Jueves, 14 de Diciembre de 2017
20:01 CET.
Entrevista

Abilio Estévez entra en La Sonrisa Vertical

Después de El bailarín ruso de Montecarlo (2010), de El navegante dormido (2008), de Inventario secreto de La Habana (2004), de Los palacios distantes (2002) y de Tuyo es el reino (1997), novelas todas publicadas por Tusquets, Abilio Estévez entra con nuevo libro en La Sonrisa Vertical, colección reservada a la literatura erótica.

El año del calipso, ¿es un libro para ser leído con una sola mano, como formuló Rousseau?

Ojalá sea un libro leído con una sola mano, eso significaría que cumplí mi objetivo. Quería escribir una novela erótica. Una novela cuyo tema fuera el erotismo, que no me permitiera mirar hacia otro lado, que me mantuviera concentrado en el cuerpo, en la batalla y el placer del cuerpo. Y por esto, también tenía deseos de divertirme e intentar divertir. Salir un poco del "pistoletazo en el concierto" del que habló Stendhal para definir la política en la novela, de esa trabazón histórica en la que estamos siempre atrapados, de manera tan inevitable.

Quería darme un respiro y alejarme un poco, en la medida de lo posible, de la tragedia que hemos vivido y que seguimos viviendo, porque al fin y al cabo no todo ha sido tragedia. Teníamos siempre una puerta que empujar, un cuarto donde encerrarnos y olvidarnos de lo que pasaba fuera. En gran medida, el sexo y la lectura fueron durante mucho tiempo nuestro único espacio de relativa libertad.

La novela comienza así: "Se acepte o no, todos tenemos un jardinero en nuestras vidas. Es lo habitual. Y no es extraño que ese jardinero aparezca para alterar radicalmente el curso de nuestro destino". Supongo que la alusión al jardinero es un homenaje a El amante de Lady Chatterley. Al guardabosque de la novela de D. H. Lawrence, que aparece citada más adelante en el libro. ¿Te consideras un lector de literatura erótica?

Sí, el personaje del jardinero fue una especie de homenaje a D.H. Lawrence. Y es que siendo un estudiante del pre de Marianao leí El amante de Lady Chatterley, o mejor dicho, La primera Lady Chatterley en una edición de Santiago Rueda que había en la biblioteca de 100 y 51, en Marianao. Nunca olvidaré la impresión que me produjo ese libro, aquella atmósfera explosiva que se creaba entre en un hombre condenado a una silla de ruedas, su esposa y un guardabosques.

También por esos años leí Las honradas, cuyo capítulo VIII (que a estas alturas uno lee con cierta condescendencia) me produjo una extraña revelación, algo mío que sí proyecto en Josán.

En general, no soy un gran lector de literatura erótica. Libros de gran extensión como Mi vida secreta, el anónimo inglés victoriano, lo he leído saltándome las páginas y buscando lo más erótico de ellas. A Henry Miller nunca lo he soportado. La pornografía es francamente aburrida si uno no va en busca de excitación sexual. Y es aburrida porque, como diría un profesor de escritura dramática, no hay conflicto.

Sí me interesa mucho el erotismo. A veces disfruto más descubriendo el erotismo escondido en la literatura, eso que Freud llamaba, más o menos, la "sublimación". Precisamente es muy inquietante el personaje del inválido marido de Constanza, en El amante de lady Chatterley, ese hombre atado a su silla de ruedas y quien se ve obligado a imaginarlo todo.

Me interesa todo lo que ha producido la represión que el cristianismo introdujo en Occidente, todo lo que tiene que ver con la culpa y cuándo comenzó a embromarnos la vida. Me gusta leer, sobre todo, a los teóricos del erotismo, a Bataille, a Octavio Paz, a Elizabeth Roudinesco.

El título menciona un año en la vida de un adolescente Josán, el año en que Josán descubre el sexo. Pero, ¿por qué el calipso?

Porque yo nací en Marianao, al lado del cuartel de Columbia, y muy cerca de mi casa vivían varias familias negras a los que llamábamos "los jamaiquinos", muchos de los cuales eran profesores de inglés en la escuela nocturna.

