Jueves, 14 de Diciembre de 2017
15:56 CET.

Se vió llegando al aeropuerto...

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Se vio llegando al aeropuerto sórdido como las noches invadidas de sombras. No podía vestirse. Trató de ordenar la ropa y no pudo. Tengo que sentarme. De todas formas, tengo que vestirme. Ya tengo el pasaje y me están esperando. Cualquier cosa, cualquier camisa, los zapatos. Tengo frío. Todo lo que pueda imaginarme es poco. Tengo al frente la maleta. No es la misma que traje. Aquella la boté enseguida. Estoy atolondrada. El más pequeño error en el pasaporte, un nombre mal puesto en cualquier papel me puede rendir sospechosa. Todavía quieren que les lleve regalos. Como siempre, se han salido con la suya. Me tienen de vuelta, en sus manos, moribunda, empequeñecida y muda. ¿Cuál será el aparato que tendrán listo para mi demolición? ¿Cuánto tiempo hace que estoy acá? No me acuerdo. He perdido la memoria. Registrarán todas mis pertenencias. Uno a uno todos los recuerdos serán interrogados. Los aeropuertos me perturban. Me dan miedo. Entrar en ellos, no poder salir de ellos. Tengo que mantenerme rezando. Eso sí, el corazón aguanta. Aguanta palos, corazón. Rájate que me harás un favor grande en este momento. Pero el corazón es un escorpión más que te echa en el mar lleno de guijarros. Tengo un dolor implacable. Nadie lo sabe. Yo no puedo ir a ese lugar, si entro no me dejarán salir. Mis peores pesadillas se aúnan todas al presente. Estoy presente para encarcelarte. Que todos sepan que si no regreso no es porque soy culpable. No, no he hecho nada malo. Algo malo debes haber hecho. Mírate. Me miro. Mírate en ese espejo. ¿No te da vergüenza tener el pelo tan corto? Si me creciera durante el viaje. Pero el viajecito dura solo un par de horas. Ojalá que el pelo se me caiga por completo. Les diré que es la quimioterapia, que estoy enferma. Que todo este tiempo lo he pasado enferma, extrañando las palmeras, los cocos, el agua del Cienfuegos Yacht Club, el olor a salitre, el azul transparente del mar. En la baranda pasaba el tiempo contemplando el agua. Hay mucho mar en Cienfuegos. En la mazmorra que te meteremos, niñita, te crecerá el pelo. Tendrás agua para jugar. Veinte años más de juegos y rejuegos. Nadie te reconocerá cuando salgas de aquí. Todo el mundo estará muerto y para entonces estarás en el laboratorio y no te acordarás que tuviste otra vida, otra vida en otro país. No sabrás que tuviste pasado, estarás en las mismas, tratando de obtener memoria, desesperada, dando brincos en la jaula, clamando por recuerdos. La oscura noche, el descenso ya llega. Aparecen las furias: Bartolo, Cuco y Sergio. Cuco tiene una verruga que en cualquier momento explota, lanza unos grititos y me da pellizcos en la nalga. Cuco, el bromista del pueblo, el casadito con Haydee la flaca. A Bartolo es el que le toca quitarme los pantalones y a Sergio, ponerme los improperios. Ahora que los tengo frente a frente no les tengo tanto miedo. Sergio con su pata podrida. Ha sufrido tanto que es posible que tenga conmiseración de mis riñones. Nunca sospeché que yo terminaría en este lugar a merced del pasado. A la memoria hay que darle patadas. El pasado siempre vuelve. En realidad, no vale tanto, es una noche como hoy, qué más da acá que allá, siempre estará el aparato, el cajón donde entras y empieza todo a moverse. El que vaya o no vaya no cambia el hecho de que mi cuerpo tiembla. Las maletas que llevo tienen flores húmedas, arroz cálido para pájaros que no vuelan. Silenciosa vas y vienes deshaciendo las maletas en el vaivén de qué encontraré. Solo el amor abre las rejas. No dormiré, ya lo sé. Óyeme: no hay vigilantes.

 


Magali Alabau nació en Cienfuegos en 1945. Sus últimos libros publicados son Dos mujeres (Betania y Centro Cultural Cubano de Nueva York, Madrid, 2011) y Volver (Betania, Madrid, 2012), al cual pertenece este texto.

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