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Política

Conspiración contra Díaz-Canel en Nueva York

¿Por qué 'ninguneó' la gran prensa estadounidense la visita del gobernante cubano a la ONU?

Málaga

Hace unos días, apareció en la prensa cubana el artículo más insólito de los publicados en los últimos tiempos. Era un texto humorístico, del mejor género, que es el humorismo involuntario, titulado "Otoño en Nueva York, descifrando el silencio". La autora de la crónica, Arleen Rodríguez Derivet, directora del programa de televisión Mesa Redonda, se quejaba amargamente de que el presidente del Consejo de Estado y de Ministros de Cuba, Miguel Díaz-Canel, hubiera pasado una semana de frenética actividad en Nueva York sin que la gran prensa estadounidense le hubiese prestado la más mínima atención. El ninguneo de que fue víctima el "estadista" [sic] Díaz Canel suscitó en la periodista un rapto de lírica indignación que merecería un lugar de honor en una antología mundial de la cursilería.

"Claro, que yo tengo mis propias respuestas", aseguraba la cronista. "¿Cómo le haces [sic] para esconder el encanto de un hombre que llega 'con un mensaje de paz', que agradece a los amigos, pero no se esconde para fustigar a los adversarios, que defiende el socialismo y la continuidad de la Revolución, que advierte que no hay ruptura generacional ni traición a los procesos integradores?"

La veta cómica del asunto ha sido elaborada magistralmente en estas páginas por El Comeclaria, en un artículo desternillante ["Díaz-Canel: Ni aunque me encuere en Times Square"], que todos los estrategas del MINREX cubano deberían leer. Pero creo que el divertido planto de la Sra. Rodríguez tiene también una faceta seria, digna de análisis, porque es signo de los tiempos. 

En otra época, Granma habría recopilado los cables de TASS, Xinjuá y DPA, un cintillo del Mongol Messenger y un comentario de Radio Hanoi, y hubiera publicado una loa a "la enorme repercusión mundial de la batalla que el Compañero Presidente libró en las Entrañas del Monstruo…", su "denodada defensa de los principios revolucionarios en la trinchera de las Naciones Unidas…", etc.

Pero estamos en la era de Internet, la televisión por cable y el teléfono móvil. Esos ejercicios ditirámbicos del pasado se exponen ahora a quedar ridiculizados ante un público mucho mejor informado que, gracias a las nuevas tecnologías, va escapando del monopolio de la comunicación que ejerce el régimen. En los tiempos que corren el mundo es mucho más transparente, incluso para los cubanos que siguen recluidos en el mísero parvulario tardocastrista.

Los camaradas pendolistas de GranmaJuventud Rebelde y la Mesa Redonda han comprendido por fin que el triunfalismo y los embustes de la prensa cubana producen en la Isla el efecto contrario del que buscan. Ahora están obligados a enfrentarse a la verdad. Y la verdad es que Díaz-Canel, puesto ante el espejo de la prensa libre, es la nulidad absoluta; es el chico de los recados de Raúl Castro, un pelele ilegítimo al que nadie —salvo el general de opereta— eligió para el cargo, que defiende públicamente a gobiernos  impresentables como los de Venezuela y Nicaragua, repite un discurso agotado (y encima lo hace con problemas de elocución) y es incapaz de suscitar ni un adarme de interés en el público o los medios de comunicación, por más que toque la tumbadora o baile el guaguancó en Harlem.

Para entender la invisibilidad presidencial no hace falta urdir ninguna teoría de la conspiración, como sugiere la Sra. Rodríguez. Es ridículo pensar que en la Casa Blanca, la CIA o el Pentágono hay un supercensor que da órdenes a la prensa estadounidense sobre lo que puede escribir o publicar. La insignificancia del Presidente Jaifenado y la Primera Compañera del sultanato cubano explican de sobra el púdico manto de silencio que cayó sobre ambos en Nueva York. Ni sus actividades ni sus declaraciones interesan a nadie, excepto, quizá, a los periodistas de la Mesa Redonda.

La incredulidad real o fingida de la autora del artículo quizá tenga su origen en la campaña de promoción que la prensa cubana había orquestado en torno a Díaz-Canel desde que el año pasado Raúl Castro lo designó para sucederle en la presidencia. Estos meses los escribas del régimen se han esforzado por componer la imagen de un político joven (solo tiene 58 años), moderno (le gusta el rock), cercano al pueblo (se desplazaba en bicicleta durante el periodo especial) y tan normal que es capaz de pasear por la calle del brazo de su mujer. Que un compañero presidente tan lleno de virtudes vaya a Nueva York y la prensa lo ningunee es algo que solo se explica por la existencia de una oscura conspiración imperialista.

Pero una conocida reflexión de Guy Sorman que figura en el libro Salir del socialismo ofrece otra clave para entender lo sucedido: "Cuando el jefe no es carismático, los regímenes socialistas sacan a escena a cualquier subalterno, como ocurrió en Europa Central. Y cuando ya no hay ningún jefe, el sistema se desmorona. En ausencia del culto de la personalidad, el socialismo solo tiene una esperanza de vida limitada. Esa es una de las grandes contradicciones de ese sistema, supuestamente basado en la voluntad de las masas".

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