incendiaria soñada, que pensándolo bien, para lo único que ha servido es para  amagar en los inicios con ser un proyecto para el bien de todos y terminó descubierta en un engendro macabro para el bien de unos pocos, ambiciosos e inescrupulosos dictadores".  Los gemidos y gritos de las dos hembras trajeron de regreso a aquella habitación al viejo guerrillero que aún se sentia excitado gracias a sentirse partícipe de un proyecto que habiá avasallado a tantos hombres creándoles incluso, por su falta de sentirse séres proveedores de bienestar en sus hogares, el complejo de castracíon más grande y más aglutinador en un país. El viejo Guerrillero descubrió que le excitaba más castrar tipos que fornicar mujeres. FIN. 

Imagen de Anónimo

Me pareció interesante, pero pero me fue aburriendo poco a poco. 

Imagen de Anónimo

Muy acertado el comentario inicial.El cierre asesina aceleradamente lo que pudo ser un buen escrito.No mas

Imagen de Anónimo

Buen comienzo y desarrollo, pero toda la fuerza narrativa se pierde en el párrafo de cierre. Casi tan típico -por fustrante- como los de una mala película de la ?(Ex)? Sovietexportfilm. Me quedé con deseos de un "Grande Finalle"; apabullante o cierta "vuelta de tuerca" impresionantemente inteligente. Otra vez será. El Lapón Libre.

Imagen de Anónimo

Bueno que paso con el munon????