No sé si eran todos de Jamaica, supongo que no, pero eso da igual. Eran angloparlantes. A mí me fascinaba verlos tan elegantes los domingos, cuando iban a su iglesia pentecostal. Fueron las primeras mujeres con sombrero que vi en mi vida. Eran gente extremadamente educada, cariñosa y sensual. Tenían una sociedad donde hacían fiestas. Allí cantaban calipso. Un ritmo extraordinariamente sensual. Otra reliquia del mestizaje.

Hay, además, una foto mía de 1957, en la arboleda donde vivía mi abuela, con un pulóver donde hay dibujada la silueta de un negro que baila y unas letras: "Calipso".

Citas varias novelas eróticas o con episodios eróticos, y llegas a resumir y recontar algunos de esos episodios. Esas lecturas son útiles a Josán para asomarse al mundo del sexo. No voy a cometer la torpeza de leer El año del calipso como si fuese una biografía tuya, pero me gustaría saber a cuáles libros te asomaste cuando quisiste hacer tus propias averiguaciones.

Te agradezco la delicadeza (y por supuesto, la inteligencia) de no confundir a Josán conmigo. Si Josán viviera, ahora mismo tendría como diez o quince años más que yo. Todo parece indicar que, por desgracia, él se divirtió mucho más que yo en su adolescencia, y fue también más valiente y más desinhibido. También fue abordado por mucha más gente de la que pude haber sido abordado yo a los quince años.

Cierta amiga querida me preguntó cómo llevaba yo el que un sacerdote hubiera tratado de seducirme. No, no hubo sacerdotes en mi niñez, ni para seducirme ni para nada, como no fuera en una rápida y desapasionada primera comunión. Claro, es inevitable que haya muchas cosas mías en Josán, como las puede haber en la hermana Vili, o en el Negro Tola.

Creo que mi descubrimiento del erotismo (no del sexo, sino del erotismo), fue gracias a la literatura. Fue la literatura la que comenzó a darle al estímulo sexual su añadido de complicación, de vuelta de tuerca, de cultura. Date cuenta de que el primer libro que leí de verdad fue una versión abreviada de Las mil y una noches que me regaló mi madre. Mayor erotismo, imposible.

También los muchachos nos prestábamos novelitas pornográficas que sacábamos de aquí y allá. Por ejemplo, todo el pasaje del voyeur en la Playa de Marianao pertenece realmente a una novelita pornográfica que alguien llevó a la escuela, y que (cuánto no me habrá impresionado) aún recuerdo como si la hubiera acabado de leer.

A lo largo de tu novela hay una sostenida reflexión sobre el lenguaje del erotismo. Advierto a los lectores que esa reflexión no entorpece los juegos sexuales que narras. ¿Cuán fácil se te ha hecho escribir algunas páginas, escoger las palabras que entran en ellas? Porque encuentro que has conseguido naturalidad al soltar términos riesgosos de administrar.

Es cierto, siempre me han atraído las metáforas y las palabras que se usan para mencionar la relación sexual y los órganos sexuales. Es maravilloso cuando estás leyendo a Fernando Ortiz, o El ingenio, de Moreno Fraginals, y descubres las relaciones entre el sexo y los otros fenómenos de la vida. Cuando te explican, por ejemplo, de dónde viene "echar un palo". Entonces las palabras se llenan de efectos, de ramificaciones, de reflejos.                                                                 

Es maravilloso descubrir la lógica de muchas palabras que a primera vista no parecen lógicas. ¿No es emocionante descubrir que singar es remar con un solo remo? Avanzar por un río con un solo remo. Y por supuesto que hay una erótica de la palabra. El lenguaje ayuda a aumentar el erotismo de una situación, en eso estaremos todos de acuerdo.

También ayuda a destruirlo, y valga la aclaración. El sexo puede ser mudo, el erotismo no. Puede ser silencioso, pero no mudo. Debes tener en cuenta también que, como te dije hace un momento, yo quería divertirme. Me pareció que si lograba divertirme escribiendo esta historia, quizá lograría divertir al lector.

A la corta o la larga, y perdona la obviedad, el erotismo no solo tiene que ver con la muerte, con el tánatos, sino también con el gozo, incluso con el gozo que provoca el saber que la muerte está ahí, y que es lo que da su grandeza a todas las cosas. Y el reto de usar palabras de administración riesgosa, como dices, era uno de las provocaciones que más me divertía. Creí que esas palabras, colocadas lo mejor posible en un contexto que ni las exigía ni las esperaba, que no parecía anunciarlas, podían impulsar un juego irónico y gracioso.

