Viernes, 15 de Diciembre de 2017
01:49 CET.
Narrativa

A Reikjavik

 

Se aleja la tormenta. Milagrosamente según diría tu abuela hemos quedado en pie y al mirar alrededor cuán poco se ha salvado, agradeces a quienes quiera que sean los dioses, los ancestros, las leyendas que deberías recitar de memoria. Envuelta en la paz demoníaca prendes una vela ante la foto de la abuela y ella sonríe, pero tú no. Sabes que has sentido su aliento tras la nuca mientras almacenabas agua, nerviosa, previendo la llegada del huracán; y dentro de tu ansiedad cada suspiro, recuerdas, era un poco ella, también. Porque es innegable: todo lo que sabes de ciclones lo aprendiste junto a la vieja en el retrato, espiando su miedo, burlándote de sus rezos. Y ahora enciendes esa vela. Se ha ido el viento y aún tiemblas. Observas la llama vacilante y palpas el pecho sin conseguir encontrar el corazón porque te duelen los pies, las piernas, los muslos. Tal vez si lloraras. Pero ni siquiera sabes por qué lo harías, si el huracán ya se fue y ahí estás sola en mitad de tu cuarto con ganas de llorar sin lograrlo frente a la cara sonriente de la abuela muerta, inmóvil tú, sin embargo, sí, sin embargo imaginando que ya no estás.

 

Tras el huracán, no bien reconoces que si estamos vivos es por casualidad, repites "gracias", como quien se aferra a un amuleto, buscando protegerte de lo que vendrá —cualquier cosa buena o mala que venga—; e inmediatamente te ves calentando los motores de un descapotable amarillo, casi lista, los discos dentro de la vieja caja de Saint Émilion y encima, la pequeña mata de yerbabuena. Con todo empacado te imaginas, aérea, rumbo a Reikjavik.

 

Imaginas. Mas preparas una tisana con hierbas malolientes que solo los nórdicos saben mezclar y hundes la nariz en el centro de la taza, aspirando, cayendo en un géiser o como supones, todavía, porque no has puesto un pie en Reikjavik, que debe ser caer en un géiser. Sin burbujeo ni salpicadera. A menos que los crees jugando con tu cucharita plástica en la taza de porcelana barata, con florecitas malvas y ribete dorado. Salpicada o no, lo que importa ahora es acabar de montarse en ese descapotable y volar y caer y desaparecer en el centro de la calma. Diluirse. Reikjavik. Que salgan las lágrimas al final goteando sobre el torbellino del géiser. O congeladas dentro de la respiración vikinga. Afuera. Fuego luchando bajo el hielo y frente al oleaje. La espera de los demonios suele ser eterna.

Eso, o aprender a esculpir la inocencia, que es lo menos malsano que se te ocurre desear cuando el día sigue así de gris y ya es un hecho, ya la nadería, la mediocridad y el "así es la vida" (acompañado de los consabidos alzamiento de hombros y suspiro) están de vuelta. Más glotones y tempraneros que en años anteriores.

¡Protéjannos, dioses del meneo y la luz!

O partamos a Reikjavik.

 

¿En plural? ¿Para qué si estás sola desde el principio? Ya no quedan ni los lugares por los que caminaste de su mano. Los acaba de devorar la tormenta. Él no ha estado nunca, desde el principio. Tú en cambio sigues ahí varada aun cuando los vientos se han marchado. Es hora de partir. Días vikingos se anuncian. Una vez agotado el té, habrá que terminar de empacar y alejarse, aspirando a que la inocencia se empine erecta, para poder cubrirle entonces el pecho con escote salesiano. Encima, la parka rellena con plumas de oca. Una cucharada de miel, dos, tres, cuantas sean necesarias, como una osa. Del brazo de la inocencia, ya con su escote salesiano y la parka invernal, es como único estarás lista para abrir, mano enguantada, la portezuela amarilla en plena pista del Keflavik International Airport. Sola.

 


Odette Casamayor Cisneros nació en La Habana, en 1972. Su último libro de narraciones publicado es Una casa en los Catskills (La Secta de los Perros, Puerto Rico, 2011).

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