Viernes, 24 de Noviembre de 2017
01:52 CET.
Ópera

Magia de ópera y maniquíes ciudadanos

Antes las temporadas de ópera en La Habana, más que un acontecimiento cultural, era un evento social que les proporcionaba comidilla a los cronistas.  Las mujeres vestían trajes de soirée y los hombres trajes de etiqueta, pecheras almidonadas, chisteras y el copón divino. Aquellos habaneros afortunados vieron desfilar por el escenario a cantantes de las tallas de Caruso, Gigli, Tebaldi y Flagstad, por solo mencionar cuatro. 

Sin embargo, al traspasar en estos días el umbral del Gran Teatro Alicia Alonso para ver una puesta de Alcina de Händel, para nada nos sorprendió advertir al público con vestimenta corriente, pulóveres, jeans, tenis, chancletas y otras indumentarias deportivas.

Ya en  la platea reconocimos a los  devotos amantes del género lírico, quienes de haberse consumado en noviembre pasado el concierto del tenor Plácido Domingo y la soprano Ana María Martínez, habrían tenido que conformarse, junto a la nómina artística del Teatro Lírico Nacional de Cuba (TLNC), con disfrutar el espectáculo a través de una pantalla gigante colocada en las afueras, puesto que las localidades disponibles para el público cubano habían sido asignadas única y exclusivamente  al personal escogido por la Administración Central del Estado.

Alcina, una ópera basada en el poema Orlando furioso de Ludovico Ariosto, ha sido calificada de antiteatral por algunos críticos. Tras su estreno en 1735, su última representación se produjo en 1738, luego la engavetaron hasta su reaparición en Leipzig en 1928.  Más tarde fue dirigida por Franco Zeffirelli, con un elenco encabezado por la soprano australiana Joan Sutherland. 

Como era usual en Händel, varios personajes fueron concebidos para ser interpretados por castratis, sustituidos en esta puesta por sopranos, tenores y contratenores.  La traducción simultánea salvó la barrera idiomática (italiano arcaico), al igual que un arreglo orquestal para suplir la instrumentación antigua.   

En la versión reducida a dos actos, la bruja Alcina secuestra a Ruggiero casado felizmente con Bradamante y, gracias a su magia, lo traslada a una isla convertida en paraíso donde le colma de placeres amorosos.  Bradamante desembarca luego para rescatarlo y para ello se trasviste con la identidad de Ricciardo. Después de muchas peripecias, Ruggiero reconoce a su amada y encabeza una rebelión contra Alcina que consigue derrotar las hechicerías.

Al levantarse el telón, Alcina, ya anciana, permanece de espaldas al público. Con el inicio de la puesta aflora el inventario simbólico: la insularidad es representada por remos y neumáticos colgados y pintados en un telón de fondo ―vale aclarar que la concepción del montaje data de antes que fuera derogada la política de pies secos/pies mojados―.  El contexto  fue dividido muy hábilmente en tres clases sociales: las hechiceras, los pusilánimes (representados por maniquíes dispuestos sobre plataformas con rodamientos) y los hechizados, que en varias secuencias manipulan a estos inanimados muñecos trasladándoles de un lugar a otro.

Llamaron la atención la limpieza de los desplazamientos, la utilización de los planos más favorables del escenario así como la explotación de los niveles; las acciones físicas bien justificadas y conjugadas con las interpretaciones de las arias; las sombras chinescas; el desnudo corporal de los maniquíes y su hábil manejo en las escenas eróticas.

Aunque todos los integrantes del elenco defendieron sus personajes formidablemente, vale resaltar la labor de las sopranos Johana Simón, Dayamí Pérez, Anisley Martínez, Teresa Yanet, Indira Hechevarría, Cristina Rodríguez, el contratenor Lesby Bautista y el tenor Luis Javier Oropesa. También honró la puesta la participación de la maestra y gloria del teatro lírico Gladis Puig (Alcina anciana). Y, por igual, felicitaciones para el resto de los actores y el coro del TLNC.

Las palmas, sin embargo, se las llevó el director escénico Luis Ernesto Doñas y su equipo integrado por Idalgel Marquetti, Ubail Zamora, Celia Ledón y Lisandra Ramos, entre otros especialistas e integrantes del equipo técnico.

La experiencia de Alcina demuestra que el TLNC cuenta con los talentos necesarios, tanto jóvenes como de experiencia, pero necesita directores sagaces e inteligentes que actualicen y desentierren grandes obras. 

En las afueras del teatro nos aguardaba la crisis del transporte, la fetidez de los orines, y enterarnos de que por culpa de la burocracia del Ministerio de Cultura un grupo de artistas del TLNC, evaluados de categoría hace más de tres años, aún no han sido incentivados con un aumento de sueldo. Este es el contexto de aquellos maniquíes que, montados sobre rodamientos, eran manipulados en la escena por los hechizados y los hechiceros.

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Comentarios [ 2 ]

Imagen de Anónimo

Mis felicitaciones por ese gran triunfo, el cual no me extraña ya que se de los grandes talentos vocales en la isla.CONGRATULACIONES ! Nada extraño ya que esa isla a producido y produce fantasticas voces.Carlos Montané 

Imagen de Anónimo

Buena noticia para el arte lírico cubano. El de La Habana era ya en los 80 un desastre. Salvo algunas voces solistas que podían contarse con los dedos de una mano. Los montajes mediocres y personal en franca decrepitud. Aplausos para Alcina. Extracto de una obra caótica y de imposible traducción como el Orlando furioso.