Jueves, 14 de Diciembre de 2017
21:00 CET.
Entrevista

Sin memoria no hay imaginación

El último libro de Enrique del Risco, Siempre nos quedará Madrid (Sudaquia Editores, Nueva York, 2012) fue presentado recientemente en la Feria del Libro de Miami, y ha venido a incorporarse a ese recinto estrecho que constituye, aún hoy, la memoria cubana llevada a la prosa. El hecho de que los pocos ejemplos que ostentamos hayan sido libros llamativos (recordemos a Cabrera Infante, Padilla, García Vega, Arenas, Piñera, etc: toda esa memoria punzante) no significa que hayamos sido prolíficos a la hora del recuento.

Por ello, se agradecen estas vivencias desde la perspectiva de un escritor que nunca se ha conformado con el relato suntuoso con que otros han disfrazado el devenir nacional. Sus cuentos y ensayos abordan la perspectiva de la levedad, en todo su buen sentido, necesaria para el contrapeso que serviría al equilibrio de la balanza, y con ingredientes siempre provechosos: humor, y algo de cinismo.

Ahora, hurgando en su inquieta biografía, el escritor rescata el peculiar itinerario que resulta ser La Habana-Madrid-Nueva Jersey, con un libro que bien podría ser otra guía eventual para aquellos afortunados que consigan instalarse, cuando ya no quede otro accesorio, en una Máquina del Tiempo. Por si faltaran aristas, incitaciones: algunas preguntas.

Siempre he creído que la transcripción de nuestra propia realidad sería más eficiente, literariamente hablando, que acudir a la ficción en cualquiera de sus variantes. Por supuesto, estoy pensando en la Cuba reciente y su cuota de absurdo, ridículo y caos. ¿Compartirías ese aserto, y podría esa condición enriquecer un género que escasea en nuestras letras: el memoir?

No estoy seguro de que el memoir sea un género más eficaz para transcribir nuestra realidad pero sí pienso que es imprescindible. Nuestra cultura tiene un déficit de memorias, diarios, autobiografías, biografías, monografías históricas y todas esas variantes de lo que llamo "géneros útiles": los que están relacionados con la memoria personal y colectiva y que son los que dan profundidad y solidez a una cultura.

Los pocos ejemplos que existen casi siempre están dedicados a próceres y asesinos ilustres que no creo que sean los que mejor nos resuman como pueblo. Sin imaginación no hay sentido (de la vida, del mundo) pero sin memoria no hay imaginación. Yo atribuyo esa carencia de producción literaria asociada a la memoria a una severa falta de autoestima en un pueblo que pretende trascender la pobreza de sus circunstancias a través de la ficción y del mito. Pero no basta con criticar, algo hay que hacer para suplir ese vacío.

En el caso concreto de Siempre nos quedará Madrid escogí las convenciones del género del memoir no porque mi experiencia como inmigrante fuera excepcional sino justo por lo contrario: era tan típica que pensé que de alguna manera podía resumir la de toda una generación que emigró en los años 90, sobre todo a Europa que hasta entonces había sido un destino migratorio más bien raro entre los cubanos. En ese sentido el memoir me resultó más eficaz. Intentar traducir a la ficción esa realidad cotidiana y repetida del inmigrante hubiera sido falsearla.

De cierta manera, este libro funciona como una 'guía de supervivencia' a un hipotético emigrante al Madrid de aquellos años. Desde la perspectiva cubana, ¿cuán diferentes son el Madrid de hoy y el que conociste entonces?

El cambio fundamental que se ha producido en Madrid (y en toda España) desde 1995 en que llegué por primera vez —al menos desde el punto de vista de un inmigrante— es que en aquella época los inmigrantes éramos todavía una rareza. Ya no se trataba de que los españoles fueran más o menos tolerantes, simplemente no tenían mucha idea de cómo lidiar con ese fenómeno excepto unos fantasmagóricos skinheads —con los que nunca me tropecé pero de los que oí hablar como una suerte de leyenda urbana— que se suponía que debían matarnos en cuanto nos vieran.

