Viernes, 24 de Noviembre de 2017
13:51 CET.
Sociedad

Vocación totalitaria

En la mayoría de las personas suele haber un punto de quiebre moral: aquel donde el bien obrar se impone a cometer una injusticia, un abuso. En ese instante de reflexión interna, la persona humana se da cuenta del daño que pudiera ocasionar a sus semejantes, y para, se detiene, dice que no, que hasta ahí no llega. No hay ideología o creencia que lo haga continuar. El freno moral, bebido desde temprana edad, alimentado en familia y en sociedad, es lo que nos preserva de ser injustos y abusadores.    

Por desgracia hay otro reducidísimo grupo de individuos que, quien sabe por qué extraña razón que la psicopatología aún no explica totalmente, son capaces de sobrepasar esas contenciones morales. Sin temblarles el pulso, serían capaces de fulminar a sus amigos o sus propios padres si así se lo ordenaran. Estas personas son las que nutren las pandillas y los sistemas totalitarios, que funcionalmente son muy parecidos. Los antiguos clínicos los definían como "locos morales", "manía razonante" y otras etiquetas menos pomposas. Vienen al mundo con una aptitud muy definida: hacer daño a los demás y no tener remordimiento. Incluso, disfrutarlo.  

El tema viene a tono con los infortunios y la censura más o menos encubierta que ha recibido la película Santa y Andrés de Carlos Lechuga. No es ni será el último filme que corra esa suerte. Pero nos recuerda que aun en el peor de los escenarios represivos siempre hay hombres y mujeres buenos que se resisten a apretar el gatillo, a endulzar la cuartilla, a delatar al hermano o la novia, a dar golpes y gritarle groserías a mujeres cuyo delito es caminar pacíficamente por una avenida de la Habana que es de todos.

Ya Fresa y Chocolate (1993) nos enseñaba la reserva moral de quienes se oponen al abuso. En una escena transicional, David, el personaje que encarna Vladimir Cruz, sale de la casa de Diego, el homosexual que quiere ser su amigo. David es un joven comunista. Pasa frente a una vidriera, y masculla con ira que van a "partir a este tipo". Pero se detiene frente al vidrio que como espejo le devuelve su rostro agrio, y se pregunta: "C…, ¿Me estaré volviendo un hp?". 

La reciente Santa y Andrés retoma el dilema del vigilante y el vigilado. Quién es al final prisionero de quién pues, como sucedió a San Pablo con su captor, el preso no puede escapar físicamente del guardia, pero el guardia no puede escapar al discurso del prisionero. Santa es una obrera que cumple con la "tarea" de permanecer sentada en la puerta de la casa del escritor homosexual. Con el tiempo, Santa va convirtiéndose en la prisionera de sus propias incoherencias, y Andrés se va liberando, vigilante revolucionaria mediante, de la frustración y la soledad en que ha quedado.

Santa y David no son casos raros. Diríase frecuentes sostenedores, por un tiempo, del ambiente donde el disenso, al mejor estilo orwelliano, es perseguido desde su emergencia. El proceso de educación amoral comienza desde temprano, en las "madrasas" totalitarias que suelen ser las becas y otras entidades de reclusión parcial. La separación familiar facilita la aparición del líder que redime, salva, es el "papá de todos". Los educandos, vocacionalmente aptos para la delación y la envidia, son presas del delirio de la impiedad: quienes no piensan igual son enemigos; peligrosos gusanos, cucarachas, escuálidos y pelucones que no merecen ni el aire que respiran. Y como insectos que son, deben ser exterminados.   

La educación vocacional totalitaria tiene un punto inercial: cuándo y cómo se alcanza la categoría de confiable. David, para lograrlo en la película de Tomás Gutiérrez Alea, debe informar hasta de las relaciones sexuales de Diego. Santa debe descubrir donde Andrés esconde su libro contrarrevolucionario. La nota se da en confiable y no confiable: confiable es aquel a quien no le tiembla el pulso para trasgredir las más elementales normas de humanidad; la frialdad y hasta el regocijo con que cumplen las órdenes. No confiable es aquel que duda para tirar un huevo, gritar una mala palabra, lanzar bombas lacrimógenas al pecho de los jóvenes o simplemente no llorar lo suficiente en el duelo de un líder.  

