Martes, 12 de Diciembre de 2017
14:18 CET.
Cine

La noche de la diversión y la noche del miedo

Reencuentro con Orlando Jiménez Leal, ya no en Madrid, en donde solía verlo, sino en Miami en donde me extiende su libro recién publicado por las ediciones Colibrí. Cada nuevo libro de esta editorial es motivo de regocijo y ello a pesar de que, en ocasiones, la temática signifique justamente lo contrario. Es lo que sucede con El caso PM. Cine, poder y censura, coordinado por Jiménez Leal junto al también cineasta, establecido en Nueva York, Manuel Zayas.

En él participan, además de los coordinadores, nueve autores. Todos pretenden, desde ópticas y momentos diferentes, arrojar luz sobre el cortometraje más famoso de la historia de la cinematografía cubana: PM (Pasado Meridiano), realizado por Orlando Jiménez Leal (La Habana, 1941) y Sabá Cabrera Infante (Gibara, 1933-Miami, 2002), en 1961. Como muy bien versa en la contraportada del libro se trata de "14 minutos que duran medio siglo".

El título del filme no podía ser más habanero: PM. Habanero de otros tiempos, quise decir. La prueba es que esas siglas no se refieren únicamente al segmento horario que antecede a la medianoche después de oscurecer, sino que muy bien hubieran podido evocar cualquier hora de la tarde. Sin embargo, no hay confusión posible tratándose de la capital cubana: PM no puede referirse a otra cosa que al momento en que la vida nocturna empieza a agitarse en las calles, sobre todo en los clubes, bares y pistas de baile en general, hasta prolongarse más allá de la medianoche, o sea, más allá de ese momento que la convención horaria definiría como AM, pero que nadie intentará separar, por muy de de madrugada que sea, de esa noche única y original que todo habanero sabía cuando empezaba aunque ninguno pudiese asegurar en qué momento terminaría.

PM es entonces esa noche indivisible que significaba fiesta, jolgorio, diversión a toda costa e, incluso, improvisación y espontaneidad, tan indisociables, por cierto, del free cinema. Por supuesto, ese "pasado meridiano" era el de una ciudad que, prácticamente después de los sucesos que se desencadenaron con la prohibición del cortometraje, dejó de existir al menos en esa medida. Una ciudad que perdió una de sus atracciones fundamentales: su trepidante fiesta nocturna, tantas veces evocada por extranjeros y nacionales a lo largo de las décadas precedentes.

La Habana de PM, la de victrolas, nuevas orquestas y ritmos, gentes vestidas con sus "ropas de salir", e incluso la otra Habana, la nocturna, sofisticada y cosmopolita, la de casinos y clubes sociales, se apagaba a pasos agigantados en esos primeros años de revolución.

Uno de los autores de los textos presentados en este libro, Antonio José Ponte, apunta en el fragmento seleccionado de su libro La fiesta vigilada que "ya es imposible reconocer cuáles bares del puerto habanero aparecen en PM".

Otro de ellos, el norteamericano Bob Taber, quien en el momento de la censura de la obra escribe un alegato de defensa algo naïf si se tiene en cuenta lo que ya se estaba cocinando en Cuba, dice: "Es agradable ver a la gente cómo todavía se arregla para disfrutar su almuerzo, aunque tenga que llevar sus metralletas consigo…". Ni el "todavía", ni el "tenga que llevar" (desconozco el original en inglés y el escrito nunca fue publicado en la Isla) pueden pasar desapercibidos.

Se ha especulado bastante sobre PM. Se ha dicho, por ejemplo, que de no haber sido presa de la censura muy bien se hubieran ensañado contra cualquier otra obra por tal de marcar el momento en que la libertad de expresión comenzaría a ser escamoteada en el ámbito de la cultura.

"El propio Jiménez Leal —recuerda Néstor Díaz de Villegas, otro de los ensayistas del libro— ha dicho que si no la hubieran censurado, esa película estaría más que olvidada".

