Martes, 21 de Noviembre de 2017
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Moscú, estación final

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De los muchos libros que desde hace un par de años el boom eslavo de las editoriales españolas ha hecho llegar hasta nosotros, hay dos que, creo, merecen especial atención: Moscú-Petushkí del excelente Venedikt Eroféiev (Murmansk, 1938-Moscú, 1990) y El coro mágico, de Solomon Volkov (Tadzhik, 1944), una historia de la cultura rusa desde Tolstoi hasta la Perestroika.

Este último, no solo porque dice lo que ya sabíamos: el bigotudo del Kremlin en su afán de gran inquisidor político destruyó todas la relaciones que la cultura establece con la sociedad y convirtió el espacio cultural ruso-soviético en un inmenso campo de terror, donde muchos escritores, pintores, músicos y cineastas desaparecieron, o los que tuvieron mejor suerte (esa suerte chiquitica de los que no tienen suerte) tuvieron que quedarse callados o escapar al exilio, sino, porque en sus capítulos sobre el deshielo e incluso sobre Gorbachov, a quien nada delataba al principio como un reformista, va a ir trazando un verdadero mapa de cómo esa mezcla de autoritarismo y miedo típica de los gobiernos totalitarios continuó asfixiando a muchos hasta que el Telón de Acero (al final, más cortinita de baño que pared) cayó por su propio peso, por la cantidad de frustraciones que durante decenios había acumulado.

Para esto, Volkov, que aparte de escritor era (es) musicólogo, y había redactado ya unas memorias del polémico Shostakóvich, mezcla de ángel y camaleón a la vez, nos narra en El coro mágico sobre los gestos oportunistas de Evtushenko y sobre la efervescencia ilusa de la Ajmátova por Jruschov, ese otro obtuso con mentalidad de guerra. Volkov habla de las contradicciones patriotico-místicas de Solzhenitsin, quien no firmó la carta de apoyo a Siniavski y Daniel (condenados a varios años de presidio) porque un escritor ruso "no debe buscar la fama en el exterior" y sobre la manera en que Tarkovski, uno de los cineastas sin dudas más reconocidos en su momento por la autoridades soviéticas, fue construyéndose su propia hagiografía.

El coro mágico se ocupa del premio Nobel otorgado a Pasternak (su musa sufre de una inflamación de tiroides, había comentado sardónicamente Nabokov) y del odio de Richter hacia Stalin (no obstante, él mismo, gran premio soviético en varias ocasiones). Asimismo, se ocupa de la actitud de perro de Shólojov y de la mayoría de los artistas que la aplanadora soviética inmovilizó, aplastó o denigró a lo largo de casi un siglo.

Artistas que poco a poco han ido saliendo a flote junto con su terrible verdad (recomiendo los tres tomos sobre los archivos de la KGB hechos por Vitali Chentalinski) y que para suerte de todos, aunque con un retraso perverso de varios decenios, han podido llegar a publicar sus libros, algunos de ellos tan importantes como los Relatos de Kolymá de Varlam Shalamov o Chevengur, la extraña novela de Platonov, rara avis donde las hay.

Por su parte, Moscú-Petushk es digno de atención porque desde los tiempos de Gogol no se jugaba tanto con el delirio en una obra literaria del canon ruso y porque, al igual que el Viénichka de su novela, Eroféiev era un alcohólico, alguien que según sus amigos parloteaba y parloteaba gracias a las visiones del vodka y terminó haciendo los trabajos más disímiles para poder sobrevivir: vigilante, reparador de telefónos, investigador químico, constructor. Sobrevivencia que éste refleja bastante bien en su novela, al hacer interminable el viaje a Petushkí, ciudad-dormitorio a 125 kilómetros de la capital, y al hacer desfilar a una serie de personajes que a lo que más se parecen es al mismo autor: cultos, disparatados, cabezones, mal hablados, cómicos.

Pero en verdad ¿de qué habla Eroféiev en esta "danza de los muertos" que algunos críticos han clasificado como surrealista y que, ante todo, es el diálogo de un alcohólico consigo mismo, una especie de blablablá esquizo sobre ese hundimiento que antes se llamaba Unión Soviética?

En ese monólogo se habla del plan quinquenal y la homosexualidad, de Gorki y las diferentes recetas para sacarle más provecho al alcohol (esos cócteles que lo mismo llevaban pegamento de zapato que perfume y podían llamarse "Lágrima de chica konsomol" o "Bálsamo de Canáan"), de las hojas de col rellenas y las mujeres... Es decir, de todo eso que en verdad nos ocupa en la vida cotidiana y sobre todo permite en la literatura, aunque no solo, jugar con el transcurso del tiempo, con esa distancia que siempre hay entre una ciudad y otra. Distancia que no está de más decir se hace infinita cuando intenta hacerse en un tren viejo y el alcohol —bendito milagro, lo llamaba Lowry— te hace caer en coma, en ese huequito de donde casi nunca regresas.

Eroféiev, quien confiesa en una entrevista que escribió su novela sin pretensiones y que murió de un cáncer en la garganta poco tiempo después que ésta se publicara (había circulado en samizdat desde los años 60), puede donde quiera que esté tomarse tranquilamente su copita de vodka y celebrar. Moscú-Petushkí no solo ha quedado en el panorama contemporáneo como una gran novela, casi maldita y casi alucinada, sino, como la mejor de las autobiografías. Allí donde disparate y confesión atrapan la imagen exacta de un tiempo y la hacen real. Allí, donde lo más cercano a la felicidad, es ese chachareo sordo que se torna tan interesante en los velorios.


Solomon Volkov, El coro mágico (Ariel, Barcelona, 2010).

Venedikt Eroféiev, Moscú-Petushkí (Marbot, Barcelona, 2010).

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