Domingo, 17 de Diciembre de 2017
05:39 CET.
Libros

Todos los desvíos conducen a Miami

En Boarding Home, de Guillermo Rosales, considerada "la" novela del exilio miamense, el protagonista, un cubano mentalmente trastornado pero literariamente lúcido, se autodefine más que como exiliado político como un exiliado total. En ese universo de la gestualidad exasperada, de la vida desgarrada por la historia y del exilio total se inserta Che en Miami, grito épico del poeta maldito Néstor Díaz de Villegas, cumanayagüense de nacimiento, miamense por destierro y angelino por elección.  

Según algunos registros, el Che pasó por Miami entre julio y agosto de 1952. Néstor Díaz de Villegas construye con elementos de esa estadía una nueva mitología guevarista en donde la realidad se deshace, la materialidad se derrumba y las identidades se atomizan. Aquí aparecen la biblioteca del Parque de Las Palomas donde el Che estudió durante su visita; el avión que transportaba caballos de carrera hacia el hipódromo de Miami y que lo tuvo varado por fallas técnicas; los caballos; "Jimmy" Roca, primo de Chichina; la azafata; las playas; los paisajes de Miami, entre una miríada de leyendas personales. Pero toda referencia en Díaz de Villegas fluctúa al borde de la alucinación: "Ese episodio en sombras que carece/ de datos fidedignos, contemplado/ desde el futuro, lúdico se mece/ en el abismo de los desdoblado"; y en ese desdoblamiento, la voz del poeta se confunde con el sujeto del canto: "Mis pasos en los tuyos, sobre tus pasos míos".  "Yo me he visto en su misma mirada".

Una mirada a distancia preside todo el poema, una mirada panorámica que no llega al mesianismo de Huidobro pero que sí recuerda la gloriosa intemperie de Whitman. Díaz de Villegas es uno de esos poetas de largo aliento, casi diría de largo viento y con Che en Miami recrea la tradición del poema largo en un pastiche genérico que mezcla la obra dramática con el soneto, la payada con la ópera, las décimas del Cucalambé con el experimento neodadá, el cairel rimado de la copla con el impulso antiestrófico de la silva gongorina. Pero sobre todas las cosas Che en Miami es una letal deflagración semiótica; pues como en toda gran obra de literatura, aquí la tensión crítica no se da entre la verdad y la mentira sino entre una realidad desleal que se deslía y un lenguaje sublimado que nos destina a la incertidumbre: "La palabra emancipa solo lo que es incierto".

Con este libro, Néstor Díaz de Villegas ha trascendido la mera resistencia política para alcanzar la resistencia total, ha trascendido el mero exilio geográfico para alcanzar el exilio del sentido: poeta para poetas, Díaz de Villegas espía el gobelino del lenguaje por detrás y explora las fibras de su propio texto desde el tejido aún no vulnerado por la dictadura de la significación. En Che en Miami, que es por sobre tantas otras cosas un vademecum del caos, una sinfonía expresionista-abstracta, el contenido es doblegado por la música y la música por el ruido: chirrido de rayos ecuménicos, aliteración de enanos mnemónicos, cacofonía de lo caquéctico y lo silicótico. La lectura de este alarido de más de tres mil versos no fluye en la boca, se desboca, nos hace mordernos la lengua y nos rompe los dientes: la última línea de defensa contra la vida con que cuenta nuestro esqueleto.

El violento desplome de la materia que se sucede a lo largo del poema es la manifestación más clara del titubeo semiótico que marca la escritura de Díaz de Villegas: las esquinas se derrumban, los senos de una sirena de yeso se carcomen por el salitre, la arquitectura se vuelve ruina, las amputaciones, los sangramientos, corrompen los cuerpos, los huesos ya blanqueados se deshacen en arena. El mundo inestable, desequilibrado, vacilante de Díaz de Villegas tiene un nombre: Miami, pero es una Miami utópica; y tiene un protagonista: el Che, pero es un Che imaginado, un Che que lucha no por la revolución terrenal de las ideologías sino por la liberación de toda ideología. El Che villeguista no es el Che histórico, es el Che del futuro, el Che que deja de ser ícono para metamorfosearse en capricho, en mito, en Mickey Mouse, en el gato de Schrödinger, en Cristo, en un Lucifer lunfardo, en médico, en brujo, en cochino extranjero.

Se puede leer la poesía de Néstor Díaz de Villegas de muchas maneras, yo elijo leerla como si en ella no existiera la promesa de una referencia ulteriormente escamoteada. En el caso particular de este texto, la lectura nos mantiene en un suspenso equidistante entre aquella promesa del significado y la fuga salvaje hacia la mera gestualidad… pero en última instancia toda cifra, toda señal en el camino termina siendo una pista falsa; aquí todos los desvíos conducen a Miami.

El encabalgamiento constante del poema, no es solo un recurso estilístico; la expresión desquiciada de Díaz de Villegas desborda la métrica, y como los caballos del hipódromo de Hialeah que se apuran solo para volver al mismo sitio, el lenguaje urgente cabalga frenético y sin frenos, de verso en verso, para no ofrecer más que la concesión de su propia imposibilidad. "La aniquilación instantánea y completa/ de cada instante es la modesta contribución/ de las cosas a la teoría de la ausencia".

En Pre-faces & other writings (New Directions, 1981), Jerome Rothenberg, poeta clave de la vanguardia norteamericana, expresa una cierta esperanza por la poesía y propone una definición que la hace trascender no solo la ficción de la verdad sino, incluso, su propia visión de mundo: "la función de la poesía no es imponer una visión o una conciencia especifica, sino liberar procesos similares en los otros". Por medio de la experiencia perplejizante de Che en Miami, Néstor Díaz de Villegas nos impide anclar una visión y nos lanza a una carrera similar a la de sus versos, de los que emergemos, trasudados y estertóreos, contra un fondo de horizontes eternamente desplazados. Y a pesar de todo hemos llegado; oímos el coro de los personajes que nos dan la bienvenida: Welcome to Miami.


Néstor Díaz de Villegas, Che en Miami (Aduana Vieja, Valencia, 2012).

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Imagen de Anónimo

"Los cubanos recrean aquí sus parentescos,/ hay un pueblo gitano, trashumante, mostrenco,/ son indios rechazados, indias viejas, sabuesos,/ y la roña de todos separada del hueso,/ es la rola infinita de los vagos, los feos,/ los perdidos, los tristes, los cegados, los ciegos,/ un inmenso Viet Nam a los pies del maestro [...] un maestro cansado, joven como los muertos,/ que aprendió su canción y la canta sin gestos./ Toca su bandoneón con los dedos cruzados: se llama destrucción y le dicen Ernesto." Fragmento de Che en Miami. Tremenda reseña de un libro espectacular. Gracias!