Lunes, 18 de Diciembre de 2017
00:36 CET.
Obituario

Xiomara Palacio, mi primera actriz

Tenía la estatura perfecta, la voz bien timbrada, y toda la juventud que demandan ciertos arrojos. Estudiaba en la Academia de Arte Dramático cuando supo, gracias a sus condiscípulos, que los directores de un grupo de guiñol estaban a la busca de nuevos actores. Fue Carlos Pérez Peña quien la animó a esa aventura, que ella pensaba sería cosa pasajera, porque su gran aspiración era ser una actriz dramática. Fue así que se vio de pronto delante de Pepe Camejo, su hermana Carucha, y Pepe Carril, líderes en esa batalla que quiso dar al arte de los títeres en Cuba un aire mayor, tan loable como el de cualquier otra expresión de nuestra cultura.

No pudo ya librarse del hechizo de los retablos. Con Armando Morales, Ernesto Briel, Isabel Cancio, Regina Rossié, Mario González, Ulises García y otros nombres de esa tropa, aparecería una y otra vez en los elencos del Teatro Nacional de Guiñol, fundado en 1963, y en el cual, como primer personaje, asumió una de las amigas de La loca de Chaillot. El tiempo transcurrió para que Xiomara Palacio se supiera actriz de amplio rango sin necesidad de encarnar a Julieta o a Lady Macbeth. A lo largo de esa carrera que solo la enfermedad y la muerte han podido detener, fue para muchos la actriz titiritera por excelencia de Cuba, aquella que encarnaba las virtudes y las dificultades de ese oficio tan particular. El premio que obtuvo a cambio no se mide en diplomas ni medallas, aunque tuviera algunos y le faltaran otros que bien merecía, sino en la memoria agradecida de tantos espectadores que acudían al pequeño teatro del Focsa para reconocerla y aplaudirla una y otra vez.

Había nacido en Remedios, en 1942, y en 1957 se trasladó con su familia a La Habana. Quienes sepan del tema y tengan buena memoria, recordarán que era esa la capital donde el teatro más novedoso se hacían en las salitas del Vedado o La Habana Vieja, en Prado o cerca de la Rampa, gracias al sacrificio de actores, directores, actrices, diseñadores, que luchaban por mostrar bajo el calor del trópico los títulos más recientes de los autores de aquel momento. Morín, Andrés Castro, Adela Escartín, Adolfo de Luis, Vicente Revuelta, son nombres que se mezclan en ese periodo, pugnando contra viento y marea para establecer un teatro de arte y no solamente comercial en aquella ciudad.

Los Camejo se habían unido a Carril para fundar el Guiñol Nacional de Cuba, en 1956. Con el espaldarazo que recibieron las artes durante los primeros años del fervor revolucionario, ese mundo teatral se dilató, como recuerda Virgilio Piñera, a dimensiones insospechadas. Los Camejo y Carril consiguen el apoyo del Consejo Nacional de Cultura, y gracias a la intervención de Nora Badía pasan al cine Focsa, que se remodeló según las necesidades de los titiriteros. Ahí plantarían un reino que deslumbró a sus fieles, y que hasta 1971 les sirvió como cuartel de mando de muchos atrevimientos y hallazgos.

A todo eso se integró Xiomara Palacio. Citando a un maestro de la profesión, dijo que le había dado "la enfermedad del muñeco". En el Teatro Nacional de Guiñol ensayaba sin descanso, recibía clases de canto y de baile, seminarios de música, y cumplía con las funciones para niños tanto como para las que se programaban para adultos. En 1965, Pepe Carril estrenó Asamblea de mujeres, sobre el original de Aristófanes, y el TNG alcanzó otra de sus conquistas: llenar la sala con espectáculos tan atrevidos como ese, y otros que, como Don Juan Tenorio, Shangó de Ima o Los ibeyis y el diablo, deben considerarse entre los mejores momentos de aquel tiempo y de toda nuestra historia teatral.

Xiomara comenzó con papeles pequeños, en El maleficio de la mariposa y El cartero del rey. Su vis cómica, su organicidad, su oído musical, la hacían perfecta para roles tan recordados como su Cucarachita Martina, a partir de la versión de Abelardo Estorino. Recuerdo una noche en particular, en la cual, sentado a la mesa durante una recepción, hablaba con Estorino, Adria Santana y la propia Xiomara, quien le decía graciosamente a Adria que la recordarían por el monólogo Las penas saben nadar, pero que a ella iban a rememorarla por su Cucarachita, no menos estorineana. Brilló también en La corte del Faraón, y fue parte de la célebre gira que el conjunto titiritero desplegó por varios países de la Europa del Este en 1969. Pero faltaba poco para que ese encantamiento terminara.

En 1971, tras las nefastas resoluciones que desató el I Congreso Nacional de Educación y Cultura, se implantó la parametración, con la cual quedaron fuera de sus puestos de trabajo artistas y maestros acusados de distintos tipos de desviaciones. El núcleo de directores del TNG no escapó a tamaña injusticia, y el efecto se hizo sentir, y se siente aún, como trauma que no ha recibido las disculpas necesarias. Con los Camejo y Carril hubo un ensañamiento doble, pues a pesar de sus hallazgos, no lograron borrar de la mente de muchos el concepto menor que se aplicaba, despectivamente, al teatro de figuras. Fue un periodo doloroso, que la propia Xiomara, entrevistada para el libro Mito, verdad y retablo: el Guiñol de los Hermanos Camejo y Pepe Carril (Rubén Darío Salazar y Norge Espinosa, Ediciones Unión, La Habana, 2012) definió como una "lenta turbulencia".

