Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
02:18 CET.
Fotografía

El túnel al final de la luz

1. En 1902, la fotografía es un hecho excepcional y la de fotógrafo una profesión insólita. En 2002, la fotografía es un hecho cotidiano, la cámara va camino de convertirse en un apéndice de los seres humanos y el oficio de fotógrafo está a punto de diseminarse.

En 1902 la fotografía es una novedad promisoria; el primer capítulo de eso que Niepce, el fundador, definió como "la escritura solar". En 2002 el delirio fotográfico ha alcanzado una magnitud tal, que resulta prácticamente inconcebible la vida sin los millones de cámaras que van atestando, segundo a segundo, el apabullante banco de imágenes que dejará esta civilización a los que vengan después.

En este escenario, Joan Fontcuberta llegó a predecir el final de este oficio. ¿Cómo puede ser un "oficio" algo que todo el mundo practica? A la altura del siglo XXI, piensa este artista catalán, la fotografía ha dejado de ser una ocupación para convertirse en un hobby.

De 1902 a 2002 transcurre el siglo de Manuel Álvarez Bravo. No se trata sólo de los cien años que marcan el calendario de su vida. Ni siquiera de su fotografía.

Entre 1902 a 2002 tiene lugar el siglo de la fotografía.

El siglo del flash y de la inevitable colonización que la luz fotográfica ha desplegado sobre los acontecimientos del mundo.

2. La dilatada biografía de Manuel Álvarez Bravo está marcada por un error inicial. Un desencuentro, en principio desfavorable, que tiene sin embargo un desenlace propicio para el fotógrafo.

Son los años treinta del siglo XX y André Breton quiere contar con alguna foto suya para una exposición. El envío no llega a tiempo. Es de suponer que para Álvarez Bravo tiene que haber sido una decepción ese extravío. Hoy, aquel desliz puede leerse como un hecho afortunado a la hora de comprender esta trayectoria que ha avanzado por un túnel lateral; esta obra que ha sabido protegerse de los focos de la Historia y de la Cultura como quien se pone a resguardo bajo un bombardeo.

Resulta aleccionador que un fotógrafo que ha sido testigo de todo el siglo XX se haya colocado, con frecuencia, en una posición casi furtiva. El antiguo incidente con el proyecto del paladín surrealista habla de un artista que comienza su andadura "traspapelado", que "llega tarde". Y por eso mismo, a diferencia de la Frida Kahlo que Breton lanza en Europa bajo el estandarte de La Mujer Surrealista, inicia su travesía sin una carga tan pesada sobre sus espaldas. Hay que recordar, en cualquier caso, que Frida, más que en Breton, estaba interesada ¡en Duchamp!, al que sale a buscar de inmediato en un desplante que es también una lección sobre cómo desmontar las teorías de los Unos sobre los Otros.

Desde esos tiempos hasta su muerte, puede afirmarse que la de Álvarez Bravo no es, exclusivamente, una fotografía del tiempo; es, también, una fotografía a destiempo (ese intervalo dilatado del devenir fotográfico que incluye al fotógrafo pero también lo desborda, pues no le pertenece del todo).

Esta es la circunstancia que descubre Aurelio Asiain en un ensayo sobre Manuel Álvarez Bravo cuyo título es, precisamente, una frase del fotógrafo: "Hay tiempo". Un tiempo que Asiain entiende como una totalidad que se alarga entre el disparo y lo que vemos al final (con la mediación de sombra que conlleva el proceso de revelado). Un tiempo extendido incluso hasta un "algo más" que el fotógrafo a veces no sabe, pero que consigue mostrarnos; y que nosotros finalmente vemos, pero no siempre conseguimos captarlo.

Asiain abre, además, un abanico de las posibles interpretaciones que puede suscitar Álvarez Bravo. Todas, en principio, aceptables; todas, finalmente sospechosas. La que habla del surrealista o la del fotógrafo social; la del artista y la del precursor del realismo mágico, aquella que avista al portador del alma nacional y la que refiere sus ademanes pintorescos…

Aunque no la única, la mayor importancia de este ensayo de Asiain se sustenta, probablemente, en su catálogo de alertas sobre como no debemos leer a Manuel Álvarez Bravo. Plantarse ante el fotógrafo es hacerlo, nos recuerda el escritor, ante "el tiempo que corre". Y también ante una ardua batalla por la destrucción de la pose.

Hoy sabemos que hasta algunas fotos tenidas por referencias "históricas" han estado sujetas a la manipulación y el montaje. Así el miliciano de Robert Cappa en la guerra civil española; así el concepto de "justicia fotográfica" de Dorothea Lange, que enaltece sin complejos la propaganda. Álvarez Bravo reniega de estas posibilidades, por justas que fueran las causas que las motivaran.

