Viernes, 30 de Septiembre de 2016
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Art Pepper: Too Close for Comfort

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Confieso que nunca había escuchado de manera tan obsesiva a Art Pepper hasta después de leer su autobiografía. Saber que Intensity, por ejemplo, su disco de 1960, fue grabado de manera rápida un par de días antes de que a Pepper lo condenaran a "entre dos y veinte años de cárcel" por consumo y tráfico de drogas, no solo realza el dramatismo de su música, sino, que nos hace entenderla de otra manera, como si a veces la desgracia fuese el mejor apoyo de la excelencia; la premura, el aliado número uno del placer.

Su saxo, el cual se ha comparado tantas veces al de Charlie Parker, Miles Davis, John Coltrane et al., es, sin dudas, otra cosa. No solo porque Pepper (California, 1925-Los Angeles, 1982) nunca se identificó mucho con el sonido de la Costa Este, esa zona que tendría como meca a Nueva York, y él, más acostumbrado a "la provincia", entendería como una suerte de chirrido de trenes, caos. Sino, porque para el músico de California tocar tenía más que ver con la alucinación, el viaje opiáceo, el chutazo, la enfermedad. Y nada más cercano a la enfermedad que la música, tal y como describe Bernhard en El sobrino de Wittgenstein, esa novela sobre la obsesión y la tuberculosis. Nada más curativo. 

Una vida ejemplar, su autobiografía, escrita junto a Laurie Pepper, su cuarta esposa, es la confesión a veces cómica y a veces despiadada de uno de los duros del jazz. No solo porque Art fuera uno de los intérpretes más curiosos de la escena norteamericana a mediados de los sesenta, con un fraseo elegante y a la vez cálido: swing o groove le llamaron a esto los entendidos; más bien, porque debido a su vida (desde muy temprano empezó a experimentar con todo tipo de drogas y después de muchos intentos murió enganchado a cualquier cosa que le vendieran) y a su don oral, hoy tenemos una de las mejores descripciones del mundo canallesco norteamericano. Mucho más entretenida que muchas de las novelas turbias que se publican año tras año sobre el tema, e incluso, más orgánica que Las cartas de la Ayahuasca, el excelente intercambio entre Burroughs y Gingsberg. Un clásico que por su énfasis mítico-cultural casi pudiera entenderse como un complemento a este libro.

Pepper, quien pasó gran parte de su vida adulta en diferentes cárceles de Estados Unidos: Fort Worth, San Quintín, Chino, la cárcel de Los Ángeles, y un correccional como Synanon, donde los pacientes tenían que someterse semanalmente a una terapia de agresión verbal a los demás, nos cuenta en su autobiografía sobre su dura relación con su madre: "lo que quería era beber, ir guapa por la vida y tener amiguitos"; sobre sus relaciones con las mujeres, su drogodependencia y su racismo ("habría que matar a todos los negros"); sobre su relación con Dios, la cual era a todas luces un conflicto con él mismo; sobre su particular manera de entender el gremio musical (todos "chivatos o correveidiles"), y sobre la oscuridad —el apagón— del sistema carcelario norteamericano. Sistema que, cuentan también algunas películas, fue, en los años cincuenta del siglo pasado, lo más parecido al infierno.

"En la cárcel del condado (…) conocí a un joven chicano al que encerraron en la celda y empezó a vomitar. El chico no hacía más que vomitar, una y otra vez, y llamar a los guardias, sin que le hicieran el menor caso. De tanto vomitar, al final se le reventó un vaso sanguíneo en el estómago y se desangró hasta morir, ahogado en su propia sangre. Así era como trataban a los drogadictos."

Violencia que sin dudas dota de un extraño interés a esta autobiografía y nos deja con la sensación, después de haber vuelto a escuchar algunos de sus Lps, de que en su caso: la cárcel, la heroína, "la sentencia de muerte", el no arrepentimiento, el odio, fueron más que necesarias para que éste produjera su música (en la mayoría de los músicos su paso por el binomio presidio-droga es solo un lugar común) y para que se "viera" o encontrase a sí mismo. Y eso, creo, queda claro en muchos de sus discos. En ellos se nota el hambre del que no vive de su música y a la vez no puede vivir sin ella, del que tiene que tocar para pagarse el próximo "chute" y a la vez siente el goce único de lo prohibido, del que se entrega y a la vez se vacía. Y de este vacío es de lo que sin dudas habla su autobiografía. Un vacío tan intenso que al final ni siquiera le hizo falta rellenarlo con muchos discos para ser considerado unos de los grandes del siglo XX. Un vacío tan original que ni siquiera otros, pasando por un calvario parecido, se le pueden parar aún al lado.


Art Pepper, Una vida ejemplar (Global Rhythm, Barcelona, 2011).