Manuel Zayas en su propio ensayo adelanta la idea de que muchos consideran que "las circunstancias que pesaron en la prohibición fueron más de índole personal que social". Y apunta (como el propio Pablo Armando Fernández en una de las sesiones de la reunión entre el Gobierno y los intelectuales) hacia Alfredo Guevara como instigador de esta situación, ya que vio en ello la oportunidad soñada para frenar la influencia innegable del magacín Lunes de Revolución, uno de los patrocinadores de la cinta.

Néstor Almendros —de quien se reproduce un artículo publicado en mayo de 1961 en la revista Bohemia que le costaría el puesto de crítico de cine en dicha revista— considera que este exponente del cine espontáneo o free cinema, en que los filmados ignoran que se les está filmando, posee un alto valor humanista.

Recuerda también que este tipo de estética cinematográfica tiene mucho auge en el mundo en ese momento. De ello, al menos se deduce que en el contexto de Cuba el corto no podía ser menos que muy novedoso, algo que da a esos catorce minutos una excepcionalidad suficiente para contradecir las opiniones que destacan sanamente su pequeñez e insignificancia, aun cuando éstas lo hagan considerando el contraste de su contenido con el mucho revuelo que se armó.

El libro de Jiménez Leal y Zayas incluye además ensayos de Emmanuel Vincenot, Rafael Rojas, Vicente Echerri y Gerardo Muñoz. Aparece un testimonio de Fauto Canel, así como una entrevista de este último a Jiménez Leal.

Retomo el ensayo de Emmanuel Vincenot porque en él aparece una clara disección de cuáles eran las piezas claves que convierten a PM en el blanco perfecto. Desde el ICAIC, liderados por Alfredo Guevara, los ortodoxos del socialismo se oponían desde el punto de vista ideológico a los que agrupados en torno a Lunes de Revolución podían ser considerados más liberales (siendo todos, por supuesto, muy revolucionarios).

Desde el punto de vista estético, el free cinema inspiraba también desconfianza al propio Guevara. Políticamente, dos clanes antagónicos se enfrentaban no solo en cuanto a la ideología propugnada sino al dominio de determinadas esferas de poder.

PM reunía tres condiciones esenciales para, una vez prohibida, se afianzara el poderío del ICAIC. El control hegemónico de todo lo filmado al que aspiraba seguramente Alfredo Guevara podría resquebrajarse si sobrevivían manifestaciones de cine independiente. Por otra parte, dos jóvenes cineastas, sin renombre tanto en el ámbito de la cultura como en el del militantismo revolucionario, no debían de ser menos que presa fácil en aquella jungla cundida de fieras y depredadores, con larga experiencia en intrigas políticas y tanteos de y con el poder.

Por último, el libro recoge una transcripción de fragmentos de lo que se dijo en la conocida reunión en tres sesiones de Fidel Castro con los intelectuales, en junio de 1961. Sabido es que PM fue el detonante de dicha reunión en que Fidel Castro pronunció la frase que, como guillotina, cortó toda posibilidad de libertad creativa y permitió oficializar la censura en Cuba: "Dentro de la Revolución todo… contra la Revolución ningún derecho".

Emmanuel Vincenot dice oportunamente que "la palabra del 'jefe' era elevada a la categoría de ley", tendencia que se seguirá en lo adelante cada vez que decretos y leyes emergerán a partir de discursos públicos y declaraciones sin ser previamente discutidas y posteriormente aprobadas en un contexto serio.

Estas intervenciones en la reunión de la Biblioteca Nacional José Martí son sumamente interesantes. Una de las participantes, Mirta Aguirre, conocida por sus estrechos vínculos con los comunistas de antes de 1959 y sobre la cual recaían fundadas sospechas de ser partícipe de una tendencia de corte estalinista, se opone radicalmente —como es de suponer— al corto que origina ese debate o lo que Carlos Franqui define como "la atmósfera" creada en torno a esto.

Aguirre se defiende de las acusaciones de enarbolar los principios estalinistas sin, en realidad, negarlas. En cierto momento de su intervención, cuando se refiere al texto de la revista Bohemia, dice: "Y se habla de estalinismo solamente porque se prohibió PM, y parece que es una reacción un poco desorientada: es ver fantasmas antes de tiempo".