También debo decir que, como a mí no me gusta eso que se llamó "literatura sucia", algo que quizá sea bastante fácil de escribir (o de redactar), me excitaba mucho emplear sus términos y reponerlos en un discurso absolutamente distinto.

El año del calipso defiende la libertad sexual, la libertad de la imaginación. En una de sus páginas aparece esta defensa de la masturbación, de la paja, como defensa de la imaginación: "No es cierto que se recurre a la paja porque se carezca de amante, como no es cierto que se recurra a la literatura porque no se disfruta de la vida real". ¿Este libro le ha traído más libertad a tu literatura?

Sin duda alguna, este libro fue escrito desde la mayor libertad posible, tratando de huir del peso de la historia, de la política, del horror. Quería escribir un libro "amoral" y tal vez algo de eso haya conseguido.

No me interesó demostrar nada ni cumplir con expectativas por las que, al fin y al cabo, no tengo por qué preocuparme, que no tengo por qué cumplir. No sé si es un libro mejor o peor que los anteriores, pero sí sé que es un libro en el que me sentí muy a gusto. Libertad sexual, libertad de la imaginación, la literatura como posibilidad de salvación. La salvación por la literatura.

Tu novela contiene un método de fellatio en diez puntos, un decálogo de la fellatio. (Uso el latín en este caso, no porque encubre, sino porque es más breve.) Creo que puede ser muy útil para aquellos lectores que, como Josán, estén en su año del calipso. Si no recuerdo mal, ya aparecía este método en Tuyo es el reino.

Sí, el método aparecía, de otro modo, en Tuyo es el reino. Me gusta mucho retomar pasajes y rescribirlos desde otro punto de vista, mirarlos de otra manera, dejando que las nuevas experiencias y el tiempo transcurrido, lo rescriban. Al fin y al cabo uno tiene sus obsesiones y es bueno saber cuáles son.

No sé si ese "Decálogo del perfecto mamador" sea de utilidad. Lo que sí me parece que sea útil es entender la fellatio como una estrategia que encierra una gran generosidad. Generosidad de un lado y de otro, del "felador(a)" y del "felado". Tiene algo de reverencia, nunca mejor dicho, de ceremoniosa genuflexión.

Hay en esta novela un atlas de los cuerpos, de hombres y de mujeres, de niños y de adultos, y hay también una cartografía. Volvemos a Marianao, a las tierras de tu primera novela, a los rincones de tu infancia. "Un mediodía en que la brisa subía desde el lado del Obelisco con un lejano olor a tierra y a lluvia, y formaba remolinos de hojas, ruidos de ramas y gorriones, eso que siempre, a aquella hora, parecía ilusorio en Marianao", puede leerse en la primera página.

Hay un erotismo de los lugares. Como en esta otra frase: "Bastaba con cerrar los ojos para que allí estuviera él, con su traje de nadador y su olor a Jaimanitas, que nada tenía que ver con el olor de cualquier playa. Allí, como en Santa Fe y Baracoa, el mar tenía siempre un confuso y maravilloso olor a sargazos".

Volviendo D.H. Lawrence, él decía que uno comienza a conocer una ciudad cuando se enamora en ella. Robert Musil hablaba de cómo se puede conocer una ciudad por el modo de andar de los que viven en ella. Sí, creo que hay una relación indiscutible entre los cuerpos y las ciudades, que las ciudades son prolongaciones de los cuerpos, o son los cuerpos. Si se las mira con detenimiento, muestran qué relación existe entre el cuerpo humano y el cuerpo de la ciudad.

Ahora mismo, por ejemplo, veo los edificios de esta Barcelona donde las personas se ocultan tras sus casas, y pienso en qué diferente a aquel lugar en donde nací en que todo parecía dispuesto para la mirada ajena: las puertas abiertas, las ventanas abiertas, los cuerpos medio desnudos, sin zapatos. Esa continuidad de la calle hacia la casa.

Si repaso aquel Marianao, aquella calle Medrano en la que nací y donde viví los primeros dieciocho años de mi vida, no puedo dejar de entender que yo descubría los cuerpos (que querían, por lo demás, ser descubiertos) al mismo tiempo que descubría la ciudad, o cierto lado de la ciudad. El despertar del erotismo está para mí unido al conocimiento del lugar al que se pertenece.

