Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Veneno y azúcar

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Para Antonio Muñoz Molina

 

 

Cuando Monserrat Fernández de Lara vio por primera vez al Dr. Justo Germán Cantero, una mañana de Corpus, supo, como si se tratara de una poderosa revelación, que era una mujer muy infeliz, pese a la inmensa fortuna de su marido y a pertenecer a una de las primeras familias de Cuba.

Salía de la ermita de Santa Ana acompañada tan solo de un esclavo que llevaba la silla donde había oído el oficio, cuando su mirada se cruzó con la del joven médico que, en un extremo de la plazuela, casi junto a la fila de los coches, conversaba con varias muchachas. Fue una mirada fugaz, todo lo que podía permitirse una señora de su rango, pero suficiente para sentirse humillada por la alegría con que aquellas mujeres celebraban algún repentino comentario de la nueva celebridad: el hombre más apuesto que pasara por Trinidad en muchos años.

De súbito, esa explosión de contento juvenil, de risas un tanto trémulas como la de animales en celo, parejas a los vestidos de colores vivos que tan bien armonizaban con la mañana espléndida, sirvieron para hacerla sentir desgraciada. Aunque apenas tenía treinta años, ya había adquirido una redondez matronal, acentuada por su corta estatura y la severidad de su ropa. De no haber sido por algunas alhajas costosas que llevaba, hubieran podido tomarla por una viuda.

Mientras regresaba a su casa —la mansión solariega de los Iznaga, que su marido había hecho construir, sin tener en cuenta, como decía con sincera arrogancia, otros criterios que no fuesen la solidez y la comodidad— Doña Monsa, como era conocida, iba pensando en lo que le faltaba: la belleza que nunca la agració; la libertad que se permitían otras mujeres de su clase, como aquellas que había visto un momento antes en abierto coqueteo con el Dr. Cantero; el placer de compartir la vida con un marido apuesto y emprendedor. ¿De qué valía el dinero si no la libraba de una existencia gris, de la casona sombría que servía más para aherrojarla que para alegrarla?

Esa noche, en la cena, al tiempo que su marido se quejaba de la digestión mientras lanzaba un estruendoso eructo, ella volvió a pensar en el joven médico, que acaso supiera de algún nuevo tratamiento para aliviar las frecuentes gastralgias de Pedro Iznaga que tanto fastidiaban a toda la familia. Hasta entonces no había cruzado una sola palabra con Cantero y desconocía su experiencia profesional; pero, movida por un secreto entusiasmo, se atrevió a proponer:

—Deberías llamar al Dr. Cantero. Tiene fama de ser un terapeuta prodigioso.

—Rumores de comadres —respondió Pedro Iznaga, eructando de nuevo—. No es más que un bonitillo que trae alborotadas a las mujeres de este pueblo.

Monsa se sintió sonrojar. En una frase, su marido había puesto al descubierto las inquietudes de su conciencia. Para su alivio, él le había respondido sin mirarla, concentrado como estaba en el plato. No obstante, ella se atrevió a insistir. Le pareció que afirmaba su libertad haciéndolo:

—Rumores de los que te haces eco; que tú no te asomas ni a ver pasar el Viático. A ver, ¿quién te ha contado esas historias?

Su marido levantó la cabeza con un relámpago de bonachona picardía en la mirada.

—Umm, veo que el alboroto ha llegado a mi casa. Hacía mucho que no te veía tan entusiasta. Pero, si quieres curiosear de cerca al mediquito, lo invitaremos a cenar. Que me recete ya sería otra cosa.

Monsa disimuló su contento por el anuncio y desvió la conversación hacia temas que fingió tenían más importancia. Cuando el mayordomo estaba por servir el cordial, le dijo a su marido:

Mon ami, acuérdate de que las bebidas dulces son las peores.

—Déjale esos consejos al Dr. Cantero cuando nos venga a visitar, dijo el opulento hacendado con un mohín mientras se levantaba de la mesa y se dirigía al salón seguido por el criado y un mastín que solía estar siempre al pie de su amo.

Pasaron más de dos semanas sin que el médico volviera a aparecer en las conversaciones de sobremesa del Palacio Iznaga, hasta una tarde, cuando servían los postres del almuerzo, en que Don Pedro, como de pasada, le dijo a su mujer:

—A propósito, mañana viene a cenar el Dr. Cantero. Me he permitido invitar a dos o tres personas más. Espero que no tengas reparos.

Doña Monsa no pudo evitar sonreírse ni que su marido lo advirtiera.

—Ya veo que te complace. Dicen que toca bien el piano. Tal vez quieras acompañarlo con el laúd y hasta podríamos tener una velada artística.

Ella asintió disimulando su interés; pero, tan pronto su marido se echó a dormir la siesta, llamó al ama de llaves para darle instrucciones precisas: que limpiara las piezas de Limoges y planchara el mantel de encaje de Bruselas, que bruñera la plata…La criada se atrevió a preguntar:

—¿Viene el señor gobernador?

—No, que yo sepa, pero los invitados son importantes.