No por gusto en ambos filmes, los que "atienden" a Santa y al joven comunista les advierten, ante la duda moral, que están dejando de ser "confiables". Y les exigen hacer actos de contrición y repudio público. En el caso de la película de Lechuga,  la escena donde Santa es obligada entre lágrimas a tirarle huevos a Andrés es desgarradora.  

Los cubanos "agusanados" que alguna vez fueron "confiables" —muchos, porque de otra manera el proceso no se hubiera sostenido medio siglo— podrían decir cuándo tuvieron su quiebre moral; dónde y qué día dijeron "hasta aquí llegué con esta gente". Pudo ser una palabra, un gesto, la negación de un viaje o de unas vacaciones. O si "le pisaron el callo" durante el Quinquenio Gris, los actos de repudio del Mariel, las causas número Uno y Dos y el fin de la "inocencia revolucionaria".

Lo de Santa y Andrés no es una simple censura. Las críticas de los comisarios culturales cubanos son incriminatorias: es una película inconveniente, peligrosa, devastadora para el régimen. Ha llegado en el momento que no podía llegar; cuando más se necesita de vocación totalitaria para abarcarlo y controlarlo todo. Porque una sencilla obra de arte puede ser como el espejo frente al cual David se pregunta, en un acto de profunda e inconsciente reflexión, si se estará convirtiendo en hijo de su madre.  

Tráiler de 'Santa y Andrés', de Carlos Lechuga

El guion de este segundo largometraje del realizador Carlos Lechuga obtuvo el Premio Julio Alejandro de la Sociedad General de Autores y Editores de España (SGAE).

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Comentarios [ 6 ]

Imagen de Anónimo

Vi la peli y gran decepción. que aborde un tema sensible y que la censuren en Cuba no la hace una obra maestra como venden por ahí, como filme mediocre.

Imagen de Anónimo

La pelicula c puede comprar en las tiendas d videos en Hialeah por $ 3 dolares

Imagen de Anónimo

Siempre me pareció que a los cubanos nos dejaron solos. Me refiero a aquellos que sabíamos que "algo andaba mal" en la sociedad, y que poco a poco uno se daba cuenta que el sistema no funcionaba.
No hay que minimizar las armas que usó el régimen para callar voces, inclusive del extranjero. Pero, si hubo complicidad fuera de la isla, no fue suficiente el alboroto a cuenta gotas que alguna vez se hizo.
Los Castro construyeron una sociedad maquiavélica, en que todos vigilaban (y vigilan) a todos, de tal manera que no fuera fácil manifestarse en contra.
Está bien claro que los venezolanos se dieron cuenta rápido que la cubanización de su país iba por ese rumbo.

Imagen de Anónimo

Mientras asistía a la presentación con la pareja protagónica en Tower Theater de Santa y Andrés pensé en la ironía de la Historia: en Cuba a pesar de las carencias (Lola Amores que interpreta a Santa vende tejidos a crochet para paliar su economía) se hace cine. En Miami los actores envejecen sin hacerlo. La película se salva por el tema y las actuaciones sobre todo de ellos dos. El guión algo endeble en detalles señalados esa noche como el diablito abacuá en la playa, pero también en ese final apresurado donde Andrés (que no sabe nadar -ha dicho antes) nada hasta alcanzar la embarcación en que se va...

Imagen de Anónimo

Donde se puede ver la película, donde comprarla, para mi es tan valiosa, alguien me puede ayudar?, Gracias. 

Imagen de Camilo J Marcos_Weston_FL

No se si tenga higado para ver la pelicula. Despues de tanto tiempo, ya ese tipo de conflictos me resulta ajeno. Son parte de los recuerdos de esa monstruosidad que se llama Cuba socialista. Una vez mas le agradezco a Almagro, porque esta cronica es excelente. El concepto, pero sobre todo la expresion: las "madrasas" totalitarias que suelen ser las becas, me parece genial. Sobre todo, porque yo fui uno de los "becados" adolescentes en los sesentas y todavia subsiste en mi mente aquella experiencia.