Pero todo eso cambió a partir de 1998 —ya para entonces no vivía allá— cuando en un año entró en España un millón de ecuatorianos. Entre ellos, los europeos del Este, los asiáticos, los africanos y el resto de los latinoamericanos, esa ilusión de una España castiza y cañí se diluyó por completo.

A pesar de todas las expectativas que un emigrante cubano pueda llevar consigo, al llegar a su nuevo destino suele ser recompensado con más de lo que imaginó, pero también sufre decepciones. Me gustaría que ejemplificaras un poco de ambas.

Recuerda que yo salía del medio del Período Especial en Cuba que es como salir de la Nada no solo material sino también social, informativa, intelectual. Así que de España me entusiasmaron dos cosas: la libertad y todo lo demás. Y digo "la libertad" porque es una idea que suena muy bonita pero hasta entonces yo solo tenía eso, una idea. Así que disfruté el ponerla en práctica en las cuestiones más elementales: elegir qué comer, dónde vivir, a dónde ir, qué libros leer (que gracias a las bibliotecas municipales las opciones eran casi infinitas), qué películas ver y hasta darme el gusto de fumarme un porro (sin ser precisamente un entusiasta de la cannavis sativa) delante de un policía solo por darme el gusto de comprobar que no me llevaría preso.

En cuanto a las decepciones creo que la más sorprendente fue descubrir lo provinciana que podía ser Europa si se lo proponía. Ver que, a pesar de ciertos islotes de cosmopolitismo, los europeos (y los españoles en concreto) podían sentir tan poca avidez por el mundo, justo lo contrario de lo que nos ocurre a los latinoamericanos. Ver que los descendientes de los que habían conquistado América y los primeros en darle la vuelta al mundo iban a vacacionar cada verano al mismo sitio en Murcia y apenas sí conocían el resto de España. Entonces uno cae en cuenta que los descendientes de aquellos aventureros somos nosotros, los latinoamericanos, y no los que se quedaron allá.

Me llama la atención la franqueza con que abordas muchas de las situaciones que viviste, muchas de ellas engorrosas y poco aconsejables para la autoestima. ¿Hubo momentos en que te preguntaste si valía la pena describirlas tal como sucedieron, o quizás vadearlas de algún modo?

Cualquier santero sabe que para que un "trabajo" u ofrenda funcione tiene que contener algo que alguna vez estuvo vivo, sea plátano o sangre. Si uno acepta entrar en el juego de la memoria debe intentar ser lo más honesto posible con el lector y consigo mismo. Por otro lado no escribí el libro para mitificarme como persona o como escritor —la auto mitificación no es parte de mi idea de lo literario, algo en lo que seguramente estoy equivocado— así que no me sentí incómodo describiendo esas situaciones. Sí recuerdo que una vez terminado el manuscrito se lo pasé a un amigo, que es a su vez uno de los lectores más finos que tengo, y él me señaló que escamoteaba ciertas circunstancias (incluía a terceras personas, algo con lo que tengo más cuidado). Reescribí el capítulo (falseando el nombre de la otra persona que aludía, por supuesto) y cuando se lo volví a mandar me dijo "Ahora entiendo por qué esquivaste el asunto en la primera versión". Pero bueno, así mismo lo dejé.

Por lo general, al hombre de letras le resulta más difícil adaptarse a vivir en 'el mundo real', ya sabemos: adquirir responsabilidades nuevas, insertarse en lo desconocido, negociar con el prójimo que espera cada vez más de ti… Todo ello termina siendo procesado y convertido, con suerte, en literatura. ¿Hasta qué punto la falta de sentido práctico, algo que resulta común entre nosotros, te ayudó a ser la persona y el escritor que eres, viendo que terminaste al otro lado del Atlántico, en Nueva Jersey?

La falta de sentido práctico no creo que ayude a nada en el mundo real si se descuenta el impulso que te da para asumir ciertos riesgos sin pensar demasiado en las consecuencias. En cambio tener conciencia de que eres un ser bastante torpe controla esas ansias —tan cubanas— de querer pasarte de listo, de pensar que le vas a explicar a la gente cómo funciona el mundo en lugar de aceptar que tienes muchísimo que aprender.

Para lo único que me ha ayudado esa ausencia de sentido práctico es para seguir escribiendo, ocupación inútil como pocas si la utilidad de las cosas se mide en dólares o en euros. Es lo único que explica que, luego de ganarme el pan, en vez de dedicarme a ganarme la mantequilla me ponga a escribir.