No sé si es así para todos. Hablo por mi experiencia. La primera vez que me enamoré, "con la dulce y total renunciación", lo hice de un chico que vivía bajo el puente de La Lisa, junto al río. De modo que el descubrimiento de un cuerpo estuvo unido siempre al pasar por aquel puente, al aula donde estudiábamos, a los albergues cañeros a donde nos llevaban una vez al año, por lo general en Matanzas. Es decir, una determinada geografía.

Luego, a partir de esa experiencia, uno cree descubrir el erotismo de los lugares, incluso un erotismo de los sucesos asociados a esos lugares: el erotismo de la lluvia, el olor de los sargazos, la pereza de la siesta, el sudor de los sitios donde hacíamos educación física, o donde cortábamos caña…

Josán encuentra 31 novelitas pornográficas (novelitas de relajo, se habría dicho entonces) escondidas dentro de unos bustos del Padre Varela, de Luz y Caballero y de Cisneros Betancourt, en la biblioteca paterna. Va a buscar un tomo de Martí para hacer una tarea, levanta uno de esos bustos y descubre la biblioteca secreta paterna. Varias de esas novelitas ocurren en Cuba, y una de ellas (El mocho de Camajuaní) cuenta un episodio erótico del dictador Machado. Otra cuenta la vida erótica de un viejo senador republicano que había peleado en las tropas de Antonio Maceo. Es rara esta mezcla de historia política y de pornografía…

¿Por qué te parece rara? A mí lo que me parece raro es que toda la historia política de Cuba haya sido siempre tan aséptica. No sé, pero conociendo bien el país del que vengo, me cuesta pensar en esos mambises en los montes pensando únicamente en la Patria, como aquella dama viuda y velada que decía Martí.

La historia patria se acerca a los Evangelios, se pone muy solemne. Uno lee esos libros de historia y parece como si la gente no supiera qué cosa es el sexo. La vida sexual de aquellos seres del XIX y principios del XX es algo que uno debe reconstruir con fragmentos sacados de aquí y de allá. Ni siquiera se trata de desacralizar la historia. Si no tal vez de sacralizarla de otro modo, devolverle lo que debió haber tenido y que los historiadores, como buenos cristianos, trataron de limpiar de cualquier pecado.

¿No sería muy bonito imaginarse un campamento mambí en la madrugada? Maceo, ¿no se habrá dado cuenta de la bellísima cara que tenía su teniente, Panchito Gómez Toro? Y Panchito Gómez Toro, ¿no se habrá dejado seducir, como Casal, por la belleza del mulato general? Sobre todo porque estaban en guerra, y ya se sabe que la proximidad de la muerte despierta la libido. Además, ¿qué mejor uso puede tener el busto de un prócer? Por cierto, la divertida anécdota del mocho de Camajuaní, como le decían a Machado, parece que tuvo algo de cierto.

Hacia el final del libro puede leerse: "Todas las pingas pequeñas se parecen; las grandes, lo son cada una a su manera". Esta distinción parece ser una variación sobre aquella famosa distinción con que se inicia Ana Karenina: "Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su manera".

Tu libro abunda en variaciones literarias, en citas más o menos disimuladas. ¿Qué significan para tí? ¿Homenajes literarios? ¿Recursos que te facilitan la escritura? ¿O un juego del chucho escondido, juego erótico, con el lector?

Vaya, me has recordado un gran juego de mi niñez, anterior a la tuya, el chucho escondido. Fue otra manera de divertirme, esa de esconder en la narración, como aquel chucho, unas citas que podían ser descubiertas o no. Cuando el libro todavía estaba en work in progress, me dio mucha gracia que alguien intentara arreglar una frase porque estaba muy mal escrita…, ¡y era de Lezama!

Sí, es probable que haya un poco eso de sacar una frase, un verso, de contexto y ponerlo en otro para ver que nueva realidad produce.

El año del calipso cumple con la exigencia de variedad que cualquier lector hace a la literatura erótica. En gran parte de esa literatura la variedad se resuelve mecánicamente, como simples combinatorias. Tu novela se salva de ese tedio porque la curiosidad del protagonista, su entrada en lo sexual, lo impulsa en muchas direcciones.

¿Tuviste que hacer un gran trabajo de cálculo para conseguir esta facilidad narrativa? ¿Desechaste material, se quedó Josán sin algunas aventuras en ese año?

