Sábado, 16 de Diciembre de 2017
01:31 CET.
Festival del Caribe

Mucho fuego, mucha gente

Con paralelos y meridianos han intentado definirlo. Pero el Caribe excede las geografías, es un sentir en el que se mezcla el mar compartido y las raíces africanas que por él llegaron.

Algunos miran el turismo y nos resumen en palmeras. Sabedores de que en este sentido son siempre pobres las clasificaciones, desde Santiago de Cuba, cada julio, la Casa del Caribe propone una mirada profunda y desprejuiciada a esta región amplia, policroma y diversa.

El Festival del Caribe o Fiesta del Fuego, la celebración del calor y los colores, decidió este año rendirle tributo a una de sus áreas mordidas por la naturaleza. Un colosal terremoto movió la parte caribeña del Ecuador. La movió, pero no la removió, pues ésta siguió conectada a la región y a la sabia común que nos hace vernos como iguales a pesar de los estragos, que también en la celebración se hicieron sentir, sobre todo en la pobre participación de los delegados invitados.

Por Ecuador sonaron los tambores en el Desfile de la Serpiente, primer indicio popular del Festival, en los debates del taller teórico "El Caribe que nos une", y en el Coloquio Internacional de religiones populares, el más importante de su tipo en Cuba.

Siempre son heterogéneas las opiniones que una festividad de este tipo genera. Con frecuencia se escucha a quienes no se la pierden y esperan la conga en cada esquina, y a los que creen que hace tiempo dejó de ser popular porque de su amplia gama de actividades la población solo accede a los bailables, nada caribeños por cierto, que pululan por las áreas de celebración.

Lo cierto es que unos y otros tienen su cuota de razón.

No se pueden negar las multitudes que se agolpan en los desfiles, pero sería reduccionista circunscribir el evento a su apertura y su cierre. La parte teórica de las actividades más importantes del Festival muestra los rostros repetidos de años anteriores. La renovación es un reto y debería ser una meta.

De ello depende la pureza del carácter religioso que mueve al Festival del Caribe, y que resumió magistralmente Alberto Lescay en las alturas del poblado El Cobre, en su cimarrón metamórfico afincado en la nganga. Hasta allí se llegaron los participantes de la Fiesta del Fuego para recordar de dónde viene la herencia mestiza que nos define.

La hoguera ardió, y aunque la lluvia amenazaba, esperó el fin de la ceremonia para lavar el escenario. Tal vez porque a Yemayá, la reina de la vida en las aguas, se dedicó un día especial. En una de las playas de la ciudad la buscaron, y en los ríos la elogiaron, siempre al son de los tambores.

Para las noches quedó reservada la cultura plural de los pueblos semejantes. Un poco de Ecuador, otro de Venezuela, y un tanto más de Brasil, Islas Vírgenes, y otros, para dibujar esta región nacida de un tronco común.

Por la puerta del museo Emilio Barcadí pasó el desfile final. Muy tranquila la zona a pesar de los niños inquietos, los vendedores insistentes, y los padres preocupados por la conjunción. Hasta que una voz vino repitiéndose de esquina en esquina:

"¡Ya vienen por ahí!"

Voz y eco que acalló la conga, que en Santiago de Cuba siempre habla más alto y tapa todo con su ritmo y contagio.

Poca gente vino esta vez, los más entusiastas se diría, los fieles de verdad, que no le temen ni al cielo nublado ni a la promesa de lluvia. Pero en cuanto asomó la noche, desde la calle Heredia, Enramadas, y bajando la Alameda, se empezó a desbordar seriamente el Festival, tomado por la multitud, que primero rellenó el Parque Céspedes, y por último el malecón.

Y por fin, el diablo ardiendo.

Con las cenizas llegó el final de esta edición, cenizas que volverán a arder en julio, pero por Bonaire, la isla sin semáforos.

Síguenos en Twitter, Facebook o Instagram. Si resides en Cuba, suscríbete a nuestro boletín con una selección de los contenidos más destacados del día. Si vives en cualquier otro punto del planeta, recibe en tu buzón de correos enlaces a lo más relevante del día.