A su pesar, las próximas veinticuatro horas fueron para Monsa las más expectantes de su vida. Quería acordarse de otra excitación parecida —cuando Don Pedro pidió su mano, el día de su boda, el parto de sus hijos—; pero nada podía superar esta anhelosa espera que ella intentaba conscientemente ocultar. Cuando llegó la hora de recibir temía que se le notara el nerviosismo.

Justo Germán Cantero no solo era un hombre apuesto, sino de una sobresaliente distinción. Monsa tenía la mano helada y ligeramente trémula cuando se la tendió para que él la besara. Pedro Iznaga estuvo a punto de meterla en apuros:

—Doctor, mi mujer ha insistido en que lo vea como paciente; pero he preferido tenerlo de comensal.

—Las buenas esposas siempre cuidan de la salud de la familia —respondió Cantero con un ligerísimo acento irónico en la voz, o al menos así le sonó a ella—. Tal vez tenga razón —dijo el médico mientras le hacía una venia a la dueña de la casa—. Pero esta noche no la complaceré.

En efecto, la conversación, mientras cenaban y en la sobremesa, derivó hacia el tema de los negocios. Aunque distaba de ser un hombre rico, Cantero ya había invertido algún dinero en tierras y tenía muchas ideas sobre los rumbos que habría de seguir la industria azucarera.

—Vosotros, los grandes hacendados —dijo dirigiéndose a Iznaga— tendréis que ir pensando en un trust para estar a la altura de las exigencias del mercado. De lo contrario, en un par de generaciones seréis pobres. Además, la esclavitud no ha de durar por siempre.

Pedro Iznaga hizo un gesto de menosprecio con la mano como si espantara un insecto.

—Esa preocupación se la dejo a mis nietos. Ellos sabrán qué hacer cuando llegue el momento; o no sabrán —e hizo una pausa para chupar el puro que fumaba— y terminarán en la ruina. En eso soy como Luis XV, aprés moi, le déluge.

Monsa percibió que era incluida en el desdén de su marido; acaso porque su estirpe podría ser barrida por ese diluvio del futuro que él, de algún modo, presagiaba. Llovía en ese momento y se sintió impulsada a ir hasta una de las puertas del balcón a las que golpeaba la lluvia, como si alejándose intentara proteger a sus descendientes de alguna imprevista calamidad. Movida por la necesidad de respirar, medio asfixiada tal vez por la atmósfera del salón donde ardían docenas de velas y los puros de varios hombres, abrió una de las puertas-ventanas. Una ráfaga de lluvia le empapó la cara al tiempo que el viento apagaba unas cuantas bujías. Desde el fondo, oía la voz de su marido regañándola.

—Monsa, cierra esa puerta.

Se dio media vuelta, aún sin obedecer, y miró el vasto salón y sintió que detestaba todo: aquella casa fea de paredes encaladas, el oscuro enlosado del suelo, la pesadez de los muebles, la arrogante corpulencia de su marido… De lejos vio su propia imagen reflejada en uno de los gigantescos espejos y se reconoció como una anciana condenada para siempre a vivir en aquel encierro, con aquellas visitas obsecuentes. Solo el Dr. Cantero parecía hecho de otra madera, ajeno a aquel ambiente opresivo y hostil. Y lo imaginó por un momento como el héroe de algunas de sus novelas favoritas, capaz de raptarla y llevársela lejos a la grupa de su caballo. Si aquel extraño le hubiera dicho que se fuera con él esa misma noche, estaba segura de que habría abandonado a sus hijos pequeños. Al volver al estrado, con la ropa mojada y la mirada fija de una sonámbula, se había operado en ella una transformación, se trataba de una mujer cambiada.

                                                                      *  *  *

En aquel primer encuentro, Cantero había logrado hacerle tan grata impresión a Pedro Iznaga que éste lo invitó de nuevo a cenar el próximo fin de semana, y el siguiente, hasta que sus visitas se hicieron asiduas y el anfitrión también se convirtió en paciente. A veces el médico, que había instalado su consultorio frente al Palacio Iznaga, cruzaba la calle para compartir con el rico hacendado un coñac y una partida de ajedrez, mientras debatían con pasión la actualidad política y los vaivenes del azúcar. Otras veces, de noche, terminaba tocando el piano en la casona; ocasiones en que Monsa solía acompañarlo con el laúd. En esos momentos, no importaba cuantas personas estuvieran presentes, se establecía entre ellos una inexplicable intimidad, una suerte de diálogo que entablaban valiéndose de los instrumentos; en el cual el laúd sonaba quejoso, plañidero, a veces desesperado; y el piano contestaba alegre, retozón, prometedor.

Mucho tiempo después, desde la torre de la casa ya conocida por Palacio Cantero, Monsa, dos veces viuda, se empeñaba en reconstruir aquel torbellino en el que se vio inmersa y que había escandalizado a Trinidad más de cuarenta años atrás…

Como una auténtica heroína romántica se había enamorado del Dr. Cantero y, como casi siempre ocurre en estos casos, los demás lo notaban. Creía que había alcanzado un control casi absoluto de sus sentimientos, pero el júbilo que manifestaba a toda hora y lo nerviosa que se ponía en presencia del médico delataban su estado de ánimo. Hasta los esclavos empezaban a darse cuenta:

L’ama se pone muy rara cuando viene el joven dotó, pareciera que ‘ta namorá —decía una negra vieja del servicio doméstico.

