Martes, 17 de Julio de 2018
Última actualización: 09:29 CEST
Artes plásticas

'Lo malo de los artistas es que se empecinan'

Veinte colores para rediseñado el arco iris. (RENÉ RODRÍGUEZ)
René Rodríguez.

De formación autodidacta, René Rodríguez (Santa Clara, 1966) llegó tarde al arte. Artista neoconceptual en esencia, rumia ideas a cabalidad, hasta que pasa a la acción. Podemos especular cuáles serán sus derroteros, pero siempre nos sorprenderá. René Rodríguez ostenta una libertad creativa envidiable, sin lastres académicos, vicios, etiquetas ni acotaciones mercantiles.

En su estudio del barrio de la Víbora, nos muestra sus últimas obras y nos invita a recorrer virtualmente sus dos últimas exposiciones personales. En El Libro de Job (junio, 2016), expuesta en la Galería Casa 8, las medallas y los uniformes adquieren protagonismo. Rodríguez traslada gamas de colores propios de estos símbolos y las plasma en "pinturas abstractas" desde una óptica conceptual. Esa inmensidad alegórica y vivencial tiene su comienzo en la infancia de los cubanos y en la suya propia.

El uniforme no solo tiene como función identificarnos, sino también acentúa la autoridad o la pertenencia a un grupo determinado. Al ingresar en la escuela primaria, todo cubano debe vestir uniforme. Es allí donde se les comienza a educar en la importancia de formar parte del grupo, reconocer los símbolos, respetarlos y amar esos colores asignados por otros. Es el principio de un camino que todos debemos recorrer, donde se anula de manera eficaz cualquier elemento que nos diferencie.

Al modo de Job, el ganadero bíblico, los cubanos exteriorizamos nuestra lealtad e integridad enfrentándonos cada día a una realidad hostil, desguarnecidos ante una crisis endémica o ante la pérdida de valores, la doble moral, las necesidades primarias y todo tipo de penurias. ¿Tendrá recompensa nuestra penitencia? Por supuesto que sí. La fe, como a Job, "siempre nos puede salvar".

Para dejar constancia y darnos reconocimiento, nuestros poderes fácticos conceden medallas. Entonces el sacrificio personal "merece la pena". Las obras expuestas por René Rodríguez reflexionan sobre estas cuestiones, intrínsecamente asociadas con la realidad histórica de la Revolución en su relación con las masas.

En la segunda y más reciente exposición, Rodríguez da un salto hacia otra forma de hacer en cuanto a la manera formal de presentar sus piezas. En la muestra Insilio (marzo, 2017), inaugurada en el Centro Hispanoamericano de Cultura de La Habana, agrupa una amplia gama de disciplinas: esculturas, audiovisuales, instalaciones y pinturas.

Como bien reseña Nelson Herrera Ysla: "En cuanto arribamos dirigimos nuestra mirada hacia varias obras a la vez o saltamos entre todas, pues sabemos que no se trata de una repetición del consabido esquema de marco que contiene lienzos o dibujos, o de esculturas y objetos situados en paredes y pisos. Cada obra es diferente, cada una proclama su ideología y su estética al apoyarse en el verbo, la palabra".

La exhibición tiene en la palabra puntos de conexión con el conceptualismo más tradicional, pero ahí culmina la presencia preponderante de este ismo. Las piezas expuestas por René Rodríguez son de factura impecable, nada tienen que ver con las de aquellos conceptualistas donde la idea primaba sobre la obra en sí.

En una de las piezas, "Lo malo de los artistas es que se empecinan", Rodríguez invitó a una veintena de creadores a realizar cada letra de la frase en distintas técnicas. Él mismo comienza deliberadamente por un dibujo de grafito sobre papel y continúa con acuarela, tinta, témpera, óleo, fotografía, collage, toda una gama que concluye con dos tipografías escultóricas. La primera, realizada con una cámara de bicicleta rellena de aire, acentúa lo incorpóreo. En la segunda, como cierre, se elige la luz: una N elaborada en hermoso acrílico azul. El texto en su conjunto se dispersa en el aire y se difumina al convertirse en luz, cristalizando así el concepto puro.

De cerca no se logra descifrar la oración desplegada en seis metros de pared.

En Insilio, René Rodríguez se mira por dentro y al hacerlo nos mira también a nosotros. No somos tan distintos de él; Insilio se convierte entonces en un estado de ánimo, una decisión personal, en la cual artista y espectadores se sumergen. Extraña manera de aproximarse desde la creación a las realidades del arte en el contexto cubano, donde todos hacemos como que vivimos mientras la vida pasa ante nuestros ojos.