¿Podría decirse que el exilio de un escritor es ventajoso, si hablamos de retórica, etiquetas generacionales, temas viciados, convencionalismos, una perspectiva más universal?

Alguna vez he dicho que toda escritura implica alguna suerte de exilio: distanciarse de una realidad y al mismo tiempo obsesionarse con ella, exprimirle sentido desde la perspectiva que te da esa distancia. Eso en sentido metafórico, porque en sentido concreto, estrechamente concreto, el exilio, tal y como se lo concibe usualmente, es una trampa. Sobre todo si se vive como la imposibilidad trágica y lacerante de volver al punto de partida.

Fuera de unos cuantos ejemplos felices, el escritor exiliado resulta ser un inadaptado a la sociedad en que vive y su universo mental sigue enredado con preocupaciones que ya en su lugar de origen resultan anacrónicas. Esa es una trampa, como puedes suponer, bastante peligrosa.

Lo mejor para un escritor sería viajar libremente sin esa relación dramática con su lugar de origen, viva donde viva. Eso es algo que, por cierto, pasa muy poco con los escritores cubanos de la Isla, que ni teniendo el privilegio de viajar son libres.

Cierto que la mayor parte de los debates literarios dentro de Cuba me resultan deprimentes por lo reducido de sus preocupaciones, su engreimiento al citar libros que los demás no han leído, su bobería profunda, su cobardía intelectual y de cualquier otro tipo, pero los que vivimos fuera tampoco estamos a salvo de otras cobardías, otros engreimientos y otras boberías.

Si algo nos salva es vernos, más que como exiliados, como fugitivos, como cimarrones perpetuos, disfrutando cada minuto de la fuga. La mayoría de los que nos fuimos en los noventa, como esos proletarios que describía Marx, ese poeta, no teníamos nada que perder, solo las cadenas. Pero como mismo existe la falsa ilusión de que con la fuga ya entraremos al mejor de los mundos posibles existe otro impulso (que aparece generalmente una vez que nos hemos desengañado de la primeras ilusiones) que nos hace añorar las cadenas y el barracón, cuando no al mismísimo mayoral.

Mi solución a este dilema —al menos en lo que concierne a la literatura— ha sido dejar de escribir directamente de la realidad de la Isla. Tanto me he alejado de ella que ahora se me escapa en sus detalles más nimios, que a la larga son los que más importan para hacer literatura. De ahí ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (un libro en el que me concentro en historias de emigrantes y exiliados de medio mundo), Siempre nos quedará Madrid o mi proyectada Trilogía cubana del Hudson, un ciclo de novelas que estoy escribiendo con las que he tratado de reconstruir una mínima parte de la presencia cubana por estos lares.

No todo el mundo tiene la memoria prodigiosa de un Cirilo Villaverde (a quien dedicaré una de las novelas de la trilogía) para reconstruir con tanto detalle un mundo tal y como lo conoció más de cuarenta años antes. La experiencia cubana rebasa con mucho la estrecha geografía insular y trato de aprovecharme de ello.

Si hablamos del altar nacionalista, la historiografía y la literatura parecen ir de un extremo a otro: la solemnidad, y el cinismo que intenta socavar sus bases. ¿Estaremos a punto de encontrar un punto intermedio, la necesaria imparcialidad?

No puedo hablar en plural, pero al menos eso es lo que intento. Tanto el cinismo como la solemnidad en naciones tan débiles y jóvenes como la nuestra son gestos redundantes y excesivos. Hay que ser generoso con una cultura que en menos de dos siglos consiguió tantas cosas, pero al mismo tiempo no olvidar lo irrelevante que resulta tanto esfuerzo en el marco de la cultura universal (si se exceptúa —quizás— la música). Cervantes encontró el tono perfecto en El Quijote, justo cuando el imperio español iba de capa caída, y ese tono, equilibrado entre la burla y la complicidad, siempre ha sido mi modelo a seguir.