Hay en esto una honestidad, desde luego, pero también una pragmática. Para Álvarez Bravo, el fotógrafo es un actor subrepticio, nunca detonante: alguien que puede, y debe, quedar a salvo.

Y si sus fotos esquivan la pose, es porque descreen de la sorpresa. Acaso porque la fotografía no debe iluminarnos —en la perspectiva del flash—, sino ilustrarnos (en el sentido del conocimiento). De ahí que su cámara —lúcida, como pedía Roland Barthes— parezca funcionar muchas veces como una linterna. Para el fotógrafo, para el fotografiado y para el espectador.

3. A la hora de leer (y el verbo no es gratuito) a Álvarez Bravo, el problema no reside, entonces, en los malentendidos sino en los sobrentendidos.

En medio de esa anomalía moderna que es América Latina, su obra se presta para todo tipo de acomodos intelectuales. Encuentra refugio en conservadores y modernos, posmodernistas y nacionalistas, coloniales y poscoloniales, utópicos y militantes de la Otredad…

Funciona como paliativo a la autoproclamada crisis de Occidente —esa cíclica desilusión de Próspero sobre sí mismo—, y es susceptible igualmente de alimentar las fantasías de esos consumidores de "experiencias periféricas" (sean eróticas, místicas o estéticas).

Álvarez Bravo cuenta para ello con notables compañeros de viaje en la historia de la cultura post-oligárquica, aquella que se desplegó después de los años treinta en Latinoamérica: desde el muralismo mexicano o la recepción de Frida Kahlo por parte del surrealismo hasta el realismo mágico y el posterior boom de la novela. Todos avalados por sus respectivas traducciones de lo latinoamericano a los entonces llamados centros de la cultura occidental.

Su fotografía es parte de la "toma de conciencia" de los mexicanos esbozada, en los años cincuenta, por Leopoldo Zea, Edmundo O´Gorman y Octavio Paz. Asimismo, tiene cabida en las preocupaciones de la izquierda cultural en los sesenta. Acaso porque está sostenida por un persistente humanismo, capaz de traspasar la frontera que separa a la fotografía de la sociedad, de la que es, al mismo tiempo, testimonio y crítica. En medio de las paradojas de la modernidad en América Latina, Álvarez Bravo actúa con eficacia dentro de las tensiones entre urbanismo y marginación, emancipación y autoritarismo, racionalismo y espiritualidad, mediante una obra que, en algún momento, se llega a percibir como una evidencia visual de Los condenados de la tierra.

El lugar de la tradición en su recorrido admite, por otra parte, más de una lectura conservadora, dada la presencia abundante de las tradiciones, el componente rural o el halo espiritual depositado en muchas de sus imágenes. Hay, en ellas, una especie de utopía al revés, que ubica su redención en un lugar del origen (incontaminado y en peligro) que es necesario proteger en el presente.

A un posmodernista tampoco le resulta ajena esta obra. En parte, porque contiene aspectos que parecen negar la modernidad. En parte, porque pone de manifiesto el estilo de vida de aquellos que habitan un Occidente "excéntrico" y mestizo. En cierto sentido, las imágenes de Álvarez Bravo confirman el mito utilizado por Roger Bartra en La jaula de la melancolía: el del axolote. Ese anfibio mexicano que habita en los lagos y funciona como la metáfora nacional de un sujeto que no completa del todo su metamorfosis. Una parábola que nos habla de una cultura que es moderna, occidental y utópica… pero no del todo. Periférica y al mismo tiempo enclavada en Occidente. Occidental y a la vez gobernada por unos espectros premodernos que la hacen tambalear. De muchas maneras, la obra larguísima de Álvarez Bravo funciona como la cara B de esas fantasías que algunas vez hemos llamado América, hemos llamado Utopía, hemos llamado Atlántida. Y que pueden ser explicadas lo mismo por Alfonso Reyes que por Cantinflas, por los seguidores del canon occidental y por los Estudios Culturales. Su obra evidencia una cultura medio nutrida (y medio desnutrida) que está obligada a hacerse las mismas preguntas que Occidente, pero no puede ofrecerse las mismas respuestas.

4. Después de barajar esa variedad de probables lecturas, y sin olvidar ni un momento las alarmas que se disparan al franquear cada una de esas puertas, es hora de regresar a la fotografía.

Y a su lugar en nuestro tiempo.

Puede parecer una temeridad, pero no sólo la fotografía de Álvarez Bravo —aquella que envió a la exposición de Breton— "llegó tarde".

Bajo su apariencia de avanzadilla de la vida y de la tecnología moderna, la fotografía, toda ella, ha sido un arte tardío. Digamos que ha tenido un retraso de, al menos, unos setenta años. Debió, tal vez, ser el arte de la Enciclopedia, el relato visual de la Ilustración.

El iluminismo del Iluminismo.

