Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Sobre una crónica de fin de año (y de fin de algo)

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A finales de septiembre pasado, el escritor mexicano Juan Pablo Villalobos esperaba en la sala de embarque del aeropuerto internacional José Martí. Poco antes de abordar el vuelo que lo llevará de regreso a tierras aztecas se aparece su compañero de viaje, el fotógrafo José Luis Cuevas, acompañado de dos agentes. Uno de ellos pregunta por la identidad de las personas que salen en sus fotos.

"Me piden mi pasaporte y le indican a José Luis que encienda la cámara y que muestre las fotografías en la pantallita" —relata Villalobos en el último número de la revista Gatopardo—. "Voy diciendo los nombres: éste es fulano, ése es zutano. El otro policía anota los datos de mi pasaporte y los nombres de los escritores en un papelito."

Al autor de Si viviéramos en un lugar normal (Anagrama, Barcelona, 2012), novela satírica que discurre entre cerros y matorrales de Jalisco, no se le escapa el detalle: "No está rellenando un formato oficial, ni siquiera tiene una libreta. Está usando un papelito".

Pero igual pudo usar una laptop: los nombres no son lo más importante. Se trata de una breve, azarosa y hasta cierto punto improvisada lista de escritores, aquellos con los que Juan Pablo Villalobos alcanzó a dialogar (y que su colega fotografió con incansable rigor profesional) en los cuatro o cinco días que visitó la capital cubana con la idea de escribir una crónica para una de las mejores revistas del género en Latinoamérica.

Afortunadamente, en "La isla en texto. Un viaje literario a La Habana", la extrañeza del viajero —el autor confiesa que su conocimiento de literatura cubana contemporánea se limitaba a Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez, como debe ser— no deriva en recuento souvenir de autores, tendencias, estilos, títulos de libros. En su lugar, lo que se baraja desde el inicio es una pregunta clave: ¿con qué expectativas trabajan los escritores que viven en la Isla?

Aunque unas pocas páginas tal vez no alcanzan ni para empezar a responder, el cronista sabe que por ahí andan los puntos neurálgicos que no se pueden dejar de tocar: la persistencia de la censura (pese a la enorme erosión del tiempo) y el tutelaje económico e ideológico que continúa ejerciendo el Estado cubano sobre editoriales y publicaciones.

Antes que de isla literaria, isla fabulante, isla en texto, todas esas islas, habría que hablar de islote aduanal, de vigilancia fronteriza entre arrecifes institucionales, oteando un horizonte cada vez más nublado: qué entra, qué sale, qué publicamos, quién no puede pasar, cuál es el equipaje que trae el arma o la droga escondida.  

"¿Cuál es el futuro de este sistema editorial? O mejor dicho: ¿tiene futuro?", se pregunta Juan Pablo Villalobos. La respuesta no puede ser más obvia, y es por eso que nos resulta tan patético ese agente que anota nombres y apellidos en cualquier pedacito de papel.

Ahora bien, la interminable discusión sobre el futuro y las expectativas de los escritores en Cuba ha variado de tono en las dos últimas décadas, pero siempre ha tenido encima la sombra del exilio. Reina María Rodríguez le explica a Villalobos su resistencia a emigrar, y entre otras razones dice: "Aquí puedo escribir: el único lujo en Cuba es el tiempo. Aquí estoy más cerca de Nueva York, allá no podría escribir, porque tendría que dedicarme a otras cosas. Se habla de los escritores que se van y publican, que logran reconocimiento internacional, pero se habla poco de muchos que se fueron y no han podido escribir. Con la idea de la literatura que tenían aquí no pueden publicar allá, tienen que hacer concesiones".

Me gustaría hacer un par comentarios a partir de ahí.

Primero, está la idea de que en Cuba todavía puede uno dedicarse de lleno a una actividad tan improductiva como la literatura (más improductiva aún si se trata de no hacer concesiones). Habitamos una dimensión económica paralela, un ritmo diferente donde se puede escribir con cierta tranquilidad, con cierta seguridad, sin las exigencias y las presiones del cronómetro capitalista. Nueva York sin Nueva York.

Y además de escribir, en Cuba es posible incluso publicar. Como no existe mercado editorial y toda publicación nace subvencionada, las únicas razones para no imprimir un libro son de corte político. Un contrato sencillo entre el escritor y el Estado cubano, redactado con tinta invisible, garantiza que el primero, que ya tenía el tiempo, reciba también el espacio. Ya son no uno, sino dos lujos.

Cuando ese contrato se diluya en el aire, como va camino a suceder, cuando inevitablemente comience a desinflarse la gran burbuja espacio-temporal que cobija la escena literaria en la Isla, asistiremos a una sacudida de piso cuyos efectos me parece que deberíamos ir calculando y discutiendo desde ahora.

La propia Reina María Rodríguez ha estado en el centro de varias experiencias —la mítica Azotea y la revista Azoteas, la Torre de Letras y su proyecto editorial independiente— que apostaron por una socialización de la literatura en los márgenes del control estatal. Avanzadillas donde se ha discutido, de diversas maneras y bajo no pocas tensiones, la autonomía del escritor en Cuba.

Cabe preguntarse si, una vez tomado ese rumbo hasta el final, una vez que dicha autonomía se concrete verdaderamente y la independencia del escritor con respecto al Estado sea inapelable, el resultado no será más o menos equivalente a haber emigrado sin salir de La Habana. Porque seguiríamos viviendo en Cuba, pero ya estaríamos escribiendo (y con suerte, publicando) en otro país.

Sospecho que allá, no sabemos bien dónde, no va a faltar la añoranza por una isla que se dejó atrás.

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