Lunes, 18 de Diciembre de 2017
19:04 CET.
Narrativa

Cinco relatos breves

Siquis

 

Poseo un león que me tiene miedo. Parecerá difícil de creer, pero es verdad. Cuando me lo regalaron, apenas tenía un mes de nacido, y desde entonces le enseñé a temerme.

Fue muy sencillo. Le di plena libertad. Andaba por toda la casa como si nada. Nunca lo regañé cuando se subía en los muebles y les rompía el tapizado. Poco a poco, tomó conciencia de amo.

Cuando cumplió los dos años, y consideré que ya tenía uso de razón, puse en marcha la segunda parte del plan. Compré una jaula enorme, en la que instalé todas las comodidades de una casa moderna. Le di la llave de la misma, y me encerré.

Desde entonces, cada vez que deseo algo, solo necesito rugir, que enseguida el león me complace.

 

 

Anuario

 

Este ha sido un año normal. Se hicieron 300 viajes a la Luna y otros planetas. Se cosecharon más de 20 millones de puds de algodón en las profundidades oceánicas. Por medio de la inseminación artificial, nacieron 322 millones de niños. Las muertes por ancianidad (no existen enfermedades) fueron disminuidas en un 78%. Los robots aumentaron el nivel de producción en un 15% más del que estaba estipulado. El consumo per cápita del hombre se consideró en 21.000 calorías diarias. La humanidad leyó más de 134 billones de libros científicos. El único poeta que vivía se suicidó. Causó gran admiración en la ciudad de Ankora, el descubrimiento de un ave natural. A opinión de sabios internacionales, "es lo único puro que sobrevive todavía". En noviembre fue sofocada una manifestación que recorría las calles de París, exigiendo "el retorno del amor" y demandando "el cese del acto sexual por medios mecánicos".

Excepto la de la nieve artificial en los países tropicales (por métodos electrónicos), y la desecación del mar en un área de 2 millones de kilómetros cuadrados, para albergar la superpoblación (nuestro mal más grave, ya que por las condiciones atmosféricas, no podemos residir en los otros planetas por más de 20 días, y por lo tanto, es imposible la exportación), no ha ocurrido otra cosa que ocupe nuestra atención.

Firmado N. Popiev

Año 2500

 

 

 El teléfono

 

Tengo que cerrar la llave de la bañadera, si no, corro el riesgo de ahogarme. Sí claro, yo no tengo piernas. Soy un desecho humano. Primera vez que me baño solo, pues Marta ha salido a comprar la carne, y ella es la que se encarga de mí. Ah, suena el teléfono. Clamo por Andrea, pero me doy cuenta que tampoco está en la casa. En cuanto dé unos timbrazos colgarán. De seguro que no es una llamada importante. Lleva más de cinco minutos sonando. Quizás es algo grave. Debo contestar. Es muy difícil salir de la bañadera, su lisa superficie me hace resbalar. Pienso. Hay que salir de todas maneras y contestar.

Afuera siento ese timbre constante y monótono que se me clava en las sienes. Vuelvo a abrir la llave, y el agua fluye en un gran chorro. Comienza a subir el nivel. Dentro de unos minutos rebasará el borde de la bañadera, y si consigo flotar saldré fuera. He podido hacerlo. Ahora escucho con más fuerza el timbre. Tendré que ir arrastrándome hasta el teléfono. ¿Le habrá pasado algo a Marta? Por suerte no hay ninguna puerta cerrada. Me arrastro trabajosamente. Ya me falta poco para llegar. Está sobre la mesa de noche. Hago todo lo posible por alcanzarlo. Y ese timbre me enerva, acrecienta mis dudas y la desesperación. Observo el hilo que sale de la pared y va a la mesa de noche. Lo agarro y tiro de él. El teléfono cae y al mismo tiempo se descuelga. Me muevo más rápido que antes. Oigo una débil voz en el auricular. Tal vez sea ella. Al fin lo tomo. Mi cuerpo tiembla.

—¿Es la farmacia?

—No.

—Perdone.

 

 

Repetición

 

Hacía un frío terrible. La nieve tenía tres pulgadas de espesor. Era ese frío intenso de febrero. Todo el campo era una visión de un extenso e infinito desierto.

Se despidió de su señora, la que antes de dejarlo marchar, le abotonó hasta el cuello su abrigo de astracán. Así y todo sentía un frío que le cortaba la espina dorsal, y le corría por todo el cuerpo.

Maldijo el cielo, la tierra y cuanta otra cosa le vino a la mente. Para aliviar un poco el entumecimiento que le invadía, apresuró el paso. El viento le golpeaba en el rostro, y los pies se hundían cada vez más en la nieve. Para olvidar el frío, pensó en la primavera, en el cálido sol del verano. Y corrió. Corría con más facilidad que antes. Al rato empezó a sudar. Le molestaba el abrigo. Con violencia se lo quitó. Contempló algo extrañado el derretimiento de la nieve. No era el tiempo del deshielo, pensó, pero no le dio mayor importancia. Sentía que se le quemaba la espalda. Era el calor de un sol como nunca lo había sufrido ni aun cuando visitó el trópico. Ya no se apuraba, sino que caminaba tan despacio como podía, a la vez que se desprendía de la ropa. El calor se hizo más fuerte.

