Viernes, 26 de Mayo de 2017
22:38 CEST.
Música

Machín, de Sagua la Grande a Sevilla

El primer ejercicio reconocido que hizo en público con su voz Antonio Machín fue imitar el acento español de su padre, José Lugo Padrón, un emigrante de Galicia llegado a Cuba. La música del lenguaje cubano la heredó directamente de su madre, Leoncia Machín, una negra criolla que se casó con el gallego y tuvo 16 hijos en el pueblo de Sagua la Grande, en el medio de la Isla, en la costa norte, frente al ardor del mar y los vientos salobres.

Antonio, nacido en 1903, trabaja casi de niño como aprendiz de sastre y albañil, pero disfrutaba la vida en el coro de la iglesia, en la banda sonora del cine mudo de su pueblo y como voz acompañante, tocador de maracas o de claves en los grupos musicales que pasaban por Sagua rumbo a La Habana con la cabeza puesta en la gloria del mundo del arte y de la farándula.

El joven, que ya usaba el apellido de la madre porque lo consideraba más comercial y sonoro, tuvo por un tiempo la ilusión de hacerse barítono, al parecer por la cercanía del repertorio que le imponía el cura, pero la realidad y las fronteras de su talento real hicieron que aquel sueño se disipara pronto para que Machín continuara en los bares de pecadores y borrachines. Allí, bajo el sol municipal y cerrado de la misma ciudad donde otro mestizo contemporáneo y coterráneo suyo, un jabao llamado Wifredo Lam, pintaba los nombres de los cafetines con brocha gorda y vendía o regalaba a los vecinos sus primeros cuadros que se colgaban en las paredes por pena o por compromiso.

Un día, Antonio Machín comprendió que su voz le quedaba grande a Sagua la Grande y se montó en el tren para La Habana con dos camisas en una maleta de cartón y el matrimonio de sus maracas hechas de güira y perdigones. Allá lo estaba esperando, sin saberlo, el guitarrista Manuel Zaballa para formar el dúo que lo dio a conocer y le abrió espacios en los teatros, clubes y cabarets capitalinos, y en la radio, el medio que sería para siempre el principal promotor de la carrera artística del músico cubano.

En una de aquellas estaciones, en un estudio estrecho atiborrado de fanáticos de la música, iluminado por los fulgores de los trombones y presidido por un enorme micrófono de hierro, el cantante conoció a Don Aspiazu (Justo Ángel Aspiazu). Y, lo mejor para Machín, Don Aspiazu, el director de orquesta más importante de la época, el hombre que dominó durante décadas el desarrollo musical de la Isla, lo conoció a él.

El artista de Sagua se convirtió enseguida en solista de la agrupación de Aspiazu, la Orquesta Habana Casino. Con la maestría de los arreglos de ese músico y respaldo de los profesionales que dirigía, Machín grabó dos canciones —"Aquellos ojos verdes" y "El manisero"— que lo llevaron, gracias a las emisoras de radio y las victrolas, a los primeros planos de la preferencia del público cubano.

En la primavera de 1930, con una maleta más amplia para sus trajes y las mismas maracas que llevó a La Habana, Machín abordó un barco y fue a parar a Nueva York como parte de la tropa armoniosa y selecta del maestro Aspiazu. Esa banda comenzó a introducir en el universo musical los instrumentos cubanos de percusión.

En la Gran Manzana se pasó los primeros años de la década del 30. Tuvo tiempo suficiente para desertar de la cuadrilla de Casino Habana, mariposear en otros conjuntos de músicos cubanos, fundar un cuarteto y grabar decenas de discos para asentar su nombre en lo que comenzaba a ser el poderoso mundo de la cultura latina en Estados Unidos. El esplendor de esa fama llegó a toda Europa y, en 1936, también llegó Machín, específicamente a Londres, donde además de un contrato de trabajo, lo esperaba una muchacha cubana llamada Delia que era el amor en vivo y en directo con el poder de la emoción íntima siempre, más grave que la gloria pasajera.

El cantante se fue luego a París donde el amor se llamaba Lisa y era francesa. En Francia fundó una orquesta que tenía en el piano a Moisés Simons, el autor de "El manisero", la pieza que, junto "Angelitos negros", inmortalizó al viajero de Sagua.

En 1939, con los nazis en todas las puertas de Europa, el músico se fue a refugiar a Barcelona, donde vivía Angelita, una cordobesa que fue su amor definitivo. En esa ciudad comenzó a descubrir y a querer España de tal manera que Machín, por su compromiso y su entrega personal a este país, podía suscribir aquellos versos basados en una inspiración de José Martí: "Dos patrias tengo yo/ Cuba y la mía"

"Decidí venir a esta bendita tierra en tan buena hora que aquí lo hallé todo", dijo Machín un día.

En el país de su padre Machín se realizó como artista y como ser humano. Grabó unos 60 discos, se movía en Madrid, Sevilla y Alicante como un español un poco oscuro que había nacido lejos. Alguien que le cantaba al amor y a la vida, un tipo cercano que se sumó pronto a la cultura de la península por su talento y por su sencillez, decencia y humildad.

Después de su salida de Cuba, Machín solo regresó a la Isla una vez, en 1958, pero siempre mantuvo sus contactos y afectos familiares, con amigos de la infancia y de la juventud y con los músicos más reconocidos de su tiempo.

En su memoria había un sitio especial para Leoncia Machín, la mujer que le enseñó la primera canción y lo fue a despedir a un andén en Sagua la Grande cuando, en la primavera de 1926, con una maleta de cartón y sus maracas, el cantante se montó en un tren de vapor que salió en un viaje para La Habana y tendría su destino final, en 1977, en un pedazo de tierra de Sevilla.


Este artículo apareció en El Mundo. Se reproduce con autorización del autor.

 

Antonio Machín: 'No me vayas a engañar'

'Un día, Antonio Machín comprendió que su voz le quedaba grande a Sagua la Grande y se montó en el tren para La Habana con dos camisas en una maleta de cartón y el matrimonio de sus maracas hechas de güira y perdigones': Raúl Rivero cuenta la vida del músico.