Sábado, 16 de Diciembre de 2017
20:47 CET.
Artes plásticas

Y por fin, el premio para Fors

Si no anda de viaje por el extranjero, es fácil dar con José Manuel Fors en La Habana: generalmente se le encuentra en el estudio de Miramar o en su domicilio, en el Casino Deportivo. En este último, desde el portal donde rara vez alguien se sienta te recibe un longevo bichón habanero, de ojos nublados por las cataratas, que extiende hacia ti su hocico húmedo. La escasez de mobiliario —el imprescindible para que se acomoden las visitas— favorece la perspectiva del salón principal, en cuyos muros de color arena cuelgan transitoriamente obras del artista.

Un día de noviembre sonó el teléfono para avisarle a Fors que le habían adjudicado el Premio Nacional de las Artes Plásticas. Casi de inmediato, la quietud del lugar se vio alterada por el timbre del teléfono y por visitas a las que el artista recibía con su natural parsimonia, respondiendo sin esquivez pero con laconismo las preguntas manidas. Sin dejar de recortar los diminutos rectángulos de material fotográfico con que compone sus collages, hacía saber que enfrentaba un próximo año de trabajo intenso, con vistas a su exposición personal en el Museo Nacional de Bellas Artes para fines de 2017. ¿Tema? La memoria, como siempre o casi siempre. ¿Título? Sedosas pausas intermedias, apropiándose de un verso de José Lezama Lima.

La noticia circuló dentro y fuera de la Isla con la prontitud de estos tiempos; hacia fines del mes, cuando derivaba hacia el olvido de lo ya sabido y el barullo de las visitas había amainado, una nueva llamada telefónica hizo saber al artista que por causa del deceso de Fidel Castro, la ceremonia de adjudicación del Premio quedaba temporalmente pospuesta.

A principios de enero, tras su regreso de una breve estancia en La Florida para aprovisionarse de materiales de trabajo, supo que la ceremonia había sido fijada para el 10 de enero —no casualmente, su cumpleaños—, en el Palacio de Bellas Artes, sede de la Colección Cubana del Museo Nacional.

Tarde de marras. En las rampas y escalinatas del Museo hacen corros personas abrigadas que aprovechan la ocasión y el descenso del termómetro para ventilar sus guardarropas de invierno. "Chechito" Fors ya está adentro, en una esquina del patio, acompañado de su hijo Antonio, que le aventaja en estatura. En el salón de actos la cámara de la televisión precisa sus encuadres; una empleada diligente intenta sin éxito imponer un poco de orden en la acomodación del público que va colmando la sala y cuando el acto comienza —con increíble puntualidad— hay jóvenes sentados en los pasillos.

Hacen uso de la palabra Margarita González para dar a conocer los considerandos del Jurado, y la doctora Llilian Llanes, a quien tocó la tarea de elogiar una trayectoria artística de tres décadas. Con un saludo algo áspero y nerviosa displicencia, la estudiosa calificó de apuntes las palabras que iba a leer, advirtiendo que le ocuparían unos 30 minutos.

Llanes rememoró la encrucijada en que emergió la hornada de plásticos que se dio a conocer con la muestra Volumen I, echando a un lado criterios contingentes —generalmente políticos— que sesgaron la valoración cabal de la obra de toda una generación. Focalizó la figura de un Fors aún muy joven, expresándose desde el abstraccionismo —que en el contexto evocado, más que una opción estética era una declaración de principios—, derivando luego hacia un replanteo del paisaje que se desentendía de la limitación bidimensional y de materiales convencionales, lo que conllevó el empleo de la fotografía para testimoniar instalaciones efímeras y, posteriormente, a su uso como recurso en la fabricación de nuevas propuestas artísticas. 

Cuatro aspectos quedaron destacados: la ruptura con los cánones expresivos impuestos a —y acatados por— la generación precedente, que en el caso de Fors no dio lugar a estridencias ni a poses; reinterpretación del paisaje, con introducción de la instalación como fenómeno artístico, que conllevaba diseño y montaje espacial, con empleo de materiales inusuales y el concurso de la tecnología (iluminación, proyecciones); énfasis en los procedimientos; derivación desde la transfiguración del espacio exterior hacia la reinterpretación del espacio interior (recuerdos personales, reliquias familiares, vestigios de un tiempo ido que levitan en la memoria y se transfiguran en inefables artefactos, como sus lacónicos, misteriosos Atados).

El homenajeado fue luego conminado a dar la cara. Enfrentado a las luces, a la cámara y a su inveterado miedo escénico, agradeció el premio, la presencia de los asistentes y aprovechó el anuncio de un cierre musical para bajar velozmente del escenario.

La camerata Sine Nomine clausuró el acto con un breve repertorio en que hizo gala de histrionismo y virtuosismo vocal. Y, de vuelta al Casino Deportivo, José Manuel Fors no volverá a ser noticia —al menos si de su voluntad depende— hasta el próximo diciembre, cuando regrese a Bellas Artes a inaugurar su exposición personal.

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