Debió ser, sobre todo, el arte de la Revolución. Una revolución pintada por Jacques-Louis David es una postal de la antigüedad clásica, una" cita" de Roma. O un antecedente de Alexander Deineka y otros pintores del realismo socialista soviético, que se aplicaron en mostrarnos al hombre perfecto que alguna vez seríamos.

No es que un cuadro no pueda pintar la Revolución, es que la Revolución pinta poco en un cuadro.

¿No fue ese, precisamente, el motivo por el cual el muralismo mexicano se lanzó a conquistar las paredes?

Comparemos, sino, El asesinato de Marat y la foto del Che muerto a la luz de esa desavenencia entre fotografía, revolución y pintura. El cuadro de Jacques-Louis David está impregnado de toda la fotografía que todavía no ha llegado. El retrato de Freddy Alborta arrastra consigo la pintura que ya conocemos (suele remitirnos a la Lección de anatomía). Marat muere a la espera de una fotografía que está por arribar. (Carlotta Corday lo asesina de súbito, con la dinámica sorpresiva de un flash.) El Che muere después de una lenta espera que tiene un resultado pictórico (aunque ya había protagonizado la que más tarde se convertiría en la foto mas reproducida del siglo XX, dispuesta también, por cierto, como un cuadro renacentista.)

En cualquier caso, la guerra civil española o la revolución cubana corrieron mejor suerte, en ese sentido, que la revolución francesa. (Mejor suerte fotográfica.) Claro que esto también puede decirse de la Alemania nazi. Estos procesos sociales aparecen justo cuando el medio fotográfico está dispuesto para darles la cobertura visual que requerían sus respectivas gestas.

Agustí Centelles o Robert Cappa, Walter Frentz o Heinrich Hoffmann, Osvaldo Salas o Alberto Korda, forman parte, a diferentes niveles, de una manera de hacer que combinó la fotografía de guerra y la propaganda, la documentación y la edulcoración, el objeto y el sujeto de esos procesos extremos de la historia —guerra civil, nazismo, revolución— que les colocó ante la encomienda de convertir la gesta en gesto.

En la historia, ha habido dictaduras estatuarias y dictaduras fotográficas. Las estalinistas, por ejemplo, fueron tiranías eminentemente "escultóricas". Aunque no siempre la ideología es definitoria sobre el soporte escogido por las dictaduras para dejar su impronta en la posteridad. Mussolini tenía adicción a las estatuas, mientras que Franco puede ser definido como un tirano ecuestre.

Un ejemplo contrario es el de Cuba. Desde sus comienzos revolucionarios (incluso antes de que se hablara del "régimen" actual), Fidel Castro pudo contar con una nutrida y bien cualificada tropa de lo que podríamos llamar fotógrafos de batalla: Enrique Meneses, Osvaldo Salas, Raúl Corrales, Liborio Noval, Korda, Cartier Bresson, René Burri… No necesitó, como los países "hermanos" del Este, de estatuas gigantescas para expandir la imagen oficial. Para ese fin, la fotografía resultaba mucho más moderna y portátil. Además de contener una ventaja adicional: las estatuas —Stalin, Ceaucescu, Sadam— pueden derribarse; las fotografías, no.

5. Cartier Bresson funda, Robert Cappa construye, Alberto Korda embellece. Manuel Álvarez Bravo, en cambio, no parece tener un "plan". Cappa o Bresson (también Agustí Centelles, el gran fotógrafo catalán de la guerra civil) quieren "aparecer", Álvarez Bravo prefiere "permanecer". Podría afirmarse que prefiere, incluso, esperar.

Y si hizo de la fotografía el oficio de todo un siglo —o, para ser más exactos, de "solo" un siglo— es porque ha sido un fotógrafo, por así decirlo, de poco flash.

De alguna manera, buena parte de su trabajo es a la fotografía lo que las pausas de silencio a la oratoria. No alarma ni se alarma. Como si siempre escondiera algo, como si siempre aguardara algo, en esa cautelosa manera de "pasar por allí".

La suya es una fotografía llena de rubor en la que percute una mirada que, cuando la hemos captado, es porque ya la hemos hecho nuestra. Hay algo, en ella, primigenio y cáustico; una ligera rudeza. Como el cavar de un túnel en medio del sol.

Y aunque siempre está en su fotografía, Álvarez Bravo no es su fotografía. Por eso resulta importante no apelar a la simbiosis. Álvarez Bravo aborda otros intereses, incluso dentro de la fotografía, que no son necesariamente los suyos. Hablamos de alguien capaz de fotografiar un siglo y también de crear una gran colección fotográfica de ese siglo incluyendo obras que, en apariencia, están en sus antípodas. Coleccionó a otros y trabajó para otros, pero esa circunstancia no modificó en ningún caso su trayectoria, por más que esos "otros" se llamaran Baldessari o Brancussi, Beuys o Ruff, Rulfo o Siqueiros, Paz o Barragán.