No por ello su carrera se detuvo. Siguió teniendo roles notables en las producciones que intentaban mantener con vida al TNG. Cuando se comenzó a enmendar aquella turbulencia, ella y Armando Morales estrenaron La lechuza ambiciosa, sobre el cuento de Onelio Jorge Cardoso, a mediados de los 70. Junto a Ulises García y otros miembros del TNG, participó en el doblaje de animados extranjeros, y trabajó en programas de la televisión cubana destinados al público infantil. Se reinventó sucesivamente, en Los tres pelos del diablo, Don Chicote Mulamanca…, y en 1992 sorprendió a toda La Habana con el estreno de La fábula del insomnio, de Joel Cano y con puesta de Raúl Martín, en el propio teatro del Focsa. Su aparición como el Hada Verde demostró que su encanto seguía ahí, que tenía en la mano todos los recursos de la madurez, y fascinó por igual a niños y adultos en aquel montaje que ella, como directora del colectivo, propició. Raúl Martín volvería a reclamarla para su versión de La boda, de Virgilio Piñera, en 1994. Ella y Mónica Guffanti eran dos damas inolvidables en aquel espectáculo que vi tantas veces.

Gustosa de lo popular, Xiomara trabajó también con los humoristas que emergían del Festival Aquelarre. Ello la condujo al personaje de Veinte Pesos en La divina moneda, donde volvió a robarse el show. Trabajó con Carlos Díaz en El público, de Lorca, y otra vez en La loca de Chaillot, como cita a su propio debut. Apareció en cortos y filmes, como Siete días, siete noches, de Joel Cano. Fue una madre campesina memorable, en Con ropa de domingo, invitada por Teatro Pálpito. La vi en comedias y dramas, trabajando sin cesar, sobrepasando problemas familiares de distinto tipo. El escritor Miguel Collazo, su esposo, me miraba con sorpresa y recelo cada vez que la visitaba para preguntarle un dato o buscar alguna referencia acerca de los Camejo y Carril. En España le otorgaron el Premio Mariona Masgrau, y este mismo año, por vez primera, se concedió la Distinción Hermanos Camejo y Pepe Carril, que ella y Armando Morales ganaron, según se anunció durante el Taller Internacional de Títeres en la ciudad de Matanzas.

Murió sin el Premio Nacional de Teatro, que merecía sobradamente. Que ella no lo haya obtenido, y que hasta el día de hoy ese galardón apenas haya reconocido a talentos del teatro de figuras y para niños, dice mucho de los recelos que aún abundan en la escena cubana. Ella nos ganó a golpes de simpatía, con sus virtudes y sus defectos, con sus salidas tan graciosas y recuerdos a veces tan duros. Tenía su balcón cerca de la calle Línea, y tras la operación que nos hizo saber que estaba por abandonarnos, insistía en que la llevaran a los teatros cercanos. Creo que acudió al Teatro Mella, por última vez, a ver un espectáculo humorístico.

Escribo estas notas para agradecerle tantas cosas, y recordarla sin idealizaciones, desde Londres y no desde La Habana en la que ya no podré llamarla, cantándole una de las décimas de La fábula del insomnio que todos nos aprendimos por su culpa. Fue la primera actriz a la que pedí un autógrafo en mi vida, tras una función de La Cucarachita Martina en el Teatro La Caridad, de Santa Clara, siendo aún niño, a inicios de los años 80. Creo conservar en algún sitio ese programa, donde Xiomara Palacio, fiel a sí misma, no firmó con su nombre, sino, simplemente, como "La Cuca". Recordarla va a doler y va a alegrarnos, porque ella supo mezclar ambas cosas en su entrega y su vida. Maestra que nunca necesitó de cátedras, deja un recuerdo doblemente amable: como artista y como persona. Lo cual, en estos tiempos tan ingratos, es no poca cosa. Va a ser siempre, en mi memoria, mi primera actriz.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.

Comentarios [ 17 ]

Imagen de Anónimo

Excelente articulo..!. Tremendo tributo.

Imagen de Anónimo

Adios "Herborio"https://www.youtube.com/watch?v=sMB0KAsknwE 

Imagen de Anónimo

Hermoso homenaje.

Imagen de Anónimo

GENIAL NORGE: DIGNO HOMENAJE PARA XIOMARA PALACIO!!!

Imagen de Anónimo

Se nos fue Dicci debe estar junto a Meñique alla en el Parnaso.paz a sus restos!

Imagen de Anónimo

Gracias Norge por tus sinceras y sentidas palabras. Sé de tu admiración y cariño por Xiomara. Abrazos. Héctor

Imagen de Anónimo

Descanse en paz esta señora con alma tan tierna de niño. Gracias a Norge Espinosa Mendoza por excelente pieza post morten.     Memo Rojas.

Imagen de Anónimo

Honor a quien honor merece. 

Imagen de Anónimo

Xiomara allá en el cielo recibirás la paz y la satisfacción de haber hecHo feliz la vida a tantos niños .Nunca los "dirigentes" de la roboilusion han tenido sencibilidad ni  humanidad solo calculo politico, voluntarismo  y una necesidad patológica de hacer daño y causar dolor a los cubanos 

Imagen de Anónimo

Gracias por este artículo tan sentido y lleno de cubanía