Viernes, 23 de Agosto de 2019
Última actualización: 02:34 CEST
DiARIO DE LA BIENAL

DÍA 10: Alguien desordena estas obras, en el Estudio 50

Lester Álvarez, Kevin Ávila, Román Gutiérrez, Santiago Díaz y Héctor Antón, 'Biblioteca para lomo-lectores', 2018-2019, en Estudio 50. (K. BISQUET/DDC)
Speakeasy, ‘Balada tropical’, 2019, en Estudio 50. (K. BISQUET/DDC)

Por estos días está muy de moda no poner pie de obra en las exposiciones. Ya he visto varias durante la Bienal. En algunos casos, en algunas galerías, es bastante funcional desde el punto de vista estético y hasta conceptual. No obstante, si estamos en un espacio como una nave/almacén/fábrica, sería muy útil para la orientación de los visitantes poner algún tipo de referencia, ya fuese por la magnitud de dicho espacio o por su estructura laberíntica. Esta falta de cortesía sucedió en la exposición Illness Has a Colour, curada por El Apartamento y expuesta en el Estudio 50.

Aquí se le entregó al público un mapa con el plano del lugar, innecesariamente enrevesado. Estos mapas apenas alcanzaron. De igual manera, entenderlo resultaba tan complejo que casi fue más fácil localizar a la curadora para que te explicara los datos de las obras. En mi caso, y en el de otros, ocurrió que confundimos muchos objetos que formaban parte del Estudio con piezas instalativas, y viceversa. Incluso, llegué a especular sobre un posible environment que se localizaba al fondo, donde había una pequeña barra con objetos típicos de una cafetería estatal de tercera categoría (el mural, la máquina registradora y el retrato del comandante). Luego vino la verdad; y fue muy decepcionante para mí que aquello que tanto me había llamado la atención, no fuese más que una pincha de un simple mortal y no de los artistas allí reunidos. 

Pero sí, encontré obras que realmente no necesitaban una ficha. Muchas me hicieron estar frente a ellas por un buen rato. Fue el caso de la de Lester Álvarez y Kevin Ávila, en coautoría con Román Gutiérrez, Santiago Díaz y Héctor Antón, Biblioteca para lomo-lectores; y de la de Leandro Feal, Hotel Roma. A Agnés Varda

En general, la curaduría obstruía la exposición, el espacio quedaba demasiado grande o demasiado pequeño. De pronto se amontonaban piezas sin un mínimo de relación o a la sombra de otras que las invisibilizaban. El montaje avizoraba los síntomas del finalista. Y el desorden, pues, se convertía en el hilo conductor de la muestra.