Su camino es, en largo, lo que el de Juan Rulfo ha sido, quizá, "en corto" (dadas las respectivas "longitudes" de sus obras).

En un México reconocible e indeterminado al mismo tiempo, fijo y evanescente, Manuel Álvarez Bravo no se presenta, exactamente, como el fotógrafo de la gente humilde. Más bien, parece un fotógrafo de seres tímidos: sujetos que todavía se sonrojan ante la intrusión que les representa la fotografía.

Los grandes pensadores del hecho fotográfico —de Susan Sontag a Paul Virilio, de Roland Barthes a Jean Baudrillard—, se colocaron a menudo en el lugar del fotógrafo y/o de la cámara. Manuel Álvarez Bravo demanda otro posicionamiento: es preciso colocarse en el lugar del fotografiado. Da lo mismo si este es un sujeto excepcional o eso que suele llamarse una persona "anónima". Por eso, evidentemente, desdeña la fotografía como un acto de violencia y, por eso mismo, nos resulta tan difícil encontrar otros fotógrafos que hayan caminado con su delicadeza por el terreno minado de los demás.

Siempre nos da la impresión de que Manuel Álvarez Bravo "avisa" antes de disparar, quizá concediéndole a los fotografiados, como en un juego infantil, el tiempo necesario para esconderse.

¿Por qué? Más que por humildad, por necesidad.

La fotografía, para él, no deja de ser un contrato social. Un pacto entre individuos, un negociado imaginario que ha de tener en cuenta los dos lados de la cámara. No se trata, pues, de un objeto y un sujeto. Se trata de dos subjetividades que se cruzan a conciencia.

Es como si concibiera la fotografía como un pacto de normalidad en un mundo anómalo. Y aunque haya fotografiado personajes —algunos francamente importantes—, su fotografía sale fortalecida cuando parece no tener héroes. Por todo ello, esta es una fotografía que disiente de la búsqueda a ultranza de protagonismo que suele caracterizar hoy a la fotografía. A fin de cuentas, no hablamos de un fotógrafo de la excepcionalidad, hechizado por la revolución o la guerra, sino de un fotógrafo de la gente, con todo lo guerrera y revolucionaria que pueda ser (o no) en sí misma.

No tiene interés en el hito sino en el devenir del mundo al compás del tiempo.

En su fotografía, los mexicanos son para sí mismos. No son Los Otros. No son Para los Otros. Así esa muchacha que consigue exhibir su rubor o el apicultor sin rostro (como llegado de otro mundo). Así un pubis que se basta a sí mismo o un cuerpo entre sabanas que cuelgan.

La muerte de Manuel Álvarez Bravo es también la muerte —año 2002, no conviene olvidarlo— de lo que significó la fotografía. Una década después, ¿qué dice la fotografía de nosotros? En primer lugar, lo dice todo con lujo de detalles y, sin embargo, no dice nada en particular. Es toda singularidad pero ya no puede singularizarnos, pues todos nuestros gestos son comunes y estandarizados.

El reto de escribir sobre Manuel Álvarez Bravo entraña una enorme dificultad. Y corremos el riesgo de quedar retratados como uno de esos personajes suyos que todavía conocían el sonrojo. De Álvarez Bravo han escrito tantos grandes autores (André Breton, Juan Rulfo, Octavio Paz, pongamos) que una mínima cordura nos conduce a la parálisis.

El otro gran obstáculo tiene que ver con nuestra deuda. De muchas maneras, si hoy escribimos y construimos imágenes es porque ha existido, en nuestra tradición y en nuestra experiencia, la fotografía. No es necesario escribir sobre la fotografía porque nuestro vocabulario es, digámoslo así, fotográfico. Ensayamos, narramos, creamos poemas, desde un mundo en el que el lenguaje —incluido el coloquial— está marcado por el hecho fotográfico.

En modo alguno lo explican, lo describen, lo dotan de una teoría. Son palabras cuya existencia las obliga a competir con esa luz y cuya supervivencia las obliga a cavar un túnel para huir de esa luz. Por eso, con toda probabilidad, no es la luminosidad ubicua del acto de fotografiar lo que podrá generar los mejores textos en el futuro sino, directamente, la fotofobia.

Esa es la lección penúltima de este hombre que dejó un trazo en la sombra ante la apoteosis del flash. Un trazo que es, a fin de cuentas, pura escritura.

Escribimos hoy porque ha existido la fotografía. Es decir, porque ha existido, en la larga centuria que va de 1902 a 2002, Manuel Álvarez Bravo.


Retrospectiva de Manuel Álvarez Bravo en la sala Azca, de la Fundación Mapfre, Madrid, del 13 de febrero al 19 de mayo.

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