Lunes, 21 de Agosto de 2017
02:42 CEST.
Historia

Hablemos de Martí para no hablar del cielo

No me hables del cielo es un libro que, por su portada, nadie asociaría al que ha sido llamado "el más grande los cubanos".

Solo los estudiosos reconocerán la cita: "No, música tenaz, me hables del cielo! Es morir, es temblar, es desagarrarme el pecho! Si no vivo donde como una flor al aire puro abre su cáliz verde la palmera, si del día penoso a casa vuelvo… ¿Casa dije? No hay casa en tierra ajena!"

Galardonado en 2010 con el Premio Benito Pérez Galdós, la editorial Letras Cubanas lo ha puesto a disposición del público cubano desde 2014.

Su autora, Dulce María Sotolongo Carrington (La Habana, 1963), hace gala de una precisa documentación de la vida del que llama familiarmente José Julián, rompiendo las demarcaciones de lo biográfico, lo histórico y lo ficticio.

Y así también el José Martí fosilizado en centenares de bustos por toda Cuba, rompe el yeso y adquiere por fin compleja y merecida humanidad.

Una constante es la presencia de Leonor, que aparece siempre con su nombre, en una dimensión individual que le devuelve su propia fuerza y la rescata del maniatado rol de Madre Coraje.

Un Martí y una Leonor que recuerdan los de Fernando Pérez en su película El ojo del canario, pero aquí la palabra escrita sortea eficazmente imágenes, flashbacks y un monólogo interior que se desdobla en la segunda persona y va mostrando esa búsqueda (siempre agónica) del ser existencial y el ser social: el reto de la sobrevivencia, los sueños de justicia, la miseria biológica (la llaga como estigma permanente del presidio), el miedo, el pensamiento del suicidio, la infidelidad… El amor carnal que salta de uno a otro cuerpo, con las mismas manos voraces, delicadas del artista, el genio, el político, el joven que madura a golpes, como todos: soberbio, miserable, apóstol.

En fin, el Martí que hubiera querido conocer en la escuela, cuando me leían los pegajosos versos de "Los zapaticos de rosa", y me decían que aquel que presidía el patio desde el pedestal defendía a los pobres, a los desposeídos y que había luchado por la libertad de esta tierra donde sus palabras se editan o se citan torcidas.

Cerrado el libro de Sotolongo Carrington uno puede preguntarse si la muerte prematura en Dos Ríos fue una provocación por desesperación o decepción ante lo insoluble del panorama político. O si la escara de metal en la carne y la cegadora cal del presidio que la autora cita en acumulativa numeración se metamorfosean en la estrella "que ilumina y mata".

Imaginemos sin juicios ni culpas: los grilletes de yeso se han roto y el hombre-héroe es libre. Ahora falta que este libro que trasciende el anquilosamiento y la demagogia, trascienda también las polvorientas vidrieras de las librerías y la general indiferencia de los cubanos por el tema.

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