El humor es una de tus mejores armas, quizás la más peligrosa. ¿Puede el humor resultar un inconveniente a la hora de escribir ensayos, memorias, relatos; a la hora de idear una convocatoria cívica? Estoy pensando en esos lectores que anticipan cosas, que esperan que una confesión tuya tenga por necesidad que hacerles sonreír. No sé, digo, yo…

Uno escribe como puede, no como quiere, y el humor —o al menos la idea que tengo de él, que es que no debe ser algo necesariamente cómico— me acompaña a todas partes, incluso en los momentos menos convenientes.

Somos hijos de la convención y el humor —que siempre anda cuestionándose las convenciones— a menudo resulta un estorbo en la comunicación. Por otro lado, trato de ser sensible con el material con que trabajo, y en este caso se trataba de la memoria. De manera que intenté ser fiel a ella, no solo en la precisión de los recuerdos sino al reproducir el tono en que percibí aquella experiencia de salir por primera vez de mi país e instalarme en otro.

Así que los momentos claramente cómicos no abundan sin que por eso sea un libro melodramático o melancólico. Por eso es que desde hace mucho tiempo uso dos firmas para mis textos. "Enrisco", si pretendo ser más o menos cómico (algo que casi nunca consigo pero no es por falta de intentarlo) y "Enrique del Risco" para todo lo demás, sin renunciar por ello al humor.

Sabemos que algunos escritores del exilio todavía podemos encontrar espacio editorial en la Isla. No creo que algunos de tus libros, como Leve historia de Cuba y Elogio de la levedad, sean amablemente recibidos. ¿Qué objeciones, te imaginas, les opondrían? ¿Sería prueba suficiente de que las cosas han cambiado, si un buen día Letras Cubanas aceptara editarlos?

Ni siquiera en Cuba pensaba en las objeciones que les pondrían a mis libros. Simplemente escribía. No es que fuera valiente o suicida; en vez de escribir "¡Abajo Fidel!", ponía "¡Abajo el Presidente!", algo que por aquel entonces incluso me parecía más elegante y "universal". (Sobre esa obsesión cubana con lo "universal" valdría la pena escribir un libro).

Si en Cuba quieren publicar mis libros —sin cortes y sin compromisos— es un asunto de ellos. No me opondría —si es lo que me quieres preguntar—, aunque me consta que ya en la Isla mis libros se leen en pdf con mucho más entusiasmo, sospecho, que si los publicara la editorial Letras Cubanas.

Pero tampoco me haría ilusiones. El castrismo se ha hecho más sutil en sus modos de lidiar y manipular la producción del exilio. La única prueba realmente convincente de que algo ha cambiado —al menos los cambios que a mí me interesan— sería que respetaran el derecho de la gente a expresarse libremente en cualquier espacio público sin perseguirlos por ello, a reunirse, a crear partidos, a exigir elecciones libres.

No olvido que —al menos con respecto a Cuba— antes de ser escritor soy ciudadano. Es de cualquier manera una cuestión delicada porque no me gustaría que se usara un libro mío para simular la libertad que le niegan a la gente en la calle y sin embargo quizás los mismos que son reprimidos preferirían tener a su alcance libros escritos en el exilio, más allá de las manipulaciones a las que se presten. Habría que preguntarles a ellos.

Siempre pensando en todas las encrucijadas que enfrentaste, y que se reflejan en muchos momentos del libro, ¿cómo te imaginas a un Enrique del Risco imposibilitado de viajar, residiendo todavía en Cuba y rodeado de agua por todas partes?

Nunca me he vuelto a imaginar en esas circunstancias excepto en algún que otro sueño y créeme que hay pocas pesadillas que me resulten tan angustiosas.

Me gustaría pensar que de haberme quedado en Cuba me habría mantenido escribiendo en la misma cuerda, desafiando al sistema cada día un poco más, ganando espacios. Me gustaría pensar que con el tiempo habría abierto un blog diciendo las mismas cosas que digo acá afuera y compartiría destino y golpizas con los que están en Cuba haciendo lo mismo, pero no me gusta hacerme ilusiones sobre mi valor personal. Si me fui a la primera oportunidad que tuve fue también para no tener que ponerme a prueba hasta las últimas consecuencias y descubrir que era mucho más cobarde de lo que pensaba, para no terminar avergonzándome de mí mismo.

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