En efecto, hubo un trabajo de cálculo, un estructurar y volver a estructurar situaciones, pensarlas bien para tratar de lograr un verdadero aprendizaje de Josán y que no fueran simples combinaciones, como bien dices. Me sirvió mucho el punto de vista, claro está. La mezcla de ignorancia, ingenuidad y astucia de Josán me dio una gran libertad.

Rescribí mucho, como siempre. Y volví a muchas escenas ya escritas, después de otras porque el avanzar me iluminaba algunas cosas que se habían quedado atrás. La escena del pitcher, por ejemplo, la escribí muchas veces, porque debía tener muy claro el lugar en que se desarrollaba, casi como en una puesta en escena.

Siempre se desecha material. A veces con dolor. Claro que Josán se quedó sin aventuras ese año de sus descubrimientos, aunque no creo que se pueda quejar. Me pareció que la brevedad debía ser una condición de las peripecias eróticas. Si no, llega un momento en que empiezas a hacer variaciones sobre un mismo tema.

La narración de todo lo ocurrido durante ese año, en voz de Josán, mucho tiempo después, va dirigida a un pianista negro, compositor, muerto de sida y enterrado en el Bronx, llamado Pepitino G. Justiniani, con el mismo apellido de Marta Justiniani. A este personaje se le atribuye esta hermosa ocurrencia: "Con el cuerpo nunca se deja de aprender". Tengo que reconocer que me gustaría haberlo visto aparecer más, saber más de él. Espero que lo hagas aparecer en algún libro próximo.

Me gusta que asocies a Pepitino con Marta Justiniani, una cantante maravillosa y muy olvidada. No cualquiera sabe ya quién es Marta Justiniani. Aunque ella nada tenga que ver con Pepitino, Pepitino sí debe de tener algo que ver con ella.

Te confieso que ese personaje es un homenaje a alguien, un amigo muy querido, muerto de sida en el Bronx, enterrado en el Bronx, hace ya más de veinte años. Es probable que reaparezca en algún libro, porque la persona que le dio origen fue un amigo tan importante en mi vida como en la de Josán.

Si es verdad (como he oído o como te he oído) que tu libro de poemas Manual de tentaciones fue colocado alguna vez en la sección de libros de autoayuda, ¿a dónde podría ir a parar El año del calipso?

Eso es rigurosamente cierto. Fue muy divertido para mí descubrir Manual de tentaciones en la sección de libros de autoayuda, entre Louis Hay y Por favor, sea feliz. Y en una librería de Chicago descubrí la versión inglesa de Tuyo es el reino (sin ambigüedad en inglés, inequívocamente litúrgica: Thine is the Kingdom) entre los libros religiosos.

Me parece que El año del calipso debiera estar, con mayor propiedad, es decir, con verdadera propiedad, entre los libros de autoayuda y quizá religiosos. Por lo menos es lo que me gustaría. Insisto: la consolación por la literatura. Un Boecio pequeño, tropical y un poco juguetón.

Por último, ¿qué viene detrás de esta novela? ¿Cómo sigue tu obra?

Mi obra sigue. Dicho así, solemnemente. O para decirlo con más humildad, mi tarea sigue. Ya estoy trabajando en otra novela marianense. El Cuarteto de Marianao o el Quinteto de Marianao, que diría Durrell. Me encuentro en ese proceso extraordinario que consiste en dar forma al material que tienes en la cabeza.

No hay que preocuparse, porque dejo el erotismo a un lado. Quiero decir, el erotismo "explícito". Lo que sí pienso aprovechar es la libertad que me ha dado El año del calipso. No sé si ésta, la recién publicada, sea una novela mayor o menor, si está entredós y tira bordada. Tampoco me importa mucho, la verdad. Al fin y al cabo en toda obra debe de haber allegros, adagios, andantes, lentos, vivaces y silencios… Muy pocos tenores se atreven con Guillermo Tell, de Rossini, porque tienen que pasar la prueba de más de veinte "do de pecho". De modo que cuide su garganta.

Lo que sí está claro es que cuando uno se detiene, llega la muerte. Y aunque la muerte tiene que llegar de todas maneras (y por suerte), es lícito y decente alejarla lo más posible. Fundamentalmente si la vida, a pesar de (o gracias a) sus dramas grandes y pequeños, es este diario milagro. ¿Qué más se puede pedir?

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