Martes, 12 de Diciembre de 2017
01:53 CET.
Teatro

¿Teatro costumbrista cubano?

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Vuelve a las tablas la comedia Vientos huracanados, del dramaturgo Julio Cid, representada por la Compañía Hubert de Blanck, con puesta en escena y diseño de escenografía de María Elena Soteras y dirección general de Orietta Medina.

Este es el retrato de una familia cubana, que comienza como un sainete, pero que, gradualmente, implica situaciones lacerantes.

La obra, escrita hace más de 10 años, no ha perdido su actualidad, debido a la exposición de las problemáticas vigentes en Cuba, como las carencias económicas, estrecheces de vivienda, contradicciones generacionales, éxodo migratorio, y las relaciones de conveniencia con extranjeros.

Existe un paralelo entre lo que sucede afuera, en este caso, los ciclones, con las acciones que se desarrollan entre los personajes, cargadas de emociones, que van desde la risa más pura, el sarcasmo, hasta la violencia psicológica. La familia, pilar de la sociedad, se resquebraja al develar secretos ocultos de los personajes, que hacen catarsis y logran salvar sus identidades, a pesar del sufrimiento que se infligen unos a otros. Pero el amor no deja de estar presente y los une a pesar del dolor.

Aquí se alude sin tapujos el "Quinquenio Gris", en la década de los 70, época de la "parametración", la despiadada cacería de brujas donde los artistas, intelectuales y universitarios eran sometidos a interrogatorios por sus creencias religiosas, orientación sexual y crítica al sistema, bajo la pantalla de "no clasificar ideológicamente para trabajar en cultura, o estudiar en el sistema socialista.

Muchos emigraron, otros se fueron a laborar a otros sectores, como el personaje de Gerardo, que trabaja como pantrista en un hospital aunque en el pasado fue actor de teatro, profesión que abandonó por miedo a que descubrieran su homosexualidad.

Resultan desgarradores sus parlamentos, con una recurrencia al melodrama, en aras del crecimiento de su personaje, manejado por el actor José Ramón Vigo con gran fuerza expresiva.

Está presente, del mismo modo, el oscuro episodio de la vigilancia a las esposas de los combatientes de Angola, calumnias por la supuesta o no deslealtad de la pareja, y la presión por un carné del Partido Comunista. La elección era clara: esposa o carné.

El público podrá apreciar el histrionismo de la veterana actriz Nancy Rodríguez (Maruja), quien defiende su rol de madre y abuela, emanando el humor satírico de una anciana con algo de demencia senil, pero de un pensamiento objetivo y con luz larga. Entrañable personaje, que encarna el modelo de mujer liberal.

No se quedan detrás las interpretaciones de los más jóvenes: Enrique Barroso, Laura Delgado y Lissandra Travieso, que hacen buenas caracterizaciones, imprimiéndoles matices a sus personajes, sin caer en los arquetipos.

Quizás haya que cuestionar la duración de la obra —casi dos horas—; sin embargo, el despliegue de los actores y la escenografía se mueven continuamente y la hacen avanzar.

Teatro costumbrista, para los espectadores que quieran reír, llorar, pero con el plato fuerte de reflexiones sobre puntos álgidos de la sociedad cubana, latentes aún en la memoria colectiva.

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