Ignoro qué quiso decir Aguirre con ese "antes de tiempo", pero visto el contexto de su frase y el motivo del debate, parece que está diciendo algo así como "tendrán motivos reales más tarde para protestar". Se diría que Mirta Aguirre se delata. Incluso que conoce algo más de los planes que se están fraguando, desde la cúpula del poder, con respecto a la libertad de expresión en Cuba.

A mi juicio una de las intervenciones que sin rodeos encara frontalmente a Alfredo Guevara, en tanto que materia gris de esta encerrona contra Lunes de Revolución es Pablo Armando Fernández quien, junto a Cabrera Infante, dirigía el suplemento.

Los argumentos de Fernández, quien se incorpora al periódico, como él mismo recuerda, a partir del número 15, son irrebatibles. Enumera artículo por artículo cuánto de beneficioso ha podido tener Lunes… para la Revolución. Coloca al propio Guevara en un atolladero al preguntarle si acaso las películas del ICAIC o aquellas que exhibe esta institución están basadas en el conocimiento del marxismo-leninismo. Incluso, invita con ironía a los detractores de Lunes… a fundar en el seno de otros periódicos un magacín que no fuera tan grotesco, contrarrevolucionario y horrible.

Sin embargo, ya sabemos la manera en que Pablo Armando Fernández desarrollará su carrera literaria en los años posteriores. En buen cubano cabe adelantar que fue sin dudas de los que "entró por el aro", dado la obediente actitud que adoptará después.

Contra la posición de Guevara, desmintiéndole, se manifiestan Sabá y Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui, Heberto Padilla (quien insiste en que tanto Sabá como Jiménez Leal, los actores principales por los que desencadenan los hechos, no han sido invitados a la primera sesión), Rine Leal, entre otros.

Sabido es que, dados los resultados de aquella reunión, Alfredo Guevara no quedó tan mal parado, sino más bien fortalecido en su posición de censor principal del ICAIC. No resultará extraño si se considera los lazos que desde la época de estudiante lo unían a Fidel Castro.

Cuando pregunto a Jiménez Leal por qué ante semejantes acusaciones Guevara sale fortalecido me responde: "Recuerda que nosotros estábamos jugando parchís y ellos ajedrez".

"Ellos", evidentemente, son los que estaban directamente vinculados al poder. "La trama en torno a PM estaba premeditada y todo decidido de antemano", concluye.

A la luz de todas las declaraciones resulta muy interesante observar el destino de cada uno de los participantes. Exilio, ostracismo o sumisión, son las únicas tres opciones posibles. Los mejores exponentes de cada una, en ese orden, son los propios autores de PM, José Lezama Lima y Julio García Espinosa.

El libro incluye en los anexos finales la Ley 589 sobre la creación de una Comisión de Estudio y Clasificación de películas cinematográficas y disolución de la Comisión Revisora; así como el acta de censura de PM, redactada por el ICAIC, el 1 de junio de 1961.

Sacar a la luz un libro así en vida de, al menos, uno de los realizadores de PM, es un auténtico lujo. Habrá siempre quien diga que tales dicusiones a estas alturas (medio siglo después) suenan muy lejanas. Sí, lejanas pero vigentes si observamos los conflictos que a lo largo de las últimas cinco décadas ha generado la censura en Cuba.

No creo que pretendan los autores provocar ningún impacto con lo que en estas páginas se revela, sino restablecer públicamente la verdad y esclarecer, sobre todo, los intríngulis de un affaire que marcó un punto de no regreso en la otra noche cubana: la de la censura y el miedo, mucho más larga y, a diferencia de aquellas ingenuas noches habaneras de PM, tenebrosa y sumamente despiadada.


El caso PM (Colibrí, Madrid, 2012) se presentará el viernes 14 de noviembre en el Teatro Tower (1508 SW 8 Street) de Miami. Se proyectará el cortometraje y habrá un debate en el que participarán Orlando Jiménez Leal, José Arenal, Fausto Canel y Orlando Rojas.

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