Al cabo de unas cuantas semanas, el chisme había trascendido los muros de la casa para convertirse en discreta comidilla del pueblo, aunque nadie había sido testigo de ninguna escena indecorosa. Una noche, algún bromista pintó con carboncillo, en el respetable portón de Iznaga, unos enormes cuernos que el portero borró antes de que el dueño de la casa se levantara, pero no antes de que lo vieran unas cuantas beatas que acudían a la primera misa y quienes lo comentaron en la iglesia parroquial. Vecinos perspicaces llegaron a decir que el adulterio se consumaba con la anuencia del marido, que en el fondo no era más que un perverso. Monsa vivía ajena a esas habladurías, absorta del todo en su enamoramiento.

Entre tanto, los problemas digestivos de Pedro Iznaga habían empeorado con una cierta celeridad, debida, según sospechas de Cantero, a una úlcera maligna. En algún momento, el médico, graduado en Estados Unidos, le había sugerido que se fuera a tratar a ese país, donde empezaban a ensayar algunas nuevas terapias para trastornos gástricos, pero el enfermo había rehusado con una especie de resignado fatalismo:

—Uno se muere cuando Dios quiere. Además, no creo que a mi familia le interese que llegue a viejo.

Cantero se sintió obligado a defender la lealtad de Monsa:

—Estoy seguro de que su mujer se sentiría muy infeliz si a usted le llegara a pasar algo.

Pedro Iznaga lanzó una carcajada.

—¡Qué poco conoce usted a las mujeres, amigo mío! Ésa ya debe estar haciendo planes con mi herencia, pero podría llevarse una sorpresa.

Cantero no pudo dejar de prevenir a Monsa en algún momento en que se encontraron a solas:

—Tu marido está pensando cambiar el testamento y no creo que sea para beneficiarte.

—Esa sería su última canallada, después de haberme arruinado la vida.

Esa noche, Monsa se fue a la cama preocupada por un aviso que podía afectar seriamente sus planes futuros. Aunque protegida por la cuantiosa dote que había aportado al matrimonio, aspiraba a disfrutar de la totalidad de la fortuna de don Pedro, si éste moría cuando sus hijos fueran aún menores. Soñaba con una vida de lujos junto al hombre que, al parecer, había decidido esperar su viudez (que siguiera soltero con todas las mujeres del pueblo tras él, para Monsa equivalía a un compromiso tácito). Entonces pensó por primera vez en la necesidad de acelerar el fin de su marido que, en opinión del médico, habría de ser atroz. Se desveló en la tarea mental de conciliar el acto criminal que le dictaba su egoísmo con la piadosa intención de evitarle al padre de sus hijos una muerte peor; y se levantó decidida a llevar a cabo su proyecto. Lo único que aliviaba los padecimientos de Pedro Iznaga eran las gotas de belladona que le había recetado Cantero al tiempo de advertirle:

—Sé prudente al dárselas. Una dosis excesiva puede matarlo.

No muchos días después, y luego de un episodio de vómitos y terribles dolores de estómago, Pedro Iznaga se echó en su cama para no levantarse más. Al final, sufrió un espasmo respiratorio que le paralizó el habla y le dilató extrañamente las pupilas, dándole a su rostro un aspecto feroz. Una esclava contaba que su mujer le fue a tomar la mano y que él la había rechazado bruscamente, comentario que acentuó las murmuraciones. Cuando llegó Cantero, enviado a buscar con urgencia, el pulso del enfermo se apagaba. Monsa no pudo olvidar nunca la expresión del agonizante ni la mirada del médico, que no supo si había sido un reproche o un signo de complicidad.

Las murmuraciones se vieron confirmadas cuando, un año después, Monsa y Cantero se casaron y se mudaron casi enfrente del Palacio Iznaga a una casa que hicieron remozar. El rendimiento del azúcar crecía sin límite visible, y la industria se modernizaba y producía zafras cada vez más copiosas. Llegaron nuevos hijos, viajes, fiestas, visitas de postín, homenajes y reconocimientos públicos. Justo Germán Cantero, gracias a su talento de empresario y a la fortuna de su mujer, se había convertido en un magnate ilustre que sabía derrochar el dinero… Después vendría el diluvio.

A pesar de su previsora inteligencia, él tampoco había visto la necesidad de asociarse con otros productores; y a su muerte, ocurrida cuando empezaba la decadencia económica de Trinidad, la ruina de su patrimonio parecía inevitable. Monsa lo sobrevivió por muchos años, casi reclusa en el mirador de su casona, desde el cual, en las noches de lluvia, creía oír la risa estentórea y sarcástica de Pedro Iznaga.


Vicente Echerri nació en Trinidad en 1948.  Ha publicado los poemarios Luz en la piedra y Casi de memorias, y las colecciones de relatos Historias de la otra revolución (1998) y Doble nueve (2009). Este cuento pertenece a su libro inédito Memoria del paraíso.