A lo lejos divisó el río. Ya no estaba congelado. Más bien caliente, debido a las burbujas que salían a la superficie, como cuando el agua hierve. Antes de penetrar en él se volvió. Ya no se veía la montaña que se hallaba detrás de su hogar; tampoco la casa, y de la nieve ni rastro.

Un grito salió de su garganta, le pareció que ardía la tierra. Con desesperación se lanzó al río. El agua estaba algo caliente, pero mucho menos que la tierra. En ella pudo refrescarse durante unos segundos del calor que iba absorbiéndolo todo. Sumergió todo su cuerpo, y nadó por debajo del agua. Jamás volvió a la superficie. La tierra se convirtió en fuego, y el agua se evaporó. La sexta guerra mundial había comenzado.

 

 

Pesadilla

 

Según iba subiendo la escalera, me notaba más pesado. A cada peldaño que debía vencer era una parte de mi esfuerzo que escapaba inútilmente. Las piernas se tendían hacia los escalones como plomos colgados a una soga. Y sentía que todo mi cuerpo era atraído por la fuerza de la gravitación. Con mucho trabajo introduje el llavín en la cerradura. Un momento después estaba en la habitación. Los temores no se alejaron de mí, sino, que al contrario cobraron más ímpetu, pareciéndome que perdería la razón si no lograba encontrarme. Las manos adheridas a los huesos, como engomadas, me daban miedo, y no podía olvidar que yo estaba muerto. Caminé frente al espejo. En vano busqué mi rostro. Necesitaba verme. Con las manos recorrí mi pecho y mi cabeza. ¿Nada faltaba? Entonces por qué decir que estaba muerto. El clamor de la gente en la calle me sacó del ensimismamiento. Lentamente me dirigí a la ventana, y contemplé a aquel mar humano de lejanas voces. Ya no pertenecía a ellos. Notaba en todos la preocupación por llegar a un sitio, no importaba cuál.

Otra vez ese dolor que recorre todos los huesos, como quemándome. Y veo cómo parte de la piel se desprende y permite ver la carne de las manos al desnudo: las venas en su constante flujo de sangre, y también unos huesos delgados y blancos que parecen ser los dedos. Callo, ya el dolor se apaga en mí, y con el tiempo siento vivir una esperanza. Si es que sufro, es porque estoy vivo. Y con la vista recorro el cuarto. ¡Sí, sí estoy vivo! ¡Seguramente es un sueño! Es mi propio cuarto, mi voz, el mismo cuerpo y la misma… ¿cara? Trato de contemplarme y solo veo el reflejo de los muebles, las cortinas…

 

Dos horas después.

Ya he perdido gran parte de la piel del pecho; y con temor contemplo el orificio de bala en el corazón. Con más intensidad que antes siento que mi cuerpo arde, o lo que queda del mismo, y ese dolor punzante me crea un vacío en el cual vago, y noto que camino sin  moverme. Miro mis manos. Ya no queda nada excepto los huesos. Estos ya no son tan blancos como hace unas horas. No me acostumbro a la idea de estar muerto, y trato de ver a la gente. Me asomo a la ventana. Grito con voz ronca. Es inútil, nadie me oye, o juegan a no oírme. Me lleno de angustia. ¿Y después de esto qué vendrá? Sudoroso y cansado me tiendo en la cama. ¡Pero si aún hablo como si existiera! Que tonto soy. Estoy tratando de no morir del todo, todavía tengo esperanza de que ocurra un milagro. ¿Un milagro? La última y más desesperada oportunidad de un muerto.

De mí no va quedando nada. Silencio. No oigo ningún ruido en las calles. Ha empezado a anochecer, y con la noche presiento que me voy yo también. Y como temo al silencio canto, pero mi voz no rompe la quietud. Ya no me escucho.

Una hora más tarde.

Todo el cuerpo excepto la cabeza se halla sin carne. Por eso es que todavía puedo pensar. Ya no siento ni siquiera la más mínima molestia. Y recorro la estancia con más ligereza.

Toso. ¡He tosido! No, ese no debe de ser el nombre de mi lamento. ¡Hay que verme, soy un discreto esqueleto!

Diez minutos.

Ahora si estoy convencido que me queda poco. Y por tanto deseo dejar un recuerdo. No quiero que me olviden. Siento algo que no logro explicar. Mis piernas empiezan a desaparecer. Se van desintegrando, caen como arena fina en el piso, sin hacer ruido, sin llenar espacio. Y con ella todo el cuerpo. Miro al techo y abro la boca en un vano intento de gritar.

Diez minutos.

El viento de la medianoche esparce el polvo y la arena de mi habitación, y lo arrastra afuera, hacia la calle.

 


Estos relatos pertenecen al libro El regalo (Ediciones R, La Habana, 1964).

 

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