Viernes, 30 de Septiembre de 2016
18:41 CEST.

No FM

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Si Dios es chileno, la Virgen milita en la derecha y, por supuesto, para completar la Trinidad, Bisama ya no es el escritor chileno, sino ese presunto vencedor: el autor chilensis.

No mucho ruido hacen esos seres innominados de la última novela de Álvaro Bisama (Valparaíso, 1975). Ninguno lleva nombre propio ni parece necesitarlo. Voces apagadas que escuchamos en la radio. Nos basta con saber que "ellos", el "nosotros" que narra —i. e., los jóvenes, los transeúntes, los mutantes, los fantasmas de un pueblo también innominado— crecen y construyen la imagen difusa de un lugar en alguna parte. Luego "el vidente", "el jesuita", "las viejas devotas", "el astrónomo", "el periodista", "la muchacha de los stencils": solo Pinochet y la Virgen María tienen nombre.

Un adolescente drogado que afirma que la Virgen se le ha aparecido y que no puede sino devenir en atracción de feria, espectáculo que tal parece pensado por el gabinete presidencial. Ese adolescente cualquiera es "el vidente" —y, años después, es el transexual, la muchacha maquillada para entrar al cine, la vieja en la camilla de un hospital, la que muere de cirrosis.

Cada personaje aparece en escena lo necesario, no hay diálogo directo porque ninguno tiene voz, salvo quien narra desde la impersonalidad de su generación, desde su cálido "nosotros" (a veces, plural mayestático). Cada personaje es una sinopsis de sí mismo. El Papa que llega a Chile. Pinochet que llega a todos los rincones del país. Imágenes que se superponen cándidamente —para evitar que el lector se suma en asociaciones. Luego está la Virgen: una suerte de micrófono desde donde posicionarse para hablar: lo hace "el vidente", ese desconocido ajeno a todos y "elegido" por María (o por el pegamento); lo hace la dictadura que teme al comunismo, a Rusia, al fin del mundo, al terremoto.

La superstición, los personajes tipos, el aburrimiento, la niebla que recorre las calles y ofusca a los personajes, son lugares comunes a los que no escapa Bisama al estructurar la geografía del pueblo con su cerro de las apariciones. El carácter que pudo salvar el texto se difumina: la muchacha de los stencils, la que, por fuerza, es la única que cuenta una historia: cualquiera de sus stencils es más interesante que toda la novela de Bisama.

Cuatro páginas, un capítulo completo (de los más extensos del libro, por cierto) intentan explicar el significado del ruido. Cada definición es tan deleznable y prescindible como la que la antecede y la prosigue. La única verdad que entre líneas escapa es la de la tipografía como ruido. Así, la novela misma (explosión tipográfica, conglomerado de caracteres) no pasa de ser un poco más de ruido, entre otros muchos sonidos incoherentes.

Ya casi al final del volumen, el narrador confiesa que el verdadero ruido era la voz del vidente. Sin embargo, su voz nunca ha sido escuchada, nunca ha dicho algo, es la omisión expresa de la novela. Revelación que nos sobresalta, como mismo lo hace una confesión sobre la futilidad del propio libro: "Nos volvemos carne de ficción, nos enteramos que alguien hizo una obra de teatro sobre el vidente, que alguien va a filmar una película del caso. Pensamos en que no vale la pena". Si bien este reconocimiento resulta un ardid, otros pasajes lo desmienten. La candidez del autor llega al extremo: "Lo que pasa, lo que pasará sucede al borde de todo, en una parcela pobre, con un protagonista que ha perdido toda épica". ¿Desde cuándo no sabemos que todos nuestros héroes por fuerza son antiheroicos? Resultan tan ilusos los personajes como el escritor: la inocencia de Bisama es la misma que la de los apóstoles y las viejas seguidoras del vidente.

Su mariología termina, como era predecible, por cobrar tintes dictatoriales. La imagen de María que aparece en los vidrios rotos de los carros, cuando intentaron balear a Pinochet. "No podemos pensar en la dictadura sin la luz de la Virgen que ilumina el cuadro desde el fondo." "La Virgen es una metáfora feroz de aquellos días: una madre profana capaz de convocar el horror, de hacer aparecer la muerte. María es una Virgen de cartón piedra, una Virgen de mierda."

El tópico dictatorial instalado e instaurado en las letras chilenas, se resiste a borrarse y, sin cansancio, es reescrito. ¿Cuántos años tardará en que podamos leer sin el engorro y el lugar común? El hastío que nos provoca la dictadura omnipresente. Y quizás, cuando escribir en Chile sea el mutis dictatorial, entonces habremos sido cordialmente invitados a la muerte del escritor chileno —de ese escritor, de esas promesas, a las que Bogotá 39 puso dos nombres: Álvaro Bisama y Alejandro Zambra.

Bisama y Zambra, ambos deudores y practicantes de la religión del intertexto, uno principiante y el otro numerólogo y profeta: Zambra con una inclinación copista y de pastiche; Bisama más fabulador y digresivo, pero siempre aferrado a esa concha hueca que se encuentra y en la que no hay perla alguna, pero aun así se resiste a abandonarla —léase transversalmente Dios es chileno (Editorial Planeta, 2007) y Ruido.

Mientras Zambra nos tortura con sus melifluas historias, que siempre terminan por caer en sus dos preciados y únicos tópicos: el amor y la dictadura, Bisama prefiere las áreas contraculturales, lo freak, lo fantástico, la ciencia ficción, los zombis. Y, por otra parte, está la profesión de fe. Ser santiaguino o no, es una cuestión de credo literario en sí: Zambra escribe desde su identidad capitalina, su Historia solo puede escribirse con mayúsculas; mientras que Bisama es el autor pueblerino, encarnación de la contracultura, del fatalismo geográfico (para los adeptos y feligreses del término). Zambra más del melodrama, educado en esa parcela de Hollywood; Bisama fanático de Tron y de otra área del cine californiano. Mas, al fin y al cabo, ambos lo mismo, salvando el hecho de que Bisama al menos conoce la distinción genérica —cuando publica una novela trata de que sea tal.

La maldición de Bolaño, que ya transgrede la literatura chilena: la invitación que lanza Los detectives salvajes ha devenido fatum, traumática propuesta: todos se han sentido cordialmente invitados a hacer la literatura latinoamericana (o a hacer literatura a secas). Aquí está Ruido para corroborarlo: un libro que tal parece que lo escuchamos desde la voz de alguien en la radio que, en medio de la noche, no puede dejar esos toques afectados y melifluos; y aunque intentemos cambiar de emisora, no podemos, el ruido ha llegado y ha puesto su morada entre nosotros: ahora no basta apagar la radio, hay que acabar por siempre con esta frecuencia: No más FM.


Álvaro Bisama, Ruido (Alfaguara, Santiago de Chile, 2012).